La ciudad de Peña Nieto

* El priista Fernando Zamora, la perredista Ana Leyva y el panista Juan Rodolfo Sánchez Gómez se disputan la alcaldía de Toluca, capital del Estado de México. Los tres llegan a una elección que se prevé cerrada, hasta ahora, pero también, desde otra perspectiva, a unos comicios que están prácticamente decididos.

Miguel Alvarado

Toluca, México, 30 de marzo del 2015. El proceso electoral 2015 para el Estado de México toma forma. Toluca, la capital política de la facción a la que pertenece el presidente de México, Enrique Peña, tiene ya a sus principales contendientes por la alcaldía.

El municipio, centro de operaciones del Grupo Atlacomulco, que ha gobernado al Estado de México por más de siete décadas, actualmente es administrado por el PRI, por un ala peñista que intenta equilibrar el poder frente al coto que ha establecido el gobernador mexiquense, Eruviel Ávila, perfilado porque sí, sin ninguna cualidad ni capacidad, para suceder a Peña en la presidencia. Ávila, quien en las elecciones del 2011 aceptó representar al PRI, había amarrado esa misma candidatura con el PRD. Protegido del ex gobernador Arturo Montiel –tío de sangre de Peña-, Ávila aceptó los términos que aquel le planteó y se decidió por el tricolor. Su primera misión fue sostener económicamente parte de la campaña presidencial de Peña y apoyarlo con recursos estatales. Logrado el objetivo, los primeros meses fue maniatado desde la Federación, que le arrebató funcionarios llevándoselos al poder central. Ávila fue paciente y si bien en lo público ni siquiera ha demostrado grisura, su proyecto personal le ha alcanzado para diseñar su propio feudo. Sorteó con éxito los rumores que anticipaban su salida y de pronto se encontró con que es más fácil que Peña dimita antes de que a él lo nulifiquen. El poder, acopiado con paciencia, le alcanzará para entrever al menos las elecciones presidenciales.

Toluca es clave para esos procesos porque es la capital del estado más poblado del país –quince millones de habitantes-. También es la entidad más industrializada, aunque de igual forma, la de mayores contrastes sociales y una de las más golpeadas por el crimen. De igual manera, no se puede entender el narcotráfico en México sin la ecuación mexiquense. Administrarla significa tomar el control de todo esto o, al menos, hacer de esa simulación un negocio.

El PRI ha gobernado la capital del Estado de México los últimos seis años. Toluca, diseñada para ni siquiera voltear a ver a la izquierda, descarta desde ya las opciones que esa ala presenta, aunque por una vez el PRD tendrá una candidata, Ana Leyva, que ha realizado desde la Cámara de Diputados, una labor que incluye la investigación de feminicidios y campañas para exigirle al poder Ejecutivo que reconozca, de una vez, la participación de las mujeres y sus derechos en una sociedad evidentemente misógina, determinada incluso por los usos y costumbres. Pero el proyecto de Leyva, a pesar de todo, no cuenta aún con el capital político ni con la exposición mediática para hacer frente a los otros dos candidatos con aspiraciones reales. Tendrá, además, que remar contra el peor enemigo del PRD, y que son los propios perredistas.

El PRI, entonces, con seis años seguidos en el poder municipal, envía como contendiente a Fernando Zamora Morales, ex diputado y ex líder del Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México, uno de los más grandes del país, con cerca de 80 mil afiliados y que ha servido tradicionalmente como maquinaria perfecta del voto duro  tricolor, que usa a conveniencia al magisterio en tiempos de comicios.

Zamora, quien también encabezó la Confederación Nacional de Organizaciones Populares en el Estado de México, fracción dura del priismo, es una figura de viejo cuño que en el Estado de México significa una sola cosa. No es en realidad un político sino un operador del poder que hace negocios a la sombra de procesos y encargos públicos. Plegado a la sombra de Peña Nieto, a las lealtades con el gobernador en turno, aunque sea Eruviel Ávila, es un soldado adherido al priismo,  capaz de cualquier sacrificio con tal de permanecer en la estructura. En un momento histórico para México, cuando Peña es cuestionado hasta por sus propios creadores, Fernando Zamora no ha terminado de entenderlo. Sin embargo, lo que tiene claro es que el poder y el dinero estarán de su parte, siempre y cuando sea capaz de convencer a su partido de que es capaz de ganar y, ganador, de pagar las inversiones.

Pero en el PRI no creen en esta simple operación. La jerarquía estatal sabe que Zamora les entregará el triunfo siempre y cuando no gane. Esto y más permite la perversidad política en México.

