No

* Rimbaud no se ocupaba de los narcos. Su principal problema era que le pagaran a tiempo o que, de cuando en cuando, no lo asaltaran. Al final se murió, como en las malas películas. Le dio gangrena pero quedaron sus inexcusables poemas, algunos que son como las gangrenas etiópicas.

 

Miguel Alvarado

Toluca, México; 18 de marzo del 2015. No hay futuro pero sí presente. O eso que se ve sucede sin necesidad de los instantes. Es como con Sprite o sin Sprite. De todas maneras pasa. O de todas formas no.

Así que están las carreteras escondidas de Toluca y por otro lado el edificio del PRI estatal, muy al estilo cíclope para que hasta los dinosaurios entren –pero sobre todo para que salgan-, preparándose para las elecciones. Ganen o pierdan en lo electoral, el negocio siempre es muy bueno y a veces hasta reparten. Pagan publicidad, recompensan a las bases, a los acarreados, a la militancia.

Sí, así. También los otros, pero sus edificios no son mayúsculos. Como si eso fuera una disculpa. Por ejemplo, una oficina. La del PT, en Metepec. Municipal, ajá. Una oficina en el centro del Metepec narco-bonito. La oficina, de izquierda y roja con amarillo, en los altos de un edificio que también ocupa Comunicación Social de la alcaldía de Carolina Monroy, pero ellos sí, al menos barridos y trapeados.

Porque la oficina del PT. Es que no tenemos presupuesto. No necesitamos una oficina a todo lujo ni tampoco secretarias ni asistentes. Tampoco sillas. Y entonces. Y el presupuesto. Y las ideas. Y los proyectos. Y los resultados. Y los informes. Tenemos al oficina, ya con eso.

No, pues ya se acabó.

Entonces, esas recompensas que son mayores cada que uno escala en ese entramado derramándose el dinero, deberían explicar que las casas de Óscar González o de Fernando Zamora no son sino producto de algo que no puede ser la capacidad en ese servicio público que algunos llaman alcaldía o presidencia municipal. Porque, de alguna manera, la mayoría singularizada estaría mejor.

Cómo mejor, sin comer.

No, sí ya comimos. Nos invitaron, como a Rimbaud, que lo invitaban a llevar armas de aquí para allá.

Una biografía de Arthur Rimbaud intenta narrar las desventuras de su exilio en el África y reproduce algunas líneas de las cartas, secas y hasta duras pero no desprovistas del grito de auxilio a la madre y hermana, ellas en suelo francés. Y entonces allí va Rimbaud, por el desierto, con sus cajas de rifles y pistolas, casi siempre a la sombra de algún traficante de a deveras, hasta que un día regresa a su pueblo, de vacaciones y le pide dinero. A su mamá. Pues ni modo que a Verlaine. Y su temporada en el infierno se parece tanto a salir de su habitación, calzarse. Ir por un convenio.

“No puedo” no debe ser parte del vocabulario. No.

¿No?

No, pues no. No puedo.

Tampoco quiero. No quiero. Porque hay cosas que no se pueden. Otras que no se quieren, como Rimbaud. No quería nada más vender armas. Quería que le sucediera un poema para no escribirlo, una cosa así, que se le metieran las arenas, si las hubo, de sus desiertos más escabrosos, sin espejismos, pues.

Porque uno va al PRI. O ahí, afuera, y observa a la gente. Se para uno, en el mood discreto de la gorra roja y la playera de Ernesto Nemer, con la ente pasando, metiéndose al PRI. Unos cuentean con los guaruras de la puerta. Otros cargan cajas, salen de las oficinas y se compran sus botanas, la torta y las frutas. O caminan. Las chicas, casi todas con sus pantalones ajustados y oliendo a algo como perfume, bien bonitas, ignoran esa playera de Ernesto Nemer y casi pasan a través de uno. O los fulanos, trajeados. Este día no está Iriarte, el presidente estatal (su nombre, no sé, no puedo. No recuerdo), pero afuera hay algunos que llegan y también observan, como uno. Nomás que esos que llegaron luego y que no entran porque no se sabe por qué, llaman desde un celular. Así, todo, y ponen sus caras de enojados, como si aquello fuera importante.

