Ya nos quitaron todo

Miguel Alvarado

*

Nos toca la guerra

que lame las ciudades después de tragarse el campo.

Nos toca el exterminio, matanza planeada

mientras hay un saqueo

mientras queman las puertas.

*

El 7 de julio en Cocula, Guerrero, 30 niños fueron sacados de su escuela y llevados en autos de la policía, nadie sabe a dónde. El 26 de septiembre del 2014, los 43 estudiantes de Ayotzinapa. En octubre del 2014, unos 20 niños fueron secuestrados por hombres disfrazados de payasos en la ciudad de Zitácuaro, Michoacán, a dos horas de Toluca. Los padres se dieron cuenta y rescataron a algunos. Días después los niños aparecieron muertos en la laguna cercana, abiertos en canal, con las entrañas expuestas, rellenos de billetes. “Gracias”, decían unos papeles desgarrados.

El viento empuja allí las olas, en sus playas grises

donde tirábamos piedras.

*

Amada Fátima

(ya sé

pero y si un día no puedo decirte)

*

Se comienza por el nombre de Uno. Así empieza la cuenta. Uno. Puede ser cualquiera. Hombre o mujer pero en este caso mexicanos. Allí está ese Uno, desparecido, pero allí está, presente mirando desde una foto, el nombre mismo, reclamando con nosotros. Los demás, los otros Uno que no pueden (nosotros podemos) o no saben (nosotros sabemos) expresarse (nosotros debemos expresarnos) de todas maneras están (nosotros estamos). Se miran los zapatos (nos miramos), las arrugas del suelo, las sombras que nos acuchillan.

Esta fue la marcha de un millón de personas, del 20 de noviembre del 2014, en la ciudad de México.

*

Dos

Julio César Mondragón tuvo que morirse para que otros se dieran cuenta de que México es una bandera negra, sin águila. Tuvo que morirse, aguantar que lo desollaran vivo, que le quitaran los ojos. Nadie sabe para qué sirve una marcha de un millón de personas pero casi todos entienden que sin marcha no habrá nada en el porvenir. Julio César Mondragón, normalista de Ayotzinapa, es un muerto confirmado en un cementerio de proporciones inauditas. Nuestros muertos son Julio César y sus rostros son el suyo. Aquí están los tíos de Julio César y su esposa. Ella camina como si no pisara el suelo, ausente, con un niño en brazos. Ella dice que nadie la escucha y se tambalea. De un lado a otro. Como yo lo hacía hace unos años. Como lo hacen muchos que veo ahora que puedo levantar la vista, que me digo que estoy despierto.

*

Tres

Tus muertos, los míos, los nuestros. Los que estamos queremos vivir en paz. A las cinco de la tarde del 20 de noviembre del 2014 apenas hay 10 mil personas reunidas en el Ángel de Reforma. Nadie reclama nada porque nadie es acarreado. Nadie ha recibido ni siquiera un chicle por estar. Nadie encabeza. Nadie organiza. Todo va perfectamente.

Me gustaría comerme contigo un perrito caliente, una paleta de kiwi, hacer un plan para asomarnos a la esquina donde venden los dulces.

Dejar atrás las banderas negras, el Metro helado, por un momento la historia de Blanca Varela.

Mirar atrás, como ese auto que avanza.

*

Cuatro

Por la mañana las redes sociales publicaban fotos de militares vestidos de civil viajando al Zócalo del DF. Un enfrentamiento entre embozados, a los que la televisión llama anarquistas, preocupa. La tele los difunde. “Lolita” Ayala, Milenio, conductores de noticias apegados al gobierno, las cadenas de Televisa y TV Azteca están muy preocupados. “Mejor no vaya a la marcha, es muy peligroso”, dicen los locutores a las dos de la tarde mientras pasan las imágenes. Cientos de granaderos se “defienden” de los violentísimos enmascarados. Al mismo tiempo, ciudadanos publican en redes sociales a soldados en el Zócalo y en los estacionamientos subterráneos del palacio nacional. Es así. Los embozados son policías o militares. O en el último de los casos son contratados, están en la nómina de los gobiernos. La violencia del Estado contra el Estado. Es una inversión al estilo del presidente Peña Nieto. Los anarquistas fabricados son rudos y están entrenados. Tienen acondicionamiento físico y aprovechan los momentos, los paréntesis, para manipular. Ellos son la excusa para criminalizar las protestas, para cargar contra los manifestantes. Son la raíz del miedo en la calle. El Estado golpeándose a sí mismo para poner el ejemplo y justificar lo que viene. Hay fuego, vuelan las bombas Molotov arrojadas con destreza de gendarmería, aunque no dañan a nadie. Es pirotecnia, escenario de una telenovela, como las que le gustan a la Primera Dama, a la tal Gaviota.

