Traición institucional

* “Al tomar la llamada de Osorio Chong, Díaz de la Torre sólo siguió una línea que hizo tradición la cúpula magisterial para entronizar el charrismo y la traición. No hubo sorpresas, maestros agrupados en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) lo han descrito como un líder muy inclinado a favorecer las viejas prácticas del nepotismo e insisten que las prácticas corruptas al lado de la profesora Elba Esther lo transformaron de un modesto maestro de escuela primaria a sucesor de su protectora, amiga y maestra Elba Esther Gordillo”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

(Carlos Jonguitud) con el correr de los años, saberse influyente en los terrenos de la educación, incluso por encima de la Secretaría de Educación Pública (SEP), y mantener el control de sus agremiados a través de su campaña de miedo, pero también de “favores”, lo llevó a perderse en la confianza y, desde luego, cometer varios errores estratégicos. En plena campaña presidencial salinista, para ejemplificar, Jonguitud no sólo se tomó el atrevimiento de regatear apoyos electorales sino hasta puso en duda la legitimidad del presidente electo Carlos Salinas de Gortari cuando lo declararon ganador de los comicios de 1988. Dos años antes, cuando Salinas estaba a cargo de la Secretaría de Programación y Presupuesto —hoy desaparecida—, Jonguitud lo acusó de haber retenido 10 mil millones de cuotas sindicales.

Amparado en el cargo de líder vitalicio del SNTE—invento suyo para alargar su mandato—, juraba y perjuraba que nadie, excepto los maestros, lo podría destituir. Y así había controlado al magisterio a través de José Luis Andrade Ibarra, Ramón Martínez Martín, Alberto Miranda Castro, Antonio Jaimes Aguilar y Refugio Araujo. A todos los hizo “elegir” secretario general del SNTE. Pero como “origen es destino”, Carlos Salinas de Gortari no tardó en saldar las cuentas pendientes con Carlos Jonguitud Barrios. En una reunión concertada en la residencia oficial de Los Pinos le exigió su renuncia para imponer como su sucesora a Elba Esther Gordillo Morales. Se sabe que la “Güerita”—como la llamaba de cariño Jonguitud— fue una recomendación de Manuel Camacho Solís, quien en esos tiempos tenía el cargo de Jefe del Departamento del Distrito Federal y era el hombre más cercano a Salinas.

Al aceptar la dirigencia del sindicato en esas condiciones, Elba Esther hacía lo que Bruto a César—senador romano que creció al cuidado de Julio César. Pero cuando a éste lo nombraron dictador perpetuo, Bruto empezó a planear la muerte de su protector y junto con un grupo lo asesinaron en Pompeya. Shakespeare, en su obra “Julio César”, hace decir al dictador: “tú también, Bruto, hijo mío” (Tu quoque, Brute, filimi)—: dio la puñalada de muerte a su mentor. Se rumora que cuando Jonguitud vio a Elba Esther, lo primero que le dijo fue “para eso me gustabas”. Del álbum de los recuerdos, Jesusa Cervantes, de la revista Proceso, rescató la reacción de Jonguitud cuando se enteró de quién lo había traicionado: “¡Esa puta, esa ignorante… no puede ser! ¡Traidora!”.

“El arribo de Gordillo” no fue institucional, “no de acuerdo con las fuerzas políticas que se mueven alrededor del sindicato”. Fue “una imposición del Presidente de la República”, advirtió en su momento el investigador y escritor Gerardo Peláez Ramos.

A tan sólo dos meses de que Elba Esther —conocida también como Elba de Troya o la Macbeth de Polanco— cumpliera 24 años a cargo del SNTE, autoproclamada lideresa vitalicia, las piezas del tablero se vuelven a mover, pero esta vez para destituirla. Terminaba la tarde del 26 de febrero, dos días antes de que se festejara a San Judas Tadeo, el santo de su devoción, cuando la noticia de su captura en el aeropuerto de Toluca tomó por sorpresa a todos. El motivo aparente: un presunto desvío de 2 mil 600 millones de pesos procedentes del sindicato que fueron destinados por Elba para uso personal. Al menos esa fue la primera información que dio a conocer el procurador general de la República, el hidalguense Jesús Murillo Karam.

Sin duda alguna, ese mismo día La Maestra vio de frente a la traición y vivió una de las noches más oscuras de su vida: el maestro jalisciense Juan Díaz de la Torre, su discípulo más cercano en los últimos tres lustros, ese que siempre le había mostrado fidelidad y obediencia, al que ella había elegido como su delfín, su sucesor, la había entregado a cambio de ocupar su lugar. Con esta acción, Juan Díaz se convirtió en el nuevo Judas sindical. Como pasó con Jonguitud y Elba Esther, Díaz de la Torre fue más motivado por los placeres que ofrecía la dirigencia nacional absoluta que por la lealtad.