Qué manera monumental de perder el tiempo, como el Messi haciendo trizas la defensa del City pero si poder anotar. A qué hora es el partido del Madrid.

Ah, y otro que dice que ya está. En el PRI, pues.

Ah, es que van a hacer un desmadre. En el PRI, también.

Total que llegan, como quiso llegar Rimbaud a las plazas que compraban las armas haciendo un desmadre. Disparando, pues, y cobrando sin entregar la mercancía. Así llegan estos, que se paran en las puertas, ya cerradas -obvio, güey- y de paso la avenida. El tráfico llega hasta la autopista a Atlacomulco. A la salida a Ixtlahuaca, donde Fernando Zamora, el candidato por Toluca para la alcaldía, tiene su casa blanca.

Pero esa casa es lo de menos. A nadie le interesa su casa. Y qué tal que no es su casa. O es de un amigo, Juan, Pedro. Por decir algo. Omar. Es que (qué, qué) esa casa es todas las casas de ese rumbo. No, no todas, porque la casa del secretario de Gobierno del Estado de México, José Manzur, está más chinguetas. Tiene hasta iglesia privada porque las cosas de dios son cosas muy íntimas. Pero no las cúpulas, amarillas y azules, recortadas contra el cielo encapotado de la colonia Aviación, en el pueblo más pobre de la ciudad.

Ya, ya

resentido

pero es que las otras casas sí están bien jodidas. Que el abismo existe.

Pero llegaba el Rimbaud a los pueblos etíopes, por decir un país, y se encaminaba en una caravana o solo. Esos caravaneos los vimos hasta en cómic’s de la Heavy Metal de los años 90. Allí lo ponían solo, a caballo, llevando cajas en medio de la borrasca o el simún. ¿Sí, simún? Pero también lo ponían nunca llegando, errabundo en un espacio de indeterminación que ya ni Lacan podría decir eso de que el deseo existe en cuanto lo deseado sea imposible. Inconseguible, como las revistas de la antigua Heavy Metal, todavía en blanco y negro. Cómo les encanta Lacan a los ilustradores para hacer sus tesis y calificar licenciaturas. ¿Cómo que nunca llegando? Pues sí, que desaparecía de pronto, en una viñeta estaba y luego en la otra ya no. Y pues eso.

Ah! la poudre des saules qu’une aile secoue!

Les roses des roseaux dès longtemps dévorées!

Mon canot, toujours fixe; et sa chaîne tirée

au fond de cet œil d’eau sans bords,—à quelle boue?

Hasta aquí, todo bien. No hay indicios de Rimbaud y afuera del PRI ya va a empezar el desmadre. Ya empezó, que por la imposición de candidatos. O sea, todavía protestan. Pero si se ve que son puros acarreados desde Temoaya. Indígenas de allá, o de otros lados, casi todos. ¿Qué hacen aquí? ¿Ya por la torta? Y es que Apolinar Escobedo es un abusivo, Cómo logró que descalificaran a 16 de sus rivales. A todos sus rivales, pues. Y él se queda solito, en los procesos internos. Ni modo que pierda. Bueno, pues así en el PRI como en Temoaya, donde todavía 16 ilusos, 17, se apuntan creyendo tener el poder, que un día no servirá ni para ir al baño.

Porque hay unos que se mueren. No todos, aunque sí la mayoría.

¿Cuántos narcos hay en la política local toluqueña? Se pueden contar con los dedos de los pies o de las manos. O hay que pedir dedos prestados.

Rimbaud no se ocupaba de los narcos. Su principal problema era que le pagaran a tiempo o que, de cuando en cuando, no lo asaltaran. Al final se murió, como en las malas películas. Le dio gangrena pero quedaron sus inexcusables poemas, algunos que son como las gangrenas etiópicas.

Ah, demasiado harto estoy de eso: -Pero, querido

Satán, te conjuro: ¡una pupila menos irritada!

Y, en espera de algunas pequeñas infamias que se

Demoran, para ti que prefieres en el escritor la ausencia

De facultades descriptivas o instructivas, desprendo

Estas horrendas hojas de mi cuaderno de condenado.

Ah, sí, el del PRI. Carlos. Carlos Iriarte.

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