El “verdadero” rostro de Joaquín

* Enrique hace lo propio, recurre a la retórica para enaltecer a Joaquín: ‘‘Vengo aquí, también, a hacer un público reconocimiento a esta gran confederación que lidera un hombre con capacidad, con talento, con sensibilidad política, que ha sabido armonizar los esfuerzos de todas las partes de esta gran central obrera, y que han tomado por pronunciamiento su adhesión al Pacto por México’’, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

Francisco Cruz

La vida de Gamboa está llena de misterios; en ocasiones produce la sensación de vacío y de contradicción. Dicen que es el más acaudalado de los líderes sindicales mexicanos, pero conserva la réplica y el concepto desde el que se define a cada uno de ellos. Así, cuando se piensa en el término líder sindical, lejos de asociarlo con la persona que vela por los derechos e intereses de los trabajadores a quienes representa, inevitablemente llegan a la memoria imágenes: las más socorridas, si bien desprestigiadas, diputado, senador, poder; y adjetivos cuyo significado dice lo contrario a la definición tradicional: cacique, charro, manipulador, vividor del sistema, golpeador millonario, ostentoso y explotador.

El resultado: millones de trabajadores que viven en la pobreza, otros medianamente y muchos más se conforman con sobrevivir. Este ejemplo concreto lo protagonizan la CTM y Gamboa, considerado el “líder” más conservador, tradicional y representativo del charrismo trasnochado mexicano de una política muy borrosa que lo encumbró para codearse con la élite política y empresarial, y asegurarse un patrimonio lleno de lujo y comodidad.

Sarcástico, en agosto de 2005 Guillermo Sheridan —autor de El dedo de oro, una novela sobre el movimiento obrero que publicó en 1996— escribió sobre él: “Pasmosamente millonario gracias a su cotidiano tesón y a su paciencia laboral, el patrón Gamboa Pascoe enseña al obrero que todo es posible. Que puede trasladarse de su mansión en el Pedregal a la sudorosa usina en un Lincoln negro. Que su traje Gucci puede albear entre los chorros de hierro fundido, las vetas de carbón y el feroz géiser de petróleo. Que si la gota laboriosa humedece su sien, puede secarla con un pañuelo Escada. Que si la mancha de grasa ofende su zapato Chanel, puede ir a comprar otro a Dallas. Que cuando llegue la merecida hora de tragar, sacará de su lonchera Louis Vuitton su langostita con su champañita. Que cuando se canse del trajín, puede volar a Alaska a matar ositos polares. ¡Que como el nuevo chef puede usar chiffon; que como el del nuevo boss, su overol será Hugo Boss!

”¡Qué estímulo ejemplar para 6 millones de pujantes cuanto infelices obreros famélicos que la ruta hacia el paraíso de la clase obrera sea señalada por la prótesis enjoyada de su líder/patrón! ¡Algo le dice al obrero, en la ruda batalla de la producción, que no sólo cuida de él, sino que es viviente prueba de que el trabajo rinde fruto insospechado!”

Como si su riqueza no se notara, cuando habla sobre la crisis económica y malas condiciones laborales se asume en el mismo barco de los trabajadores —“a nosotros qué nos van a venir a contar de los problemas económicos de México, si somos de los que más los han sufrido”—, cuando es bien sabido que a don Joaquín —como muchos lo llaman— le gusta distinguirse de entre sus representados con objetos de mucho valor como el “humilde” reloj en oro amarillo que usó la mañana del miércoles 19 de febrero de 2009 para su toma de posesión como presidente del Congreso del Trabajo (CT).

Era una joya de producción limitada, con movimiento cronógrafo, valuada en 70 mil dólares. Aquel día, el flamante líder salió a bordo de su auto más modesto, un Chrysler 300 modelo 2008 gris plata con asientos de piel, calefacción y sistema de sonido de siete bocinas, cuyo costo oscilaba en 320 mil pesos. Imágenes y crónicas como la del periódico Reforma guardan ese precioso historial.

Entre iguales, sus pares no se quedaron atrás: presidente de la Federación de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE), Joel Ayala Almeida subió a su Lincoln Navigator 2007 de, al menos, 680 mil pesos, con aire acondicionado automático, asientos de piel y ganchos para abrigos al color de las vestiduras, y el líder ferrocarrilero Víctor Flores Morales —ex presidente del Congreso del Trabajo— se alejó en una Ford Expedition Max, de medio millón de pesos; también, asientos de piel con calefacción, aire acondicionado y un sistema DVD en la parte trasera.

Nadie duda que Gamboa Pascoe conozca la pobreza: la reconoce en los rostros de los obreros cetemistas que acuden a sus congresos, conferencias cumbre; la descubre en sus ropas, en la manera en que llegan —apretujados en un camión—; la entiende como una circunstancia que, para su fortuna, marca la diferencia entre él y ellos, los obreros, los jodidos.

De allí su filosofía: ser líder de los trabajadores no implica estar igual de jodido, ni tampoco vestir de guaraches. Por eso a nadie sorprende la declaración que le hizo a Felipe Calderón Hinojosa, en la residencia oficial de Los Pinos, cuando fue por la toma de nota que reconocía su reelección como líder de la CTM: “Aunque nos quede la tripa a medio comer, estamos primero por México que por otros intereses”, que se traduce como: “Aunque los trabajadores estén con la tripa a medio comer, estoy primero por los intereses del Estado que por los suyos”.

