Encantador de serpientes

* ¿Cómo puede alguien obtener el control de 80 mil personas y sacar el máximo provecho para sí mismo? ¿Por qué los sindicatos son armas, casi siempre, de doble filo, usados pero también defenestrados por gobiernos y líderes? ¿Cuánto gana un líder de sindicatos en México? El periodista Francisco Cruz hace un viaje por la epidermis de esos personajes, estrafalarios pero poderos, capaces de cualquier cosa, en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta.

 

La derrota del candidato presidencial priista, Francisco Labastida Ochoa, en los comicios presidenciales de julio de 2000 y el ascenso del panismo de la mano del guanajuatense Vicente Fox Quesada resultaron aliados providenciales de Napoleón I, aunque éste no alcanzó a ver el resultado final porque el 11 de octubre de 2001, a los 87 años de edad, y después de cumplir 41 años como líder nacional, murió en la Ciudad de México.

Las esquelas le hicieron los honores correspondientes. Después de ocupar la dirigencia local del sindicato en Torreón, Coahuila, y algunos otros cargos como delegado del Comité Ejecutivo General, en 1960 —con el visto bueno del presidente Adolfo López Mateos, quien ya controlaba con mano dura los sindicatos petrolero, magisterial y ferrocarrilero, y había encarcelado a dirigentes sindicales independientes— fue elegido líder nacional. Gómez Sada ocupó el cargo de secretario general hasta su muerte. Presidió en cuatro ocasiones el Congreso del Trabajo. Fue Senador por Nuevo León de 1964 a 1970 y de 1976 a 1982.

Año tras año, los mineros lo recuerdan en su semblanza oficial: delegado a la XI Convención General Ordinaria, por la Sección 64, de la minera Peñoles en Monterrey, que se celebró en mayo de 1960. Después del golpe para derrocar a Filiberto Ruvalcaba —que encarnaba un sindicalismo de obediencia al gobierno— y al ruvalcabismo, para muy pocos fue una sorpresa que las secciones 14, 67, 20, 123, 9, 62, 97, 11, 30, 167, 5, 2 y 162, lo postularan como candidato a la Secretaría General del Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana, para el periodo 1960-1966. El 28 de mayo de aquel año ganó con 54 mil 539 votos.

Fue un personaje. El periodista Abel Barajas escribió: “Si un calificativo cabe para Napoleón Gómez Sada es el de sobreviviente. Nació en 1914, en el municipio de Cadereyta, Nuevo León, el mismo año en que Venustiano Carranza asumió la Presidencia que abandonó el dictador Victoriano Huerta. Ingresó al Partido Nacional Revolucionario en 1934, que después se llamaría de la Revolución Mexicana y más tarde Partido Revolucionario Institucional. Y el sindicalista seguía ahí. Su carrera en el sindicato de mineros data de 1935, cuando ocupó la titularidad de la Secretaría General de la Sección 64, con sede en Torreón.

”El gremio también cambió de denominación: se llamaba Sindicato Industrial de Trabajadores Mineros y en 1974 se convirtió en Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana. […] Desde el desarrollo estabilizador y el periodo de sustitución de importaciones de la década de los 60, hasta los programas de regulación económica neoliberales, Gómez Sada siempre ha sido fiel a la ideología del sexenio en turno. Del presidente Adolfo López Mateos a Ernesto Zedillo, desde que las minas pasaron de manos extranjeras a nacionales, y desde que las empresas mineras eran paraestatales hasta su total privatización en el actual sexenio. […] Ha sabido lo que son los elogios presidenciales cada seis años y el único museo de minería en el país, inaugurado el 18 de marzo del año pasado en Fresnillo, Zacatecas, lleva su nombre. Napoleón Gómez Sada también se llama una avenida de este poblado zacatecano y una asociación de jubilados mineros en Nuevo León. […] Una de las últimas incursiones de Gómez Sada en la política nacional sucedió el año pasado, cuando apareció en la lista de los 353 integrantes del Consejo Político Nacional del PRI, que el 17 de mayo decidió las reglas del proceso interno para la elección de su candidato presidencial”.

Con algunas maniobras cuidadosamente planeadas antes de morir —como aquel inesperado reconocimiento a Fox, tras su elección como presidente de México, interpretado más como un gesto de docilidad, servilismo y entrega ciega al régimen panista—, Gómez Sada logró que el nuevo secretario del Trabajo, el dirigente patronal José Carlos María Abascal Carranza, hiciera aquello a lo que se negó su antecesor priista Palacios Alcocer: el reconocimiento y aceptación oficial, o la famosa toma de nota. Cuando nadie lo esperaba y casi perdían la esperanza, el 3 de diciembre de 2001, a ocho días de cumplirse el segundo mes del fallecimiento de don Napoleón, Gómez Urrutia se convirtió, oficialmente, en heredero del reino.

