Lenin y Marisa

* Ella es Marisa Mendoza, la esposa del normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón. Él, Lenin Mondragón, el hermano del estudiante muerto el 26 de septiembre del 2014. Esta es la crónica del viaje que los dos hicieron a la escuela de Julio, convocados por los padres de los desaparecidos. De esa reunión, privada, no se sabrá nada pero no es necesario. Ayotzinapa siempre será el reflejo de la mayoría de los mexicanos y Marisa y Lenin, sobrevivientes también, los espejos de una voluntad irrompible.

 

Miguel Alvarado

Ayotzinapa, Guerrero; 29 de enero del 2015. Viene el viento en la madrugada, murmurado bajo los puentes, y los cruceros, en las luces de la carretera, forman mandalas para los que dicen estar despiertos. La ciudad se quiebra como una arruga, concéntrica, pendiente de sí misma y de la inercia en el púrpura punzante del sol que viene.

Paralizada entre las puertas que se abren y las manos de los primeros mendigos, intuye la llegada del autobús a la terminal, mirando la hora, quejándose de las seis de la mañana. Lo que viene, a 300 kilómetros de distancia y que habrá de recorrerse en menos de tres horas, desde el volcán en Toluca, deshaciendo su hielo y luego, después, hasta el cerro cercado en el misterio de la soldadesca y sus riñas, nadie quiere saberlo. Marisa Mendoza Cahuantzin llega sonriente, con su blusa negra de puntos blancos, el pelo recogido en un chongo o tal vez suelto, no recuerdo bien, pero sí una bolsa negra de mano, en la que por ahora cabe todo lo que necesita.

Declina el asiento del copiloto porque exige la suave conversación, bajar el cristal, dedicar los ojos al camino y los pueblos, que algo recuerdan cada tanto. Antes de subir saluda y luego abre la puerta mientras pasa un helicóptero, cuyo ruido se agusana en la sombra de un hombre colgado, asido a un arma y que hace que mira, que apunta a cualquiera y a veces dispara.

Es una niña la que se para y a su madre le suplica no camine.

Las noticias en la radio hablan sobre Ayotzinapa pero nadie sabe lo que dicen porque a esta hora no importa sino en el silencio de cada uno. En voz alta el locutor dirá lo presentido y, a falta de canción, autos y camiones ponen la música, la pausa en el aliento de Marisa, la angustia por volver y no llegar.

El aire arracima una bandada, un siseo entre el soplo que se cuela y el aullido que revive la radio. Un eco y un quebranto prometiendo nueva, fresca información, el cabo suelto de un corazón negro. Habrá que esforzarse para terminar, llegar a casa al final de la ruta, revisar llamadas y cuidar las formas para no decir lo que no se debe.

Uuuhuhuu-aaah.

“Esto no es todo lo que uuuhuhuu-aaah, además hay 21 heridos y el hospital se ha desplomado en su lado uuuhuhuu-aaah mientras llegan los bomberos y las evacuaciones se uuuhuhuu-aaah. Se trata de una pipa de la empresa Gas Express Nieto, en Cuajimalpa, Distrito Federal”. No hay muertos a la vista, dice el reportero enhebrando en el hilo un estertor. La ráfaga de sirenas fija al frente las miradas mientras contesta, Marisa contesta una llamada. Luego dice, con sonrisa encantadora, que es Cuitláhuac, desde Tenancingo, que pregunta a qué hora llega.

¿Estoy preocupado por no llorar? ¿N-ni hablar de más? ¿P-por no ser intruso? ¿Entrometido? ¿N-no ser discreto, al menos, c-cuando escucho la adulzada somnolencia de la p-pasajera? ¿E-estoy aquí, viajando con ella? ¿Atravesando Toluca y sus manos que algo buscan en la bolsa? ¿E-esta-tamos aquí, en el mismo auto? ¿Dónde está la casa? ¿Lo juras? ¿A ti no pu-puede pasarte nada, sin antes reencontrarnos? ¿To-todo estará bien?

