Tú soñabas durmiendo en Nueva York

Miguel Alvarado

 

Ellos tenían cafés los ojos

la boca abierta como una iglesia

en las manos un prado y las balas

calladas apretadas en el corazón.

 

Eran las hormigas una hilera en el viento

verdad a medias de ojos rasgados

ida y vuelta entre el suelo y la sangre

el cabello airado, crespo como un secreto a voces.

 

Alguien cuidaba la lumbre y escuchaba

la carrera de los perros y los autos.

Encima se venían el mar y la ola dibujados en el cuaderno de la escuela

lamento de cuadrícula sobre los disparos al amanecer del 30 de junio.

 

Los murmullos y las piedras

pisadas con el furor de la noche en medio

de un relámpago y el metálico ruido del casquillo

cantaban sobrevolando mariposas y la guarida de los insectos.

 

A los muchachos los mataron los soldados una noche de manos levantadas

cuando el brazo extendido de la abuela

acurrucaba a los niños para el cuento de las brujas

junto a la ventana donde no se asoma el sol.

 

Tú soñabas durmiendo en Nueva York con tu mano

apretando el silencio de los días sin casa.

 

Llevaban los muchachos el incendio en sus máscaras de pájaro

y tenían escrita la tierra escarbada del último minuto

la súplica musical apenas audible que da risa si uno está jugando.

 

Se tocaban el corazón acomodándose la ropa

fingiendo que era un cempasúchil la herida

pisoteada del cigarro aplastado contra el viento.

 

¿Cuál era la pregunta si el campo ya estaba verde

excavado de antemano, cuando todo era el silencio y las palas

apuntaban el camino, la vereda, el agujero injusto en medio de los árboles?

 

El viento daba vueltas entre los soldados

que abrían los ojos para no ver las duras semillas

muertos sembrados rasgando las entrañas.

 

A los muchachos los mataron los policías el 26 de septiembre del 2014

una tarde de banderas mexicanas partidas a la mitad

y festejos patrios de alcaldes y gobernadores.

 

Los subieron a las patrullas y las bocas y los ojos

se ahogaron en las luces de las torretas

que fueron el mar en ese grito del agua

atrapado entre las puertas de las casas atrancadas.

 

Recortado el mar sólo quedó la luna hiena.

 

Los bajaron al final de un camino sostenido con estacas

y llamadas a celulares, en medio de los árboles y nada más

mirarlos les entregaron la tierra de Ayotzinapa

el mensaje guerrillero pero sin rostro

un adiós de manos rotas enrollado en papel periódico.

 

Los soldados escuchaban los disparos y apostaban sus monedas

parados como árboles       postes de luz

en espera del almuerzo y las órdenes del nuevo día.

 

Habrá que ver si levantaron la cara

si miraron los árboles, el sol en la barranca

el fuego callado apretando el corazón.

 

¿Cuál era la pregunta?

¿Cuál era la respuesta?

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