Narcoestado

* – Entonces llegaron los helicópteros. Nadie llegó por la carretera. No hubo soldados ni vimos a nadie. Eran nada más los helicópteros, los que les dicen los G3.

Llegaron y los sobrevolaron, zopilotes de incomprensible tecnología, uno de ellos con una cruz negra cruzándole la entraña, como un espolón. Reunidos en ese círculo de basura los hombres observaron, petrificados, esa muerte voladora. No corrieron. Para qué. Los campesinos, mejor dicho uno de ellos, quiso ver. Allá lejos bajaron los brazos, agrupados. Otros los levantaron mientras el aire, el fantástico viento les volaba las gorras, les ametrallaba los rifles. Uno de los helicópteros, el de la cruz negra, abrió fuego, casi con desdén.

 

Miguel Alvarado

Polvo convertido en calle, la avenida gris transitada por taxistas escleróticos deteniéndose junto a cada gente, pedigüeños, para preguntar la hora, saludándose con afecto, compartiendo un cigarro, la hora equivocada para ir a comer.

Es el tiempo de la muerte por calor o por asfixia que proponen las bocas del volcán, donde vuelan los restos de los hombres desollados. Aquí caminan los que no tienen remedio, los que saben que van a morir o van a matar y los que van a morir sonríen transversales mientras en un puño sostienen los diarios o los restos de una medalla, un chocolate apenas mordisqueado.

Se observan desde lejos las víctimas, sus amantes sicarios antes de hacer contacto en las profundas superficies de los ojos. Calibran el aire y escuchan la puerta que se astilla, el agua y el vaso que la contiene y miden la distancia donde una mano y su torpeza la derraman. Afuera, por esa ventana del restorán pasa un hombre cargando un bulto, sube las escaleras, se detiene un momento midiendo el siguiente paso y retrocede.

Los ojos se afilan. Alguien saca el arma y dispara como vio que lo hacían en televisión. Le gusta el ruido, la explosión que siente su mano flaca que sacude y que lo obliga a dar un paso atrás, embarrándose de mierda en el movimiento que rasga la ceniza y el miedo

el polvo

lo absurdo

lo aburrido que resultará buscar para el Narcoestado en los archivos las fotos de un cuerpo, la boca abierta de la niña como si oliera

oliera ridículamente una flor.

 

Ellos ganan si me olvido de ti.

 

II

En México, país productor y exportador de droga, la simulación de la democracia incluye también la limpieza racial, la mutilación étnica por grupos paramilitares o escuadrones de la muerte, como ejemplifican los Guerreros Unidos, el minicártel del narcotráfico usado para masacrar a los normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, pero también para enfrentar a la población mexicana, acuchillarla en una innecesaria guerra civil, escondida la responsabilidad del actual gobierno federal, el del mexiquense Enrique Peña Nieto, que ni siquiera puede responder cómo su esposa, la actriz de Televisa, Angélica Rivera, ha adquirido una casa valuada en 86 millones de pesos sin trabajar.

También se ha perdido de vista que los militares mandan. Que en México el poder político es una mascarada vuelto negocio que genera cientos de millones de dólares. Un teatro doloroso, una película snuff en cuyo reparto aparece el nombre de cada uno de los ciudadanos inscritos en listas nominales.

En Tlatlaya, Estado de México, 22 personas, la mayoría jóvenes de entre 15 y 23 años fueron ejecutados por el 102 batallón del ejército mexicano el 30 de junio del 2014. Según el dicho de esas fuerzas armadas, legalizadas, esos jóvenes eran sicarios, narcotraficantes  que se encontraban en una bodega. Otras versiones señalan que los jóvenes estaban relacionados con grupos de autodefensa guerrerense y que se preparaban para enfrentar desde sus comunidades a los comandos de narcotraficantes de la Tierra Caliente compartida por el Estado de México, Guerrero y Michoacán. Ellos necesitaban armas y ese batallón podría vendérselas, porque lo había hecho con otros grupos, incluidos los criminales que al mismo tiempo combatía, pero la madrugada pactada para la transacción algo salió mal y los jóvenes murieron allí. Una versión más apunta que ese grupo efectivamente era de narcotraficantes y que efectuaría la compra-venta de armas con el ejército. El informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos apunta que ese grupo de la bodega era liderado por dos hombres, mayores de 30 años, quienes consiguieron escapar de aquella matanza porque salieron con las manos en alto, pero una vez fuera, echaron a correr y a pesar de ser perseguidos por un militar armado, lograron llegar a una camioneta que los estaba esperando y en ella fugarse. El informe de la Comisión no proporciona los nombres de los implicados, a pesar de conocerlos, ni tampoco el del grupo delictivo involucrado pero uno de esos dos fugados, según la CNDH era llamado “Comandante”.

