La más común de las fosas

* El narcotráfico es parte orgánica del Estado mexicano. Es una Secretaría con organigrama definido que se encarga de administrar 40 mil millones de dólares anuales que los diferentes cárteles recolectan y mueven dentro y fuera del país, y que ese siniestro ministerio debe insertar, alguna parte, al menos, en la formalidad económica de los mexicanos. El principal mercado es Estados Unidos, al mismo tiempo proveedor de armas y dinero. Guerreros Unidos, un cártel mínimo pero sanguinario porque el Estado se lo permitió, ha podido desnudar desde su propia incompetencia el tamaño de una imbecilidad que resuelve todo a punta de pala, desde el fondo de una fosa.

 

Miguel Alvarado

Enrique Peña Nieto, presidente de México y ex gobernador mexiquense del 2005 al 2011, acude a una gira por China y Australia en cuyo traslado ha invertido 21 horas y media. Sus fines son un misterio disfrazado en la habitual jerga protocoloria. A las dos de la madrugada del lunes 10 de noviembre salió del Hangar Presidencial y “participará en la Cumbre de Líderes Económicos del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC) y la Cumbre de Líderes del Grupo de los 20”.

Este líder global abandona el país en medio de la peor crisis de seguridad y económica de los últimos decenios. Al grupo político en el poder, el de Atlacomulco, se le ha derrumbado el escenario de las reformas energéticas con las que, según sus propias publicidades, pretendía mover a México. En su lugar, un Narcoestado asume la conducción, descarado y cínico, genocida y se entrega a una limpieza casi étnica y arma un orden feudal cuya monarquía goza de todas las garantías de la sangre azul, pero también practica sus taras, ejercita idiota sus debilidades.

 

II

Mientras, el portal Aristegui Noticias difunde que la casa de la actriz de Televisa, Angélica Rivera, tiene un valor de 7 millones de dólares, enclavada en Sierra Gorda 150, Lomas de Chapultepec. Rivera es la Primera Dama de México.

Ella mantiene actividad en redes sociales, donde algunos de sus comentarios dejaron perplejos a algunos porque revelaron una desproporcionada insensibilidad, una ignorancia supina.

“Osea sí el PRI fue corrupto y mentiroso pero ya supérenlo no sean resentidos. Carlos Salinas ha sido el mejor presidente de México me consta”.

“Osea yo creo que si los indios quieren salir de donde están que se pongan a trabajar y dejende estar de flojos o violentos como en Atenco”.

“Enrique no se arrepiente de nada por lo que pasó en Atenco, la verdad se lo merecían sólo perturban la paz de todos los que si queremos trabajar”.

“No, los Zapatistas eran revoltosos que estaban poniendo en peligro la estabilidad de las empresas de Salinas, hizo bien en mandarles al Ejercito”.

“Por eso dije que Salinas hizo bien cuando mando al ejercito a esos indios revoltosos, osea que se pongan a trabajar y amen a México también”.

“No me arrepiento de ser quine soy. Puedo decir con orgullo que mi casa es Televisa, que amo a Enrique y que estoy con el PRI, es un orgullo”.

Peña Nieto se va y se lleva incluso al maquillista de su esposa, Alfonso Waithsman -un hombre sin pudor que publica su periplo de chaquira y lentejuelas por China- y a su gabinete. Nadie sabe si volverá. La mala noticia es que sí porque no tienen nada qué perder. ¿Qué es lo que ahora se lleva? ¿Qué es lo que deja el último representante de uno de los sistemas políticos más miserables del mundo? Construida cadáver sobre cadáver, uno por uno, la Nación Peña Nieto ahora paga las consecuencias del absurdo. A Peña lo saca del país su grupo, el de Atlacomulco y se va como en su momento lo hicieron otros. La dictadura permanece, porque el factor militar, que no se considera en su debida dimensión, permanece.

En México ni siquiera los muertos pueden ser contabilizados.

En México no hay partidos políticos. Pero la simulación de la democracia alcanza para pagar eso y más. La izquierda puede ejercer desde el otro extremo sin moverse un solo ápice. Sin fundamentación, sin valores, México asiste al atisbo de la dictadura. Pero ese México, el de los políticos, no nos representa.