Por eso, otros aspirantes declinaron de inmediato. Ernesto Monroy, la primera opción, puso distancia refugiado en la Unidad Coordinadora de Vinculación y Participación Social de la Secretaría de Salud federal. Porque Zamora fue escogido por el PRI justamente para perder. Esta decisión, en lo superficial una demencia, tiene una razón fundamentada en la simulación de la democracia.

A pesar de la distendida carrera de Zamora y de su evidente arraigo en el magisterio y sindicatos neocharros cobijados por el PRI, no ha conseguido representar a la sociedad de Toluca. De origen otomí, la decisión de nunca oponerse al régimen y sus discordancias es pública hace años, pero también lo son los beneficios personalísimos que cobra por esa renta. Para los partidos políticos, sin embargo, ninguna “anti-representación” ha sido obstáculo para que alguien participe en elecciones, incluso para que resulte ganador. El interés político no incluye el de la sociedad y por eso las decisiones desde aquel “orden” parecen absurdas metidas de pata.

Con Zamora sus defectos son sólo eso. Y sus virtudes no incluyen sino una figura acaudillada en presupuestos públicos, en el poder de la organización que encabezara en su momento, en el miedo o en el subterfugio de una investidura como la que otorga una diputación.

Zamora es reconocido, identificado, pero nada más. A pesar de ser personaje público de bajo perfil, no puede ocultar -tampoco quiere- lo que ha obtenido desde el poder. Oriundo de la zona norte en Toluca, en San Cristóbal Huichochitlán, zona indígena con unos 23 mil habitantes y una de las más pobres pero también menos observadas, ha elegido el pueblo de San Pablo Autopan para vivir, aunque su domicilio registrado por el IFE esté en otro lado.

“He pasado toda mi vida en este municipio, por lo que conozco las necesidades y problemas de la gente, ya que, además, soy profesor desde hace 30 años, lo que me ha permitido estar en contacto directo con la población. Entre carencias y oportunidades, aprendí los pormenores de la actividad comercial, vendí prendas de vestir características de la producción de mi pueblo”.

No hay casualidades. Un plan que cambiará la región norte de Toluca se gesta hace años e incluye la construcción del nuevo estadio del Deportivo Toluca y vías de comunicación junto con centros comerciales. Este polo comercial, como lo entiende la relación entre empresariado y gobiernos, excluye de cualquier manera a la sociedad de a pie, vista sólo como consumidora o empleada en asuntos de mostrador, limpiando pisos y cargando, en la mayoría de los casos. La zona otomí de Toluca será obligada a adoptar, de una vez por todas, la vida urbanizada pero desde la marginación, como ghetto. Carreteras y malls no significan derrama económica ni mejoras en los niveles de vida.

Pero Zamora.

Entendido el valor comercial de aquellas tierras, hoy todavía ejidales y dedicadas a la siembra, el ex líder del SMSEM edificó su casa en la colonia Aviación, de San Pablo. Habitante distinguido por el tamaño de su mansión, Zamora es parte de un selecto club de funcionarios de los tres niveles de gobierno que viven allí, discretos pero suntuosos, como el secretario de Gobierno del Estado de México, José Manzur, cuya familia mantiene una finca de portones ciclópeos, con capilla privada. Allí se guarda una colección de autos, propiedad del secretario.

Zamora no tiene autos en exceso ni capillas, pero sí una versión muy toluqueña de la Casa Blanca de Peña Nieto. Nadie sabe cuánto ha costado aquella construcción, que se levanta como una fortaleza entre la depauperación de aquella colonia, espejismo entre las viviendas aledañas que atestiguan la pobreza del día a día. Allí vive el profesor, señalan los vecinos sentados en el quicio de la tienda vecina. El aspirante del PRI a la alcaldía de Toluca nada tiene que explicar. Si es o no su casa y por qué se le relaciona con ella, será tema a pesar de todo, antes o después de conocer su plataforma política.

Zamora, desde su página web, http://fernandozamora.mx/ incluye una advertencia: “Información dirigida a militantes del Partido Revolucionario Institucional”. Inmediatamente después, aparece cargando una pala, como esforzado obrero o albañil, acompañado del alcalde sustituto de la ciudad, Antonio Álvarez Jasso y de Raymundo Martínez Carbajal, ex secretario estatal de Educación. Los tres, con mucha faena, colocan sonrientes aquel cemento. Las otras fotos son lo mismo. En otra imagen, Fernando Zamora califica de “emotivo” un discurso de Ernesto Némer, subsecretario federal de Desarrollo. Este mismo subsecretario, quien encabeza una “batalla contra pobreza”, fue exhibido recientemente por portar un reloj de más de 3 millones de pesos.