Esta tercera versión ubicaría al narcotraficante Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, líder de La Familia Michoacana en el sur mexiquense y uno de los principales infiltradores del batallón 102. Hurtado habría entregado a tres de sus hombres al ejército, porque trabajaban para los Guerreros Unidos dentro del Estado de México.

Los abusos del ejército, la “privación” ilegal de la vida, como calificó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos a los homicidios del ejército, fueron certificados incluso con el horror que se esperaba en el relato, pero sirvió de puente que, días después, desembocó en la masacre de Iguala contra los estudiantes de Ayotzinapa.

El matiz cambió. El ejército, a pesar de sí mismo, de la desgracia de su inhumanidad, encontró en Tlatlaya un molde heroico, puro, ante la desinformación patológica, la escasa capacidad reflexiva en la sociedad que se polarizaba como si el tema abordara un partido de futbol. Pareciera que el principal exterminador de mexicanos, el ejército y el batallón 102, nunca hubiera sido infiltrado por cárteles como los de La Familia Michoacana y el sicario Johnny Hurtado Olascoaga, “El Mojarro”, un escurridizo narcotraficante de la Tierra Caliente que encabeza aún los restos de la organización fundada por Servando Gómez, “La Tuta”, usado para destazar Michoacán al frente de otro grupo paramilitar con actividad narcotraficante, Los Caballeros Templarios.

La corrupción del 102 está documentada. La protección del cártel de La Familia Michoacana está documentada, al igual que la inacción del 27 batallón en Iguala, al que el procurador general, Jesús Murillo Karam exculpó: qué hubiera pasado si el ejército hubiera actuado, diría como respuesta. Esos soldados se dedicaron a mirar y cuando todo concluyó, impidieron que los estudiantes sobrevivientes en Iguala recibieran atención médica.

En Tlatlaya, un día después de esa primera matanza, al gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, se le fue la lengua. Primero felicitó a los responsables de aquel “operativo”. La fe ciega en quienes portan las armas, se enfundan el uniforme a sabiendas de las cadenas de mando. El gobernador mexiquense no es ignorante. Conoce a fondo los impedimentos que lo atan.

Mientras felicitaba por los asesinatos, al mismo tiempo su Procuraduría de Justicia mexiquense torturaba premeditadamente a las tres sobrevivientes de aquella masacre para cuadrar el trabajo de los militares. Luego, la investigación parcializada de la CNDH desviaba la culpa hacia los soldados rasos. No hubo uno solo mando importante castigado. La recomendación de la CNDH fue tomada por la administración de Ávila por el lado más cómodo. Según él, se indemnizará a las víctimas. Ávila supo desde el principio, así como sabe de la existencia de escuadrones de la muerte, de otro tipo, pero al fin y al cabo exterminadores, en el valle de México, concretamente en Ecatepec, que elevan al nivel de genocidio los asesinatos de mujeres y civiles en el municipio que él encabezó ya dos veces como presidente municipal. Ávila sabe que su Estado de México es una fosa mucho más pestilente, más dramática que las 200 halladas en los últimos años en Guerrero y que una guerra invisible se libra contra población indefensa. El Estado de México es el tercer lugar nacional de desapariciones con mil 554 casos reconocidos de manera oficial desde el 2011, pero las autoridades hacen lo imposible por silenciar las denuncias. Las cifras no oficiales rebasan cualquier aproximación y en esas desapariciones y asesinatos están inmiscuidos militares y policías. Al gobierno estatal se le avecina un escándalo de proporciones mayúsculas. La negativa de la Alerta de Género por parte de Ávila; la negativa para hablar sobre los feminicidios no es casualidad. Policías y mandos del Estado de México están implicados de manera directa.

A los cárteles de Guerreros Unidos y de los Templarios se les ubica como escuadrones de exterminio entrenados por la propia milicia. Usan el terror para ahuyentar a la población y tienen el apoyo de la autoridad civil. A esa autoridad civil, representada por ejemplo por Jesús Murillo, actual procurador general de Justicia de la PGR, le toca justificar la atrocidad de este Narcoestado militarizado.

