Último pueblo

* A las montañas se llega por Ayutla, allí comienza la subida y tres o cuatro horas después, si no hay errores, la cima aguarda. El camino para Ayutla es lo que es, un recorrido que en su margen confirma la violencia y el marginado paisaje que carcome a Guerrero.

 

Miguel Alvarado

Llano de la Parota, Guerrero; 21 de diciembre del 2014. Estalla el calor contra los vidrios y la carretera serpentea, recta, por entre los cercos y la muchedumbre, arracimada en las orillas y la miseria que a veces significa ver pasar.

Me acuerdo de ti pero esta vez no es igual y por una vez entiendo el tañido de las campanas doblando a muerto a las tres de la tarde, mientras la autopista pudre la fruta como si el sol fuera el asbesto que se debe recorrer en un viaje que nadie ha preparado.

Perdido en este principio, cierro los ojos, saco la mano, la siento planear en el aire de la Tierra Caliente pero ni eso, el pase mágico, ademán que me devuelve a lo sensible, funciona. Sólo hay un fuego que carcome la boca del estómago, aluza los espejismos que he perseguido toda la vida, hallando, por desgracia, que algunos eran reales. Es la ventaja de la absoluta indiferencia por uno mismo pero eso no es más que un sonido, un estado mental que se ocupa si conviene.

El sol y sus destellos en el cristal se confunden cuando la hora es nona. Atrás, un convoy se acerca. Que a los muchachos los mataron los soldados es lo único que sabemos pero también es lo único que no puede probarse desde la experiencia ensangrentada que significa que el ejército haya salido y patrulle, disfrazado de civil o agente policiaco, las calles y los campos, requise a las personas inyectando, sólo mirando, el miedo suficiente para que uno se paralice. Entonces los subieron al avión, los llevaron sobrevolando el mar, a dos horas de Iguala y luego, vendados y amarrados los empujaron. Cayeron, destrozados por el agua en una tortura que se practica en Guerrero desde los primeros alzados, contra el ejército de pobres de Lucio Cabañas, en los años sesenta. Cabañas, otro estudiante de Ayotzinapa, secuestró en 1974 al candidato a gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa. Después de rescatado, el ejército pulverizó el levantamiento. Quizá una delación o un descuido. Pero el capitán Bravo Torres le dio el tiro de gracia al normalista, quien quiso suicidarse para evitar la captura, fallando porque así lo cuenta la versión oficial.

En la tierra de los vivos, de los perdidos en sus comienzos, cinco camionetas se emparejan en la autopista. Una detrás de otra, alcanzan y enseñan sus armas. Firmes ellos, sentados en sus máquinas, ni siquiera miran a través de las ventanas y pasan los retenes con el permiso de alguien del que nunca sabremos.

No, no queremos estrechar sus manos, cantar sus corridos, distinguir el disparo. O quebrar, como ellos me quebraron, el árbol de la vida que habíamos hembrado a pesar de todo.

Les apunto, con la mano amartillada en el volante.

Aquí están las balas, carniceros, en este camino que no lleva a ningún lado.

 

II

Ni siquiera las sierras más elevadas están al nivel de Llano de la Parota, un pueblo de la Alta Montaña en Guerrero, perdido en la red de brechas excavadas a güevo, en laderas y precipicios, por donde se meten las camionetas y caminan los que van, los que vienen.

Encuentra su origen en los fondos más abyectos de Ayutla, el último pueblo del sicariato, donde autodefensas y soldados se ponen de acuerdo, más que pelear, por el control del municipio y su inseguridad. Las entradas son nidos militares donde, para pasar el tiempo, los soldados mascan algo y se sostienen en sus propias armas como bastones municionados, apostando cómo será el próximo detenido. Empapados en sudor, su piel es una mezcla de cobre que asoma entre el uniforme y las gorras. Nadie bebe pero tampoco, nadie, está preocupado. Cuarenta o cincuenta de ellos dejan pasar a todos, pero no sucede lo mismo al salir. Nadie en esa piquera, que allá le llaman “control”, es blanco, ni siquiera mestizo. Todos, sin excepción, son indígenas.

Aquí ninguno pregunta dónde están nuestros hijos.

Hace poco campesinos de 70 pueblos de la región bajaron de la montaña, vinieron del mar y reclamaron a los armados por la ayuda que le dan al narcotráfico. Ellos, los pobladores, se encararon para darle forma, otra vez, a una escena que se hace costumbre. De frente, formados, sin romper línea, los militares aguantan la embestida con caras de piedra y barro, apenados por no poder sacar los puños, enseñarles lecciones a los desharrapados. Son más altos, están mejor comidos y tienen razones para estar allí. Casi todos concuerdan en el origen miserable y violento que necesita desquite a cambio de obediencia ciega. No es que no tengan ojos. Poco a poco, esos, los que aguantan formados en Ayutla con sus cascos verdes o grises, se quedan sin opciones y usan la razón cuando el reglamento lo permite.

Los soldados sirven para morir, les han indicado.

