Reportar no implica auxiliar

* Algunos espacios de internet anunciaron el Viernes Santo por la tarde que “Lanza Toluca APP para reportar emergencias”, sin mencionar que las mismas no serán atendidas y la inseguridad seguirá dominando.

Luis Zamora Calzada

Las calles de pavimento disparejo y sus baches, que empiezan a formarse por las lluvias recientes, dejando pequeños charcos, lucen solitarias, ni un alma se asoma. La luz tenue del alumbrado público crea espacios de oscuridad entre un poste y otro. No hay ruido alguno, ni el ladrido de algún perro que rompa el silencio ─que casi puede escucharse en las calles del centro de San Cristóbal Huichochitlán, en el municipio de Toluca─. Son ya las doce veinte de la madrugada del tres de abril, hora en que el sueño es más profundo, como aseguran los conocedores, y la gente duerme tranquila: ya es Viernes Santo.

De repente, como surgido de la nada, el estruendo del ruido de pedazos de tabicones estrellándose contra las cortinas de los negocios ubicados en la calle de Insurgentes terminan con la calma, los pasos de la gente que corren de un local a otro suben de intensidad.

En una de las casas, como seguramente ocurrió en todas, los dueños despiertan. Somnoliento, un papá le habla a su hijo ─que duerme profundamente en la habitación contigua─.

– Despierta, despierta, están queriendo abrir los candados de las cortinas. Levanta a tu hermano, vamos a ver qué pasa –le dice, mientras se encamina hacia la puerta que da a la calle. Con un verdadero esfuerzo y aún medio dormido, el muchacho le dice:

– No salgas solo, espéranos, no sabemos cuántos sean…

Para esos momentos, todos los que habitan el domicilio se han levantado, se arman de palos y tubos y se asoman a la calle.

Los vándalos, que van de un lugar a otro, al escuchar el ruido de la puerta que se abre, se vuelven hacia ella: “aquí ya se chingaron, vénganse todos” ─grita una jovencita que corre rumbo a la puerta abierta─. Son más de veinte, aventando piedras y pedazos de tabicón que por suerte no golpea a los que abrieron, quienes reaccionan instintivamente. Se meten y alcanzan a cerrar a tiempo y los atacantes, desesperados, dan patadas a la puerta, como intentando derribarla, sin embargo no lo logran.

Con todo y el susto, el dueño de la casa marca en su celular el 060. El reloj de la iglesia principal señala ya la una de la mañana.

Nadie contesta.

Angustiados, no saben qué hacer, pero uno de los hijos les dice: “tengo el número de un comandante de la policía municipal, ahorita le marco”. Lo hace en repetidas ocasiones, sin obtener respuesta. Desesperado vuelve a intentarlo y del otro lado de la línea, para su alivio, una voz le contesta.

– Buenas noches, qué pasa…

– ¡Comandante! ¡Necesitamos ayuda, afuera hay gente que quiere abrir el negocio, ya llamamos al 060 pero nadie contesta, ¿qué hacemos? son muchos jóvenes que andan drogados aquí en la calle de Insurgentes, en el centro de San Cristóbal, a un lado de la delegación municipal!

– No estoy en servicio, pero ahorita le marco al que esté para que mande una unidad – contestó el policía.

Transcurren angustiosos los minutos sin que la dichosa unidad llegara ─y por cierto nunca llegó─. Es ya la una y cuarto de la mañana, entonces deciden llamar a otros teléfonos de  “emergencia” que aparecen en el directorio telefónico que regalaban antes. Marcan a “Protección Civil y les contestan con tono poco amable:

– Llamen al 066, aquí no tenemos patrullas.

Lo hacen de manera inmediata, sin obtener ningún resultado, nadie contesta, más de veinte llamadas y nada. Los otros miembros de la familia ya han llamado al 080, al 911 con asterisco, con gato, pero nadie ayuda. Han llamado, incluso, a varios familiares, también a otros locatarios, al parecer el sueño es demasiado profundo, sólo los mandan al buzón.