 

III

Un amago de guerra civil -otra simulación- sin sentido quema las puertas de palacio mientras el Narcoestado quema a los estudiantes de Ayotzinapa, los pulveriza. Los echa al agua, los castra, se mutila la última oportunidad para algo. Acostumbrada a la violencia cotidiana, la población desprotegida es usada para matarse entre ella. Esa guerra, producto de la más miserable impunidad y corrupción proviene del Estado. El encono se redirecciona. Pronto habrá dos bandos. Buenos y malos porque así lo ha diseñado el Estado. Ese Estado vil, putrefacto, se transforma. Se mata a sí mismo como parte de la perversión más absoluta que permite el poder totalitario.

Se mata y resucita, también mesiánico.

Ejemplos inmediatísimos: Ángel Aguirre, gobernador de Guerrero con licencia, se ha ido, después de avalar el genocidio de Ayotzinapa. José Luis Abarca, ex alcalde de Iguala y sicario, está preso. La producción de enervantes continúa. No se han detenido ni un solo minuto el trasiego ni la venta.

Los líderes políticos están reducidos a poco menos que polvo. Las manifestaciones callejeras, organizadas desde la sociedad, los han excluido. No cabe Andrés Manuel López Obrador, periférico y perdido en su partido, Morena; no cabe la ultraderecha de panistas ni priistas empeñados en no soltar su coto sangrante ni el PRD ni su falsa izquierda, necropolitizada, alimentadora de la fauna cadavérica que representan los partidos parasitarios: están borrados. El sector político no es tomado en cuenta, ni siquiera para insultarlo, aunque la figura presidencial y el procurador de Justicia encarnen el odio público pero también la desesperanza, los violentos lutos.

 

IV

El narcotráfico es parte orgánica del Estado mexicano. Es una Secretaría con organigrama definido que se encarga de administrar 40 mil millones de dólares anuales que los diferentes cárteles recolectan y mueven dentro y fuera del país, y que ese siniestro ministerio debe insertar, alguna parte, al menos, en la formalidad económica de los mexicanos. El principal mercado es Estados Unidos, al mismo tiempo proveedor de armas y dinero. Guerreros Unidos, un cártel mínimo pero sanguinario porque el Estado se lo permitió, ha podido desnudar desde su propia incompetencia el tamaño de una imbecilidad que resuelve todo a punta de pala, desde el fondo de una fosa.

 

V

En México mandan los militares. Gobiernan desde la sombra pero efectivamente, otorgados los permisos para que los políticos hagan su parte correspondiente, sucia y corrompida, genuflexa, encadenada. Que la sociedad crea que actúa en libertad. Tenemos permiso de creer que somos libres dentro de un marco que ha perfeccionado el Narcoestado. Tenemos permiso de comprar, de la libertad de expresión, del supuesto tránsito, de protestar, de manifestarnos. De una elección presidencial si conviene. Pero ese permiso no incluye nada que no sea algo determinante: un modelo económico, por ejemplo. La palabra, por ejemplo. El entendimiento, por ejemplo: la paz, por ejemplo.

 

VI

Los normalistas de Ayotzinapa son un ejemplo para los mexicanos. La Nación Peña Nieto los ha exterminado. La desinformación los ha exterminado. El miedo los ha exterminado. Nosotros los hemos exterminado. Peña y su administración tienen preguntas que responder. Murillo, aunque tenga 40 horas sin dormir, tiene que responder. Pero México debe formular las preguntas adecuadas. De todas maneras aquel procurador general de Justicia en México, en este amago de guerra civil, el viernes 7 de noviembre apuraba sus investigaciones para encontrar a los estudiantes levantados en Iguala por policías municipales al servicio del cártel de los Guerreros Unidos. Detrás del atril, con los ojos hundidos, sumidos en boreales auroras rojas, envejecido, Murillo Karam, un ex gobernador del estado de Hidalgo –azotado también por el narcotráfico- comenzó matizando.

“Nos duele mucho”.

Desde allí, desde el inicio uno entendía la ironía del guión aquel, del humor negro involuntario, la inteligencia, porque sí, hubo semanas de planeación.

Allí estaba Murillo, parado detrás de su micrófono, representando la postura del Estado mexicano, nunca un aliado sino un muro, el enemigo quizás, depositario también de todos los reclamos, justos o no, legales o no.

 

Pero allí estaba, detrás del atril y frente a una parodia de bandera, reflejo fiel de la Nación Peña Nieto. Tres paneles, dos pequeños, uno grande. Dos escudos con sus águilas de singular diseño y la bandera blanca de la PGR a un lado del trapo tricolor, del símbolo por el que, dicen los Niños Héroes, hay que morir. Hoy, por ejemplo, habrá banderas pero no un país. Flores blancas, alcatraces, relumbran injertadas en ese foro montado para Murillo.