Te creo. También lo último te lo creo.

Confirman ahora que los muertos son dos y los heridos ya 37. “Y eso tendrá que ser investigado”, dice alguien, muy serio, al micrófono, como si estuviera furioso.

 

II

Lenin Mondragón es un joven de voz pausada que hoy viste de azul, una camisa azul con rayas blancas que le ajusta al cuerpo y lo hace ver más alto. En el trayecto, en alguna parte de las seis horas, voltea a ver a Marisa, sentada junto a él. La mira como si no lo creyera y se toca la prenda con el orgullo del hermano menor.

– ¿Te gusta mi ropa?

– Me hace recordar –contesta Marisa mientras se acerca un poco a Lenin- Sólo lo vi dos veces con esa camisa puesta. Una, cuando fue al Distrito Federal y le presenté a mis papás. La otra…

Pero es fácil entender que sea la preferida. Hoy el tiempo no es barranco en el centro de Tenancingo, donde vive Lenin con su esposa y su madre. Marisa camina por el jardín central paseando el hambre entre tendajones y los supuestos que le arrojan el olor a carne, las cínicas niñas mendigando un peso que les perfecciona la miseria. Desde la entraña tiene la impresión de que están vivos los estudiantes y cuenta de una amiga vidente que sabe dónde, cómo están. Pero aquí, en espera de lo real 150 pesos apenas son suficientes para la cena mientras el auto alista el penúltimo tramo hacia el DF.

Antes, mucho, antes, Lenin está sentado en el auto recibiendo una llamada. Le explica a su madre por qué no acudió para ayudarla.

– Te dije que no iría esta mañana. No me entendiste y no nos pusimos bien de acuerdo.

– …

– Estoy en el camino rumbo a Ayotzinapa.

– …

– …

– ¿Cómo para qué? Para estar presente en la reunión de los padres.

– …

– Nos vemos al rato, en la tarde o en la noche.

– …

Los ojos vueltos a Marisa, mientras toca el pantalón, recorren la circunferencia de una nube y luego, arrepentido, guarda el celular. Lo dice, sabiendo que adelante el Mezcala Solidaridad le permitirá ver el río Balsas, abajo, donde nada sucede. “Mi madre es muy nerviosa y desde lo de Julio César piensa que nos va a pasar algo. No le dije que venía y tuve que hacerlo así. Ni siquiera fui a la escuela, aunque debía presentar los exámenes en la facultad de Contaduría. Pero las maestras son buena onda. Cuando le dije a mi esposa que venía para Ayotzinapa, se puso a llorar”.

Una a una, el sol come las sombras mientras algo está acercándose, envarado como un bífido. Ya ahí, al lado del auto, los de la Suburban gris echan una ojeada, emparejados treinta segundos, ellos en el carril de alta. Algo, adentro allí, se aleja quebrándose frágilmente.

Lenin estruja la bolsa de plástico que llenan los panes de la Bimbo. Una vez, Julio César Mondragón, que aspiraba a ser maestro, presentó examen para Ayotzinapa. Sus parientes pensaron que estaría algún tiempo, en lo que encontraban opciones en Michoacán o el Estado de México, pero una vez inscrito el cambio nunca se concretó. “El Chilango”, entonces, se integró a la didáctica de la normal rural Raúl Isidro Burgos, entre Chilpancingo y Tlapa, al pie de la carretera hacia Tixtla, Guerrero.

Hay tiempo para sándwiches y jugo que ofrece el hermano de Julio César mientras el auto derrapa a cien por hora, retrasado para la cita. Todos comen, beben sin romper los vasos. Una tras otra, patrullas de federales detienen conductores para infraccionarlos. Siete agentes, siete patrullas, siete detenidos se orillan en la pista y en sus manoteos cabe el silencio del soborno, la serpentina azul y roja de las torretas que indican que allí, en esa orla de concreto comienza Ayotzinapa.

