El circo

* Pero no hay ningún circo, es sólo una candidata que quiere ser diputada federal. Atrás del grupo de muchachos que provocaban el alboroto va una mujer. Camina con prisa, agitada, pretendiendo ser el centro de la atención de la gente, intentando saludar a todas las personas que se le aparecen, incluso entra a algunos de los comercios con la misma intención y varios comerciantes se preocupan por su seguridad.

Luis Zamora Calzada

El jueves de la semana pasada el sonido de un tambor,  la trompeta y las claves hacían que la gente saliera de sus negocios, en la calle Hidalgo en San Cristóbal Huichochitlán, la principal, en donde se ubica la secundaria.

Un grupo más o menos de quince muchachos de ambos sexos, vistiendo una playera roja, con algarabía avanzaban por la calle haciendo ruido, gritando el nombre de una mujer, el escándalo llamó la atención de propios y extraños.

Algunos niños que viven antes de llegar a La Cruz, ya cerca de la iglesia, al escuchar el escándalo, se entusiasman: “¡el circo, el circo, ya llegó el circo, vengan, ya llegó el circo!” ─gritaron alegres a otros que, curiosos, se asomaban─, mientras corrían hacia la calle para ver a los payasos. Al no aparecer ninguno, volvieron a sus casas, desilusionados por el engaño sufrido.

No hay ningún circo, es sólo una candidata que quiere ser diputada federal.

Atrás del grupo de muchachos que provocaban el alboroto va una mujer. Camina con prisa, agitada, pretendiendo ser el centro de la atención de la gente, intentando saludar a todas las personas que se le aparecen, incluso entra a algunos de los comercios con la misma intención y varios comerciantes se preocupan por su seguridad.

Doña Juana le dice a su comadre: “tenga cuidado, ¿qué tal si es un nueva forma de robar? Ya sabe cómo son los delincuentes, no ande de confiada, comadre, ya ve lo que le pasó a doña Licha, la de la papelería, el otro día que le llegó un trompetista y ya ve…”.

Al lado de la mujer apresurada van otros acompañantes, que le sacan fotos desde los mejores ángulos en el saludo que da. Otros preguntan el nombre de quien recibió el saludo, para anotarlo en unas hojas que llevan. Muchos se niegan en contestar sus preguntas, lo que no toman en cuenta, porque tienen que ir al paso de la mujer candidata, que muy agitada sigue su caminar.

Al saludar, la mujer habla de prisa, tan rápido que casi no se le entiende, al tiempo que extiende la mano, entrega un folleto y les dice: “son mis propuestas, si tú votas por mí, voy a gestionar más recursos para las escuelas”.

Se ve tan segura en lo que dice a la gente que no toma en cuenta lo dictado por el secretario de Hacienda en el país, que anunció el recorte de 136 mil millones de pesos al presupuesto del 2016, que afectará incluso los indicadores de desarrollo humano como la educación y la salud, pero eso no lo sabe la gente que, a su decir, saluda: ella a lo que va, a entregar su material y pensar que con ello ya ganó un voto.

Quizás piense que qué importa, al fin y al cabo sólo quiere el voto, si es que lo consigue nadie le exigirá nada. Es más, quién conoce lo que debe hacer un diputado, cuál es su obligación con la gente.

En el pueblo creen que, entre sus obligaciones más importantes, está la de dar cemento, pintura o al menos aparecerse de vez en cuando con la gente, lo que es recurrente en tiempos de campaña, pero no cuando ya ganaron alguna elección, ya para qué, si ya aseguraron sus grandes sueldos y todo lo que les dan cuando levantan el dedo para aprobar alguna ley que les ordenaron.

En el inicio de la calle, que conecta con la carretera que va a san Pablo Autopan, ya hay muchos folletos tirados, algunos partidos a la mitad, otros en cuatro partes, es notorio que a la mujer candidata se le olvido formar una brigada para recoger la basura que se va formando con su material, seguramente por las lluvias torrenciales que han sido frecuentes en los últimos días, terminarán en las coladeras obstruyendo el paso del agua, que ha subido de nivel, sobre todo en la carretera hacia San Pablo, formando un verdadero río que no permite a los ciudadanos pasar al otro lado de la misma.

Don Carlos, el señor que vive en la esquina, ya casi de la tercera edad, tiene un folleto en sus manos, y dice que ya ni la burla perdonan porque los que van adelante con su escándalo, clarito gritaban: “Olga Briski” y él pensó que era la bailarina aquella, de épocas pasadas y, aunque viejita, quería verla, pero la de la foto en nada se parece.

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