Acomoda sus fólderes. Le ha costado aprenderse la trama que soltará en breve. El procurador acomoda sus hojas, se acomoda él mismo en su traje impecable azul, pero que no le favorece porque lo entiesa, lo ficciona todavía más, lo convierte en un personaje, un trazo de sí mismo, hábil caricatura que no duerme porque también de la conmiseración se vive o regodea.

– Gracias, Lalo –dice Murillo en seco.

 

VII

Veintidós mil trescientas veintidós personas no localizadas en México, dicen datos de la PGR, de las cuales a la administración de Peña Nieto le corresponden casi 10 mil. No dicen que estén desaparecidas. La dependencia, apunta su actual procurador, es cuidadosa con las palabras. De todas maneras, esos 22 mil 322 ilocalizables representan apenas la cifra denunciada, el 20 por ciento de lo real. Un esquema elaborado por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM afirma que si Chihuahua fuera un país, sería el más violento del mundo, pues allá sucede una de cada tres ejecuciones reconocidas en México.

 

VIII

– Gracias, Lalo –dice Murillo y aborda una introducción que pretende sencilla, simple, pero también muy sentimental.

– Hoy se cumplieron 33 días desde que la Fiscalía de Guerrero definió la competencia y le turnó a la Procuraduría General de la República la investigación sobre los hechos delictivos ocurridos entre el 26 y 27 de septiembre en Iguala, Guerrero.

Voltea, con la boca abierta. Toma aire rápida, casi imperceptiblemente. Su mirada permanece fija en la cámara que lo toma, una técnica elemental, pero se revuelve en su estar de pie. Se fatiga. Nos fatiga.

– Han sido 33 muy difíciles y dolorosos –pausa, pequeña aspiración mediática- sobre todo –otra pausa, pequeña, mediática- para quienes no saben el paradero de sus hijos. Pero también 33 días en los que no se ha dejado un día sin que haya habido una acción de búsqueda, sin que haya habido una acción con el propósito de encontrar a los desaparecidos por parte del gobierno de la República. También han sido 33 días.

Cambio de toma. La imagen se aleja. Murillo se aleja. La cercanía televisiva le hace daño. Se sujeta a los bordes de aquel atril blanco, posmoderno

–  …en que los mexicanos hemos vivido la angustia, la indignación…

 

IX

Pero esa búsqueda mencionada en la introducción tiene sus matices. La PGR se había comprometido a usar tecnología de punta de tipo satelital que al final resultaron en cinco aviones no tripulados, cinco helicópteros, ocho lanchas, 16 perros entrenados, 16 bioradares, una línea telefónica 01 800 e infinidad de operativos y recorridos por Iguala y las zonas aledañas.

Un día antes, los padres de los normalistas de Ayotzinapa le dijeron a Murillo que la dependencia que lo fatiga tanto simulaba las búsquedas porque iban a los cerros, “echan un vistazo y se regresan”. Murillo les dijo lo mismo: “ya estoy cansado de sus regaños”. Para ese entonces la PGR ya tenía los avances de esa investigación que anunciaba su procurador. Le había dado tiempo, incluso, de elaborar entrevistas con tres presuntos culpables; filmarlas, editarlas, ponerles subtítulos; llevar a los detenidos, tres, para que reconstruyeran la escena del crimen. Le había dado tiempo hasta de no dormir, de seguir falsas pistas.

 

X

Los diez elementos entre policías, militares y logísticos no le alcanzaron a Murillo para lo absoluto. Después de culpar al ex alcalde de Iguala, pero no del todo, José Luis Abarca, de dar la orden de matar a los estudiantes, Murillo precisaba la participación de más Guerreros Unidos.

– Se logró la ubicación y detención de Patricio Reyes Landa, alias “El Pato” y de Jhonatan Osorio Gómez, alias “El Jone”, quienes fueron detenidos en el poblado de Apetlaca, municipio de Cuetzala del Progreso.

Estos dos hombres llevaron a Murillo a una tercera persona, Agustín García Reyes, detenido en Cocula, Guerrero, alias “El Chereje”. Este último no alcanza los 1.65 metros de estatura. Ellos confesaron haber recibido a los estudiantes de manos de los policías de Iguala y Cocula, luego de levantados.