Qué le vamos a hacer, dios los ha puesto en este camino.

Aquel es el río que Marisa y Lenin dicen que cruza, parte el pueblo donde vive un pariente.

En medio del puente vuelve a creer.

 

III

Y entonces, y entonces, y entonces, como nunca antes, el costo de no saber, la desmemoria, el descontrol absoluto, la imposibilidad de entender lo elemental tiene apuntados 42 mil muertos en dos años. Para algunos, para 42 mil parientes o para 210 mil si se suponen cinco familiares para cada uno de los ejecutados en la administración de Peña Nieto, el Estado es una forma legalizada de la violencia. Porque qué es esto que sucede en la inmovilidad de una cabina, en un auto compacto rumbo a Chilpancingo, perdido en Zumpahuacán, bastión narcotraficante de los mexiquenses desde el barrio de San Gaspar, esforzándose por encontrar –o ser encontrado- la autopista que en las narices de todos da vuelta y ahora sí, enfila al mar, donde Marisa quiere ir. “Que el chofer nos lleve a Acapulco, si no sabe llegar a donde vamos”, dice, desdecida desde antes por la impaciencia de su propia voz, que ordena apurar acariciando.

– Orita les digo a los soldados que abran las casetas para que pasemos sin detenernos –suelta, desde la sombra de una risa que estalla finalmente. Ya puede reírse de sí misma. El que va adelante voltea y lo que mira es el sol en el rostro de Marisa, convertida en estatua mirando por la ventana.

O también: nos vamos por las casetas, aunque paguemos.

¿Estamos muy lejos?

Lo estamos, porque nunca, nadie.

– ¿Y cómo se llama tu niña? –dice por fin el de adelante.

– Melissa Sayuri –deletrea la madre, simulando cargar al bebé. Yo soy de cerca de La Malinche, en Tlaxcala.

– ¿Tu segundo apellido es tlaxcalteca?

– Sí. Cahuantzin.

– ¿Y qué significa?

– No, no sé.

– ¿Viste la declaración de Murillo Karam? Para él los normalistas están muertos.

Ni siquiera se le arrasan los ojos a Marisa. Tampoco los dedos se le crispan ni el sol deja de iluminarla aunque el auto se detiene para que, los que van, estiren las piernas. Lenin baja pero Marisa se queda, ya así, con el espacio de por medio y se deshace de aquel peso.

– Pues eso es lo que dice, pero naaaaaaaaaah.

Pronto, la ansiedad. Antes de Chilpancingo, a la derecha, donde germina la sequía, se ven las ciudades perdidas del nuevo Guerrero, construidas entre montañas y masacres. Ese naaaaaaaaaah, horas después, reverberará en el auditorio de la escuela normal donde alumnos sobrevivientes por un lado y padres de los desaparecidos, por el suyo, trabajan programas para, después de cuatro meses, encontrar a sus hijos.

Un letrero anuncia todavía la desviación hacia Iguala, a la derecha pero a un kilómetro. Y esa periferia de “Chilpo”, fango extraído de los apellidos más abyectos, los Figueroa, por decir uno, es el molde de las ciudades mexicanas: de pronto la miseria a bocajarro, si se quiere, como un vómito.

En las calles los federales, con las armas bajo el brazo y la cara descompuesta, se paran junto a bardas que explican la falta de los 43, o que el Estado es el culpable desde la abstracción en la que se convertirá, en su momento, el 26 de septiembre del 2014. Porque el Estado cerrará la investigación sobre los normalistas levantados y de eso se trata el viaje. La tragedia de Lenin y Marisa no basta para enfrentar la verdad histórica desde la oficialidad.

-Por aquí no –dice Marisa, mientras observa el final de la calle terminada en escalinata y que impide el acceso a la carretera para Tixtla.