Con natural angustia vuelven a llamar a Protección Civil, que había contestado con anterioridad.

– Oiga, ya llamamos al 066, pero nadie contesta, les marcamos y les marcamos, pero no responden.

– Ya le dijimos que aquí no tenemos patrullas, ¿qué no entiende? Vea la hora que es, ¡son las dos de la mañana!

Sin importar lo que ocurría, les colgaron.

Para fortuna de los dueños de la casa, algunos parientes y amigos despertaron con las llamadas y están en camino para su auxilio. Seguramente los vándalos, al ver el movimiento de la gente, se retirarán.

Los hechos, sin lugar a dudas, muestran que el Ayuntamiento de Toluca no cumple con el mandato de la Ley Orgánica Municipal del Estado de México, en particular el presidente municipal, quien tiene bajo su mando los cuerpos de seguridad pública, que le determina la fracción XII, del artículo 48 de la ley citada y que está obligado a obedecer, lo que no ocurre al dejar en estado de indefensión a los habitantes del municipio, como acontece en lo aquí narrado.

Irónicamente, algunos espacios de internet anunciaron el Viernes Santo por la tarde que “Lanza Toluca APP para reportar emergencias”, sin mencionar que las mismas no serán atendidas y la inseguridad seguirá dominando.

Reportar no implica auxiliar.

Tortura generalizada, una realidad

Si no se reduce la palabra tortura al castigo físico y se amplía su significado a asuntos psicológicos, actitudinales, administrativos, entre otros para someter a una tercera persona, entonces, el pueblo de México sufrirá en los próximos meses la más alarmante tortura psicológica del 2015.

El primer maltrato a los ciudadanos es la insultante cantidad del gasto electoral formal que reporta el Instituto Nacional Electoral (INE), el cual asciende a 18 mil 572.4  millones de pesos repartidos de la siguiente manera: al INE, 13 mil 216.8 millones ─dizque para logística, material electoral, capacitación, todo para que no vote ni la mitad del padrón electoral─ y entre los diez partidos 5 mil 356 millones ─todo mundo sabe cómo se usan, hay hasta en versión tarjetas para disimular probables delitos electorales─; “inversión del pueblo de México” para elegir en todo el país a 500 diputados federales ─que aprueban leyes por consigna, nunca a favor de la gente, próximamente la privatización del agua─, 9 gobernadores ─nada que agregar al respecto, en cada entidad sus habitantes hablarán─, 1009 ayuntamientos (presidentes municipales y sus cabildos) ─”la fuente de poder más cercana al pueblo” (es ironía)─, así como a 641 diputados locales ─siempre al servicio del gobernador en turno, proclives a levantar el dedo sin saber por qué─, ríos de dinero tirados en utilitarios, plásticos, anuncios, …, en tanto el pueblo empieza a padecer hambre.

Una segunda tortura aparece en los 13 millones 297 mil 494 pesos de spots, con una duración de treinta segundos, que iniciaron el castigo a los mexicanos el domingo cinco de abril ─el mero día de la Resurrección─, con contenidos que resultan un verdadero insulto a la inteligencia de los ciudadanos, que ya el reloj de 3 millones de pesos de los dirigentes, que ya las tablets regaladas a estudiantes,…, entre otras linduras que enferman a la gente.

Y todo para qué, después del siete de junio, ¿qué va a cambiar en la vida del campesino, de los jornaleros explotados y sometidos a tratos propios del porfiriato?¿De los niños y jóvenes sin oportunidades educativas, de los egresados de educación superior sin empleo, de los administradores de los poderes instituidos ─también llamados funcionarios de todos los niveles de la administración federal, estatal, municipal─, tan dados a no respetar su propia ley y actuar desde su leal entender, sin cabida a la razón, ni al dialogo que pregonan y nunca practican?

Cuánta tortura negada a nivel oficial, tan generalizada que no tardan en declararla un asunto cultural ─ya determinado para el tema de la corrupción─, incluso inherente al perfil del mexicano, que se dice aguanta de todo, hasta explotarlo en extremo, incluso dejarlo sin comer.

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