El submundo de Napoleón

* “Gómez Sada tenía la esperanza de que la élite regiomontana recibiera a Napito como a uno de ellos. Era ésta la gran tarea de su vida. En su ingenuidad, su mayor sueño fue siempre que las viejas familias aristócratas de Monterrey no vieran jamás a Gómez Urrutia como el hijo de un obrero humilde; menos aún como el heredero de un líder sindical oportunista, carente de ideología, corrupto, plegado a los intereses del presidente de la República y el partido que los respaldaba. Esperaba que la cúpula priista aprovechara la preparación de su hijo”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

A esa edad, a Napoleón Gómez Sada todavía le sobraba fuerza para hacerlo. Y tenía presente que un paso en falso significaría el suicidio político, mandar al patíbulo al junior o, en el caso más optimista, limitar sus posibilidades de mantener el control vitalicio de los obreros minero-metalúrgicos. Presente tenía el ejemplo de dos entrañables compañeros caídos en desgracia durante los primeros meses del salinismo: el líder magisterial Carlos Jonguitud Barrios, obligado a renunciar para ceder su puesto a la profesora chiapaneca Elba Esther Gordillo Morales; así como el mítico Joaquín Hernández Galicia, La Quina, derrocado del sindicato petrolero y encarcelado para abrir paso al caricaturesco cacicazgo de Carlos Romero Deschamps, “el traidor”, como lo llaman todavía en Petróleos Mexicanos (Pemex).

Conociendo, como conocía, las tramas e intrigas del partido desde la década de 1950 —él mismo se había encaramado de la nada, o más bien desde la dirigencia sindical, a la presidencia del Congreso del Trabajo; y desde las filas del priismo dos veces a un escaño en el Senado por el estado de Nuevo León (1964-1970 y 1976-1982), y a una diputación federal en 1988—, Gómez Sada había aprendido a desconfiar de todos. Sobre todo, se cuidaba mucho de no creer en los funcionarios salinistas después de atestiguar el milagroso ascenso del líder telefonista Francisco Hernández Juárez. El líder minero consideraba que viejos sindicalistas como él mismo —por más que los consideraran marionetas de los presidentes de la República—, podían encarar al partido y darle la vuelta.

Por algo, Gómez Sada había sobrevivido al viejo zorro Adolfo Ruiz Cortines, al represor Adolfo López Mateos, al violento Gustavo Díaz Ordaz, al malvado folclórico Luis Echeverría Álvarez, al frívolo “revolucionario” José López Portillo y al opaco tecnócrata Miguel de la Madrid Hurtado. Desde la década de los 50, gracias a su capacidad de adaptación a las necesidades mezquinas del poder, tenía la lucidez para asegurarle un buen lugar a su hijo. A decir verdad, Gómez Sada no sólo supo cómo domesticar al salinismo, sino que salió bien librado del sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León. Una anécdota pinta de cuerpo entero la “habilidad” del líder: apenas declarado el triunfo del panista Vicente Fox Quesada en los comicios presidenciales de julio de 2006 se apresuró a ordenar, a nombre de los mineros y los obreros de la metalurgia, la publicación de un desplegado para felicitar al mandatario electo. Si el dirigente ferrocarrilero Víctor Flores se le cuadró y lo llamó “jefe”; Gómez Sada, según cuentan sus allegados, fue claro en la relación con el foxismo: “El sindicato minero siempre ha sido institucional y, queramos o no, ahora él es el Presidente de México”.

Los líderes sindicales creados e impuestos por el priismo, dóciles y serviles como debían ser, se acomodaron casi de inmediato a los modos de Fox y de sus secretarios del Trabajo —José Carlos María Abascal Carranza y Francisco Xavier Salazar Sáenz— y, juntos, encontraron las herramientas para darle cauce a las demandas laborales y mantener a raya a los trabajadores. Unos y otros se convirtieron en aliados insustituibles. Más tarde pasaría lo mismo en la administración de Felipe Calderón Hinojosa, quien los aquietó todo el sexenio a través de la mano dura, durísima dirían algunos de sus oponentes, del ex priista poblano Javier Lozano Alarcón en la Secretaría del Trabajo.