Las pistas de este acontecimiento llegan hasta Los Pinos, pasando por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), a cargo de Luis Videgaray Caso, y la Procuraduría General de la República, aunque fue, por sus dotes de orador, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong —quien se convirtió en su más fiel colaborador cuando ella fue depuesta como coordinadora de la bancada del PRI en la Cámara de Diputados, en noviembre de 2003— el responsable de negociar el ascenso definitivo de Juan Díaz de la Torre.

Una nota publicada por el periódico Reforma el 1 de marzo de 2013 aclaró algunas dudas: “La elección de Díaz de la Torre fue negociada a presión, pues por primera vez en 24 años el SNTE no se había enfrentado con una decisión del gobierno federal, la destitución de su líder y, en este caso, el encarcelamiento de Gordillo. […] Ante la falta de diálogo que prevaleció en los tres primeros meses del gobierno de Enrique Peña Nieto, la madrugada del miércoles entró una llamada al celular de Díaz de la Torre. Fuentes cercanas a la cúpula magisterial confirmaron que fue el propio secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, quien estaba al teléfono”.

El mensaje decía que, cuanto antes, Díaz tenía que presentarse en Gobernación para negociar. El ultimátum fue muy claro: marchar junto al gobierno federal o caminar sin la institucionalidad que reconoce al sindicato como único. A lo que se agregó la amenaza de hacer una investigación sobre las propiedades y complicidades de los líderes del sindicato con Elba Esther Gordillo.

Díaz de la Torre, un ayudante de todo y oficial de nada, como él mismo se autodefinió alguna vez, conocía las reglas del juego: durante 15 años, la profesora lo llevó de la mano en los entretelones del poder sindical y lo preparó para ser su sucesor cuando ella, por fin, tomara la decisión de retirarse. Era su sombra y operador lo mismo en cuestiones políticas, sindicales y salariales que financieras. Estaba con ella desde que, en abril de 1989, asumió la dirigencia del SNTE para sustituir a Jonguitud. Ambos se habían conocido y trabado amistad en Vanguardia Revolucionaria. Al lado de Elba Esther, Díaz de la Torre comenzó a conocer los entretelones del poder. Por esa época, cuando todavía el PRI gobernaba el DF, por recomendaciones de La Maestra, lo nombraron subdelegado de participación ciudadana, y de servicios urbanos, en Coyoacán, además de coordinador para la elección de consejeros ciudadanos.

En su edición del viernes 1 de marzo de 2013, El Universal recordó: “Tras su ascenso en el PRI, Gordillo le pide (a Díaz de la Torre) que se sume a su grupo como su secretario particular, cuando ella lideraba la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, en 1996. Luego —por órdenes de ella— fue impuesto como secretario general de la sección 16 del SNTE en Jalisco y, por su desempeño de ‘eficiente operador’ y cercanía con Gordillo lo convocaron al Comité Ejecutivo como miembro colegiado de administración y finanzas del sindicato, y como encargado de logística de eventos de la profesora. […] La maestra lo fue formando y acercando a los actores políticos con los que ella se relacionaba. […] en septiembre de 2011, Elba Esther se decidió por él, lo designó su brazo derecho, como secretario general del SNTE. El alumno estaba listo”. En palabras claras, el conocía de los manejos financieros y era el responsable de la agenda de Elba Esther Gordillo Morales. Él le conocía sus secretos, los más oscuros. Acaso sólo él supo, en verdad, si la maestra ganaba sólo 80 mil pesos al mes.

Al tomar la llamada de Osorio Chong, Díaz de la Torre sólo siguió una línea que hizo tradición la cúpula magisterial para entronizar el charrismo y la traición. No hubo sorpresas, maestros agrupados en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) lo han descrito como un líder muy inclinado a favorecer las viejas prácticas del nepotismo e insisten que las prácticas corruptas al lado de la profesora Elba Esther lo transformaron de un modesto maestro de escuela primaria a sucesor de su protectora, amiga y maestra Elba Esther Gordillo. En Jalisco, su estado natal, el grupo político-magisterial de Díaz de la Torre cobró notoriedad en la década de los ochenta cuando brotaron denuncias públicas por venta de plazas y cobros sexuales por algunos favores especiales.

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