Ahora el presidente mexicano Enrique Peña, llegado de una absurda vuelta por China y Australia, que lo ubicó en el centro de una pira en México, ésta sí, real, y que lo sigue calcinando, abusa de ese poder pero elige la frase más ominosa: “no dejaremos de agotar toda instancia de diálogo, acercamiento y de apertura para evitar el uso de la fuerza para restablecer el orden, es el último recurso, pero el Estado está legítimamente facultado para hacer uso del mismo cuando se ha agotado cualquier otro mecanismo para restablecer el orden”. Desde Cuautitlán Izcalli, el 18 de noviembre del 2014, arropado por acarreados mexiquenses, entre ellos el propio Ávila Villegas, Peña apuntaba que su esposa, Rivera, explicaría lo de la casa de 7 millones dólares para darle énfasis a lo que le importaba en realidad: que veía grupos que querían desestabilizar a su gobierno. No dijo cuáles. No dijo para qué. La advertencia estaba servida como un plato frío, antes de la gigantesca marcha del 20 de noviembre.

Peña, agente de ventas en el extranjero para sus reformas energéticas, verdadero motivo de la gira asiática, es un representante del absolutismo. Así ha gobernado al Edomex su grupo, el de Atlacomulco, acostumbrado a que nada se le ponga enfrente. Compartir el poder con los militares no es problema para ellos. La desaparición de los normalistas es una provocación de ese Narcoestado prohijado por los de Atlacomulco y sus ramificaciones, que incluye la bastardización de los partidos y el nacimiento de personajes como José Luis Abarca, por ejemplo.

Estas provocaciones tienen uno de sus orígenes en el Estado de México. El libro “Tierra Narca”, del periodista Francisco Cruz, ya lo hizo y narra cómo en la administración de Arturo Montiel (1999-2005). El sur mexiquense, el Triángulo de la Brecha se ha construido cadáver sobre cadáver y poco a poco transformó ese entorno, formado por microscópicos municipios, en un principado con leyes propias, gobiernos intestinos y territorios ampliados, siempre en disputa que alcanzaron su zona de influencia incluso hasta Iguala y absorbió todo el estado de Morelos. Ese mismo gabinete, que ayudó a Montiel y a Peña a administrar esa Tierra Narca, es el mismo que habita Los Pinos.

Las autoridades civiles serían rebasadas de inmediato, apenas caricaturas de un poder público menoscabado y si alguien quería tener control sobre el narcotráfico debía tener poder armado. Nadie, ni la policía, lo tenían. Sólo el ejército, las fuerzas armadas. El pacto importante era con ellos. Los capos, en un principio figuras temidas pero también emanadas del pueblo, identificados con esa “plebe” que señala tan didácticamente Paulina Peña, una de las hijas del presidente mexicano, pronto sucumbirían. No serían más que operadores con salarios inmensurables, enjabonados, perfumados en sangre pero prescindibles. Las fuerzas armadas siempre los consintieron. Siempre hubo un límite invisible. Después, la muerte.

La desaparición de los normalistas, el 26 de septiembre del 2014, expuso un grado de descomposición inimaginable en el país. Los políticos fueron relegados por la sociedad pero ésta, obligada a salir a la calle y bajo la amenaza desde la presidencia, que prevé desde ya el diálogo agotado, no tiene defensa.

Está expuesta.

En la calle.

 

III

El Tribunal Permanente de los Pueblos documenta en México, desde 1988, una creciente criminalización contra la sociedad mexicana desde el Estado hasta la fecha. Este Tribunal, integrado por el obispo de Saltillo, Raúl Vera; el magistrado francés Philippe Texier; el economista alemán Elmar Altvater; la periodista Luciana Castellina; la sobreviviente a la dictadura argentina de los años setenta, Graciela Daleo; la escritora tica Graciela Daleo; el investigador argentino Daniel Feierstein; el investigador español Juan Hernández Zubizarreta; el médico español Carlos Martín Beristain; el abogado español Antoni Pigrau Solé; la activista mexicana Silvia Rodríguez y el procurador italiano Nello Rossi, concluye que México es un abastecedor que no puede fallar al mercado norteamericano y europeo y eso incluye el ámbito de las drogas y los recursos energéticos y naturales. Así, “Resulta simbólico en este contexto, la desaparición del ejido expresamente pedida por el TLCAN aun antes de su discusión y aprobación; y de la sustracción de los derechos de los pueblos indígenas a la tierra comunal. De este modo se abre la puerta a la pérdida del uso colectivo de la tierra, principio y base fundamental de la organización social de México”.