Porque matar es matar, dice uno que conozco, que no está en Ayutla, aunque lo mismo da. Se meten a los campos donde siembran mariguana, los jardines que en Colombia parecen amapolas pero amarillos. Pisan con cuidado para no estropear el trabajo que otros, más jodidos, han hecho para ellos, mientras los buscan. Los encuentran pronto, escapados hacia el monte y allí los ajustician, cuchilleros, para que sirva de lección. Los que dejan vivos ya no escapan y ese miedo les obliga a trabajar para el ejército. Eso dijo uno de ellos, de los que no están en Ayutla pero que andan por allí, patrullando, nada más patrullando. Ya luego les gusta.

Que sí, ellos lo dicen.

En el retén de Ayutla pasa la camioneta cargada de medicamentos controlados sin una sola mirada bajo la manta ocultadora que, de todas formas, hace un bulto del tamaño de una habitación. El militar hace la seña de seguir con la mano extendida, aburrido hasta la madre mientras sus compañeros se divierten con motoristas, que ingenuos pero rudos cayeron en la red. Sus barbas o su estatura, ni siquiera sus lentes oscuros, impresionan a nadie que cargue un arma. Arrinconados, bajados de las motos, observan a los soldados acercarse risueños a sus caras compungidas mientras les preguntan por la marca de las máquinas, porque “qué chingona está, se parecen a las nuestras”.  De ese lado, a mano izquierda, están los soldados. Del otro, una mujer vende jamaica, sus pétalos secándose en la acera. A veces, uno no elige para dónde mirar y esa elección, no escoger, apunta a la cara, llena el corazón de agujeros.

 

III

Ayutla apenas es una calle con camellón y palmeras, chapetas de Coca – Cola aplastadas en la vía y camionetas 4 X 4 cargando combustible. Cada esquina es el derrumbe de la montaña, la construcción de su ladera hacia abajo, como si el cimiento fuera cima y excavara desde el aire en busca de sostén.

¿Qué es lo que miro, pisando el tepojal, acordándome cómo suena, resbalando bajo las botas? Su ris-rás es voz que dice. Sólo piedras que alguien levanta y estrella en la pared pero que generan la proximidad, el apuro por seguir adelante, pasar por lo menos el retén de las autodefensas, muy militares, que esperan la propina de los automovilistas, si quieren o pueden.

Entonces el cielo, a falta de agua, es azul todavía.

Las autodefensas no sólo cobran, también caminan las calles polvorientas en esa Ayutla perdida pero recordada porque allí se encuentra la comunidad de El Charco y la escuela Caritino Maldonado Pérez, donde murieron 100 militares en un combate contra la guerrilla del ERPI  y civiles. Otra ejecución, en realidad, cuando los sobrevivientes escucharon, el 7 de junio del 1998, los Hummer subiendo la ladera en la montaña, trayendo las noticias de una guerra que todavía no comenzaba. “¡Vengan por nosotros, hijos de la chingada!”, gritaron los del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente cuando vieron que los soldados mataban al primero que salía del parapeto en el que se había convertido la escuela. Zenón estaba rendido, el arma depuesta, los brazos en alto cuando recibió el disparo. Lo último que oyó fue un “pendejo”, escupido desde el desprecio más transparente, impersonal en esa madrugada de conspiración y reclamos. El Charco fue la tumba de cien militares que se tirotearon entre ellos, enceguecidos por el humo de sus propias bombas, y de 11 civiles, que enfrentaron la incapacidad de 500 soldados, entrenados para matarse sin miramientos.

Es que en Guerrero hay algo. Por lo pronto se trata del oro y la goma de opio.

Así comenzó la subida, hasta Llano de la Parota. La negrura absoluta sólo permitía mirar de frente, por donde bajaron, después de hora y media de ruta, cinco jóvenes alumbrando con una linterna. Iban con las piernas desnudas, negros todos, deslizándose en el silencio de la orilla, plantando sus caras en el polvo de la ventana, dejando la risa de sus dientes incompletos.

Tengo quince años y acabo de pasar por la primera crisis epiléptica.

Entonces el cuarto ése olía como ahora, un polvo metiéndose a la nariz, bloqueando el respiro, la suave pendiente de algo que mucho tiempo fue lo mismo que la muerte, la ventura del aguamala y las caras apenas borrosas entre la bruma y los árboles alrededor. Esa conciencia epiléptica daba vueltas, giraba abajo depositando en el agua una inexactitud que ya sucedía.

Aquí, en la subida, me pregunto quién es Blanca Varela, enferma de cáncer, habitante de ollas y cocinas mientras una sombra recorre el techo y sus llanuras. Tú me consumes y yo te miro, imperfecta como una orquídea. ¿Cómo es posible que estés en otro país y yo te quiera, aun con el corazón acuchillado?

Esta latitud que se desangra ubica frente a mí tus ojos y sus torbellinos.

¿Me diste la mano?

¿Me suspendiste en el aire, como una maga?

Ojalá encontremos una excusa pronto, antes que esa montaña me desbarranque para siempre.

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