 

XI

La necesidad del gobierno de la república de dar transparencia obligó, según Murillo, a informar porque “los testimonios y confesiones que hemos recabado, aunadas al resto de las investigaciones realizadas, apuntan muy lamentablemente, al homicidio de un amplio número de personas en la zona de Cocula. En la búsqueda de la verdad, mi obligación es ceñirme a lo que consta en las averiguaciones… quiero ser muy claro: que lo que hoy presentamos son avances de la investigación (y) no son, ni pretenden ser, las conclusiones de la misma. La investigación continúa su curso.

 

XII

Entonces, son los estudiantes pero no son los estudiantes.

El relato que hará Murillo después, escueto, con voz cavernosa pero pocas veces vacilante es desfiladero, páramo, yermo, eco en una casa de 86 millones de pesos.

 

XIII

Reconstruye los hechos, traza las líneas. Para esto sí hay tecnología, o al menos sí funciona. Una pantallita muestra un mapa de la normal Raúl Isidro Burgos y la ruta que siguieron los normalistas. Que tomaron dos camiones de la línea Estrella de Oro. Que al llegar a la terminal de Iguala tomaron otros dos. Que José Luis Abarca -se le conocía, en los códigos de la policía municipal, como A5- dio la orden a los policías para detener a las personas que viajaban en esos cuatro camiones, según declara David Hernández, alias “El Chino”, operador de Radio de la policía. Allí, dice Murillo, los uniformados asesinaron a tres normalistas. Luego, dice, los normalistas siguen su camino pero los policías de Iguala apoyados por los de Cocula los detienen. Los suben a patrullas y se los llevan a un punto, entre Iguala y Cocula, “en que se abre una brecha, hacia la zona que se denomina Loma de Coyote”. Murillo voltea al mapa electrónico. Allí se entregó a los estudiantes a los Guerreros Unidos. En ese plasma al servicio de esa justicia pasan algunos segundos de esas patrullas Pick Up con su carga humana. Murillo recalca que los restos hallados en las fosas de Pueblo Viejo, las primeras que hallaron en la búsqueda de los levantados, no son de los estudiantes. Quienes yacen en Pueblo Viejo, dice, fueron asesinados en agosto, al menos cuatro de ellos. “Incluso se encontraron restos de mujeres”. En las muertes de Pueblo Viejo hay policías de Iguala involucrados.

 

XIV

Trazado el camino, no quedaba más que recorrerlo.

Son los estudiantes pero no son los estudiantes.

Lo son porque los detenidos, los Guerreros Unidos a quienes apodan “El Pato”, “El Chereje” y “El Jone” lo han contado. Que ellos los recibieron, que ellos mataron a los que no llegaron muertos. No lo son porque la Procuraduría no tiene la manera de probar aquellas declaraciones, porque hasta “los dientes, si se tocan, se desintegran”.

A Sidronio Casarrubias, el último líder de los Guerreros Unidos y de quien la sociedad del estado de Morelos sabía de su implicación en el secuestro y asesinato de los normalistas, lo atraparon cuando ese secreto a voces se filtró en redes sociales. A Sidronio, dice Murillo, lo contactó Gildardo López Astudillo, su lugarteniente, “El Gil”, para decirle de los conflictos en Iguala y culpando a Los Rojos, los narcos rivales. Casarrubias “avaló las acciones para, entre comillas, defender su territorio”, dijo Murillo, quien anunciaba la foto de “El Gil”, que nunca apareció en la pantalla sombría.

 

XV

Para la PGR, hubo tres autores materiales. Están detenidos y éstos mencionan a otros, que caerán en los días por venir, en los recuerdos del porvenir. Uno de ellos le dijo a la PGR que ellos tres, “El Pato”, “El Chereje” y “El Jone” recibieron de los policías a más de 40 personas.

– Ésta es parte de su declaración –dice Murillo, como si mandara a un corte televisivo.

Silencio. Espacio. Espacio. Silencio.

Nada sucede. No hay sincronía.

El procurador está fatigado aunque felizmente vivo, afortunadamente completo en un país que mutila y traga, que llama “privación” al asesinato.

– Despierten a quien tiene el video –dice por fin, con el rostro adusto, de piedra pómez.

Aparece Agustín García, “El Chaneque”, protegido su rostro con un filtro aunque se acaba de presentar su rostro en una enorme pantalla. Allí confirma los dichos de la PGR y añade los detalles, sentado, esposado, con un chaleco naranja, una playera verde, pantalón azul de mezclilla.

“Así que los haya contado uno por uno, no”, se lee en los subtítulos del video, mientras la voz del joven, de no más de 30 años, se arrastra, arrastra.