Calderón ya lo sabía —las promesas para mejorar las condiciones laborales forman parte de un discurso viejo y trillado, palabras, ríos de palabras—, y se notó la primera vez que visitó la sede de la confederación para prodigar la propuesta de su gobierno panista de cómo mejorar la precaria situación de los trabajadores: “A mayor productividad y competitividad de la economía, tiene que haber más ingreso también”. La pregunta de algunos cetemistas fue espontánea. El ¿cuándo? ¿cuándo? ¿cuándo? se escuchó como un eco ignorado por Felipe, quien siguió, inmutable, leyéndoles su discurso.

Ese día —24 de febrero de 2007— era una prueba de fuego para el líder cetemista. Necesitaba demostrar que tenía el control de sus agremiados, y qué mejor que con una calurosa bienvenida al presidente Calderón. Gamboa intentaba evitar, a toda costa, que se repitiera el mal recibimiento que habían dado, algunos años atrás, a Vicente Fox Quesada. No aguantaría otro bochorno.

La orden fue clara: “Todos preparados para recibirlo como se merece”; es decir, con aplausos y las frases eufóricas, “Calderón, amigo, la CTM está contigo”, “Calderón, amigo, Nuevo León está contigo”, “Con este presidente, Joaquín está presente”, “Compañero, te lo digo, Calderón es nuestro amigo”, “Con CTM, hasta el fin, Calderón y don Joaquín”, “La CTM se siente, está con el presidente”. Era la porra oficial cetemista con los acarreados de Nuevo León. Cada uno había Los amos de la mafia sindical recibido 500 pesos —aunque los hubo de 3 mil y un poquito más—, además de los gastos para hotel y alimentación.

Por segunda vez, el auditorio Fernando Amilpa Rivera —sede de la Confederación de Trabajadores de México, ubicado en el centro del Distrito Federal— sirvió de escenario para recibir a un presidente panista. Para tal evento, se citó a más de 2 mil delegados quienes, eufóricos, esperaron la llegada de Calderón al ritmo de la banda El Recodo, Merenglass y la cadencia de tres sensuales bailarinas. Como buen político, Gamboa Pascoe hizo lo propio: “No es alarde, pero la CTM fue la primera que, acorde con esta línea, reconoció plenamente el triunfo del presidente Felipe Calderón”. Montado en su nube de ensueño, Felipe regresó el halago y dijo sentirse muy contento con el reconocimiento a las instituciones de la República, a pesar del origen priista de la CTM.

Gamboa aprendió hace mucho a ser un sindicalista adaptable, aprendió el valor de la ambivalencia. Tiempo después, el 24 de febrero de 2013, la historia de la visita de Calderón se repetiría en el auditorio Fernando Amilpa Rivera con el mismo protocolo, la misma euforia, las mismas porras, pero con diferente invitado: el mexiquense Enrique Peña Nieto. Se le recibió con singular alegría no sólo porque se unía al festejo del aniversario número 77 de la confederación, sino porque el PRI estaba de regreso en Los Pinos.

En medio de las aclamaciones “Enrique, papucho, Nuevo León te quiere mucho” y “Peña, amigo, Nuevo León está contigo”, se distingue la voz del líder cetemista. Montado en aires de buen orador —que ha decir verdad nunca se le dará o la voz ya lo traiciona por la edad— le da al priista mexiquense “De la Peña” la bienvenida a su casa con su familia cetemista y, ya encarrilado, se preocupa por aclarar que la CTM “una organización limpia y políticamente fiel al PRI, lo obedecerá durante todo su sexenio”. Presume de que a pesar de que muchos “corazoncitos” latieron por llegar a la Presidencia de la República, los 4 millones de afiliados a la CTM sólo escucharon el de Peña y lo ratificaron en las urnas de las elecciones de julio de 2012. Sólo Gamboa es capaz de creer eso.

Al igual que su antecesor, Enrique hace lo propio, recurre a la retórica para enaltecer a Joaquín: ‘‘Vengo aquí, también, a hacer un público reconocimiento a esta gran confederación que lidera un hombre con capacidad, con talento, con sensibilidad política, que ha sabido armonizar los esfuerzos de todas las partes de esta gran central obrera, y que han tomado por pronunciamiento su adhesión al Pacto por México’’. Y atribuye a los cetemistas el fortalecimiento de la estabilidad económica.

“¡Oro, oro, oro, Joaquín es un tesoro!”, gritan los trabajadores a su líder, como para que escuche, clarito y bien, la comitiva que acompaña al presidente “De la Peña”, encabezada por el secretario del Trabajo y Previsión Social, Alfonso Navarrete Prida. Y a los costados, las crónicas lo reflejan, “sentados decenas de líderes sindicales de antaño. La mayoría de ellos mayores de 70 años, quienes son arropados por tres fotografías enormes de sus tres últimos dirigentes: Fidel Velázquez, Leonardo Rodríguez Alcaine y Gamboa Pascoe. […] Este último califica a Peña como un priista que llegó al poder por su ‘juventud de hombre experimentado’, así que espera que esa vitalidad lo lleve a dar resultados. El presidente de la República se sonroja y en el salón surgen los aplausos y los ¡papucho!”.

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