Explicaciones

* Ecatepec es el quinto municipio más violento del país.

El ex presidente de México, el panista Felipe Calderón, lamenta la muerte de su mascota, el perro Laster, el 4 de noviembre del 2014.

A Eruviel Ávila todavía le falta explicar Tlatlaya. Todavía le falta explicar las muertas del río de Los Remedios. Todavía le falta explicar las torturas de su Procuraduría. Todavía le falta explicar que en Ecatepec se comete genocidio.

 

Miguel Alvarado

Busca en su computadora. ¿Hacia dónde va México? ¿Dónde está México? ¿En qué se ha convertido? Como si una edad geológica cambiara en el instante de chasquear los dedos, la mueca desdeñosa del hombre a cargo, el abrazo amoroso del dios ausente, en todo caso los números del INEGI, la jeringoza pendenciera de los habitantes de Harvard que luego enseñan su cátedra de sangre y cerveza desde las secretarías de Estado. Las mexicanas. Como si un límite geopolítico de veras cambiara en todo caso una Cámara de Diputados, un Consejo Tutelar para Menores y México dejara de ser aquella Tenochtitlán de barro y paja, polvo y caminos, tumbas líquidas como ahora los canales del río de Los Remedios que atraviesa Ecatepec, el sacrosanto valle de México, la fosa viviente más grande del mundo.

El que busca en su computadora halla por fin una carpeta en los profundos ventanales de Windows, una raíz crecida, meticulosa en las esquinas del lenguaje binario. Pero aquí no hay cartas de amor ni disfraces del Día de Muertos. En todo caso, nada es la broma ni la risa, el vaso alzado, el brindis ni la sangre azucarada, los huesos de papel picado. Y ese lenguaje, dos unos, un cero, otro más y las combinaciones que a nadie le asombran, son la sucesión del horror cotidiano, los azares de un cuchillo donde Ecatepec cimenta la cotidianeidad de su mala compañía.

Ok. Abre una foto. Esa es la vida. La muerte de noche. Y es así. Un hombre con los ojos cerrados descansa sobre una camilla. Primero están sus piernas. Luego sus brazos. Los pares muy juntos, abrazados en una danza que, podría decirse, llueve indefinidamente, detrás de un cristal. Enseguida el tronco, tatuado en tonos verdes, presenta araños algunos y los dedos de sus manos tocan los dedos de sus pies. Se tocan, moviéndose en ese cuadro estático aletargado que no impresiona porque ha sido meticulosamente reproducido en la escenografía de lo repetido, premiado incluso en el despojo de la crudeza. El infierno, por ejemplo, ni siquiera es tan complicado como la profundidad de la cabeza cercenada, sus ojos cerrados, separados del cuerpo por una motosierra. La frase tan manida de la precisión quirúrgica pierde toda proporción pero también se desvanece la docta seriedad de la sabiduría del aula, la investigación tan chafa, tan meticulosamente inútil del infierno de las averiguaciones previas.

Es la sangre, ese mareo. Ese dolor.

Eso, dice el investigador, es lo más suavecito.

Este es trabajo negro, olvidado, el que estrella de lleno, de cabeza contra la realidad, el que no se adorna con el dato ni siquiera duro, el estómago vomitado.

La cabeza descansa, olvidada del resto, el regazo resignado de la muerte a pedazos. No hay una gota de sangre en esa infamia en la que se convierte aquel depósito de cadáveres. Pero no hay tiempo. Quién se quiere detener a escuchar la historia, cuál historia si afuera ondea un trapo, un águila negra, la bandera hecha jirones, en todo caso un puto bote de basura.

El dolor pierde sentido. Causar dolor pierde sentido. El sacrificio humano no es levantarse a trabajar, ordenar los instrumentos de labor a las cinco de la mañana, romperse la madre dieciséis horas diarias. Esas imágenes tienen que ver con algo más, con palabras aparejadas al inframundo, al entierro, a la idea de una masacre que no se anuncia pero que sucede, imparable en el deshuesadero que resulta el hogar, la casa para algunos, por debajo, por lo invisible, como en guerras de exterminio.

A otro le quitaron 300 pesos. Se los quitaron, al final de cuentas, pero no se dejó. Muerto, pero no se llevaron la morralla. Le dejaron sus pesos en el pantalón, fotografiado como prueba o evidencia de que así quedaron sus despojos. El contraste con la realidad oficial es un ojo putrefacto. La frivolidad del gobernador mexiquense Eruviel Ávila Villegas cuesta 24 millones de pesos pero no la paga de bolsa. Sus fiestas patrias bien lo valen, documenta el periodista Elpidio Hernández y dispone del erario público para entretener y entretenerse

El de los 300 pesos es nadie. Fue nadie. Un perro tirado, vestido de mezclilla. Una foto para la diligencia. Un pormenor. Aquí no apareció José Luis Abarca o una emperatriz de Iguala, la mafia de Guerrero, peñanietos empoderados detrás del telepromter. Tampoco el gobernador priista que piensa en grande y que en grande calla cuando se trata de la seguridad pública, del narcotráfico, de los 22 ejecutados en Tlatlaya, sur mexiquense de las torturas en la Procuraduría, de los 922 feminicidios sin esclarecer en el Estado de México, de los mil 500 desaparecidos, de las 138 jóvenes de entre 11 y 19 años que no pueden ser rastreadas desde el 2011.

