Los traidores imaginarios

* Acosado por las acusaciones de malversación de fondos, de aquel fideicomiso de 55 millones de dólares, Napoleón Gómez Urrutia aguarda pacientemente en Vancouver, una de las diez ciudades con mejor calidad de vida en el mundo, donde lo ven como uno de los representantes del “nuevo” sindicalismo mexicano, un líder democrático e independiente que tuvo la osadía de enfrentarse al gobierno de su país.

 

Francisco Cruz Jiménez

Antes de heredar todo el poder a su vástago, Gómez Sada había tenido tiempo para reestudiar las redes de poder dentro de la política mexicana, conociéndola casi de memoria con todas las reglas, escritas y no escritas que garantizaban la continuidad del régimen y los reacomodos en cada uno de los sexenios a partir del de Adolfo Ruiz Cortines. Atestiguó el encumbramiento de cada uno de los funcionarios de poder en el sexenio salinista, cuando su hijo tuvo la desgracia de toparse con el secretario de Hacienda, Aspe Armella. También atestiguó el encumbramiento del secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal, Fernando Hiriart Balderrama, y del titular del Trabajo (luego de la Función Pública), Arsenio Farell Cubillas.

También conocía a detalle el ascenso, ya en el sexenio de Ernesto Zedillo, de los secretarios de Energía, Luis Téllez Kuenzler, y de Trabajo, Mariano Palacios Alcocer, así que para enero de 2000, ya enfermo, tomó el papel de padre amoroso: olvidó los porqués del violento despido de su hijo de la Casa de Moneda en 1992, así como su destierro político, y le heredó en vida un futuro prometedor, productivo e inesperado como dirigente vitalicio de casi 90 mil obreros y trabajadores agrupados en el Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana.

Gómez Sada no era diferente a ninguno de los charros sindicales contemporáneos. En 1950, durante el marco de la sexta convención de su sindicato, vivió en pleno la domesticación minera resultado de la política delineada por la presidencia del veracruzano Miguel Alemán Valdés. Durante este periodo, el sindicalismo en general cosechó los frutos de la labor emprendida algunos años antes, durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho. Alemán Valdés fue conocido como “el amigo de los obreros”, entre sus “logros” estuvo el de mantener el control férreo de los trabajadores mineros a través del llamado ruvalcabismo —de Filiberto Ruvalcaba— y cuyo liderazgo le fue arrebatado por un movimiento “democrático” que culminó con la imposición, en 1960, de Napoleón Gómez Sada, pero que en realidad fue concebido por empresarios. Con los mismos vicios de su antecesor, Gómez Sada se tomó su tiempo para levantar un imperio que heredó a Napito.

Para 2000, Napoleón I había ordenado la expulsión de, al menos, una quincena de sus opositores y modificado los estatutos del sindicato para facilitar el ascenso de su heredero. El 13 de marzo de ese año el Comité Ejecutivo hizo oficial la decisión. El acta con la notificación correspondiente fue muy escueta y describía a Gómez Urrutia como agremiado de la sección minera 120, en La Ciénega de Nuestra Señora, Municipio de Santiago Papasquiaro, Durango. Sorpresivamente, justo un mes después de la asignación, la Dirección de Registro de Asociaciones rechazaría el registro a Napito, a través de la negación de la llamada toma de nota. Controlada por el priista Mariano Palacios Alcocer, titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, aquella dependencia “menor” había recibido instrucciones para declarar improcedente el nombramiento por herencia.

Las autoridades argumentaron y documentaron que el nombramiento en cuestión violaba el artículo 215 de los estatutos del gremio minero, los cuales marcaban como única instancia para tales designaciones a la Convención General del sindicato. “Si los mineros quieren elegir a quien ellos consideren, están en su derecho. […] El gobierno no puede prejuzgar, juzgar ni tomar decisiones a nombre de los sindicatos”, advirtió Palacios Alcocer. Gómez Sada se encontró, de la noche a la mañana, predicando en el desierto. Su capacidad para persuadir, su intenso trabajo y habilidad se estrellaron, una y otra vez, contra el muro de las desconfianzas priistas. La humillación fue mayor porque el martes 2 de mayo, en Los Pinos, el todavía presidente Ernesto Zedillo tomó protesta a los 97 delegados de la convención ordinaria número 31 del sindicato minero. Con esa decisión, en apariencia daba su aval a la sucesión hereditaria. Pero Palacios Alcocer —quien sólo recibía órdenes del presidente de la República— se mantuvo en su macho y ratificó el desconocimiento.

