La luz de abril

* Una enredadera amortiguó las pisadas, una detrás de otra. Alguien se asomaba sin ver a nadie. Dio la vuelta y otra vez volteó cuando la niña llegaba junto a su madre, la primera de blanco y la otra de verde y negro. Le digo a Selene que aquí está todo.

Miguel Alvarado

Tecomatlán, Estado de México; 15 de abril del 2015. Desde lejos puede verse el cerro y sobre el cerro la iglesia, la escalinata empinada y moviéndose las sombras. Un camino en línea recta inicia allí, al pie de aquella altura como un límite.

En el paso de ese camino hay una plaza con un zócalo y enfrente una capilla del tamaño del hombre y sus necesidades, esta sí, parecida a un comienzo. Aquí está el principio del mundo, suelo regado por las ramas en el atrio y sus tormentas. Aquí lloverá más tarde, cuando el agua no estorbe y nadie la eche en falta.

La furia de ayer cubre de flores las piedras, de susurros los insectos.

El desgarro. Las puertas de la iglesia.

Esa entrada es también la reunión de todos los puntos, líneas regadas entre las rejas buscando a tiempo el vado de las hormigas y sus ríos, calladas pero no invisibles a los pies de alguien que carga una niña.

En el poste un ave se detiene. Se quita de encima el amianto y sus reflejos, tomando un descanso. El viaje ha sido largo aunque están los ruidos de todos los días. No grazna sino mira y entonces vuela, elevándose.

Que haya suerte, que el día no se tuerza ni los caminos se desramen.

Y es que esa tarde no hacía calor ni el viento pasaba arrastrando del suelo lo que hubiera. Tenían las gentes el nublado mediodía pero nadie dijo nada, como si eso, en realidad, les ocurriera a otros y otra fuera la prisa por entrar a la iglesia.

Llegado el momento el sacerdote salió, vestido de blanco y verde como una nieve de limón o lo que sea y se acercó a la que llevaba un niño. Preguntó su nombre y nadie lo supo, pero alguien abrió la manta que lo cubría, un chal verde o café, para qué recordarlo, y lo mostró a los que estaban allí.

Nadie se interesó cuando sacaba sus manos, estiraba las piernas como una rama desdoblándose. Y allí, eso que vieron se olvidó cuando un pájaro cruzó muy abajo el jardín y luego el atrio, aterrizando en uno de los postes mientras todos, o los que se dieron cuenta, volteaban al sobrevuelo.

Alguien dijo que hacía frío y, aunque no era cierto, los que estaban reunidos quisieron entrar porque de pronto sintieron el aire congelando sus entrañas.

“Qué frío”, dijeron, frotándose los brazos, secándose el sudor, mientras cruzaban las puertas.

Por tres minutos, no, cuatro o cinco, el hombre que uno será jamás fue la piedra vital de las torres, el arco permitiendo las ventanas, el piso por tanto tiempo sosteniendo.

Luego ya no.

Llenó la indeterminación el espacio de lo recordado, una viñeta y sus clausuras, el ámbito blanco o al menos vacío entre un suceso y otro que ocupaban aquellos pasos, todavía sin mencionar pero que ya llenaban la limitación de los sentidos.

Una enredadera amortiguó las pisadas, una detrás de otra. Alguien se asomaba sin ver a nadie. Dio la vuelta y otra vez volteó cuando la niña llegaba junto a su madre, la primera de blanco y la otra de verde y negro.

Le digo a Selene que aquí está todo.

El vestido le cubre hasta los pies, una mancha blanca sobre las puertas y los umbrales y que hoy son para todos, que hoy son entradas pero también la salida. El vestido es largo, acampanado y ella el bronce que da forma a la campana. No tiene un año pero se reconoce en su propia importancia. Ha escrito su idioma, uno que sólo entienden la madre y quienes llevan su sangre. El silencio en la iglesia la protege y truena la boca cuando algo la admira.

¿Es una risa, aunque sea un esbozo, luego de tanto y tanto?

Y truena la boca mientras algo dice porque agarrada a otros brazos señala la cúpula. Con el tiempo, dejará de recordar y sabrá otras cosas y hará otras cosas, tendrá que hacerlo para dejar crecer la tierra donde vive.

Al rato habrá pastel y refrescos y todos tendrán algo para contar cuando la tarde termine.

Que algunos tomaron fotografías y se las regalaban a la niña, que ni caso hizo mirando la mesa de los regalos, el papel de china naranja y amarillo que volaba por allí entre las primeras sillas.

Que la música que hubo primero estaba a todo volumen y luego ya no.

Que algunos llevaron obsequios y otros no.

Que la madre estaba cansada pero nunca dejó de sonreír.

Que el tío de la niña preparaba los platos con la comida, y no sabía cuánta se iba a necesitar.

Que estaba vestido de azul, con la camisa que una vez fue de su hermano.

Que mis ojos se abrieron y ahora no puedo ver.

II

Antes de que dieran las seis volvió a fumar solo, después de cinco años, sentado en la banqueta mirando a la niña desde lejos, la cámara guardada, como si ella fuera lo único vivo en esta tierra, respirando.

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