– Ellos dijeron…

– ¿Quién? –pregunta alguien de la PGR.

– “El Pato”, “El Chereje”, son 44, 43, así nomás oí pero que los haya contado no, pero sí eran hartos.

Realizado el traslado, se dirigieron al basurero de Cocula en un vehículo de 3.5 toneladas y otro más pequeño. El procurador dice que el basurero es un barranco que se ve desde el aire, rodeado por árboles.

Otro video es proyectado. El escenario es el basurero de Cocula. Se observan los pies, las sombras de los agentes y de un detenido.

– ¿Había algunos muertos en la camioneta antes de bajarlos? –pregunta alguien de la PGR.

– Sí, en el momento que yo iba pasando a los chavos–dice la voz del implicado, bronca- ya este, ya habían muerto, ya había como unos aproximadamente 15 muertos.

– Muertos de bala o de qué…

– De que se ahogaron, se asfixiaron.

“El Chereje” confirma que los sobrevivientes se identificaron todos como estudiantes y que habían ido a Iguala por la esposa de Abarca.

– Nomás así dijeron.

Y que no pertenecían a ningún grupo criminal.

Allí mataron a los sobrevivientes y los arrojaron al basurero, donde se hizo una pira gigante para quemar los cuerpos, con todo y ropa en un fuego que ardió por 15 horas alimentado por todo lo que había a la mano. La búsqueda de los peritos confirmó algunos fragmentos óseos

Pequeños huesos humanos, confirmaron.

Así, la reconstrucción es lo que es. Uno de los detenidos simula bajar los cuerpos de una camioneta. Una bolsa de plástico con ropa adentro simula el cadáver. El  hombre explica el paso a paso y los agentes de la Procuraduría registran todo.

– …los agarraban, para acá… para acá…

– Llévate, si quieres ocupamos…

– …y los iban acomodando así.

– …ocupamos estas mismas, así como si fueran cuerpos.

Y así como si fueran cuerpos, la bolsa de plástico blanca sirvió a Murillo y a su equipo como gráfico ejemplo. Y así, como si fueran cuerpos, los estudiantes fueron acumulados, amontonados y, según la PGR, reducidos a la ceniza mínima.

– ¿Quieres que te ayude alguien? –dice el agente de la PGR al detenido.

– Este… no, porque los que estaban vivos se levantaban, ya los agarraba y después caminaban así –agachados, con las manos sobre la nuca.

Y así, como si fueran cuerpos, allí los ejecutaron, los acomodaron, los aventaron al fondo del barranco del basurero y les prendieron fuego.

Vuelve la imagen con Murillo Karam.

– Corroboran esos dichos las declaraciones de dos empleados del servicio de Limpia de Cocula, quienes dicen que esa semana, que cuando iban a bordo del camión de basura municipal identificado como la Unidad 01, fueron interceptados por dos de los ahora requeridos, quienes les impidieron el paso, (y) les ordenaron que regresaran.

Murillo informa que luego de quemar los cuerpos, los autores materiales recibieron la orden de quien apodan “El Terco”, de triturar los huesos calcinados y depositarlos en bolsas de basura negras, que luego fueron vaciadas en el río San Juan, salvo dos, que se arrojaron completas. Luego pasan tomas de peritos en el fondo del basurero y se observan dientes ennegrecidos, la ceniza humana en ese fondo mapeado, acordonado con hilos, como una hortaliza, delimitados por letreros. Al recorrer ese río, luego, los policías encontraron restos de las bolsas y el contenido -Murillo acota que en esos operativos un agente se ahogó- y al menos una de ella estaba cerrada. Adentro había huesos humanos que luego fueron depositados en bandejas de plástico, para su estudio y clasificación. Pero el fuego y la degradación imposibilitan la extracción del ADN, dice Murillo, quien afirmó que se hará, sí, pero en Innsbruk, Austria.

La investigación queda abierta.

– Mientras tanto, se seguirán considerando como desaparecidos a los estudiantes de Ayotzinapa para efectos de la investigación.

Luego vinieron las preguntas.

– La Jornada: ¿ustedes ya están asegurando que los 43 normalistas fueron asesinados?

– No. Nosotros estamos asegurando que el grupo de personas que se detuvieron, que se trasladaron, que se llevaron a ese lugar, que se incineraron, se quemaron y después se tiraron en río forman parte de los hechos sucedidos en Iguala. Para poder determinar que son los estudiantes necesito acumular las formas de identificación que puedan darse. Hay muchos… muchas… muchos indicios… ustedes vieron. Precisamente por eso los mostramos, porque nos podrían indicar que son, pero la obligación de la autoridad que tiene como función la clara identificación de las cosas nos obliga a mantener la investigación hasta que tengamos una plenitud total.

