Herencia maldita

* “En una ocasión me mandó llamar el presidente Gustavo Díaz Ordaz y me dijo: ‘A ver Napoleón, tengo dos nombres para candidato a Presidente; quiero que me digas quién reúne los requisitos según tú y es tu candidato’. Don Napoleón mencionó uno y el Presidente dijo: ‘Es una buena elección, es un buen hombre, pero es el otro que está apuntado’”, escribe el periodista Francisco Cruz Jiménez en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Napoleón Gómez Urrutia es, quizás, el único líder en el mundo que controla y dirige un sindicato millonario y poderoso a larga distancia a través de telegramas, llamadas telefónicas, teleconferencias, transmisiones vía Internet o, como bromean algunos de sus agremiados, señales de humo y hasta telepatía desde su autoexilio en la cosmopolita Vancouver, en la costa pacífica de Canadá. Después de fracasar como funcionario público, Gómez Urrutia alcanzó el poder y la fama a través de una forma peculiar, pero muy socorrida en la política mexicana, la vía hereditaria; fue la suya una sucesión dinástica; y el gobierno panista, empeñado en una larga e inútil persecución política, hizo de él un héroe por error.

Antes de llegar al drama personal que lo arrastró con toda la familia, obligándolo a huir y refugiarse, primero clandestinamente, en Canadá, la historia nueva de este líder a control remoto empezó a fraguarse en las primeras semanas de 2000 y tiene dos capítulos centrales. El primero, el largo litigio —con varias órdenes de captura— por el supuesto uso indebido de un fideicomiso de 55 millones de dólares que debía repartirse, equitativamente, entre un determinado grupo de trabajadores, y que incluyó acusaciones de fraude contra 10 mil mineros; y, el segundo, el del 19 de febrero de 2006, con la explosión en una mina de carbón en San Juan de Sabinas, en la región de Nueva Rosita del estado de Coahuila, propiedad del Grupo México, un conglomerado de empresas líder del ramo, que dejó un saldo de 65 trabajadores muertos.

Ésta es una larga historia con pasajes turbios del sindicalismo mexicano: enfermo, testarudo e impredecible, a sus 86 años de edad Napoleón Gómez Sada hizo una propuesta, temeraria para los optimistas; magistral, según colaboradores cercanos; movimiento indecoroso y grotesco, cuestionaron otros. Estaba dispuesto a jugar todo su capital político con tal de imponer a su hijo Gómez Urrutia —Napito, El Junior, El Heredero o Napoleón II— como líder de la Secretaría General del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM).

Escueto, el tema se deslizó de una forma sugerente, deslucida o grosera, según se le quiera plantear, porque, apenas iniciado enero del año 2000, en el organigrama sindical, que luego se reprodujo en la contraportada de la revista del gremio, apareció por primera vez, con una inscripción justo abajo y al lado izquierdo de la imagen de Gómez Sada y su “etiqueta” de secretario general, la fotografía a color de Napoleón II —El de Sangre Azul, El Tránsfuga o El Minero con Suerte lo llamarían también— con su nuevo cargo de secretario general suplente. Gracias a la nueva asignación, Gómez Urrutia adquiría el poder para entrometerse en asuntos, fuentes y contactos —empresariales, políticos y laborales— de su padre; pero, sobre todo, ganaba el derecho a negociar libremente contratos colectivos de trabajo, así como llevar personalmente las relaciones entre el sindicato que le estaban heredando, la Secretaría del Trabajo y la Junta de Conciliación y Arbitraje.

Viejos mineros y analistas de firmas consultoras especializadas, entre ellas Kroll, quienes vivieron, estudiaron o investigaron el proceso, todavía lo recuerdan: “La fotografía de Napito, en la contraportada de la revista, se destacaba y contrastaba por ser la única en color, como si le hubiera extraído la energía a las imágenes blanco y negro del resto de los secretarios generales del Comité Ejecutivo Nacional de Gómez Sada; representaban éstas lo viejo contra la modernidad, la sofisticación y la elegancia de Gómez Urrutia, vestido con casimir inglés u Óscar de la Renta; contrario a los 365 dirigentes sindicales —25 del Comité Nacional; 100 delegados especiales por sección; 170 secretarios seccionales, y 70 comisionados—, fue presentado como un economista talentoso, capaz de enfrentar y entender el lenguaje tecnócrata o neoporfirista que dominaba desde 1982 la política mexicana, con el ascenso de Miguel de la Madrid a la Presidencia de la República”.