Pero esa descomposición de la base fundamental social tiene números: tres de cuatro trabajadores son informales en el país; 40 mil millones de dólares son producto de actividades relacionadas con el narcotráfico; 22 mil millones de dólares son producto de remesas enviadas por migrantes y combinadas alcanza el 40 por ciento del PIB. Según el estudio, la riqueza en México está directamente relacionada con el sufrimiento del pueblo y con la eliminación de los “perdedores”. El desarme del Estado mexicano ante las trasnacionales significa también la cancelación de la identidad, la pérdida de la soberanía y las legitimidades. “El vaciamiento del Estado está siendo llevado hasta el límite por el gobierno de Peña Nieto que por entrega, omisión o impotencia va renunciando a la soberanía en todos los ámbitos”, dice el texto.

El miedo es la principal arma del Estado contra su propia sociedad. La desarticula y desde allí la desanima. El estudio apunta 37 mil ejecuciones extrajudiciales en la administración del expresidente panista Felipe Calderón, pero también documenta el exterminio:

“En las Audiencias se han recordado, entre otros, los casos de la masacres de Ocosingo, San Cristóbal y Chicomuselo Chiapas (durante enero de 1994 y en 1995), la masacre de Aguas Blancas, en Guerrero (28 de junio de 1995), la masacre de Acteal, Chiapas (22 de diciembre de 1997), la masacre del Charco, Guerrero (7 de junio de 1998), la masacre del Bosque en Chiapas (10 de junio de 1998).

“Otros ataques contra grupos se han dado a lo largo del tiempo mostrando una línea de continuidad, como, entre otros, la represión y los asesinatos de Atenco (2001 y 2006), la represión y al movimiento magisterial en Oaxaca y la posterior represión al movimiento popular de Oaxaca con más de 20 asesinatos (a lo largo de 2006), la represión contra las comunidades indígenas de Cherán y Ostula, Michoacán, con más de 10 asesinados (entre 2011 y 2012), así como la represión a la lucha contra minera canadiense, San José del Progreso, Oaxaca con dos asesinados y varios heridos (durante 2012).

“Otras masacres no parecen tener una autoría estatal inmediata, como las de 72 migrantes centroamericanos y sudamericanos que fueron ejecutados en el municipio de San Fernando, Tamaulipas (2010); o el caso de los 49 cadáveres decapitados y mutilados, abandonados en una carretera que conecta Monterrey con la frontera de Estados Unidos (2012); o los 18 cuerpos encontrados en una zona turística cerca de Guadalajara (2012); o los 23 cadáveres que aparecieron decapitados o colgados de un puente en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo (2012), entre otros hechos similares.

“Sí tiene una autoría estatal, más recientemente. La masacre en la comunidad rural de San Pedro Limón, en el municipio de Tlatlaya, Estado de México, en que fueron asesinados 22 personas el 30 de junio de este mismo año 2014”.

 

IV

Es abril, tiempo de siembra y ya son las cinco, apenas momento de levantarse, otear para saber si hay calor y comerse algo. Hoy se siembra y mañana habrá boda, se casan los novios y la fiesta será esa extensión de la tierra que atraerá a los lejanos devolviéndolos por algunas horas a este verde desierto.

El tiempo aquí se mide con otros relojes. Ya se sabe que para llegar a las lomas de este día hay que pasar por donde está la virgen. Los campesinos salen de Zacazonapan y toman el camino a San Martín, que también se llama Otzoloapan y allí donde uno empieza a subir y puede voltear, ve a Zacazonapan extendido como una cazuela. Bueno, allí está la señora y allí se llama La Virgencita. Allí se detiene uno y camina rumbo al monte, saliéndose del camino.

Esa señora es una estatua y a veces le llevan flores o los que pasan le ponen algo, pero siempre tiene un obsequio para que sepa que se acuerdan de ella. También hay un basurero, no allí mismo, pero cerca, porque crecen como enraizados al pueblo, como sucede con los lugares enclavados en esos climas casi selváticos, como los de Cocula, en Iguala o en Luvianos o en Tlatlaya. Porque dónde se tira la basura. Ellos, los que llegaron, ellos tiran la basura donde ponen sus campamentos. Por eso, cuando no se ven, se busca la basura y se sabe que andan cerca.

