Apocalipsis, ahora

* Puede que AMLO tenga algún tipo de relación con José Luis Abarca y su esposa; que supiera de sus antecedentes y nexos con la delincuencia organizada; que lo hubiera apoyado o promovido para alcanzar la presidencia de ese municipio; que fuera parte de su estructura político-electoral; supiera del asesinato que cometiera contra un opositor, del PRD además; y si todo esto fuera cierto por supuesto que sería condenable y, legalmente, lo hiciera hasta cómplice. Pero de todo esto será el propio líder de Morena quien tendrá que responder, tanto si lo requiere la autoridad como si no.

 

Jorge Hernández

Las acusaciones en contra de Andrés Manuel López Obrador, líder del partido Movimiento de Regeneración Nacional, sobre tener vínculos con el ex presidente de Iguala, José Luis Abarca, y señalado autor intelectual de la desaparición de 43 estudiantes normalista hace casi un mes, ilustran la pobreza moral y ética de los partidos políticos y la clase política en general.

No debería sorprendernos, si admitimos que el ejercicio de la política y la investidura de político eluden por necesidad ambas cualidades. Para ser político se requiere hacer a un lado todo escrúpulo moral o ético, y para ejercer la política, también.

Puede que el tabasqueño, efectivamente, tenga algún tipo de relación con José Luis Abarca y su esposa; que supiera de sus antecedentes y nexos con la delincuencia organizada; que lo hubiera apoyado o promovido para alcanzar la presidencia de ese municipio; que fuera parte de su estructura político-electoral; supiera del asesinato que cometiera contra un opositor, del PRD además; y si todo esto fuera cierto por supuesto que sería condenable y, legalmente, lo hiciera hasta cómplice. Pero de todo esto será el propio líder de Morena quien tendrá que responder, tanto si lo requiere la autoridad como si no.

Lo que vemos, sin embargo, no es un intento de reclamo moral contra Obrador, aunque así lo disfracen, sino un intento de linchamiento político en el contexto del río revuelto en que se ha convertido el caso Ayotzinapa.

Algún efecto tendrán los señalamientos, en su imagen, en su partido y en sus votantes, pero en ningún caso ayudarán al país a salir de este apocalipsis que estamos viviendo ya.

Porque los tiempos que corren urgen, justamente, a elevarse por el mundano nivel del político y la política para alcanzar algo que pocos  o ninguno de nuestra clase política posee: estatura de estadista y verdadero líder.

Quienes lo acusan son, como él mismo, políticos. Y en su conjunto, sin distinciones de partido ni doctrinarias, tan responsables como él, si admitimos que al menos lo son por omisión. Porque además de Obrador sabían del perfil de Abarca el CISEN y obviamente la Presidencia, así como el gobernador ya separado del cargo y no se diga las dirigencias del PRD de antes y ahora.

¿Por qué nadie dijo ni hizo nada? Porque son políticos, porque todos hicieron cálculos y fabricaron escenarios para saber hasta dónde podrían sacar ventaja de esa información y esa relación, fuera política, fuera económica. De tal manera que la misma acusación y los mismos reclamos en contra de López Obrador deberían hacérselos ellos mismos, todos ellos a sí mismos.

Por esto los señalamientos y reclamos contra el líder de Morena, si bien efectivos para restarle votos y simpatías, así como  desviar la atención del asunto central –el rescate de los jóvenes desaparecidos, vivos o fallecidos-, no servirán en absoluto para abonar en esta tarea por demás titánica y social, antes que sólo política.

Pero si nada le aportan deberían servir para otro propósito, la oportunidad del tabasqueño y de otros, muchos otros –el sacerdote Alejandro Solalinde tendría que ser uno de ellos- para erigirse precisamente en esa figura que tanto nos falta: el estadista, el líder y el visionario que demanda el país.

Y no porque los mexicanos sigamos dependiendo ni necesitando del Gran Tlatoani, sino porque el grado de putrefacción que hemos alcanzado ya no da para más. Somos y tenemos, bien señaló el Departamento de Estado norteamericano, un Estado fallido. No existen el Estado de Derecho y las instituciones están petrificadas. En estas condiciones, que son también nuestros grandes retos, necesitamos con urgencia del estadista capaz de verlo y asumirlo,  de actuar en consecuencia.

 

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