Guerrero: la montaña en pedazos

* Sopla el humo en la cocina y enciende el fogón en un minuto. Mira sus manos Margarita en ese filo amaizado de la tarde y su marido, ebrio de mezcal, se sienta a la mesa esperando la comida. Pronto llegan las demás. Las niñas, las hijas del hombre, no pierden la compostura y amasan, acostumbradas, una torre de tortillas con el hambre en los ojos.

 

Miguel Alvarado

 

I

Pienso en Emilia, que mira a la gente sin zapatos en las calles de Zamora o Bogotá, quizás en Nueva York y les da dinero para que hagan algo. A veces les compra calcetines, unas medias, pero no siempre puede y su corazón se atora en las ranuras de la banqueta mientras observa pies como barcos encallados en un mar de asbesto. No los toca porque no puede aunque ha hecho el intento. Prefiere no tocarlos porque esa elongación de arrugas y callos la obligaría a quitarse su calzado, entregarlo, y la suavidad de la tarde o la mañana, según se mire al sol, no sería suficiente para que ella camine así.

Emilia o tú tendrían muchos zapatos que repartir en la montaña de Guerrero, donde los pies descalzos son amarillos como el oro porque así es el color de las polvaredas, del camino que se traza entre las grietas y el barranco que termina, de noche, en un vacío de plantas y murmullos pero nunca siniestro y que sube, siempre va subiendo mientras un río, allá en lo hondo, el Balsas, arremete en días de lluvia contra puentes y forasteros. Es frontera ese río, l’agua turbia que si la miro es espejo para el cerro y cuando la oigo es viento, un rumor que inclusive dice tu nombre.

Vine a Guerrero buscando la muerte como si fuera un deber, equivocado y ciego, atisbando la bala, el secuestro, queriendo prolongar una tragedia que ni siquiera entiendo. Y sólo hubo el cielo, mil montes en sucesión de ola y gente sin zapatos que nada sabe de lo que sucede abajo, donde terminan los bosques y comienza la verdadera pobreza que sí calza, que sí viste, que sí come pero que asesina nada más mirarla. La montaña de Guerrero es un lugar para que uno viva para siempre allí.

Porque abajo en la planicie es el infierno. Chilpancingo, Iguala, Ayotzinapa, Ayutla son aros donde están dios y las cosas de dios y sus hombres amados y los que van de reporteros miran de perfil, con las manos retorcidas mientras se hacen los valientes, queriendo convertirse en personas útiles que no sólo miren, escriban, opinen, tomen fotos de los vivos y de los que van a morir. Los que viven allá tienen la cara quemada y hablan poco pero ríen, les emociona el futbol y trabajan en lo que pueden. Hacen la comida y se toman el agua paladeando desde el vaso. Usan huaraches o chanclas y sus pies son amplios y fuertes, desbastados, pulidos en la obsidiana de una flecha. Aquí es fácil confundirse. Hasta aquí es mejor dejarlo, hasta que uno sepa si podremos estrechar las manos, aprender a tirar, encararse a la policía y luego sentarse con la familia a tomar el fresco mientras las sillas rechinan, alumbradas a veces por las puntas de unos cigarros que nadie compra pero de los que siempre hay. Y todos hablan despacio en la ausencia de internet, del timbre que luego llama porque hay un correo, o nada más da la hora.

Y cómo te fue. Cómo le hiciste para volver si no hay transporte.

Porque las casetas están tomadas y las pérdidas resultan enormes, desde octubre del 2014, para la empresa que controla los peajes. Son los Alcántara, primos de Peña Nieto para variar, los dueños de esas concesiones y constructores de terminales, inventores de líneas camioneras. Son los dueños de la Estrella de Oro, los autobuses en los que viajaban los estudiantes de Ayotzinapa y que se usan también para llevar goma de opio a la frontera con Estados Unidos, en Tamaulipas.

Pero ese desgarro urbanizado está unido como costura practicada en un cuerpo y es una herida que recorre Guerrero desde la llanura hacia sus costas, haciendo zetas y recuadros, a veces hoja rayada por un niño, y que encuentra sus límites en las raíces de las montañas, en Ayutla, donde 10 mil habitantes han tomado el control de la seguridad pública patrullando como autodefensas las calles erizadas de metralla. Pasan junto a uno, caminando, armados y uniformados mientras los soldados controlan los accesos. Pero éstos, los militares, han instalado cercos selectivos. No revisan a todos ni tampoco lo hacen bien. Saben a quiénes detener y permanecen a pie de carretera ejerciendo una autoridad que aplican solamente de nombre. Sólo intimidan y para la gente eso es suficiente. Allí, en Ayutla, a hora y media del mar, comienza la subida, el descarado abismo que exige la vida si alguien se equivoca.

Y entonces a dónde vas. Para allá es Iguala.

– ¿A dónde vas?

– Allá adelante.

– ¿De dónde vienes?

– De México.