El tiempo corre y los que siembran y los que viven en el pueblo ya terminaron por acostumbrarse a la presencia de los extraños, que un día aparecieron y así nada más, con un grito, porque así fue -con un grito- sometieron a los policías municipales y a sus débiles autoridades.

– Vas y te paras y les gritas. Y se te doblan. Y ellos llegaron gritando y armados. Sucios, malencarados, como salidos del suelo, trepados en camionetas -dicen los que los vieron entrar a Zacazonapan, Luvianos, Bejucos, San Martín, Tlatlaya.

Como salidos de las raíces.

– No eran de aquí pero tampoco eran de tan lejos, como de Morelos o de Guerrero. Acá de Huetamo. Sólo los mandos tenían acentos del norte. Y en una región como la de Tierra Caliente todo está conectado. Iguala, por ejemplo. Ayotzinapa. Los batallones del ejército, por ejemplo. El 102 y el 27.

Ese abril del 2014 los campesinos de Zacazonapan sembraban las lomas, suaves ondulaciones sobre aquella virgen cuidadora de caminos que hasta el momento no había evitado enfrentamientos anteriores y matanzas entre sicarios y militares. O entre sicarios nada más, porque pronto los pobladores aprendieron que narcotraficantes, policías, autoridades y militares estaban en el mismo bando y ese lado no era el suyo. Daba lo mismo que estuvieran los Zetas, La Familia, los Pelones, últimamente los Templarios y por fin Guerreros Unidos.

– Entonces llegaron, no recordamos cuándo y con un grito tomaron el control de la policía. Luego lo mismo hicieron con los alcaldes y comenzaron a cobrar protección, cuotas. Casi siempre se podía pagar, aunque a veces no. El negocio no era ése, y había otras gentes que pensábamos al principio que venían por la mina de oro que hay en Zacazonapan. Pero tampoco era por eso.

Los nuevos administradores, narcos de La Familia, enseñaron una nueva forma de vida. Implantaron poco a poco un terror sistemático al que, de manera natural, aquella región se adaptó. Tanto, que de pronto la gente se encontraba saludando a aquellos que vivían en campamentos, en las zonas cercanas a los pueblos y que sólo acudían a ellos para comprar cosas o para asuntos que, luego se enteraban, tenía que ver con muertos como nunca antes se había visto.

Porque muertos ya había. Y se mataban y todo, pero no así.

Y esos de La Familia se hicieron llamar “las verdaderas autoridades”.

También se acostumbraron a las bases militares, a un cuartel militar en Luvianos y a la presencia de helicópteros de alta tecnología, que en aquella región del Estado de México los identificaban como G3, que llegaron hace dos años, cuando mucho. Los Black Hawk, famosos en México por una película, “La Caída del Halcón Negro”, que relata una ficticia batalla en la ciudad de Mogadisio, Somalia, entre marines y rangers norteamericanos y habitantes.

Las brechas como de fuego de la Tierra Caliente son laberinto. Los zopilotes se posan sobre los cadáveres de los animales y los desojan todo el día. Los hemos visto. Los hemos apedreado pero no se inmutan. Los huesos blanqueados por el sol y luego por las lluvias se quedan allí hasta hacerse polvo, algo como ceniza mientras los buitres vuelan buscando más cuerpos, la rapiña que los mantiene en el aire. Hace calor y hay días en que hay un zumbido que no es el viento. Disparos. Ni truenos.

Ellos, los que llegaron, tiran la basura donde ponen sus campamentos. Por eso, cuando no se ven, se busca la basura y se sabe que andan cerca. O se busca a los zopilotes. Porque abajo hay basura.

 

V

– Eran sucios, muy cochinos. Siempre había un tiradero en los parajes donde tenían estacionadas sus trocas, como en círculos. Latas de comida, bolsas de plástico, botellas, todo un basural y ni modo de decirles algo. Luego nos volteaban a ver.

– Buenos días.

– Buenos.

Y ya. Todo seguía. Uno pagaba o se iba o se moría. Y ellos cobraban y se mataban o se iban. Y los guachos a’i andaban, iban a Huetamo en Michoacán y se daban sus vueltas por Tejupilco y por Valle de Bravo y nomás veían y se estaban quietos. Los guachos volaban su helicóptero, su G3. A ése todos le tenían miedo, pero no miedo, sino terror porque ya sabían que su vuelo era nada más para matar y nunca fallaba.