*

Cinco

– ¡Nos vemos en la tarde, zorra! –gritaba por la mañana uno de los soldados a una mujer que tomaba fotos de esos camiones repletos de vergonzosa soldadesca.

Yo creo que no hoy, pero sí uno de estos días habrá una masacre

porque los ciudadanos no tienen armas.

Y entonces qué.

Lo que he visto es que eso es lo que buscan los militares y creo que un día eso pasará.

Que estarán las tanquetas y habrá los muertos que necesita esa cosa que llaman Estado.

En México los militares mandan. En México los militares mandan. Lo demás es mentira. Lo demás es mentira. Y nadie se da cuenta.

El objetivo es salir. Escribir si se puede. El objetivo es no pensar porque entonces no podría hacer nada de nada. Que pase la estampida.

*

Seis

El Ángel, sede para ritual de vanidades, frívolo círculo usado para vitorear al América o las más heroicas derrotas de Televisa Deportes, esta vez es lo que debe ser. A los jóvenes nadie les dice que deben llevar cruces, simples, de papel y pararse en las escalinatas. Allí forman, sin querer, un panteón viviente y pujante ni que entonen el pase de lista. Del uno al cuarenta y tres. Entonan, sin gritar. La mayoría de esas cruces de carne no tienen 25 años y los ojos cafés o negros. A esas cruces les alcanza para decir “Fuera PRI”, “Corrupto EPN”, Renuncia EPN” o “Nos faltan 43”.

*

Siete

No es que Peña sea nada más inepto, que lo es. Se le juntó todo. Concediendo que él toma las decisiones, quiere gobernar México como lo hizo desde Toluca. La “colombianización”, la “balcanización”, para México significan, además, otra cosa. Genocidio, limpieza étnica, limpieza social, división de castas. ¿Eso como se llama? El Grupo Atlacomulco, esa entelequia, representa hoy, aquí, ahora, el fracaso de todos los partidos políticos, de todos los políticos. Representa el permanente baño de sangre. Peña es un símbolo y es responsable. Es un hombre que ha dejado que hagan de él un papalote. Pero no es el único.

Y yo me quiero ir pero me quedo.

*

Ocho

Antes de las seis de la tarde la multitud es incontable. Llegan los camiones que transportan a los padres de los normalistas de Ayotzinapa. Llegan sus compañeros. La gente les abre paso. Dos camionetas encabezarán la ruta hasta el Zócalo cuando todavía hay luz. Los padres de los muchachos secuestros se bajan y caminan entre la gente, que los recibe con aplausos. Nadie grita, nadie dice “ése es mi líder” ni compone arengas ingeniosas como “Enrique, bombón te quiero en mi colchón”, que usaba Peña en sus múltiples campañas populacheras.

Nada. Sólo aplausos, una conmoción, un dolor negro, muy negro.

*

Nueve

Pero ellos, los padres, apenas miran. Caminan con sus camisas blancas y sus gorras y sombreros con los ojos como un lago y en los pómulos la dureza de no dormir. A veces miran a uno. Y uno sabe y sí.

Son el reflejo.

*

Diez

Detrás de ellos están los estudiantes. Los normalistas. Desde la televisión dicen las “lolitas”, las “adelas”, los “joaquines”, los conductores pagados por el gobierno, que son vándalos.

*

Once

Los jóvenes sobrevivientes de la normal Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, en Guerrero, caminan detrás de los padres.

*

Doce

“México huele a muerte. Hijo, mientras no pueda enterrarte, voy a seguir buscándote”, dice la pancarta de una mujer, que despliega cuanto pueden sus brazos. Sus manos tienen las uñas pintadas de rojo y sus aretes, de oscura plata, terminan de bordar el sombrero negro que la cubre.

Por encima de su cabeza, una bandera negra intenta ondear.

Ella está en silla de ruedas y camina por encima del agua.

Pero no hay viento.

*

Trece

“Queridos hijos: el profundo dolor que nos causa su desaparición será transformado en una lucha constante para exigir que nunca más sean silenciadas sus voces, encarcelados sus sueños ni mutilados sus cuerpos. Las mujeres no parimos hijos para que sean asesinados”.

*

Catorce

Selene: no te hubieran gustado las banderas negras ni siquiera porque el águila resalta más y las tunas se ven más verdes o azules, según el modelo usado. Sé que hubieras caminado con los padres de los chicos y gritado las consignas, cantado las canciones, donado la ropa, entregado despensas, destinado dinero. Abrazado. Besado. Llorado. Golpeado.