El auto retrocede, buscando otra vereda.

 

IV

Aquí, mientras se atraviesa el arco sobre el camino de tierra, aparece la palabra Ayotzinapa por primera vez, en un taxi colectivo. Y luego, debajo del nombre de Raúl Isidro Burgos, poeta y maestro, segundo director de esa normal. Eso, losa de concreto pintados los bordes rojos, es más que un señalamiento. Pero es lo que es para los alumnos, apiñados en la verdadera entrada, metros adelante, en un portón negro, metálico, que sirve además como base para taxis. El “Raúl Isidro” es un letrero amarillo que la puerta refleja en la negrura. Adentros de verde y árboles forman la alameda donde se ubica el primer estacionamiento. Más allá los muros, una bajada empedrada, un campo cercado que apenas podan y las marchas militares por los altavoces. Es la escuela acribillada que no huele a muerte sino a la comida que viene de los puestos en la cancha central de basquetbol, techada, como todas las canchas en Guerrero, y que ahora sirve para que allí se coma, se descanse a veces.

A un costado, en los murales, uno rojo, ora desde su retrato un hombre que parece el Cristo. En otra pared una vía láctea inscribe los nombres de los desaparecidos junto a un libro cuyas hojas dibujadas, las dos únicas, muestra dos retratos. “A la memoria de Alexis y Gabriel. Su lucha nos elevará la conciencia para lograr sentir el amor hacia la libertad del pueblo”. Las cicatrices, rasgaduras en el sol a plomo –porque, se verá luego, cada sobreviviente llevará sus balas en las manos- son cuadernos de dibujo que nadie, nunca, abre.

Al fondo, por el lado del auditorio dicen que está la dirección, las puertas encadenadas. En el trasfondo un ambulante vende cigarros y alguien se recarga contra el faro, base de piedra en medio del patio. No sabremos lo que hablan cuatro alumnos debajo de un árbol, que miran como si algo se les hubiera perdido.

Los murales, admitamos, los de Ayotzinapa.

Porque entonces habrá que subir las escaleras, comprobar los candados más discretos y la puertita negra del auditorio, que a doscientos pasos parece una aberración molecular en aquel laberinto gigante, donde atrás, al fondo, alguien vende cigarros y otros -las mujeres hablan en la estancia- platican a la sombra del faro tan rojo como alto del patio de piedra. También, a esa hora de las doce, algunos caminan atravesándose en las ventanas, abiertas hacia afuera. Los alumnos, los cuatro que platicaban, estarán en otro lado, como si nunca hubieran venido.

Y es que todos volvemos a Ayotzinapa, aunque nunca hubiéramos estado.

Así, así, poco a poco, habrá que detenerse frente al cuerpo principal del edificio donde se encuentra el auditorio para entrar a una reunión que ya tiene una hora de iniciada y hablar como se pueda.

Eso lo harán Marisa y Lenin, pero solos, sin Julio César, esposo y hermano, quien estuvo en el fuego de la policía el 26 de septiembre del 2014 y que allí perdió la vida aferrándose al recuerdo de su hija, que ahora cumple seis meses.

 

V

Lo que sigue es así, pero no es todo.

Entraron.

En el auditorio estaban los padres, cincuenta tal vez, ni siquiera la mitad del auditorio que representa la represión que allí se ejerce. Porque el plan último, la acometida desde la Federación consiste en cerrar Ayotzinapa, igual que a Tenería, la normal de Tenancingo, le sucedió en el 2008 cuando alumnos y maestros enfrentaron el rugido de la policía mexiquense, ordenado por la administración de Peña Nieto, en ese entonces gobernador del Edomex. Lázaro Montes era el director, cesado luego de explicar a la prensa la intervención de la policía.

Por lo pronto, el número de aceptados en el primer año se ha establecido en 140, obtenidos entre una demanda de casi mil 300 aspirantes. No caben más, dice el gobierno, aunque Ayotzinapa proponga, desde hace años, la ampliación de la matrícula.