El carrusel de fotos incluye a un hombre tirado junto a un niño. Lo mataron -explica el dueño de la computadora, investigador privado- cuando retiraba cinco mil pesos de un banco. Click. A esta chica por no querer tener cópula con varios. Click. Maniatado sobre la mesa. Click. El tener. Es un país donde se castiga todo. Click. El no tener. Donde ser pobre es sinónimo de ser delincuente y tener miedo es sinónimo de ser un blanco ambulante en cualquier lugar. Click. Por ejemplo, a esta muchacha la mataron porque al vecino le gustaba. Click. Una cosa tan estúpida. Una cópula. Así de güey.

Los chicos salen a manifestarse en las ciudades de México.

Ayotzinapa es Ecatepec.

Es Toluca.

El Seminario. La colonia que uno quiera.

 

Un hombre que no dejaba de reír

 

A ese hombre lo mataron por sus alhajas. El Sonrick´s fue el asesino. Un hombre que no podía dejar de sonreír, ni siquiera matando. A la víctima, secuestrada, la hincó, con los ojos vendados mientras le decía que contara hasta cien, para dejarla ir. El asesino con la pistola en la mano, la miraba curioso.

– ¡Cuéntale, ándale!

– U- uno, do-do-s, dos, tres…

El Sonrick’s guardó silencio y dejó que su víctima llegara a 22. Ésta, creyendo que ya se encontraba sola, se incorporó.

– ¿A dónde vas? Todavía no nos vamos –dijo El Sonrick´s burlón, mientras le ponía otra vez la pistola, una pequeña .22 en la cabeza al asustado hombre, que volvía a hincarse.

– Eeeh, sí. Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco.

– ¡No, nooo, no! ¡Oootra vez! ¡Desde el principio!

– Uno. Dos. Bang. Bang. Bang. Bang. Bang. Bang. Bang.

Uno. Dos. Principios numéricos de la eternidad. Es un agujero la palabra, la boca retorcida de una fosa donde dios está enterrando.

“Tenemos los videos del Monte de Piedad del centro del DF. Les dieron 77 mil pesos por las joyas”, apunta el investigador.

Luego se supo la historia completa. La mamá de El Sonrick´s trabajaba en las cercanías del aeropuerto capitalino, en un congal. Allí se conocieron y juntos enfrentaron por un tiempo las cosas que se pudren en el corazón. “El Sonrick’s era un estúpido” y arreglaba su vida y la de los demás en las maquinitas de la esquina de su colonia. Un día, jugando con sus amigos, les comentó, con su cara de hacha, que “el güey de mi mamá viene cargado”.

La madre, la solidaria amante fue convencida de participar. Total, sólo le quitarían los valores y quizás habría algún golpe de por medio. Lo asustarían, eso sí, y deberían huir, pero valdría la pena, ¿Cuánto habría calculado en ese golpe el hijo sin miedo? Nadie lo sabría, pero él y la madre acudirían por la víctima al aeropuerto, lo encañonarían incluso antes de que bajara del auto, un Mercedes, con la pequeña calibre 22 y se lo llevarían a Amecameca, donde lo despojaron de las tarjetas de crédito. Agotadas éstas, lo llevaron al canal de La Compañía, para variar y allí lo mataron. Así resume el investigador las últimas horas del desafortunado hombre.

Le disparó siete Ayotzinapan, a quemarropa, pero sólo le pudo meter cinco balas.

El ex presidente de México, Ernesto Zedillo, critica la ausencia del Estado de Derecho.

“Y cómo se vanagloriaba ella del hijo. Y todavía ella nos contaba cómo le decían los amigos de El Sonrick’s cuando regresaron, luego de tirar al hombre: nooo, sheñora, su hijo, su hijo, noooo, señora, su hijo, shuhijo tiene unos güevototes. Lo mató así, sin temblar”, dice el investigador mientras repasa la ficha de aquella familia. Este asunto tiene tres años.

El ex presidente de México, Vicente Fox, critica la ausencia del Estado de Derecho.

Los desaparecidos de Ayotzinapa son 43.

Los desaparecidos en México son 25 mil.

Los ejecutados en México ascienden a 36 mil 718, durante el sexenio del presidente priista Enrique Peña, según procuradurías y fiscalías estatales.

Ecatepec es el quinto municipio más violento del país.

El ex presidente de México, el panista Felipe Calderón, lamenta la muerte de su mascota, el perro Laster, el 4 de noviembre del 2014.

A Eruviel Ávila todavía le falta explicar Tlatlaya. Todavía le falta explicar las muertas del río de Los Remedios. Todavía le falta explicar las torturas de su Procuraduría. Todavía le falta explicar que en Ecatepec se comete genocidio.

Todavía le falta explicar por qué es gobernador del Estado de México.

 

* Este artículo no podría haberse escrito sin la ayuda del abogado CMM, a quien le agradecemos sus precisiones e inteligencia para encarar sus casos, su lucha cotidiana para cambiar el entorno en el que se desarrolla sin esperar nada, ni siquiera las gracias. Vaya nuestro reconocimiento.

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