Atónito como estaba por esa ambigüedad zedillista, Gómez Sada ordenó el traslado de los sumisos delegados mineros a la sede del sindicato en la calle de Doctor Vértiz del Distrito Federal, donde sesionaron en secreto. Para evitar la intromisión de los disidentes, prohibió la entrada a los integrantes de su Comité Ejecutivo Nacional. Ni para disimular hubo una convocatoria a los integrantes del Comité Electoral del sindicato.

La inesperada sorpresa gubernamental cayó como balde de agua fría, sobre todo en un desconcertado Napito, quien dio la impresión de querer embarcase en una guerra de declaraciones: “He sido minero, soy trabajador comisionado en el sindicato haciendo tareas de auxiliar y de asesor del Comité Ejecutivo”, repetía a los reporteros que lo inquirían y tratando de convencerse a sí mismo que no había llegado a la Secretaría General por una cuestión hereditaria. Según sus declaraciones, pertenecía al gremio, con el pleno goce de todos sus derechos, desde 1995. Y sobre el nombramiento, aunque nadie le creyó, advirtió: “Ni me enteré ni estuve presente en la reunión cuando se tomaron los acuerdos”. Encabezados por Morales Hernández y Ortiz Elizalde, sus detractores tenían a la mano argumentos sólidos para la impugnación: “La Sección 120 del sindicato de Durango —a la que El Cachorro se aferra como sindicalista activo— no tiene ni cinco años de creada; por tanto, tampoco tiene la antigüedad que exigen los estatutos para aspirar a algún cargo de representación” sindical.

La Secretaría del Trabajo dio la razón a los opositores. Los rebeldes y funcionarios de la Secretaría del Trabajo habían llegado a la misma conclusión: el 8 de septiembre de 1995 se dio a conocer que existía una nueva sección minera creada y cuyos procesos de certificación comenzaron a partir del 24 de agosto de ese año. Hasta entonces, y según los expedientes, dicha empresa se constituyó con el nombre de Minera Mexicana Peñoles, S.A., pero cambió de razón social a Minera Mexicana La Ciénega, S.A. de C.V., en la que laboraban 289 personas. En aquella época, luego de presentarse la documentación reglamentaria, la Secretaría del Trabajo resolvió aprobar la constitución de la citada sección, ya que “cumple con lo previsto por las fracciones I, IV y último párrafo del artículo 365 de la Ley Federal del Trabajo”.

Si en verdad Napito entró a trabajar a esa empresa a partir del 24 de octubre de 2005 como auxiliar contable con un raquítico salario de 15 mil pesos mensuales, entre el 13 de marzo y el 2 de mayo de 2000 —cuando fue nombrado y ratificado en su cargo de secretario general suplente— todavía no cumplía con los requisitos estatutarios para ocupar un cargo de elección en el sindicato minero. Nada valió. Morales Hernández, Ortiz Elizalde y otros compañeros suyos fueron acusados de “traición y deslealtad” y expulsados del sindicato por órdenes de Napoleón Gómez Sada.

Acosado por la prensa, Gómez Urrutia, que en los hechos manejaba la abultada agenda de su padre desde 1993, tenía su propia argumentación sobre los despidos: “Se reacciona así ante alguien que no obedece, y la democracia se da de esa manera”. Y, a los 86 años de edad, el patriarca insistía: “No estoy muerto”, y se decía tranquilo porque “ya se nombró suplente mío, que es Napoleón Gómez Urrutia; por aquí anda también. […] Me faltan casi dos años para terminar mi periodo [pero] si no regreso, Dios que los bendiga a todos”. Y aún tuvo fuerza para manifestar su apoyo “hasta morir” y el de todos los mineros, al candidato presidencial priista en 2000, Francisco Labastida Ochoa. Para el 16 de junio, la intimidación había alcanzado al secretario de Contrataciones Colectivas, Armando Martínez Molina, conocido como El Kadafi, uno de los dirigentes de la histórica sección de Cananea, a quien le aplicaron un procedimiento de suspensión temporal luego de 37 años de servir al gremio. Gozando de cabal salud, Gómez Sada ordenó, al mismo tiempo, aplicar la cláusula de exclusión a otros cinco integrantes de la cúpula gremial.

