¿Dónde está México?

* ¿Será que el secuestro y los feminicidios no comienzan en la calle ni terminan en los basureros? ¿Deberíamos apagar la televisión y negarnos a escuchar una sola palabra que ofenda, degrade o estigmatice a las mujeres? En la Catedral de Toluca se lee a la entrada: “Mujer, si vienes a conversar con Dios, vístete con recato”. Esta advertencia es un aplauso a la violencia ejercida hacia las mujeres.

 

Sandra Rosas-Fabiunke

Berlín, Alemania; 12 de enero del 2015. Viajar a México como mujer es un boleto de ida que no siempre incluye regreso. México es el país más peligroso del mundo para las mujeres. Allá, nueve desaparecen diariamente y una de ellas es originaria del Estado de México, preponderantemente del municipio de Ecatepec.

Toluca, donde comienza mi viaje a las montañas de Guerrero, se ha convertido en una ciudad de feminicidios. En un país donde el hogar es el principal foco de violencia y la Iglesia el primer regidor de una moral distorsionada, desigual para hombres y mujeres, resulta sencillo caer en esa espiral. Para el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 45 por ciento de las mujeres vive violencia doméstica y 35 es violentada por un desconocido. En México apenas se denuncia el 20 por ciento de los delitos y 98 por ciento permanece en la impunidad.

El gobernador priista del Edomex, Eruviel Ávila Villegas, ha declarado que no es necesaria una alerta de género en la entidad porque “las mujeres están protegidas y apoyadas (julio 4 del 2014, La Jornada). Ávila pertenece al mismo partido político que el presidente mexicano, Enrique Peña, quien también fue gobernador del Estado de México por seis años. A él, organizaciones no gubernamentales ya le habían pedido en el 2010 esa alerta de género, que pasó por alto.

¿Será que el secuestro y los feminicidios no comienzan en la calle ni terminan en los basureros? ¿Deberíamos apagar la televisión y negarnos a escuchar una sola palabra que ofenda, degrade o estigmatice a las mujeres? En la Catedral de Toluca se lee a la entrada: “Mujer, si vienes a conversar con Dios, vístete con recato”. Esta advertencia es un aplauso a la violencia ejercida hacia las mujeres. Debemos leer en conjunto esas palabras con las de los gobernadores cuando responzabilizan a las propias mujeres de los crímenes de las que son objeto. La iglesia exige recato, exhorta a la resignación y al perdón de nuestros agresores y el gobierno, por su parte, no sólo niega el peligro en el que ellas se encuentran, sino que también violenta a las víctimas en lugar de protegerlas.

¿Dónde comienza Ayotzinapa?

En ese mismo país, donde el 26 de septiembre del año pasado 43 jóvenes que se preparaban como maestros rurales en la escuela de Ayotzinapa fueron secuestrados, hasta hoy hay 42 desaparecidos y 7 muertos. Por seis semanas he leído los periódicos, visto los noticieros y cada día, sin excepción, he tenido la misma pregunta. He comprobado, a través de conversaciones y entrevistas, que la opinión de un periodista y una actriz muestran que los mexicanos sí saben que el Estado es el responsable de estos crímenes contra las mujeres y en el caso de Ayotzinapa, del secuestro y asesinato de los estudiantes. ¿Qué se puede hacer bajo estás condiciones? ¿Cómo mira el ciudadano promedio a sus autoridades? ¿A qué le temen los mexicanos cuando caminan por las calles? ¿Todos viven violencia? ¿Hacia dónde miran después de Ayotzinapa?

Francisco Cruz, de 58 años, periodista y corresponsal internacional, ha escrito, entre otros, los libros Tierra Narca (2010) y Negocios de Familia (2009) y Los Golden Boy’s (2011). Contesta, sin prisa ni asombro, que es un país de realidades fragmentadas. México, dice, no sólo tiene su Ayotzinapa ni su trata de personas o sus muertas mexiquenses.

– ¿Cómo se siente con la situación actual que vive México?

– Es un país de realidades fragmentadas, se nos escapa de a poco en cada evento, en cada tragedia y cada abuso. El caso de Ayotzinapa es sólo uno más. Ha logrado mucho “éxito” porque las redes sociales lo han puesto ahí para que todos lo veamos. Ayotzinapa ya tuvo su antecedente, ya teníamos un Atenco en el 2006, donde nuestro presidente, Peña, era gobernador del Edomex. Ya tuvimos Tlatlaya, donde el ejército ejecutó a 22 personas.

– ¿Cómo se siente en la calle?

– Tengo miedo, y no sólo de los ladrones. Aquí uno es amenazado constantemente, te amenazan con subirte la luz, con pegarte una trompada si te quejas. Como periodista vivo constantemente con miedo porque mi profesión ya me pone en riesgo. Porque en México estás en peligro cuando piensas, gente que piensa es eliminada. Escribo con miedo, pero escribo y mis libros se publican y se venden bien. Pero nunca dejo de tener miedo.

En el mismo país donde el primer riesgo para un periodista es ser leído y el segundo ser amenazado y violentado, resulta razonable escribir con miedo. Porque en México, un país de más de 120 millones, menos del 10 por ciento compra periódicos y la gran mayoría se entera a través de la televisión. México es un país de contrastes y desigualdades. Sí, pero hay más.