La versión que involucra al narcotráfico indica que los cárteles de Los Rojos, apoyados por alcaldes priistas, peleaban plazas a los Guerreros Unidos, financiados por alcaldes del PRD. Los Rojos, infiltrados en Ayotzinapa por una supuesta intermediación del propio director de esa normal, José Luis Hernández, quien el 29 de enero del 2015 será citado a declarar ante las autoridades, mandaban en la escuela. Esto último generará un pequeño tumulto en Ayotzinapa, donde se supo, primero, que el director estaba preso, luego de terminada la plática de Marisa. Minutos después el rumor se desbarrancó. En Ayotzinapa existen tres grupos claramente definidos y a simple vista se puede ver quiénes mandan allí. El Comité de Alumnos tiene el control total sobre la vida interna del plantel. Son ellos los que gestionan esa vida, pública y privada. El segundo grupo, el de los padres, vive en la periferia de ese poder, organizando las búsquedas. El último es el administrativo, encargado del papeleo, la representación oficial. Allí es donde gobierna Hernández, un director casi invisible, moviéndose en las sombras.

Pero esa versión del narcotráfico infiltrado desde la base de los alumnos es insostenible.

Más allá de los ventanales pasan las autodefensas en camionetas Pick-Up, que llevan y traen a encapuchados armados en labores de vigilancia. Un camión arrastra varillas en el piso, sacando chispas en una lluvia que el sol termina por encender. Ayotzinapa no es una marcha de un millón de indignados portando las pancartas contra la ineptitud de Peña y su gobierno. Tampoco es la rabia a solas de quienes entienden o vislumbran el telón que se empeñan en no descorrer los sobrevivientes.

Qué será Ayotzinapa sino un llanto, el miedo encarnado en esa ansiedad casi guerrillera, para mí justificada en el paso de los siglos, de cada hora y sus segundos.

Qué será sino el abandono. Aquí no hay un millón de marchistas. Aquí no hay nadie con sus apoyos mediáticos ni magos del facebook dando likes a la diestra, a la siniestra. Tampoco hay periodistas ni sus análisis o crónicas, perdidas por acumulación en colecciones de hemerotecas, guerreando contra el polvo. Aquí sólo hay deudos, estudiantes viviendo el miedo como parte de su carne, como un verbo. Y los muertos. Los desaparecidos.

A los muchachos los mataron los soldados, pero entonces cómo se dice.

 

VI

Marisa y Lenin salieron de sus reuniones, agotados pero sonrientes. Lo que pasó en el auditorio nadie lo sabrá porque Marisa y Lenin no dijeron nada. Para qué. Pero sus caras eran el alivio del condenado. Marisa y Lenin cumplieron su misión y los alumnos la escucharon. Los padres la entendieron.

Después caminaron al comedor, donde habían sido invitados. Allí vieron las mantas y los murales, los perros callejeros que en Ayotzinapa tienen paso franco a las mesas y cocinas. Platicaron entre ellos, comiendo paletas de hielo y alguien, un amigo de Julio César, les regaló fotografías.

Marisa y Lenin llegaron a Tenancingo a las 9 de la noche y fueron al jardín central, buscando tacos o tostadas.

– Yo invito –dijo Lenin.

Ya ese frío no hacía nada.

Ya la escuela, amada finalmente.

Lenin y Marisa se despiden minutos después. Él se queda. Verá a su esposa. Le explicará a la madre y al otro día irá a la escuela. Ella, casi dormida, pide al de adelante que le ponga la estación de radio que le gusta, que escuchará hasta llegar al DF. Allí, a la medianoche, bajará del auto y abrirá la puerta de su casa con las llaves que busca en la bolsa negra.

La calle, luego, queda en silencio.

Marisa y Julio César se encuentran todos los días, aunque ellos, desde luego, no lo sepan.

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