A pesar de los sobresaltos internos, la ilegitimidad, pérdida de afiliados, secciones y posiciones en el Partido Revolucionario Institucional, la dolorosa ambigüedad del presidente Zedillo, y una aguerrida oposición que, incluso, le hizo abandonar el hospital por un tiempo, Gómez Sada mantuvo la decisión de heredar el puesto a su hijo Napito. La decisión ya estaba tomada.

El 13 de enero de 2000, en el centro vacacional y recreativo Ex Hacienda de Xala, propiedad del sindicato ubicada en el municipio mexiquense de Axapusco, Gómez Sada festejó por adelantado su cumpleaños 86 y aprovechó para presentar, oficialmente, al heredero. Los mineros presentes —por no decir Napoleón I y Napoleón II, junto con decenas de acarreados— esperaban concretar así una alianza perdurable con el candidato presidencial priista Francisco Labastida Ochoa.

Como se documentó en las crónicas del momento, en medio de la barbacoa de 20 borregos, las carnitas de 20 marranos, cervezas Lager, Indio y brandy Don Pedro, Napito se adueñó de la situación y mostró por primera vez su recién adquirido lenguaje sindical: “¿Qué prefieren?, ¿quieren hampones al frente del sindicato, eso es lo que prefieren?, ¿gente desprestigiada que sólo viene a corromperse y a violar los contratos colectivos y a venderlos?, ¿eso es lo que prefieren los medios de comunicación, o prefieren a gente que elige democráticamente la autoridad máxima del sindicato?”.

—¿Su llegada a la dirigencia es la más correcta? —soltó a bocajarro el periodista Javier Peralta del periódico Reforma.

—El lunes platicamos con mucho gusto. Hay que preguntárselo a la gente, a ver qué piensa. Aquí hay mil representantes de todas las secciones; todos los delegados de la Convención Nacional tienen autoridad máxima del sindicato, y esto que quede bien grabado, ¿porque me estás grabando, verdad?

—El asunto es: ¿se vale tomar el poder de este modo?

—Pregúntale a la gente, el lunes con mucho gusto platicamos en mi oficina.

La crónica misma de Peralta dio cuenta de la función: “Todo el escenario [está] fincado a la sombra de imaginarios traidores que no entendieron que la sucesión-sucedida era fruto de la vocación 100 por ciento democrática de los parroquianos; el príncipe, ahora rey ad perpetuam del Sindicato de Trabajadores y Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana, dijo: ‘Bueno, pues, qué quieren?’ A las 13:10 en punto, llegado de una ficticia isla de Elba, vía helicóptero, Napoleón padre, don Napoleón, se encaramó en un Grand Marquis placas 776JGT blindado, para recorrer 20 metros hacia los jardines de la ex hacienda. […] Valla de por medio, el sempiterno líder llegó al presídium para dar cuenta de la buena nueva donde la profecía se cumplía y un Napoleón emperador habría de dejar el poder a su hijo, Napoleón también de nombre. Transcurrida la participación del artista de radio, televisión, cine y anexas, el popular y reconocido Pancho Pantera, que no se cansó de alburear a los asistentes, y justo cuando cada comitiva de las secciones mineras del país colocaba, a manera de ofrenda, regalos a los pies de don Napoleón, su hijo Napoleón cuestionó al cuestionador, pero luego echó reversa. ‘Hablamos cuando quieras en una entrevista, en la oficina, con muchísimo gusto. Si quieres el lunes, el martes, encantado de la vida; hacemos una entrevista de veras, no hay ningún problema, de los temas que quieras, las preguntas que quieras. No hay nada que ocultar, está todo abierto, con muchísimo gusto, de veras. [Reforma] es un periódico al que respetamos mucho y que refleja muy bien la opinión, pero yo creo que ha habido excesos que más vale platicarlos seriamente en mi oficina, no en un acto social como éste’”.

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