La tarde

Miguel Alvarado

Los policías salieron de las sombras y golpearon a la gente.

Sólo los jóvenes alcanzaron al escupirles

arrastrados a lo oscuro en un crujido.

 

Tengo los hombros desnudos de Fátima adormecidos en las manos

las calles de México dibujadas como una calavera

 

esos cables

 

las casas grises, despintadas

los soldados apuntando desde arriba

hacia la plaza, donde canta una mujer.

 

En qué momento alguien aplastaba las pancartas

y te miraba con sus ojos clandestinos

que enterraban para siempre.

 

Y dice:

mienten los que dicen que estando vivos estamos bien.

Aquí tenemos la certeza de los perros

la lumbre que prepara la comida

el reloj de plástico en la pared

el camino que conduce a las fosas cadavéricas.

 

¿Y si las huellas que perseguimos son las nuestras?

Cuál desencanto. Cuál. Cuál.

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