Hacia adentro

“Hay que mirar hacia adentro”, propone, Xóchilt Zamora Torres, actriz de 28 años. Externa malestar y el miedo que le provoca la violencia vivida diariamente y el caso Ayotzinapa.

-¿Cómo te sientes después de Ayotzinapa?

– Triste, mal, preocupada. El hecho de que en mi país desaparezcan y sean horriblemente asesinados tantos jóvenes inocentes, estudiantes, sin que luego pase nada, sin que se sepa la verdad abiertamente, es preocupante.

– ¿Has vivido algún tipo de violencia?

– En los autobuses me siento vulnerable, traspasable. Porque ya no sabe una quién se sube, qué tal y en una de esas es violador, asaltante… es bien estresante vivir así y, pues, sí, he escuchado varias cosas. También las miradas son violentas, en la calle me miran como con derecho a desnudarme. Es un país donde la educación es una pantalla. La otra cosa es que la corrupción está bien grave, estamos todos infectados. A los policías les pagan poco en comparación de lo que corresponde a sus riesgos, juegan a pagarles y ellos juegan a que trabajan, pero nos chingan mucho dinero en la calle, con mordidas. ¿Quién nos cuida? Como ciudadanos, ¿quién nos responde si los policías nos dan miedo?

– ¿Hacia dónde mirar después de Ayotzinapa?

– Después de Ayotzinapa -que ya es el colmo del desgarro- si yo miro para afuera, me muero del asco, del miedo, de la indignación. Afuera está lo gacho. Yo digo que hay que mirar hacia adentro de una, de uno mismo. Tengo proyectos ambiciosos, llenos de vida. En una puesta en escena, no sé si tengo precisamente a Ayotzinapa como tema, quizás los estudiantes no están focalizados pero en cada trabajo que realizo tengo en mi corazón a esta gente dolida. En la cosa más simple o cotidiana estoy ahí, entera. Mi trabajo es observar, sentir, transmitir y dejar que se vea lo que siento.

– ¿Cómo interpretar las desapariciones de mujeres en el Edomex?

Las desapariciones son lógicas, pero son perradas, puñaladas. Las madres mexicanas queremos disfrutar nuestra vida, no hacen daño a nadie y queremos disfrutar de nuestros hijos. La gente quiere bienestar y encuentra miedo. Pero hay que estar enteradas. Enterarse es indispensable pero no hay pretexto. También creo que tiene que ver el narcotráfico en el Estado de México. La gente ya está hasta madre, cerca de hacer una revolución, nos están presionando mucho, ya no resistimos nadita. Y en la escala de importancia las mujeres somos la cola.

México está en todas partes

¿Dónde está México? México está en todas partes. En estas semanas México era también yo. Estuvo en esa habitación insegura por la que pagué mil 800 pesos y estuvo en Llano de la Parota, comunidad a la que fui como reportera con una cámara prestada y en la que con cierto temor escribí mis impresiones nocturnas. México estaba en la montaña, donde parecía no sentirse esa violencia de la ciudad. Allá en esos pueblos la gente no se muere de un balazo o de miedo, se mueren porque una cucaracha se les metió en el oído o porque no entendieron qué enfermedad tenían. Allá conocí a una niña de 5 años que nunca ha pisado el suelo con sus propios pies, porque a consecuencia de un dolor de estómago, según sus padres o una caída fuerte, según los médicos, no puede caminar. México está también en el mismo lugar donde escribo, aunque esté en Berlín, en mi casa de Pankow con la calefacción que me permite seguir escribiendo sin congelarme. México está y se queda frente a mí con sus heridas a causa de Ayotzinapa y las niñas y mujeres desaparecen todos los días. México es más aterrador y más estremecedor que la muerte de los jóvenes en Ayotzinapa. México parece ciego también cuando se ve a través de los ojos de una mujer que llama a otra “resbalosa” o “puta”. Pero también, a veces, México y los mexicanos abren los ojos y todo tiene color, sentido y dan entrevistas y se emocionan con las marchas y hasta lloran cuando cenan todos juntos y se abrazan fuerte, aunque apenas se conozcan.

México murió un poco el 26 de septiembre junto con sus jóvenes que querían escribir una nueva historia en esos pizarrones despintados color verde. México estaba ahí, conmigo, cuando en la montaña me sentí en casa porque el hogar está donde amamos y nos aman. México tiene muchos rostros. No se puede –aunque se quisiera- meterlo en un cajón y etiquetarlo. En México no sólo se trafica con personas y con drogas, también se hace el amor en habitaciones repletas de recuerdos y llantos sofocados. México está en las piernas de los maestros rurales que sueñan con llevar el progreso a la montaña sin saber que ese progreso que ofrece la clase dominante se adquiere sólo en la televisión, en horario matutino. Porque el México que enferma y adoctrina está también en los corazones buenos y las pieles muy oscuras. Esta es mi fotografía, la fotografía del México que encontré en mi viaje de Berlín a Toluca y de Toluca a la Montaña.

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