Ellos ganan si me olvido de ti.

*

Quince

Una gorra del Ché. El 43 trazado con pintura blanca en la cara de algunos. La foto de Miguel Ángel Mendoza Zacarías. Los granaderos representados en una manta blanca, apenas borrones infantiles. Cientos de manos alzadas atravesadas por redes, cardumen humano de extremidades rojas y miles de pancartas blancas. La avanzada está a kilómetros y a su paso quedan las pintas. “Fuera Peña”, dicen casi todas.

*

Dieciséis

A un joven normalista lo acompaña su madre. El muchacho mide casi 1.80 metros y viste una sudadera azul, pantalón de mezclilla. Usa paliacate rojo y las grecas blancas le surcan donde la tela le cubre el rostro. Sólo sus ojos quedan descubiertos. La sudadera tiene una capucha azul. Cubre su cabeza con un casco de ciclista y lleva en la mano un mazo de madera, en el cual ha escrito que “nos faltan 43”.

*

Diecisiete

Hoy, decir cansado, suponerse cansado es referirse de inmediato al minúsculo procurador Jesús Murillo Karam y sus desastrosos desaseos mentales, sus omisiones asesinas. Los ojos descubiertos del muchacho miran la lejanía de la avenida Reforma, la culebra que pronto tendrá 2 millones de patas y respirará epiléptica. La madre le sostiene la mochila y le cuida el flanco. Él debe tener 20 años y su madre unos 40. Ella aprieta la boca por un momento y sonríe. Luego le dice: “órale, cabrón”.

*

Dieciocho

El grito lo lleva abajo, escrito en letras rojas, en un papel café de cuatro metros que le ayudan a llevar. Dice “grito” en letras rojas, claras y lo sostiene con una mano. En la otra lleva una cruz con las fotos de Karen Joanna, Jessica Lucero y Marianne Luna. Están muertas o desaparecidas.

Ella tiene rojas las manos, de tanto gritar con los puños.

*

Diecinueve

Vienen los caballos. Vienen los de Atenco. “A esos los madrearon bien cabrón”, dice alguien a una extranjera que los mira. “No, no recuerdo cómo o por qué. Pero los madrearon y ora quieren poner un aeropuerto en sus tierras”.

El río humano es kilométrico. Una hora después de la partida, todavía no terminan los contingentes de salir del Ángel. Desde arriba ese cárnico río es verde y sus islas son moradas.

*

Veinte

Nueva York sueña todas las noches con taxis amarillos

un canto de sirena

cosas saludables

Lo que más me gusta de ti es

tu mirada que mira como una flor, un grano de café

la cicatriz que tienes en la boca

la mano que extiendes

mientras miras por la ventana, tomándote tu tiempo.

*

Tu casa está intacta

la guerra no la destruirá.

*

Veintiuno

Ella está parada a un lado, en las riberas del agua humana. Llora despacio, vestida de negro, sosteniendo algunos periódicos. Ella aparece en las fotos. El titular dice “Denuncia vecina abuso policiaco”. Llora hasta que alguien la ve. Su pulsera roja, de plástico, se agita mientras cuenta que la policía la quiere matar por haber hablado. Abre la boca, tragada ya por la noche y las luces a sus espaldas. Los corporativos, pétreos, salvajes, salvaguardados por vallas metálicas de tres metros de altura, la miran con sus ojos aventanados, atestiguan el paso de la Nación Peña Nieto.

Ella dice: me quieren matar.

Y dice. Y sigue diciendo mientras llora.

*

Veintidós

Los normalistas de Ayotzinapa marchan en orden. Apenas son unos cuantos, no más de 30 aunque parecen más por la bulla que hacen. Cuatro líneas de siete muchachos, a lo sumo. Llevan los escudos policiacos, esos transparentes que los granaderos ocupan cuando cargan contra uno en las manifestaciones. Todos usan cascos para la cabeza. Algunos, rodilleras y cubren la mitad de sus rostros con paliacates de colores. No se parecen a los que atacan con bombas incendiarias a los policías. No son tan altos. Ni viejos. Sólo estudian y tratan de vivir.

*

Veintitrés

Y claro, tratan de cambiar el país. Pues de eso se trata.

Le gritan de todo a Peña Nieto.

Pero sus ojos. Allí habitan algunas respuestas. Que otros los describan, reproduzcan sus frases. Las mismas fotos los dibujen.

Es un honor caminar a su lado. Uno no podría caminar así al lado de un pelotón policiaco. O de Murillo Karam. O de Peña.