– ¿Y qué es lo que buscas?

Otra vez la pedrería de la sangre, el enjoyado charco de los muertos y sus cantos airados desde las narcofosas, que en este lugar son flores ordinarias, siniestros manojos, 500 arriates que restallan bajo el sol cortado en los racimos polinizados de una flor y su maíz.

Llegamos a Iguala a las 2 de la tarde. Sólo estuvimos de pasada pasando los retenes. Y en la radio de la enorme camioneta, una Tacoma incontrolable cargada de droguería y medicinas, el miedo que uno abandera se trasmite en hertzios, en el balbuceo de una canción. “Dejo encendido el televisor desde que empieza a anochecer hasta que araña nuevamente el sol. El objetivo es no pensar, no pensar en ti, ni un segundo en ti, verte dormir y no pensar en ti”.

Emilia, tus niños sin zapatos no están salvo pero hoy no hace frío y te digo que pisarán las arenas de mi mano. Habrá dulces por lo menos y un cuento donde vuelan las aves y aluza el sol, sin morir en la yerba a las seis de la tarde.

 

II

Sopla el humo en la cocina y enciende el fogón en un minuto. Mira sus manos Margarita en ese filo amaizado de la tarde y su marido, ebrio de mezcal, se sienta a la mesa esperando la comida. Pronto llegan las demás. Las niñas, las hijas del hombre, no pierden la compostura y amasan, acostumbradas, una torre de tortillas con el hambre en los ojos.

– Ellas –dice como dicen los de Aguatordillo- son mis hijas y quieren estudiar enfermería. Pero hay que caminar 12 horas al pueblo donde está la escuela y no tengo dinero.

Las niñas avientan las manos al fuego y su madre les ayuda. Ordena la estancia en una mirada, mientras excluye al hombre en esa bondad de sombras y ocote pero su aliento la obliga a nadar en sus ojos para sacarle la verdad.

¿Por qué estás aquí, entre los perros y las gallinas que se meten en las piernas?

A Margarita le duelen los dientes desde hace un año. El dolor se le hizo una costra tan grande como sus labios y la falda azul que se puso para consultar a los doctores, venidos desde México y que en una hora terminaron su dotación de medicina. Sólo quedan placebos, los paracetamoles guardados en un montón de bolsas que repartirán de todas maneras, aunque sea nada más para apaciguar el llanto por unas horas. Margarita ya tiene sus cajas y sus ojos se le cierran con un sueño de humo que se le avienta en la cara. Qué sueñas, Margarita, que no quieres pensar lo que ocurrirá mañana.

Pero el fogón. Pero las niñas. Y el marido que habla español a medias, aunque su tlapaneco, música fermentada que viene del abismo y se arrastra por el pueblo en el silencio de los plátanos, insiste un canto para él.

– Es mi esposa, mírala, le duelen los dientes y ya no quiere comer lo que no está blandito-. Pasa la vista por la cocina envolviéndola en su mirada de dueño, de amo del tizne y lo inmediato, guardando cada objeto en la sangre de los ojos, reventados y amarillos, que restriega sin memoria, en espera de una noche que no llega, que no termina por cerrarse. Una olla sin pobreza contiene el agua de los quelites, la comida de ahora y de mañana y de pasado mañana. Aplana un error en la geografía del piso en esa tierra, en la esquina donde nace una mancha y hasta aplasta el aire con un silbido.

Después llega la sopa, un plato de quelites todavía colgando de sus ramas.

El hombre duerme con los ojos abiertos pero las mujeres, sabiéndolo así como es y será, le perdonan todo porque lo quieren. Eso dicen, mientras muerden una de las tortillas que han sobrado.

 

III

Mueve la mano izquierda nadando en la profunda morgue de la calle, marchito en la sangre de sus amigos, que iban donde iba él, buscando o huyendo de los federales cuando se los encontró de frente. Le dieron tiempo para detener la camioneta y salir, con las armas listas, primero apuntando al cielo, luego a las piernas y al final contra su propia adversidad. Esa, su danza macabra, fue ejecutada con la calma de un náufrago mientras nubes metálicas le perforaban los brazos, le penetraban el cuerpo como si fueran balas.

Luego movió el brazo derecho, que despegó de la sangre con la gravedad que reviste la derrota. Miró el brazo, agitándolo en la negación de todo lo acordado, sin echarse para atrás.

Y es que ese muerto todavía respira.

Los vecinos dijeron que eran gente del pueblo, pacíficos, que nada tenían que ver con los sicarios y la muerte que, ahora, de todas maneras, cargan como amuletos contra el dolor. Se burlaron de los policías, del jefe de ellos, quien sostuvo hasta el final la mirada, soportó el insulto pero al cabo, quebrado como los muertos que ya subían en camionetas, tuvo que retirarse y oler a horcajadas, como si fuera ropa recién lavada, el aire seco de Apatzingán, en la mera Tierra Caliente michoacana.

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