En todos hay una coincidencia: “Sus estudios lo avalaban: mención honorífica en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); maestría y doctorado, Oxford —una de las instituciones más antiguas de Gran Bretaña—, y un posgrado en la Universidad de Berlín, en Alemania. Por esos días también rodó como bola de fuego su paso por la dirección-gerencia o dirección general de la Casa de Moneda —de 1979 a 1992—, a mediados del sexenio del presidente José López Portillo, respetado por el sucesor de éste, De la Madrid, y que había dejado hasta el segundo año del gobierno de Carlos Salinas de Gortari; se le promocionaba, además, como presidente del consejo y director de la empresa Grupo Zeta Consultores, Napito —quien odió desde niño ese sobrenombre— representaba el arma mágica para enfrentar a los enemigos de los mineros, externos y domésticos”.

Abiertos y puestos los ases sobre la mesa, el viejo Napoleón —desconfiando de sus colaboradores cercanos, a quienes veía como buitres esperando su muerte para arrebatarle el poder que detentaba celosamente desde 1960— torpemente ocultó que aquélla era una medida de emergencia ante la maldición del desempleo político priista que había caído sobre su junior. Como intentando tapar el sol con un dedo, el octogenario se reservó el hecho de que, en 1992, el secretario salinista de Hacienda, Pedro Aspe Armella, despidió al elegante y estudiado Napito por irregularidades en la Casa de Moneda —entidad de la Secretaría de Hacienda responsable de la producción de la moneda mexicana de cuño corriente—. Si bien nunca se presentó una denuncia formal, la destitución fue humillante porque Gómez Urrutia se enteró hasta la trágica mañana aquella cuando llegó su relevo a echarlo de la Dirección General. Políticamente lo estaban desterrando de la cúpula del poder.

Gómez Sada estaba enojado porque sintió el despido de su hijo como una traición por parte del Partido Revolucionario Institucional después de haber puesto a su servicio, por más de tres décadas, a la cúpula sindical minera. Durante este tiempo se había empeñado, y logrado con éxito, servir ciegamente al sistema presidencial, inclinándose de igual modo ante la dirigencia del partido, al grado que cuando pudo aspirar a la gubernatura de Nuevo León declinó ese honor. Según sus palabras, retomadas por algunos escritores, periodistas y ex colaboradores, como las que se leyeron el 11 de octubre de 2009 durante la conmemoración del octavo aniversario de su muerte y que se publicaron en Carta Minera, el órgano oficial del sindicato.

“En una ocasión me mandó llamar el presidente Gustavo Díaz Ordaz y me dijo: ‘A ver Napoleón, tengo dos nombres para candidato a Presidente; quiero que me digas quién reúne los requisitos según tú y es tu candidato’. Don Napoleón mencionó uno y el Presidente dijo: ‘Es una buena elección, es un buen hombre, pero es el otro que está apuntado’”.

Durante las ceremonias para conmemorar cada aniversario de su muerte, sus ex colaboradores recuerdan otros pasajes: “Nos platicó que, en otra ocasión, era tiempo de designar candidato del partido para gobernador de Nuevo León, y el presidente Luis Echeverría lo mandó a traer: ‘Mire, don Napoleón, en esa lista quedan dos nombres, quiero que borre uno y el que quede ése será el gobernador’. […] Uno era el de él y el otro de Eduardo Elizondo. […] Don Napoleón borró su nombre, declinando, como lo hacen los grandes hombres, la oportunidad de ser gobernador”.

En fin, aquejado por viejas enfermedades que le impedían reintegrarse a sus labores habituales, desde finales de 1992 había trazado una estrategia para demostrar su insólita habilidad de sobrevivencia en el sistema que lo encumbró, y, de paso, vengarse de aquellos que marginaban a su vástago. Sin papeleo de por medio, le abrió a Napito las puertas del sindicato al nombrarlo asesor. La medida tenía dos objetivos: le evitaba humillarse ante el presidente Carlos Salinas o cualquiera de sus funcionarios que, en el gabinete o en el PRI, habían defenestrado a su hijo; y le daba tiempo para preparar cambios en la cúpula del sindicato, del cual era socio fundador. Si nunca había tenido necesidad de hacerlo, a los 78 años bien podía tomarse el tiempo necesario para pensar en su sucesión.

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