El Barco Ebrio

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(Y es que Apatzingán. Alfredo Castillo, la niña Paulette de Huixquilucan y Michoacán).

Tlatlaya será siempre una masacre. Los asesinatos que cometió el ejército contra 22 personas, el 30 de junio del 2014, aunque se tratara de narcotraficantes, son exactamente eso. Pero la historia de aquella matanza, donde no hubo juicios ni jueces, excepto los propios militares, integra una práctica común contra civiles y, por otro lado, una versión que no ha sido bien estudiada o pasada por alto. Esta versión, que está incluso en la investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, indica que hubo dos fugados de aquella bodega ubicada en el poblado de San Pedro Limón. Ellos, que salieron con las manos sobre la cabeza y gritando rendición, pudieron alcanzar,  frente a todo un escuadrón armado hasta los dientes, una de las veredas y correr, eso sí, seguidos por un militar que no les disparó como a los que se quedaron en la bodega.

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(Y es que Apatzingán).

Luego de ese simulacro de persecución, aquellos fugados llegaron a una de las brechas cercanas, donde los esperaba una camioneta. La abordaron y se fueron, perdiéndose en la región. El ejército dice que organizó una partida buscándolos, pero no pudo encontrarlos. Entonces, ¿quiénes eran esos dos que se salieron como Juan por su casa de aquella bodega sin escapatoria?

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(Y es que Apatzingán)

Algunos saben quiénes eran esos dos, al menos uno de ellos. Y, si están en lo cierto, la versión de que el ejército actuó para defenderse y de paso acabar con una célula del narcotráfico, se tambalea. Porque, ya aceptado en lo oficial que los masacrados eran narcotraficantes y secuestradores, y que además hay tres que casi por casualidad sobrevivieron, pero además testificaron, resulta extraño que de aquel al que llamaban “El Comandante” no se sepa nada más. Ni de su compañero.

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(Y es que Apatzingán).

La versión no comprobada con papeles sellados por instancias oficiales, esa mera, indica que uno de los escapados era Johnny Hurtado Olascoaga, alias “El Mojarro”, “El Pez” o “El Señor Pez”, y máximo líder de la Familia Michoacana en el sur del Estado de México. Hurtado estaba en esa bodega, luego de un pacto con el ejército, que incluía un pago para asesinar a sus propios compañeros, como sucedió, porque entre su banda había encontrado a algunos traidores. Hurtado es uno de los principales infiltradores del Batallón 102, con sede en San Miguel Ixtapan, Estado de México. A ese batallón pertenecían los soldados que fueron a Tlatlaya.

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(Y es que Apatzingán)

Hurtado sabía que algunos de sus hombres estaban trabajando para los Guerreros Unidos, y que de un momento a otro sería víctima de una traición. Después los Guerreros Unidos saltaron a la luz pública por Iguala y Ayotzinapa.

¿A quién protege el gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, o lo obligan a hacerlo?

¿Son los militares el máximo poder en México, una dictadora desde la soldadesca disfrazada de peñanietismo o lo que sea que hay desde la Federación?

¿Cómo se explica al narcotráfico sin la presencia de militares en sus filas? ¿Sería lo mismo?

¿Y entonces cuál es la verdad en Tlatlaya?

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A Peña Nieto se le viene el mundo encima desde hace dos años. Creyendo que la república mexicana es Toluca o, mínimo, el Paseo Colón, se ha comportado cobardemente, escondido en su retorcida retórica, mirando un México que ni siquiera para él existe. Parece alienado, más que los anteriores presidentes, absolutamente ido. Hasta la Primera Dama, Angélica Rivera, se da cuenta y por eso se afirma con más insistencia que ya no vive en México, que se ha trasladado a Miami, y sólo acompaña a su esposo cuando es necesario. Ella misma fuera de sitio, vive su vida loca de shopping y paseos al lado de sus amadas hijas. Que dios, así, con minúscula, los acompañe.

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Una versión sobre la familia secuestrada en Bosques de Colón, la primera semana de abril del 2015, y asesinada más tarde, cobra fuerza en el ámbito político local. Se cree que esos muertos eran familiares de Martha Hilda González Calderón, ex alcaldesa de Toluca y actualmente en campaña por una diputación federal por el PRI.

