Lecciones

* “Carlos Salinas de la mano de Elba Esther Gordillo puso en marcha su proyecto neoliberal con el que pretendía modernizar a la educación pública, a la enseñanza y mejorar las condiciones, tanto formativas como laborales, de los profesores en servicio.  En este sentido, el periodo de Fox fue más lejos, puesto que creyó que el sistema educativo se debía modernizar con el apoyo de la iniciativa privada y otras organizaciones como la Unión Nacional de Padres de Familia y la Fundación Vamos México. Todo bajo el supuesto de que así garantizaba la calidad educativa”, escribe el periodista Francisco Cruz Jiménez en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Y, aunque en los últimos años de su mandato (el ex presidente Felipe) Calderón se mostró preocupado por pedir transparencia en el sindicato y, en apariencia, le restó poder a La Maestra despidiendo a su gente de algunos cargos que él había cedido, no fue porque quisiera enmendar su camino de fracaso, sino porque Elba Esther—caracterizada por ser de lealtades cambiantes— no apoyó a su hermana Luisa María Calderón en su camino a la gubernatura de Michoacán en 2011, en el que ganó el priista Fausto Vallejo.

Esta derrota panista fue, sin duda, la corona de fracaso que acompañará hasta su sepultura a la familia Calderón Hinojosa. Sin embargo, cuando esto sucedió y la furia del entonces Presidente quiso alcanzar a Elba Esther, ésta ya había dado muchos pasos adelante negociando con personajes del Partido Revolucionario Institucional.

A principios de 2013 Enrique Peña Nieto lanzó una iniciativa de reforma educativa que gira en torno a “novedades” para mejorar el sistema de enseñanza y el magisterio: se propone, por ejemplo, evaluar constantemente a los profesores para determinar si son aptos para dar clases. La realidad parece la imagen engañosa de un espejo que refleja pasado. “Lo nuevo” son ahora los viejos modelos que se sacuden el polvo y resurgen en un tiempo diferente al que los vio nacer. Y eso lo saben ella y sus agremiados. Tantos años protagonizando la misma historia otorgaron a La Maestra una actuación impecable, fue así como, mientras en entrevistas alegaba que la Reforma contenía una palabra —permanencia— que atentaba contra la dignidad y los derechos de los profesores, en varios puntos estratégicos del país se podía ver a pequeños grupos de sus sindicalizados argumentando que ésta debía ser aprobada porque elevaría la calidad educativa con escuelas de tiempo completo equipadas con la mejor tecnología y porque respetaba los derechos de los maestros.

Se tiene registro, por ejemplo, de una decena de profesores pertenecientes a la Sección 10 del SNTE, liderados por el profesor Jaime León Navarrete—fiel seguidor de Elba Esther Gordillo—, que se plantaron el 20 de enero de 2013 en el monumento a la Revolución, ubicado en el Distrito Federal, con la intención de promover la reforma educativa: “señores padres de familia, nosotros somos los maestros que estamos a favor de la educación de sus hijos, somos quienes luchamos junto con sus hijos en las aulas de la escuela para construir un mejor futuro, no en marchas y plantones como lo hacen “otros” que sólo piensan en conseguir prestaciones y prestaciones”.

A cambio de una firma, regalaban un libro del escritor Fernando Savater—El valor de educar, editado por el Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América (IEESA), prologado por Elba Esther Gordillo—, un folleto de mano que contenía un sí rotundo a la Reforma porque “promueve la excelencia educativa, la evaluación para mejorar, escuelas de tiempo completo, programas de superación profesional, pero, sobre todo, porque dignifica la figura del maestro”.

Dignidad, un tema para la discusión… Desde que el sindicato existe como SNTE, “dignidad” y “calidad” son las palabras frecuentes en el discurso educativo. Desde el sexenio de Manuel Ávila Camacho (1940-1946) se dio por sentado que, para dignificar la figura del maestro, se tenía que reconocer a su sindicato. La clave estaba en el lema “unidad” para una mejor educación. Pero ésta tenía como trasfondo, claro está, el control absoluto del gobierno federal sobre los profesores que, a partir de ese momento, se vieron comprometidos por su líder sindical a servir a los intereses del partido oficial—PRI—.

Jesús Robles Martínez es el responsable de charrificar la organización magisterial. Luego vino Jonguitud, quien mantuvo la campaña de represión que había aplicado su antecesor para calmar a los disidentes. Hasta aquí, el discurso oficial señalaba a la educación como prioridad; en la práctica era más bien una forma de control, una manera de concentrar el poder en una sola persona: el líder sindical, cuya permanencia se debía al Estado. Carlos Salinas de la mano de Elba Esther Gordillo puso en marcha su proyecto neoliberal con el que pretendía modernizar a la educación pública, a la enseñanza y mejorar las condiciones, tanto formativas como laborales, de los profesores en servicio.  En este sentido, el periodo de Fox fue más lejos, puesto que creyó que el sistema educativo se debía modernizar con el apoyo de la iniciativa privada y otras organizaciones como la Unión Nacional de Padres de Familia y la Fundación Vamos México. Todo bajo el supuesto de que así garantizaba la calidad educativa.

En materia de calidad y dignidad magisterial, el gobierno de Calderón constituye un paradigma con su Alianza por la Calidad Educativa, que llegó acompañada de exámenes, pero también con mucho dinero y puestos burocráticos para la cúpula sindical. Lejos de subrayar que la Reforma Educativa de Peña tiene su modelo en el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica impulsado por Carlos Salinas, surge una pregunta obligada: ¿Dignidad de quién?, ¿de los profesores comisionados o la de quienes contribuyen cada quincena con su cuota sindical?, ¿la de los docentes que en cada elección fungen como “aviadores” electorales?, ¿la de los comisionados que mantiene la Secretaría de Educación Pública como interinos en puestos directivos, pero con el mismo sueldo de su plaza?, ¿la de los maestros entreguistas que permiten que el gobierno federal disponga de su derecho a defender su patrimonio sindical?

Sin duda alguna, tanto “dignidad” como “calidad” son dos palabras protocolarias que se han vaciado de sentido y que, por su carácter subjetivo—porque estadísticamente no son cuantificables—, se usan indistintamente en discursos reiterados sobre educación que tampoco dicen nada o, al menos, no tienen el impacto de competitividad que prometen. Las cifras sobre los niveles de deserción escolar en educación básica, media superior, así como de los que ingresan al nivel superior y no terminan su carrera no necesariamente son el reflejo de la falta de calidad, sino la suma de diversos factores sociales, políticos y económicos. Por ejemplo, la pobreza, de parte de los niños, aunada a la mala remuneración de los profesores, a quienes el sistema obliga a cubrir hasta dos o tres turnos —o de plano dedicarse a otras actividades al término de su horario normal— para tener un ingreso medianamente digno, sin contar la falta de materiales ni malas condiciones de las escuelas en las que imparten clases.

Frente a esta “nueva” Reforma, la realidad educativa se torna cada vez más dramática por los grupos de poder que la controlan: gobiernos aliados con un sindicato corrupto y profesores que han encontrado en el servilismo la mejor manera de ganarse la vida. Como bien dijo Jonguitud en una entrevista hecha por el periódico La Jornada en 2002: “El maestro ha aprendido que su presencia en el sindicato significa sumisión, aceptación de todo lo que venga, y que los canales sindicales dejen de trabajar en beneficio del maestro”. Con toda certeza, esta lección la aprendió muy bien Elba Esther.

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