Divagaciones sobre la muerte de un chapulín

* Si alguien le dijera al joven Emilio que las carcajadas del Chavo eran grabadas, ¿perdería la cabeza? Azcárraga confunde esos gorgorismos con las risas de pueblo jodido, de plebes, que gobiernan los guapos y se aventura en su discurso diciendo que Chespirito es maestro del humorismo blanco. “Síganme los buenos”, les dice a sus amigos, congelados en sus asientos y que con cara de muerto siguen atentos por ese angosto desfiladero. Aplausos. Sonrisas desdentadas.

 

 

 

Miguel Alvarado

Viene Chespirito.

Viene muerto.

Cargado siempre por algunos de traje y guante blanco, colocan su ataúd en una camioneta de redilas adaptada para que, como un “Chavomóvil”, pasee el cadáver de un hombre que, dice Televisa, hizo reír a todo México.

Tres días después y desde el 28 de noviembre del 2014, Chespirito, que se llamaba Roberto Gómez Bolaños acapara toda la señal del pobrísimo Canal Dos, el Canal de las Estrellas. No recuerdo bien sus programas, pero hay que verlos. Los pasan en la tiendita de excrecencias de Emilio Azcárraga, a quien unos le ponen un “don” anticipado a su ilustre apellido. Tiene Emilio todo el gang, toda la finta de sentirse un hombre poderoso que ha sabido sumar y restar pero que apenas sabe leer. No dicciona ni enfatiza pero pronuncia ante sus empleados. Cualquier cosa estará bien, entonces, porque sus discursos, más aburridos que los de Peña Nieto, de todas maneras serán festinados.

Se llama la vacuidad. No duele, pero es como un jeringazo.

Entonces aparecen las repeticiones, maravillas enlatadas donde las escenas nunca mueren. Se pixelan o pierden algo que se llama nitidez, que no es otra cosa que la tecnología para el hambreado. Pero ahí está. Se ve. Se escucha.

Aparece ese que, dicen, era un gran actor, libretistas, director y así en una época en que en Televisa se tenía que hacerla de todo porque los emilios no estaban dispuestos a pagar los sobreprecios. ¿No había camarógrafo? Pues uno, que fuera, órales, vas.

La escena es sobre unos sombreros. Uno le quita el sombrero al otro y lo pisa. Luego es el turno del contrincante. Dos minutos y 48 segundos después la trifulca se resuelve. Eso fue mucho, demasiado para hacer reír a alguien. De verdad, no hay risas, ni un esbozo.

Si alguien le dijera al joven Emilio que las carcajadas del Chavo eran grabadas, ¿perdería la cabeza? Azcárraga confunde esos gorgorismos con las risas de pueblo jodido, de plebes, que gobiernan los guapos y se aventura en su discurso diciendo que Chespirito es maestro del humorismo blanco. “Síganme los buenos”, les dice a sus amigos, congelados en sus asientos y que con cara de muerto siguen atentos por ese angosto desfiladero.

Aplausos. Sonrisas desdentadas.

No hay respeto para los muertos.

Gómez debió enterrarse adecuadamente. Lo expusieron, de la manera más vil, a la depredación. Y ahora es carroña mediática.

Aplausos. Risillas traviesas.

A Emilio le funciona el chiste pero nadie lo sigue. Las risas grabadas no estaban listas. Humorismo blanco, como ladrón de guante blanco, debe ser una invención elaborada en la avenida Chapultepec número 18.

Viene Chespirito. Bueno, se va.

Este Chespirito es un método. Chespiritu, diría Fátima con esa u que se ayahuasca, que redondela caminando con su Iphone quién sabe dónde, con su cicatriz como un anagrama que pende de su boca, como un pétalo.

Y en México lo que se dispara no son sólo balas. A veces los consejos, esos que sopla la pantalla LED o como se llame, la que está en la sala, son los más mortales.

– Porque los de Ayotzinapa cerraron las carreteras –dice “Lolita”.

– Porque el América es un serio aspirante al título –dice Alarcón.

-Porque Chespiritu era el más grande escritor de todos los tiempos, bueno, de la televisión –dice Chabelo.

Porque Ayotzinapa corre el riesgo terrible de convertirse en una moda y también nuestros muertos. Los que los mataron dictan esa moda y ahora salen a decir que todos somos lo que somos y que si no nos parece que llamemos al 911. Y que hay un funeral.

Y es que ahí viene, pero está muerto y eso no está bien porque hace mucho calor.

Pero en Iguala, el primero de diciembre del 2014 los normalistas queman autos cuando irrumpen en la Fiscalía de Guerrero. Y en el Zócalo se pintan los rostros de los 43 desaparecidos visibles. Los otros, de los que no sabemos, se deben conformar por ahora con saberse gritados, buscados, llorados.

Y todos los ejecutados y lo que venga corren también el riesgo de convertirse en esa bandera de Televisa, que tiene el poder de transforma todo lo que toca en algo parecido al guano, pero con tufo.

No se puede defender el trabajo de alguien que no hizo lo elemental. Las horas-tara son lo más lamentable. El tiempo perdido, el infravalor es la herencia del Chéspiro para los dizque millones que lo vieron. ¿No se podría entender México sin el Chapulín Colorado? Para Televisa, parece que no. La repetición de los programas de Roberto Gómez Bolaños obedece a que Azcárraga no puede pagar mejores producciones. O si las pagó, no le funcionaron. Las repite en defensa propia. Las nuevas caducan en una semana, quizás en menos y la supermemoria mexicana las manda al carajo en cinco minutos, junto con las trampas electorales. La repetición del Chéspiro no es, pues, fortuita. No existe el “porque usted lo pidió”, pues ni siquiera hay ventanilla de sugerencias en esa dictadura de señales abiertas.

Yo digo que no hay que ser pobres y que no hay necesidad de que los haya.

El Chéspiro dice que está bien ser jodidos. Hasta da risa.

Que está bien estar vivos, no importa cómo, dice.

Roberto Gómez se acerca en ese carro terrible, mosqueado, apestando al cariño emanado del engaño, rumbo al estadio Azteca. ¿Cómo se puede querer a la televisión, a uno de sus personajes? ¿Y si se mueren Paty Chapoy, la señorita Laura?

¿Cómo se puede querer a la televisión?

A veces, uno no saluda ni a sus hermanos.

Y entonces.

Ya.

Porque a nadie le interesan los perritos chihuahueños, la bondad que Gómez Bolaños practicaba desde muy privada vida. ¿Eso qué? ¿Daba limosnas? ¿Estaba a favor del aborto? ¿Daba clases de historia?

Que alguien levante la tapa.

De seguro ese sarcófago está vacío.

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