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Esas campañas que no animan a nadie, que más bien son una especie de cadáveres ambulantes, esperan ahora que las locales, para diputados y alcaldes, atrapen tantitito el ánimo de los ciudadanos. Imposible cuando la sociedad está vejada en sus más elementales derechos y “ya se sabe”, dicen todos. Pero ahí están los mismos de siempre, el Grupo Atlacomulco por delante. Estas campañas serán las menos competidas porque desde la Federación se ha puesto el ejemplo. Si alguien como Peña Nieto puede ser presidente, entonces hasta un sicario puede optar por cargos de elección. Para qué votar, pues. Eso, no votar no servirá de nada, como antiguamente se creía, pues todos los partidos tienen sus grupos duros, que aseguran alguna cantidad de votos, obligados por razones de trabajo, militancia o hasta amenazados. Quien tenga más votos duros ganará, aunque sea por un sufragio. Pero la realidad es que, con ese voto o sin él, los partidos políticos dan fe de su pulverización. La política en México está en manos de personajes con proyectos personales que usan a los partidos y éstos, rebasados desde sus estructuras, no significan nada, como nunca lo hicieron. El Grupo Atlacomulco, el Grupo Hidalgo, el Grupo Toluca y los que les siguen están por encima de sus organizaciones. El poder obtenido se queda en manos de falsos caudillos que usan las instituciones para, estúpidamente, conseguir dinero.

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En Toluca, el profesor priista Fernando Zamora es defendido desde columnas de la prensa gubernamental. De los detractores de Zamora, dice el opinador local Guillermo Garduño, que “tienen razón Juan Rodolfo y Ana Yuritzi en estar muy preocupados, porque ayer rindió protesta el profesor Fernando Zamora como candidato del PRI a Presidente Municipal de Toluca y su hoja de servicio dice: trabajo, trabajo y más trabajo, ¿no le parece a usted, estimado lector?”.

No, pues sí.

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El PAN, representado por el ex alcalde Juan Rodolfo Sánchez, a quien se le atribuye cercanía política con el presidente Peña Nieto, tiene sus planes. Criticado duramente por el desalojo de ambulantes durante su administración (2003-2006), del mercado Juárez, quiere una segunda oportunidad. Nadie sabe qué podrá ofrecer pero sí que en la única encuesta que se ha realizado va en tercer lugar, por debajo del PRI y del PRD. Zamora, en esa misma, presume el primer lugar, aunque según el diario Tres PM, nunca aceptará que él la mandó hacer.

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Juan Rodolfo tiene sus planes.

Su equipo cercano sabe que a la mitad de la campaña algunos grupos se pasarán con ellos. Provenientes del PRI y del PRD, se sumarán con el ex presidente municipal porque, desde el PRI, reprueban que Fernando Zamora sea su candidato. Si gana, dicen, habrá barbarie. Y desde el PRD porque, creen, tienen más posibilidades compartiendo que solos. Otros sectores harán equipo con Sánchez, a quien se le llenará la casa si todo marcha como lo ha contado.

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Desde el PRI hay algunos funcionarios de primer nivel que advierten sobre Fernando Zamora y usan un viejo chiste para ejemplificar la posición actual del profesor. “Ha logrado unir a todos, pero en su contra”. Pero, ¿por qué? La principal razón, según ellos, es que ignora los elementales procesos de la gobernanza, pero también observan el reflejo de la Nación Peña Nieto en el ex líder del SMSEM. Es decir, el poder casi confundido con lo gangsteril.

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En lo práctico, en lo que se cree es política práctica, Fernando Zamora no pagará publicidad a medios y destinará la mayor parte de ese dinero a la estructura del voto duro. Bueno, claro que pagará publicidad, pero será poco y con unos cuantos lo que invierta. Confía en que la prensa local le debe favores, y que podrán cobrar luego, si gana. Como el opinador Garduño, pues. Ana Leyva, la perredista, mantendrá una agenda discreta que usará sus propias convicciones sobre la mujer y la defensa de sus derechos. El PAN apuesta por las comunidades marginadas y lo que supone significa la experiencia. El plan de Sánchez le permite soñar hasta con Los Pinos, pasando por la gubernatura del Edomex. El resto de los partidos, out en Toluca desde ahora.

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Después de que algunos priistas rechazaran la candidatura para la alcaldía por Toluca, los dirigentes recibieron a Fernando Zamora, a quien escucharon atentamente. Él mismo había expresado intenciones de, algún día, ser alcalde de la capital. Él no era la primera opción, ni siquiera la segunda o la tercera, pero las circunstancias lo ubicaron. Y es que las primeras opciones del PRI habían rechazado la candidatura porque la idea era no ganar. Una campaña descafeinada, solamente con el apoyo del voto duro y, en caso de obtenida la victoria, sería para entregar el control administrativo al Grupo Atlacomulco. No hay otra manera, dijeron los priistas a los aspirantes, quienes desde el principio rechazaron la invitación. Pero Fernando Zamora dijo que sí, sin que nadie le preguntara, aunque impuso condiciones. Sería él, sí o sí. En caso de que se le negara la oportunidad, tocaría las puertas del PRD y competiría con ellos. Y fue él porque no había otro. Así le hicieron con Eruviel Ávila, cuando le tocó la elección para gobernador del Estado de México.

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