Así pues, calibrada la situación, medida la fuerza bruta del salinismo en 1992, en particular la del secretario de Hacienda, Aspe Armella —a quien se atribuyó el despido de su hijo de la Casa de Moneda—, así como las posibilidades reales que tendría éste en la lucha por la candidatura presidencial priista de 1994, el viejo ladino Gómez Sada diseñó una estrategia que, a la larga, le daría mejores dividendos a su hijo Napito sin atravesar cada sexenio por los sobresaltos de la quisquillosa y voluble política mexicana. Aunado a ello, el junior tendría la ventaja de mantener su estilo de vida en San Pedro Garza García, Nuevo León, el municipio más rico de México, donde era propietario de dos residencias en sendos fraccionamientos de lujo, y acrecentar la clientela de Los Cocineros, un restaurante a nombre de su hijo Ernesto Gómez Casso, el tercer miembro en la línea sucesoria de la dinastía.

Napoleón Gómez Sada tomó, pues, la decisión de hacer a su hijo dirigente máximo y secretario general del Sindicato de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana. Al hacerlo su sucesor, no sólo violaba los estatutos internos sindicales, sino que, incluso, traicionaba el prometedor futuro que había planeado para su junior. Testimonios sobran de cómo el orgulloso padre lo imaginaba, terminando su encargo oficial en la Casa de Moneda, en un escaño en el Senado, una diputación federal y, de allí, en la gubernatura de Nuevo León. Para eso lo había enviado a estudiar a los mejores colegios de Europa, después de graduarse en la UNAM.

Gómez Sada tenía la esperanza de que la élite regiomontana recibiera a Napito como a uno de ellos. Era ésta la gran tarea de su vida. En su ingenuidad, su mayor sueño fue siempre que las viejas familias aristócratas de Monterrey no vieran jamás a Gómez Urrutia como el hijo de un obrero humilde; menos aún como el heredero de un líder sindical oportunista, carente de ideología, corrupto, plegado a los intereses del presidente de la República y el partido que los respaldaba. Esperaba que la cúpula priista aprovechara la preparación de su hijo.

Con el orgullo avasallado y herido por la forma grosera en la que Aspe Armella trató al vástago y cortó de tajo su ascendente carrera política —si bien no había hecho ninguna porque los puestos ocupados se los debía a recomendaciones paternas—, Napoleón Gómez

Sada recurrió a su amigo, el ex banquero Alberto Bailleres, presidente de Industrias Peñoles, para crearle una historia laboral minera a Napito. Dicha empresa minera tenía a su cargo operaciones integradas en la fundición y afinación de metales no ferrosos, así como la elaboración de productos químicos, plata, bismuto metálico, sulfato de sodio, oro, plomo y zinc afinados. Peñoles operaba las minas subterráneas de plata y oro más ricas del mundo, la mina subterránea de zinc más rica de México y su mayor mina de oro a cielo abierto.

El golpe seco de Aspe Armella aturdió a Gómez Sada, pero lo hizo entender que su estudiado hijo nunca sería aceptado por la “nobleza” empresarial regiomontana, ni su apellido tendría cabida en la élite priista. Para los primeros, Napito sería siempre el hijo de un viejo obrero mañoso, experto en controlar a trabajadores mineros y metalúrgicos sindicalizados; y, para los segundos, según pueden interpretarse las decisiones de la Secretaría del Trabajo en abril y mayo de 2000, no era más que un dirigente sindical empeñado en imponer, por las malas, a su hijo en la Secretaría General del sindicato. Como réplica a ambas posturas, de las oficinas del empresario Bailleres el viejo Gómez Sada salió con las credenciales necesarias para hacer pasar a su hijo por un trabajador minero sindicalizado. Aunque nadie jamás lo vio en servicio, Napito había “laborado” en el departamento de contabilidad de La Ciénega, una de las minas de Bailleres, como auxiliar administrativo, con un salario mensual ridículo de 15 mil pesos, aunque también hay versiones de que, por ser un favor para crearle una historia laboral, su salario real apenas era de apenas 28 pesos diarios como operador “del Departamento de Contabilidad” y que para 2000 se había incrementado hasta 96.95 pesos diarios.

Rastreados los documentos, se supo que Francisco Ballesteros, gerente de la mina, expidió una constancia para acreditar que Gómez Urrutia fue trabajador activo desde el 24 de enero de 1994 y que su nombramiento como delegado especial del Comité Ejecutivo Nacional del sindicato en Durango estaba fechado el 10 de junio de aquel mismo año.

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