Calles repletas

* Ayotzinapa, en Guerrero, tiene 43 muertos recientes. El Estado de México, donde hay una ciudad que se llama Toluca, tiene 46, recientes, en un pedacito de agua, un kilómetro apenas, el canal de Los Remedios, tumba movediza que parte, desintegra el valle de México, ese que asusta a los extranjeros porque nunca se acaba. De esos 46 muertos no se habla mucho, aunque se sabe. Porque algunos dicen que son sesenta.

Miguel Alvarado

Marcharon por todo el país gritando y de verdad indignados, unos llorosos, otros riéndose, de la mano de las novias porque también la proximidad de la muerte es un buen lugar para quererse. Y llegaban a las plazas públicas donde el miedo y el cansancio se encargaban de apretujarlos, sacarles de encima las mantas pintadas de rojo, las consignas que los demás, los que son viejos, llevaron cuando les tocó lo mismo. Y que ahora ven mientras callan porque saben.

Ayotzinapa, en Guerrero, tiene 43 muertos recientes. El Estado de México, donde hay una ciudad que se llama Toluca, tiene 46, recientes, en un pedacito de agua, un kilómetro apenas, el canal de Los Remedios, tumba movediza que parte, desintegra el valle de México, ese que asusta a los extranjeros porque nunca se acaba. De esos 46 muertos no se habla mucho, aunque se sabe.

Porque algunos dicen que son sesenta.

Otras vez los hoyos, esas bocas retorcidas donde dios está enterrando.

Ahora dicen que les disparan a los estudiantes de Toluca, allí donde nos sentamos la tarde en que leíste tus poemas. Que están los militares y que disparan. Que está la policía y que dispara. En este minuto nadie sabe si es verdad y nadie se mueve mientras los que marchan envían los mensajes.

Estamos bien, son policías los que nos llenan de rumores, de falsa metralla, dicen los estudiantes.

Han pasado cuatro minutos y las calles del centro de Toluca, llenas de miedo, se han vaciado.

Vuelvo a tu carta, a tus poemas.

Mientras leo, lloro.

II

El taxi atraviesa el centro de Toluca.

A Metepec.

¿A Metepec, a las once de la mañana? ¿Por dónde quiere que me vaya?

Muertos azucarados exhiben en los portales sus sonrisas enhebradas de brillante caries, sus ropas como luciérnagas. Son los preludios de Día de Muertos y todos los años, a la misma hora toneladas de azúcar adquieren la misteriosa forma de los fantasmas. Espantos de chocolate y amaranto los acompañan en los estantes y las brujas norteamericanas les hacen los mandados entre pedacitos de turrón y papel picado de todos los colores.

En otros lados venden la sangre, envasada y debidamente tratada para la marcha zombi. Pero este año esa caminata por la ciudad no ha sido la única ni la más numerosa. Por ahora parece una frivolidad aquel maquillaje y la prolija elección de las heridas, abiertas con papel servilleta en el simulacro ideal para un día de sol y viento, sin lluvia, pero mucho silencio. Los monstruos, los de verdad, aguardan esperando el momento, la atroz llamada que los desplaza.

No hay nada, sólo miedo.

Y odio. Y miedo.

Y odio.

Los muertos, todos jóvenes, toman las calles y se apretujan. Las caras, todas sus caras representan la ola, el pacífico mar de una tarde de octubre enrojecido, escurrido en el tranquilo calor. Y si entonces uno pudiera decirles, mientras ellos hacen citas para el cine, que no se disfracen solamente, que no se siente sólo en el cine y coman sus palomas o se besen, que no sólo salgan ni solamente vean el futbol, armen la fiesta alcohólica.

Algunas cosas o casi todas ya no se pueden, solamente.

Esa misma fecha estudiantes de la escuela rural de Tenería avanzaban por la tarde por las mismas calles en protesta por las desapariciones de Ayotzinapa. Los comercios cerraron porque algunos dijeron que habría saqueos. Luego, llegando al centro, algunos dijeron que había balaceras. Nada era cierto.

Ese día el taxista iba por el centro de Toluca. Tomaba la avenida Morelos, la más grande de la ciudad y sintonizaba el noticiero para enterarse de los cortes del tráfico, los bloqueos. Pero en ese informativo sólo anunciaban la alineación del Barcelona, la injusta derrota de los Reales de Kansas City, el estado del tiempo, pretexto para otras cosas, para entablar la plática buscada ¿Hace frío en Nueva York? ¿Se inunda el metro en Times Square, sobre la Calle 42? Dices que las excusas sobre viento y marejadas son la peor manera de iniciar conversación y te creo.

¿Tiene prisa por llegar a Metepec?

Alguien saca una mano y la ventana del auto al lado refleja las caras de los que esperan el paso. No hay prisa porque en realidad no hay camino. Todo está aquí y todo llega, de pronto, a este centro de tiempo ajeno.

Es que tengo que ver por dónde nos vamos, porque van a cerrar las calles, por los estudiantes.

¿Vienen de Texcoco?

No, vienen de Tenango.

Hace meses los de Tenería marchaban con los ambulantes, sacados a golpes de las calles por la alcaldesa Martha González. Los esperaba la policía en un retén demasiado obvio que los vendedores de fruta habían anticipado y comunicaban a dulceros y semilleros. Al fin, hace meses, la marcha aquella avanzó elongándose como animal multicolor de escamas frutales y en los ojos los higos oscuros de la mañana.

Y en el vientre las semillas y los dulces.

Nadie los detuvo. No había policías, ni siquiera halcones, informantes en penumbras.

Los de Tenería enviaron apenas a 20 jóvenes, que cantaron desanimados mientras portaban sus pancartas, al Ché arrugado ya pero siempre allí, como excusa ni pretexto. Nadie preguntó por qué eran tan pocos.

Luego, una hora más tarde se supo que el resto de los de esa escuela habían llegado a la Terminal de la ciudad y allí se enfrentaban a la policía en un motín creado, sí, por ellos, pero que abriría el paso para que los comerciantes pudieran llegar. A ellos los madrearon antes de que se llevaran un camión para volver a Tenango mientras el resto podía sentarse a platicar lo que no se negocia con las autoridades locales.

Por fin el taxista encuentra una frecuencia con la información que busca. El inicio de la marcha será a las seis de la tarde.

Y es que vienen de Tenango y siempre vienen. Y siempre marchan y no arreglan nada.

El conductor vislumbra la avenida que busca, atestada de autos y que no permite el paso. Se mete adrede, se empantana solo en ese atasco de metales y silbidos justificándose para darle la razón al noticiero.

En el Estado de México hay mil 800 desaparecidos a la fecha.

– Por eso a los estudiantes se los madrean –dice de pronto, mientras sube el volumen al radio.

Encerrado en mí, no dejo de verte.

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