La clase política respaldó el registro de Zamora acudiendo con él, lo que se considera parte del ritual del cobijo, los espaldarazos a veces tan manifiestos pero también sólo eso, abrazos y palmadas. Ahora, ungido por su partido, ha echado a andar la antigua maquinaria que le permitirá competir con la mayor de las decencias. Zamora usa, desde ya, un equipo de promotores del voto compuesto por funcionarios y empleados del ayuntamiento de Toluca, que visitan a los vecinos de la ciudad para anunciar a su candidato. Luego de una breve charla, piden por favor copias de credenciales del IFE, “para saber con quiénes contamos”. Divididos en tres, los promotores se identifican en grupos, denominados por letras. La H, por ejemplo, de “H. Ayuntamiento”. Otras dos reúnen a empleados del gobierno estatal y maestros adscritos al SMSEM. Todos trabajan en días de descanso, por lo pronto, para evitar señalamientos.

Al ex líder del magisterio estatal también se le ha constatado una anti-popularidad en la zona norte, sobre todo en Autopan y Cuexcontitlán, donde ha sido corrido de eventos públicos. Huichochitlán, su feudo, se resiste a apoyarlo pero allí las reglas son otras. Fernando, quien declara su último domicilio oficial en la colonia Científicos de Toluca, es un hombre respetado desde el temor.

Desde la oposición, PRD y PAN anticipan la ruptura de la cúpula priista, por llamar de alguna manera a la orden desde la Federación de no pelear por Toluca, con Fernando Zamora. Los resultados electorales, al menos la derrota del PRI, dicen, están decididos. Pero si Zamora ya ha movilizado esa estructura, ¿por qué se considera que lo eligieron para perder? La respuesta no está solamente en él ni en su misterioso trabajo con recursos públicos, sino en su contrincante, el panista Juan Rodolfo Sánchez Gómez, ya una vez presidente municipal de Toluca, en una etapa en que Acción Nacional desbarrancó al priismo de la capital. Sánchez fue el último alcalde azul en la ciudad, después de Armando Enríquez y Juan Carlos Núñez Armas.

Porque si Zamora es leal al absurdo que lo envía a perder, Sánchez Gómez lo es a Enrique Peña.

También de gris catadura en su primera gestión, el candidato panista es recordado por el desalojo de comerciantes ambulantes de uno de los mercados más grandes de América Latina, el Juárez. Los comerciantes, obligados a trasladarse precisamente a San Pablo Autopan, coto de Fernando Zamora, no pudieron ejercer ningún derecho. No los tenían, dijeron desde ese ayuntamiento los de Sánchez Gómez, quienes prepararon el operativo en octubre del 2006 contra 20 mil comerciantes con una campaña publicitaria orquestada en el último minuto, pero sobre todo con ayuda de policías que habían participado en la represión de San Salvador Atenco, en mayo de ese año. Para los 20 mil desarraigados, no había todavía un lugar para ubicarlos cuando fueron arrasados. Ese operativo era también colofón de una guerra entre ambulantes prohijada desde la administración de otro alcalde panista, Armando Enríquez, protector de un segmento liderado por Gerardo Sotelo, “Alma Grande”, quien apareció asesinado en Valle de Bravo luego de sostener enfrentamientos con grupos rivales, encabezados por su ex esposa, Esmeralda de Luna, y quien actualmente tiene su propio partido político, a pesar de pasar un tiempo en prisión mientras era investigada.

Sánchez Gómez también es recordado por su amistad con el actual presidente mexicano, cuando coincidieron en la Cámara de Diputados local. Incluso se presumía que era novio de la hermana de Peña y que casarían en algún momento, lo que nunca sucedió.

Para el PRD, la de Sánchez fue una de las peores administraciones en Toluca, a quien califican como una especie de híbrido que no se definía por el PAN pero tampoco terminaba de aceptar que actuaba en la influencia de Peña Nieto. Aquella reubicación de ambulantes era un problema heredado desde la administración de Armando Enríquez, a quien se le señala de permitir la entrada -o al menos hacerse de la vista gorda- del narcotráfico michoacano de La Familia. Cierto o no, fue en aquella administración (2003-2006) cuando La Familia tomó el control del narcomenudeo y la venta de droga en las calles de la capital. Uno de los enclaves era la Alameda  central y, precisamente, el mercado Juárez, donde se obligaba a los ambulantes a pagar derechos por piso y vender droga. Sánchez Gómez, con la excusa de que entre la terminal camionera y el mercado generaban el mayor caos vial en la ciudad, decidió liquidar el lugar. Esa reubicación recrudeció más los conflictos entre ambulantes, divididos ya por la muerte de “Alma Grande” y la desidia de Sánchez respecto a la suerte de los diversos gremios. Eventualmente, los ambulantes ocuparon el mercado de Palmillas, en Autopan, antiguo aeropuerto de la ciudad, y en el que de inmediato se instaló aquella Familia Michoacana, dominándolo hasta ahora.

