El lobito jodido de la CTM

* Viejos cetemistas, quienes lo conocen, y crónicas periodísticas que han retratado su vida laboral, desde que en la década de 1940 lo acogió Yurén Aguilar como su ayudante, asesor y chofer en la Federación de Trabajadores del Distrito Federal (FTDF), coinciden: es un político ambicioso, desconfiado, colérico y muy descuidado, alguien a quien sí le ha salido para comer y para comer bien. Y vaya si lo es… en dos ocasiones ha sido involucrado en sendos cargamentos de contrabando.

Francisco Cruz Jiménez

Joaquín Gamboa Pascoe no nació pa’ pobre ni encaja en las definiciones de diccionario; su gusto por los casimires finos, camisas de diseñador, zapatos de pieles exóticas, restaurantes caros, autos de lujo —Mercedes-Benz o BMW—, así como su residencia en El Pedregal de San Ángel o sus aficiones a la cacería y el golf ofrecen elementos para afirmar que este senador priista y secretario general de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) cumplió su palabra cuando en una ocasión, a finales de la década de 1980, le espetó a una reportera: “¿Qué, porque los trabajadores están jodidos yo también debo estarlo? A mí nunca me verán descalzo ni de guaraches”.

Aquella sentencia muestra a un dirigente obrero, que jamás fue obrero, falto del carisma de su maestro Fidel Velázquez Sánchez; lejano de aquella lengua larga y afilada de su predecesor Leonardo Rodríguez Alcaine, que tan morbosamente atraía a los periodistas, y carente del rico e infame pasado de su fallecido protector Jesús Yurén Aguilar; Gamboa Pascoe es un “político” seco y hermético, cuya vida guarda cualquier cantidad de secretos; sobre él corren las más turbadoras historias desde que en las décadas de 1970 y 1980 llegaba a sus oficinas del Senado de la República a bordo de lujosas limosinas Cadillac y Lincoln de importación.

Viejos cetemistas, quienes lo conocen, y crónicas periodísticas que han retratado su vida laboral, desde que en la década de 1940 lo acogió Yurén Aguilar como su ayudante, asesor y chofer en la Federación de Trabajadores del Distrito Federal (FTDF), coinciden: es un político ambicioso, desconfiado, colérico y muy descuidado, alguien a quien sí le ha salido para comer y para comer bien. Y vaya si lo es… en dos ocasiones ha sido involucrado en sendos cargamentos de contrabando —fayuca, se le dice llanamente—. El primero, procedente de India en 1980 y, el segundo, de Estados Unidos en 1982, ambos durante el sexenio de José López Portillo, quien gobernó del 1 de diciembre de 1976 al 30 de noviembre de 1982.

En su momento, él mismo se ha encargado de negar todas las acusaciones —éstas incluyen la de sacadólares— y atribuirlas a maquinaciones de sus enemigos e intrigas colaterales. Por ejemplo, el 24 de febrero de 2009, en una rueda de prensa, las atribuyó a la publicidad negra, a una campaña de desprestigio. “Lo que pasa es que hay mucha publicidad negra: los líderes que se hinchan de dinero, que los líderes… que su mamá de los líderes… ¡ya estaría bien que le hablen a la mamá de otros, no a la nuestra todo el tiempo!”

Pero, como escribieron en junio de 1982 los periodistas Óscar Hinojosa, Francisco Ortiz Pinchetti y Manuel Robles, “el líder senatorial —para esa época era presidente del Senado de la República— no necesitaba ser desprestigiado: sus propios actos a lo largo de su carrera sindical y política lo han desprestigiado. […] Su fama de millonario no es producto de una herencia, sino de una corta carrera como defensor de los derechos obreros y como representante popular”.

Si bien el éxito no se le ha dado en maceta, la fortuna le ha sabido sonreír al diputado y senador— en dos ocasiones—. Y aquí, en el Senado, le fue mejor porque no era un simple legislador, sino el presidente de la Gran Comisión. Aunque por otro lado, carga con el estigma de ser un doble perdedor. En 1973, cuando el PRI ganaba todo, no pudo ser diputado por tercera ocasión porque lo derrotó limpiamente el panista Javier Blanco Sánchez. Apadrinado por Fidel Velázquez, la cúpula priista perdonó a Gamboa y, en 1976, llegó al Senado, también con la bendición de López Portillo.

En 1988 se sintió el elegido —en realidad las listas fueron aprobadas por el presidente Miguel de la Madrid y palomeadas por el equipo priista que disputaría la elección presidencial, encabezado por Carlos Salinas de Gortari— y se presentó de nueva cuenta como candidato. Su terquedad le costó. Los obreros salieron a votar por el Frente Democrático Nacional (FDN) y “su escaño” fue ocupado por Porfirio Muñoz Ledo.

Abogado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), compañero de generación del extinto presidente López Portillo, de la “famosa” generación de 1939, y cercano al ex presidente Luis Echeverría Álvarez, Gamboa Pascoe, pues, carga con la fama de ser hombre de mucho glamour, Figurín y Dandy lo llegaron a llamar.

Desde sus inicios se insertó muy bien en una burguesía burocrática sindical, cuya escandalosa prosperidad no proviene del comercio ni de la industria, menos del trabajo artesanal, sino del ejercicio del poder corporativo y la carrera política. Hay quienes insisten que se ha sometido a algunas cirugías plásticas como su ex par, la hoy presa Elba Esther Gordillo Morales, pero a nadie le ha interesado investigar si es verdad porque eso es lo menos importante de su vida política y laboral, tan rica, que a su ascenso por el consabido dedazo como secretario general de la FTDF, a la muerte de Yurén, asumió poderes dictatoriales. Y entre sus acciones execrables se recuerda todavía la represión para aniquilar el movimiento democrático de trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Y en 1996, la Asociación Mexicana de Ejecutivos en Relaciones Industriales (AMERI) lo acusó de hacer negocios con los créditos del Infonavit. “A los grandes sindicatos les interesa continuar participando en la Asamblea General [del Infonavit], porque por esa vía algunos líderes, como el de la Federación de Trabajadores del D.F., Joaquín Gamboa Pascoe, han hecho importantes negocios”.

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