Son, pero no son.

Cuarenta minutos después todo concluyó pero el tiempo alcanzó para que Murillo Karam dijera que “yo hablo, en el primer caso, en cuanto a policías y el presidente municipal, seguramente así irá la consignación de desaparición forzada. Es un caso típico de desaparición forzada. Y luego, si hay muertos, es un homicidio. Usar las palabras así nada más es un poco peligroso, un crimen de Estado es algo mucho mayor. Iguala no es el Estado mexicano.

 

Todavía dos reporteros más accedieron al micrófono. Murillo contestó a sus preguntas y soltó al final un “muchas gracias, ya me cansé”.

Una más, le dijo el maestro de ceremonias. Murillo aceptó pero el “ya me cansé” circulaba sin pereza por el país, en las entrañas de las redes sociales, que seguían el desarrollo de la noticia más esperada y que definirá parte del futuro del país, este sí, cansado, agotado, exprimido, asesinado.

Ese “ya me cansé” marcaría apenas el inicio de un fin de semana que incluiría la quema de una de las puertas de palacio nacional en una especie de montaje que supuestos infiltrados a una marcha pacífica realizarían la medianoche del sábado 8 de noviembre.

 

XVI

Un usuario de facebook y que presenció la quema de la puerta del palacio nacional, la noche del 8 de noviembre, relata:

“Lo que sucedió ya se sabe: que la marcha se tornó pacífica (más al rato subo fotos) y al final varios estudiantes (e infiltrados) que estaba en ella se volcaron hacia la susodicha puerta. Comenzaron a aventar “palomas” (cuetes de esos de las posadas) y petardos un poco más potentes. Un grupo de 30 ó 40 personas echaron gasolina a la puerta y comenzaron a incendiarla. Casi al instante el fuego se disipó debido a que la puertita tiene un mecanismo (faltaba más) de agua que al percibir con sensores el fuego, dejó caer sobre ella una cascada. Infructuosamente intentaron quemarla de nuevo, volvieron a rociarle combustible y jamás prendió. Ante ello, tomaron las vallas y formaron arietes. Alguien aventó una bomba Molotov dentro de la casetita de vigilancia, que se extinguió en seguida. Dos antorchas hicieron blanco en un par de oficinas que tenían la ventana abierta y se apagaron un minuto después. Intentaron aventar objetos a los vidrios pero no se rompieron porque son a prueba de eso. La puerta apenas sí se astilló con las arremetidas, que duraron unos 20 minutos. En seguida, alguien descubrió a un policía, que se escurrió por el lado sur y los manifestantes se fueron contra él, junto con los medios de comunicación. Con una estrategia perfectamente planeada, unos 20 granaderos entraron al rescate de este policía y se posicionaron en la puerta. Les secundaron otros 20 ó 25 soldados del Estado Mayor Presidencial, quienes a la voz de tres corrieron hacia los periodistas y manifestantes para atacar y hacer detenciones. La gente se replegó al Asta Bandera. Los estudiantes tomaron las vallas tiradas y se las llevaron a Madero. Con ellas cerraron Eje Central y Juárez. Abrieron el paso para que entrara una ambulancia y los policías de Tránsito apoyaron esa acción. Los automovilistas dieron marcha atrás. Diez minutos después llegaron unas 10 camionetas de granaderos del DF y comenzaron a detener a quienes veían al paso. A 15 metros, unos estudiantes de alguna universidad privada se sacaban una sesión de fotos de graduación y apenas se inmutaron porque los manifestantes ya eran pocos. Sobre Madero, Juárez y 5 de Mayo los antros nunca cerraron, los Oxxo tampoco, la gente del Starbuck’s apenas se percataron de que hubo una marcha. La puerta del Palacio Nacional no tiene ni un rasguño”.

 

XVII

Toca ahora el exterminio, una guerra planeada, confusa mientras algo sucede detrás, algo que no se alcanza a ver mientras hay saqueos

mientras queman las puertas del palacio nacional.

y se confunde con un mensaje

“ya me cansé” explica un país enfrentado, la realidad mexicana, un Narcoestado por fin cuestionado, desenmascarado, la sociedad civil frente al grotesco tinglado que monta la Nación Peña Nieto y sus personajes sostenidos apenas por la punta de una bala, la más común de las fosas.

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