*

Veinticuatro

A la altura de Bellas Artes se unen familias. Aparecen los niños, se desvanecen los colores. Hay rubios y morenos y se mezclan y todo eso. Caminan en calma. No hay un solo empujón. Las pancartas siguen desplegadas y el Zócalo está a la vista aunque las calles se estrechan porque las vallas metálicas las cierran.

*

Veinticinco

El contingente da vuelta en Eje Central. Los muros impiden el paso por la calle de Madero. En ese momento ruidos como mazazos hacen voltear a los caminantes. Las vallas sobre Madero, una a una y en un santiamén, se derrumban.

*

Veintiséis

– ¡No se acerquen, es una provocación! –gritan desde la oscuridad del contingente, que se abre como si un cuchillo la penetrara, aunque una columna ya se dirige al boquete. Allí, hombres a rape terminan de destrozar aquellos muros mientras se aseguran de que se les tome fotos. En cinco minutos los hacen trizas y se incorporan, sin correr y con una bandera blanca pintada con espray morado, sobre Madero, rumbo al Zócalo. Repentinamente, dos o tres jóvenes, pequeños y delgados que han estado allí, observando nada más, arengan porque sí:

– ¡Vénganse por acá, la calle está abierta!

Desde las sombras, también aparece un grupo de personas, que se encadenan entre ellos para impedir el paso.

– ¡No hay paso. Es una provocación! –gritan sobre todo las mujeres, que así impiden que una parte del contingente se desvíe. Por detrás, sin embargo, los mismos jóvenes siguen el griterío. La multitud no se engancha. El milagro sucede y la cadena humana se mantiene firme el tiempo necesario. A los alborotadores se los traga la calle recién abierta. De todas maneras, la avenida Cinco de Mayo parece una ratonera.

*

Veintisiete

Un hombre hace señas con las manos levantas. Ora señala acá. Dos dedos, la vista a la derecha. La mano izquierda en el hombro derecho. Tres dedos. Luego las cambia. Otros le responden de la misma forma y las señales se trasmiten por esa calle abierta. Un joven ondea su bandera negra, pero esta vez los bordes brillan. “Estado Fascista”, se lee pintarrajeado en una de las vallas sobrevivientes.

*

Veintiocho

Calles adelante los que derribaron las vallas se incorporan al grueso de la marcha. Nadie les dice nada pero les hacen el vacío. Su bandera blanca y morada los señala. Una de las torres de la Catedral marca iluminada ese destino que significa el centro de la ciudad más grande del mundo. ¿Nueva York? ¿Tokyo? Hoy, esto es el centro del universo.

*

Veintinueve

En el Zócalo se ha quemado ya la imagen de Peña Nieto y ni siquiera la mitad de la marcha ha podido ingresar. A estas alturas ya calculan un millón de asistentes. Nadie sabe cómo contar, excepto la conductora de Televisa, Adela Micha, quien dice que unos 25 mil manifestantes, sí, se manifiestan. Y luego, estúpidamente, sonríe.

*

Treinta

La que sigue podría ser una hermosa mañana, como esa del 3 de octubre de 1968, soleada y muchas gracias porque algunos sigamos respirando. ¿Verdad, Jacobo Zabludowsky?

*

Treinta y uno

Es Tenochtitlan sitiada, hambreada, diezmada por la peste y los españoles, alumbrada por miles de antorchas y la certeza absoluta de la muerte por lanza. Es esa misma la que ahora, esta noche, observa casi reverente cómo ese títere de Peña es colocado en medio de la plaza a oscuras y alguien le prende fuego. La gente grita y su alarido es gozo pero también es lo otro, porque es inevitable recordar la pira que ardió por 16 horas en el basurero de Cocula en Guerrero y que Murillo Karam vende al mundo como verdad científica. Él, casi analfabeta, un político a lo sumo, dice que los 43 que faltan ardieron hasta las cenizas y que sus dientes se desintegran si se tocan. Qué minúsculo se le recuerda en este otro fuego, en la antigua Tenochtitlan, caída hasta lo último, cuando ya la muerte no tuvo ningún valor.

*

Treinta y dos

Peña arde y se consume pronto. La hoguera primordial lo devora vudú y hasta el Campo Marte, la Zona Militar Número Uno, donde lo cuidan los “guachos”, le llegan los reportes.

Pero qué le dirían los señores soldados, con ese tacto al estilo Tlatlaya.

Lo están quemando, señor.

Pero no se apure. No durará mucho. El suyo es un muñeco de cartón.

Ya se le cayó la cabeza, señor, ahora rueda por la plancha del Zócalo y le toman fotos. También la patean.

¿Un refresco, señor?

Qué le dirían.