La actual candidatura panista a la alcaldía fue negociada por los grupos de Sánchez Gómez y de Armando Enríquez, pero dejaron fuera de aquella ecuación a otro ex alcalde de ese partido, Juan Carlos Núñez Armas, a quien hicieron a un lado negándole cualquier cargo político. En el PRD observan una debilidad organizacional en este equipo, incapaz, según ellos, de concitar relaciones con grupos sociales. Tanto es así, que Sánchez intentó, a principios del 2015, una alianza con los perredistas. Convocados a una mesa de diálogo, en un estilo que en el PRD califican como de “profesor de historia”, Sánchez resaltó la necesidad de democratizar Toluca.

Pero esa postura no es realista, le respondieron.

Juntos podemos derrotar al PRI, reviró Sánchez.

Pero también podemos ganar por nuestro lado, escuchó desde el otro lado de la mesa.

¿Entonces, no?, dijo Sánchez.

Así no, le volvieron a decir.

Sánchez levantó aquella reunión que más bien le supo a derrota. Pero está es sólo la versión pública, porque en realidad el PRD ha podido convivir con esa “tienda de enfrente” que cada vez se parece más a ellos mismos.

Ana Leyva, una moreliana que ha vivido desde los dos años en Toluca, es la abanderada por esa izquierda del siglo XXI, y que da visos, desde hace mucho, de ser letra muerta. Pero esta diputada local y ex dirigente municipal del sol azteca tiene a su favor una dura agenda cuyo punto central son los derechos de las mujeres y la denuncia de los feminicidios. Su gestión en la Cámara local no fue de bajo perfil pero, en cambio, se metió, durante el proceso interno de su partido para definir candidaturas, en un embrollo que más parecía una traición política que un plan electoral. Y es que Ana, de quien se sabía con meses de anticipo que sería la aspirante para la alcaldía de Toluca, fue cuestionada a días de cerrarse ese proceso sobre las posibilidades reales que le representaría al partido.

Así, una operación más parecida a la demolición, involucró a la panista Mónica Fragoso, derrotada contendiente por la presidencia municipal hace tres años, como sustituto de Leyva. Y es que en el partido amarillo se creía que Fragoso estaba mejor posicionada dentro del PRD que la misma Ana y justificaba concordancias, que la línea de trabajo de Mónica no quebrantaba. Quizás, pero el mensaje fue otro.

Los perredistas señalaron que incluso Ana Leyva aceptaba someterse a la decisión de una mayoría en un escrutinio interno para ver quién convenía. Fragoso, igualmente, se dijo dispuesta. Lo que diga la mayoría, lo acepto, señaló. Lo que nunca admitieron fue que Leyva nunca estuvo de acuerdo y a punto de abandonarlos.

A esas alturas, si Leyva tenía un proyecto político ya no importaba. Estaba en manos de las simpatías que, al final, decidieron que sí, que la moreliana radicada en Toluca era la mejor opción y por fin le dieron el registro. Pero ya esa fractura tenía un significado.

La izquierda toluqueña ha recorridos los procesos electorales de todos los niveles sin éxito, sin poder establecer un proyecto viable, con continuidad. Esos procesos han servido para apuntalar hatos personales que, en la ciudad del Grupo Atlacomulco, han generado su propio poder, aunque al servicio del priismo, como sucedía con Domitilo Posadas, cacique de la izquierda toluqueña a quien su afán por esos encargos le ganó el sobrenombre de “DoPRItilo”. Depauperada, pues, esa izquierda se negó a morir o a fundirse definitivamente con los oscuros patrocinadores del PRI, acercados a ellos porque encontraron que era mejor una alianza privada que alcanzara hasta para armar pleitos públicos.

Mónica Fragoso había perdido en las elecciones internas del PAN la posibilidad de representarlo por segunda vez, Su grupo, enfrentado al de Sánchez Gómez en un pleito fraticida, decidió no apoyarlo. La llegada de Mónica al PRD representaría fuga de votos para Sánchez Gómez, pues ella se llevaría parte del capital político. Esto, en una elección que de democrática no tiene nada, sólo beneficiaría al priista Fernando Zamora.

Si el PRD elaboró algún pacto con el priismo toluqueño, es cosa que no sabe, pero los resultados lo revelarán eventualmente. Por lo pronto, la candidatura de Leyva, una de las pocas diputadas indiscutidas, de trabajo real, se ubica en el limbo de una supuesta negociación. Porque una cosa es no aceptar en público una alianza con el PAN y otra no hacerla, en una nueva mesa de negociaciones.

Sánchez Gómez en primer lugar.

Ana Leyva en segundo.

Zamora en tercero.

Pierda quien pierda, gana Peña.

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