Flor de papel

* Esa vez en la montaña de Guerrero, un lugar equivocado a todas luces, listo en sus laderas para la explosión, los racimos de soldados se acumulaban a un costado del camino. Nosotros, que llevábamos fármacos, nunca fuimos detenidos, nadie miró por debajo de las lonas de aquella enorme camioneta de doble tracción y pasamos Ayutla, sin más, en diciembre del 2014. Enfilados a la montaña, aparecieron los autodefensas patrullando a pie, metiéndose en calles carcomidas por las sombras.

Miguel Alvarado

Toluca, México; 30 de marzo del 2015. El resplandor breve del pasto, la barda rasposa quedan atrás. Dentro del agua, casi parecida a la tierra, un rayo deshace insectos en busca de comida.

Me alegra el cielo oscuro bramando lejos, la promesa de lluvias y tragedia que jamás me alcanzarán -la vereda apergaminada de latas y basura es un simple detalle del paisaje sereno, tenebroso- como el golpe de las horas cobrando las risas, la malquerencia de los hijos o la pregunta luego de un cigarro.

Me quieres.

Llueve.

No importa a dónde vayamos, lo que no podamos ver, lo que no nos esté reservado, que habrá de tocarnos porque aquí no se puede confiar en que, no metiéndose, uno se considere a salvo.

Esa vez en la montaña de Guerrero, un lugar equivocado a todas luces, listo en sus laderas para la explosión, los racimos de soldados se acumulaban a un costado del camino. Nosotros, que llevábamos fármacos, nunca fuimos detenidos, nadie miró por debajo de las lonas de aquella enorme camioneta de doble tracción y pasamos Ayutla, sin más, en diciembre del 2014. Enfilados a la montaña, aparecieron los autodefensas patrullando a pie, metiéndose en calles carcomidas por las sombras. Todos pensaban que alguien se levantarían en armas o que, al menos, se aceptaría que en Guerrero, al mismo tiempo que las amapola, también se fecundan las guerrillas.

Obrador ofrece a los padres de los desaparecidos de Ayotizapa ayuda si votan por el candidato de Morena, Pablo Amílcar. Los padres lo mandaron al diablo, a él y al resto de los partidos políticos. No habrá elecciones en Guerrero, dicen los padres, aunque no será así, aunque sea nada más por llevarles la contra.

Te hice una flor de papel para éste, un día cualquiera. Nadie estaba más lejos de aquí que yo mismo.

Somos vulnerables, no víctimas. Entonces por qué (se pierden los beneficios, dicen unos).

En Chilpancingo, el 26 de marzo un camión con estudiantes de Ayotzinapa fue atacado por policías estatales de Guerrero, vestidos con armadura negra y escudos de plástico. Unos cien. El camión, detenido a la entrada a Chilpancigo, sobre la carretera, estaba rodeado por agentes que apedreaban los cristales.

En el video, un policía antimotines se desprende del grupo que rodea al Volvo Plus gris y toma una piedra enorme mientras los otros inmovilizan las llantas, abren los compartimientos del equipaje.

– ¡Órale, güey, por acá! –gritan los uniformados. Luego, otro arroja un objeto y rompe una de las ventanillas laterales del autobús. Por allí, por el boquete, sus compañeros avientan más proyectiles.

TV Azteca presentó una versión distinta, con las mismas imágenes. Que los de Ayotizinapan habían robado dos camiones con combustible y que la policía los había detenido para recuperar lo robado. Y que los estudiantes habían detonado explosivos en la puerta del autobús masacrado.

– ¡Órale, güey, por acá! –gritan los policías, mientras arrojan proyectiles por las ventanas vandalizadas, como ellos dicen. Decenas de policías vándalos, por ejemplo.

La escena cambia y uno de los estudiantes, de azul, es arrastrado por unos diez elementos, que lo tiran y someten. Uno de ellos le voltea la cabeza, clavándolo al suelo, literalmente. Entre todo lo patean. Leve, apara que no digan. Gallardos, los policías posan para los que filman y pronto consiguen abrir la puerta del transporte. Segundos después estalla un petardo, seguido de otro, envuelto en una nube efímera de fuego. El vidrio del frente del autobús está agujereado como si lo hubieran baleado.

Iguala – Hospital.

México Cuota – Cuernavaca.

Filmado, uno más de los enfrentamientos entre policías y estudiantes de Ayotzinapan, quienes en respuesta quemaron dos camionetas, tres motocicletas y las oficinas de la Secretaría de Seguridad, en Tixtla, muy cerca de la normal, presagia una nueva masacre, cuando a alguien se le pase la mano, alguna situación se le vaya de control.

Después de detener a tres, la policía se reúne en plena carretera, donde recuenta sus propios daños. Al menos un herido, que ayudan para que camine dos agentes. TV Azteca dice que los estudiantes se han retirado, dejando ahí el camión secuestrado y que gracias a la policía se ha podido recuperar.

– Los ayotzinapos… -dice el reportero en alguna parte de su relato.

– Tomaron rehenes y nos están diciendo –dice un hombre que sirve de informante- que son policías, que se llevaron a unos tres o cuatro policías los estudiantes.

TV Azteca diría luego que los agentes llegaron a sus cuarteles por su propio pie, pero desarmados, después de que los estudiantes quemaran lo que ya se sabe. De eso sólo quedó la chatarra humeante, inservibles las patrullas.

Mientras, en Toluca, los ayudantes infrarrealistas de Fernando Zamora, el candidato priista a la alcaldía y a quien le valió un carajo cabalgar con un AK-47, posando junto a “El Tigre”, uno de los narcos más sanguinarios del sur mexiquense, hace unos años, visitan vecinos para pedir, sin empacho, las copias de las credenciales de elector, nomás para saber con quiénes contamos. Se organizaban, y muy bien, en escuadrones con denominaciones desde el abecedario. Forman tres grupos, uno de ellos es el H, que ocupa a empleados del ayuntamiento y maestros como promotores del voto.

Pero así, sin vergüenza.

Los venimos invitando.

Queremos platicar un rato.

Será posible que…

(Fátima, te extraño un chingo).

Nosotros los acercamos.

¿Y si hubiera publicidad, los apoyamos? Bueno, les publicamos su publicidad.

Enrique Peña ganó la presidencia en la más inverosímil de las elecciones. Nadie sabe cómo, pero ganó limpiamente, ensuciado hasta la madre de sangre y huesos rotos, narcotráfico y dolor. Debe ser superhumano. Cualquier otro ya se habría resquebrajado, sonrojado al menos al mirarse al espejo.

Casi todos los días ha llovido. Me encuentro en un estado paranoico equivalente a una crisis epiléptica. Todo va bien, susurro, y me como un sándwich mientras me quedo dormido.

Seguramente Albert González, “El Tigre”, bajaría por unos segundos la mirada, avergonzado de don Fernando.

Naaah. Ni que fuera candidato a la alcaldía.

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