No, eso no fue así.

A esta hora México-Tenochtitlan está hasta la madre de sacrificios humanos.

*

Treinta y tres

Algunos llevan veladoras y bailan. Los modernos rituales deben cumplirse porque “el que no brinque es Peña, el que no brinque es Peña” y la calle entonces se ondula por unos segundo y las risas rebotan en los palacios de los tiempos de la Colonia. Los espectros de Jerónimo de Aguilar y su compadre Cortés, a la luz de las irreverencias, se proyectan cada vez más ominosos. El carácter de Peña es inversamente proporcional a la imagen que Televisa le ha construido. Hay que voltear al tenebroso Estado de México. “No se metan con el Estado de México”, les dicen los editores del diario Reforma a sus reporteros.

*

Treinta y cuatro

Y este Narcoestado que no encuentra otro sustento que venderse a sí mismo, está por reventar. Habrá señales. La primera será la huelga generalizada, que se avizora a la vuelta de la esquina. La paralización de la economía, el temible down sistemático, controlado desde la negrura de Obama y sus asesores terminará por derrumbar la nación de Enrique.

A lo lejos, las sirenas rompen el ritmo a los pies estudiantiles que azotan las vallas en Cinco de Mayo.

*

Treinta y cinco

El más temible de los carteles es un “Fuera Peña” con la imagen del presidente y sus ojos arrancados, como comidos por los buitres. Ahora, el nacido en Acambay o la colonia Condesa o Atlacomulco o Toluca, ya no importa, deambula por el Zócalo, enceguecido.

El más temible de los carteles.

El más temible de los cárteles.

*

Treinta y seis

Alguien disfrazado de muerte recorre las calles con un letrero que dice “México”. No va con el contingente pero sí por las banquetas, encapuchado, con la cara pintada de blanco, como una calavera. Apenas se nota porque procura pasar por detrás de quienes ya forman un muro. Se desliza y toca con cuidado las espaldas para que algunos, al menos, sientan ese roce. Eso es México a las ocho de la noche. El roce de un muerto a las espaldas de alguien.

*

Treinta y siete

Los chicos pateaban las murallas y en sus cuerpos asomaban los mensajes.

*

Treinta y ocho

No había nadie que lo defendiera, que dijera, bueno, dénle chance, ya verán cómo no es lo que parece, cómo no es así. No había nadie. Se entiende que en la calle no aparecieran, pero ni siquiera en la comodidad del facebook.

*

Treinta y nueve

“La calle es de quien la trabaja”.

*

Cuarenta

Luego hablaron los padres, los alumnos, llegados ya a las puertas del palacio. Atrás de ellos, del templete instalado, una hilera de policías aguardaba. Allí los descubrió la muchedumbre. La mayoría ni cuenta se dio. Los de Guerrero, los padres sin hijos siguieron hablando. Algunos los escucharon, otros no, porque ese millón que marchaba apenas alcanzaría a llegar antes de las nueve y media de la noche, justo cuando los padres huérfanos terminaban, cuando los policías comenzaban las detenciones.

*

Cuarenta y uno

Una ola humana se desató. Desde arriba se veía una cascada de luces moviéndose por la plancha del Zócalo. Los policías cargaron y golpearon a diestra y siniestra. Les valió madre que hubiera niños. Así, la detención arbitraria de 31 personas, casi todos estudiantes, casi todos menores de 30 años, derivó luego en la consignación de 11 de ellos, acusados de terrorismo contra el Estado.

*

Cuarenta y dos

Ellos, incluido un chileno, fueron enviados a penales de Veracruz y Nayarit. Los nuevos terroristas fueron puestos tras las rejas en menos de 48 horas mientras Murillo no puede encontrar a los 43 normalistas, luego de dos meses de búsqueda. Tampoco puede encontrar ni capturar a todos los culpables y piensa hacer creer a todo un país una versión sólo apta para el Grupo Atlacomulco. Murillo y su PGR confirman el retraso mental sospechado. Su Narcoestado, su Narcoestado Terrorista encarcela ciudadanos parados, que miran una tarima, la noche del 20 de noviembre del 2014.

*

Cuarenta y tres

Enrique Peña es un símbolo, un copete, por así decirlo. En un Estado totalitario como es México, donde el poder militar es el que manda, su caída no representaría nada. Al borde de la guerra civil, México no sabe qué sucederá, excepto que será saqueado o invadido. De todas maneras sus muertos superan ya a cualquier guerra contemporánea en el mundo. Yo sí creo que todavía falta lo peor y pienso en esa frase callejera, repetida por todos los medios.

Ya nos quitaron todo, incluso el miedo.

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