El reconocimiento también pagó con creces los tragos amargos del último trimestre de 1990 y el primero de 1991, cuando fallaron las gestiones personales “secretas” de Gómez Sada para hacer de su junior candidato del PRI a gobernador de Nuevo León. Aunque puso todo su empeño, la cúpula priista —léase Carlos Salinas de Gortari— inclinó el socorrido dedazo por la postulación del ex alcalde regiomontano Sócrates Cuauhtémoc Rizzo García. No sólo fracaso, al año siguiente atestiguó la debacle de su hijo como funcionario de gobierno y, por consiguiente, su marginación de la cúpula del priismo neoliberal encarnado por los salinistas.

Napito obtuvo el poder absoluto sobre más de 80 mil mineros y obreros de la metalurgia. Aprovechando las ventajas de un sector industrial multimillonario, el nuevo líder empezó a crearse una fachada que lo hacía aparecer más monumental que su padre. Como si nadie conociera su pasado ni sus acciones, le armaron una pinta de líder democrático y muchos de los individuos cercanos a él emprendieron la tarea de reescribir la historia de Napoleón II, Napito, El Heredero, El Junior de las Manos de Seda o El de Sangre Azul. Pero, aunque sus allegados le adjudicaron una personalidad encantadora, los sindicalizados no dejaron de considerarlo simplemente como un vago marrullero, afortunado y feliz.

Una actitud populista —porque incluso en las fiestas de los obreros no sólo se hacía acompañar por su esposa Oralia Casso Valdés de Gómez, sino que sus hijos Alejandro, Ernesto y Napoleón Gómez Casso estaban entrenados para saludar de mano, con el nombre respectivo, a cada trabajador, según las enseñanzas de Napoleón el viejo— y un discurso muy bien estudiado le permitieron ir progresando tranquilamente a la sombra del recuerdo de su padre.

Sus palabras, desde luego con el apoyo de Abascal Carranza desde la Secretaría del Trabajo, tenían el efecto práctico de legitimar su presencia en el sindicato, aunque sólo las mentes más retorcidas del sector laboral llegaron a pensar que entre estos dos había nacido una incipiente amistad. De su lado, confiesan algunos viejos sindicalistas, Napito llegó a estar convencido que tenía al gobierno panista “bien agarrado por los huevos”. Sobre todo después de su fallido triunfo, de Napito claro está, el 14 de febrero de 2006, como vicepresidente electo del Congreso del Trabajo. Al sudcaliforniano Isaías González Cuevas, de la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC), tampoco lo dejaron asumir la presidencia del organismo.

Los extraños acuerdos con Abascal Carranza, su trato exquisito “de gente fina”, visión de negocios, contactos, dominio sobre el mapa minero en todo el territorio mexicano, un activismo mayor en minas y empresas de sus enemigos —donde apretaba más por mejores salarios y prestaciones— y, como lo consignaron dos ex ejecutivos de una empresa consultora a quienes se les comisionó para investigarlo, una “labia” capaz de convencer hasta el más incrédulo de que él era el salvador le dieron herramientas para contener las presiones sindicales internas.

Ni Morales ni Ortiz Elizalde estaban preparados para eso. “A Napito —advierten los ex ejecutivos de Kroll— debe entendérsele por su preparación; no era un dirigente sindical como el resto, por más que algunos de sus comportamientos siguieran el camino cínico, por ejemplo, del ferrocarrilero Víctor Flores, de la caída en desgracia Elba Esther Gordillo Morales, del petrolero Carlos Romero Deschamps o del burócrata Joel Ayala Almeida. Él tiene el don de la palabra educada, del caro buen vestir, puede sentarse a la mesa para discutir sobre grandes inversiones con empresarios extranjeros y convencerlos de las oportunidades que brinda la minería mexicana.

”Puede uno encontrarle cualquier cantidad de defectos, mostrar sus carencias políticas, documentar sus abusos y enumerar sus excesos o los de su familia, incluidos su esposa y extinto padre, pero Napoleón es un tipo refinado, elegante, que había hecho 20 años de carrera financiera, de servicios e industrial, además de su desarrollo en la administración pública federal y sus afiliaciones al Colegio Nacional de Economistas, la Academia Mexicana de Finanzas Públicas y la Wadham College Society —reconocida por su tendencia progresista-liberal, y entre cuyos integrantes destacan Rowan Williams, ex arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia de Inglaterra y líder espiritual de la Comunión Anglicana; y la escritora y novelista bangladesí Monica Ali, autora de Brick Lane, Alentejo Blue, In The Kitchen y Untold Story—; con posgrados en universidades de Alemania y Reino Unido, a su llegada al sindicato minero rompió el estereotipo de los líderes mexicanos, y eso no lo puede decir cualquiera de los dirigentes sindicales.

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