Para marzo del 2014 ya se habían registrado tres enfrentamientos en la zona de Zacazonapan. Pero todos habían sido escaramuzas comparadas con las verdaderas matanzas, ocurridas los dos años anteriores. Una, la del paraje de La Estancia en Luvianos, entre La Familia Michoacana y Caballeros Templarios, dejó 32 muertos. Otros dos, en el paraje de Caja de Agua, al menos 50 muertos cada uno. Ése era el saldo hasta diciembre del 2013, aunque no se acepta oficialmente desde la milicia ni desde el gobierno del Estado de México. Tampoco es que sean 50 muertos por batalla. Es apenas el cálculo de los habitantes.

Ese 25 de abril del 2014 el tiempo se medía de manera distinta. Al mediodía, un poco antes, los campesinos se tomaron un respiro. Llegados a las lomas, el silencio los sumergió en la contemplación monosilábica. “Ya vámonos”, dijo uno. Pero aquello llegó tarde o la frase y la mirada lejana fueron sólo una manera de pasar aquellos minutos para entender que no debían moverse, que la hora y el sitio no estaban equivocados.

Recordaron que esa mañana La Virgencita no les ofreció ni la pétrea sombra de una nube. Que antes de llegar pasaron el campamento aquel de los fuereños, con sus latas y su basura, ubicado también en una de las lomas, descubierto, sin árboles que lo rodeara, pero más abajo.

– Buenas.

– Buenas. Y oiga, véndannos agua. No queremos ir a Zacazonapan. A’i luego nos ponemos de acuerdo.

Que pasada del guaje al bote, derramados algunos litros, esa agua sería la última para aquellos forasteros siempre a las vivas, de ojos enrojecidos, de ojos hasta en las espaldas, de corazón escondido, de trabajos imperdonables.

A ellos, a los de bajo, el zumbido les llegó tarde. Los primeros en oírlo fueron los campesinos, que buscaron un resquicio donde agacharse, apenas el pecho a tierra. Pero abajo no se dieron cuenta de lo que se les venía encima sino hasta que fue demasiado tarde. Y es que se saludaban todos los días pero también les cobraban y a veces les metían el miedo. Y nadie les avisó.

O más bien les avisó un zumbido.

 

VI

– Entonces llegaron los helicópteros. Nadie llegó por la carretera. No hubo soldados ni vimos a nadie. Eran nada más los helicópteros, los que les dicen los G3.

Llegaron y los sobrevolaron, zopilotes de incomprensible tecnología, uno de ellos con una cruz negra cruzándole la entraña, como un espolón. Reunidos en ese círculo de basura los hombres observaron, petrificados, esa muerte voladora. No corrieron. Para qué. Los campesinos, mejor dicho uno de ellos, quiso ver. Allá lejos bajaron los brazos, agrupados. Otros los levantaron mientras el aire, el fantástico viento les volaba las gorras, les ametrallaba los rifles.

Uno de los helicópteros, el de la cruz negra, abrió fuego, casi con desdén.

Ni siquiera la muerte sobreviene tan silenciosa.

Casi 30 personas cayeron al mismo tiempo en ese silencio ametrallado. Eso lo dice un hombre asustado que mira al piso cuando lo narra y no sabe pero tampoco importa.

Y entonces cuántos son demasiados.

Tres minutos, casi menos, duró aquella batalla. Nadie disparó de regreso. Correr para qué. El helicóptero se replegó una vez confirmada la inacción de los cuerpos, diría el lenguaje de la CNDH si tuviera conocimiento. Luego, otro helicóptero se detuvo en aquel soplo siniestro y aterrizó para llevarse los cuerpos en varios viajes.

– Y yo me pregunto si esos que no tiraban la basura en su lugar serán algunos de los que aparecieron en las fosas, ahora con lo de Guerrero.

Al otro día fue la boda, porque lo prometido en Tierra Caliente debe cumplirse a pesar de los Black Hawk.

El lunes, puntualmente, otros forasteros, igual de sucios y con la mirada perdida pero los ojos en las espaldas pasaron a cobrar las cuotas habituales.

 

VII

“El 20 de noviembre del 2014, Enrique Peña nombró general de división a Alejandro Saavedra Hernández, comandante de la 35 Zona Militar de Chilpancigo, responsable del 27 Batallón de Infantería, al que normalistas de Ayotzinapa acusan de haberlos detenido y vejado cuando intentaban ir en auxilio de sus compañeros ahora desaparecidos, la noche del 27 de septiembre pasado”, dice el semanario Proceso.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s