El poder tras las gafas

* “Fidel Velázquez vivió, sobrevivió y sirvió a diez presidentes de la República emanados del PRI. Fue, como lo llamaban, el poder tras las gafas. Casi siempre encontró las formas, a través de grupos de golpeadores organizados en torno a la CTM, de conseguir votos para el PRI, hasta el día de su muerte el 21 de junio de 1997, a los 97 años de edad, en la Ciudad de México”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2015.

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Francisco Cruz Jiménez

Nueve años más tarde, en marzo de 1982, cuando la FTDF caía en un barranco sin fondo y perdía por docenas la titularidad de contratos colectivos de trabajo, Leopoldo López —uno de aquellos rebeldes que se enfrentaron al monstruo de Fidel y abandonaron las filas cetemistas capitalinas— abrió la vieja herida. En una entrevista con los periodistas Guillermo Correa y Salvador Corro habló sobre la personalidad de Joaquín Gamboa Pascoe: “Déspota, negativo, soberbio, la divina envuelta en huevo y siempre con la mejor suerte del mundo. […] Cuando era estudiante de Leyes se le metió a Yurén desde el sindicato textil. Pronto y por muerte de un compañero, se hizo de contratos sindicales con empresas importantes, como Televisa, la Rambler —ya desaparecida— y Chrysler”. Y esta última empresa es fundamental porque se convirtió en el refugio de la familia de Fidel Velázquez Sánchez, a través de Hugo Díaz Velázquez —secretario general de ese sindicato automotriz por más de dos décadas— y luego el hijo de éste, Hugo Díaz Covarrubias.

Por si hiciera falta, aquella imposición que le costó a la CTM defeña la deserción inmediata de al menos 180 mil trabajadores y la consolidación de su rival Confederación de Trabajadores y Campesinos (CTC), que tenía las mismas mañas —grupos de choque y un mejor sistema de infiltración— mostró que el músculo de Fidel Velázquez estaba intacto, al menos en lo interno. Nada hacía pensar que algún día éste despacharía más en áreas de terapia intensiva de costosos hospitales privados o el Militar —porque para ellos no funcionan el IMSS, el ISSSTE y, mucho menos, algunos públicos gratuitos como el Hospital General y el Rubén Leñero— que en sus oficinas de Vallarta y Plaza de la República, allí, frente al Monumento a la Revolución. Mucho menos podían imaginarse que, un día, sobre su lengua recaería la maldición de Casandra —nadie creería jamás en sus pronósticos ni lo escucharía; cómo si a él mismo lo hubiera escupido el dios Apolo.

Haciendo acopio de su piel de camaleón, Fidel vivió, sobrevivió y sirvió a diez presidentes de la República emanados del PRI. Fue, como lo llamaban, el poder tras las gafas. Casi siempre encontró las formas, a través de grupos de golpeadores organizados en torno a la CTM, de conseguir votos para el PRI, hasta el día de su muerte el 21 de junio de 1997, a los 97 años de edad, en la Ciudad de México.

Hasta la fecha, no hay quien pueda explicar tan profunda lealtad de Fidel Velázquez por quienes adoptaba como sus protegidos, sin duda una forma de ser que lo caracterizó o una manera de mostrar que había escogido a los alumnos perfectos. No sólo fue el caso de Gamboa: el líder de los telefonistas Francisco Hernández Juárez, el refresquero Armando Neyra Chávez y el electricista Leonardo Rodríguez Alcaine, así como el sobrino Hugo Díaz Velázquez y el hijo de éste, Hugo Díaz, dueños del sindicato de la Chrysler, forman parte de ese grupo selecto. Todos ellos probaron parte de esa forma de ser. Como elegido, Gamboa terminó de pulir su imagen exhibicionista de político millonario, prepotente e intolerante, pero no pudo quitarse su particular forma dicharachera de hablar, razón por la que fue catalogado como el Jilguerillo de Fidel.

Velázquez dio nueva cuenta de la protección a Gamboa cuando el presidente José López Portillo removió en 1976 a El Negro Carlos Sansores Pérez de la Presidencia de la Gran Comisión del Senado —una defenestración por su pasado echeverrista—, para enviarlo a cualquier lado. Lo habría querido regresar a Campeche, aunque terminaron ocupándolo en la Dirección General del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para Trabajadores del Estado (ISSSTE). Por recomendación de Fidel, aquel año Gamboa Pascoe fue enviado a ocupar el lugar de Sansores en la XLVII Legislatura.

Una vez que llegó a su nuevo puesto, Gamboa empezó a fomentarse un exquisito estilo de vida, que incluía el trato distanciado con la prensa, la ostentosidad en la forma de vestir y hasta hábitos muy particulares de alimentación —le gustaba tener comidas en sus oficinas del Senado, pero no de cualquier restaurante sino de L’Heritage—. No obstante, Velázquez ni siquiera imaginaba que había puesto a su pupilo en un lugar desde el que protagonizaría el segundo de sus escándalos, comúnmente llamado “La fayuca de los hornos de microondas”.

Eso fue lo mínimo o, como dicen en el pueblo, lo demás fue lo de menos porque en junio de 1982, empleados del Senado —en la vieja casona de Xicoténcatl, ubicada en pleno centro de la Ciudad de México— hicieron pública una serie de irregularidades administrativas y laborales bajo la presidencia de Gamboa Pascoe. A salvo la reserva de sus nombres, desmenuzaron a la revista Proceso cómo éste —el dirigente obrero, que debía proteger sus derechos— se convirtió “en un patrón abusivo que llega a los extremos de violar las leyes laborales. Hinojosa, Pinchetti y Robles escribieron: “reiteradamente impugnado como político, desprestigiado como líder sindical, acusado de ‘sacadólares’ e involucrado en el escándalo del frustrado intento de introducir contrabando en el aeropuerto, Gamboa Pascoe es señalado, además de todo eso, como déspota explotador de los trabajadores del Senado.

”[…] Ha sometido a la mayoría de los trabajadores y empleados de la Cámara de Senadores a condiciones laborales leoninas, no sin pasar por encima de conquistas laborales históricas y coyunturales del movimiento obrero, algunas de las cuales ya nadie considera indebidas o desproporcionadas. […] El hombre que ha manejado al Senado con despotismo de señor feudal, que lo mismo ha lastimado a sus propios colegas que a modestos empleados y secretarias, no se ha dignado en autorizar el ajuste salarial del 10, 20 y 30 por ciento recomendado por la Secretaría del Trabajo y defendido con ardor por la propia Confederación de Trabajadores de México”.

Los trabajadores fueron como una enciclopedia abierta que mostró a los reporteros del semanario detalles sobre cómo operaba Gamboa desde su llegada a la Presidencia de la Gran Comisión senatorial. Las secretarias carecían de beneficios mínimos como seguridad social y compensaciones. Nada. Y había trabajadores que ganaban un salario inferior al mínimo legal de 10 mil 920 pesos mensuales. Ése también era el caso de las secretarias, quienes percibían ingresos por 6 mil pesos. Gamboa, a quien le gustaba ser más identificado como presidente de una rama del Poder Legislativo —que tenía bajo control a 63 senadores del PRI y uno de oposición, Jorge Cruickshank García, del Partido Popular Socialista (PPS)—, se convirtió en un patrón abusivo y explotador.

“Pero no sólo con el personal administrativo ha sido arbitrario y despótico, el líder obrero. También con sus iguales, los senadores de la República. A algunos de ellos, por ejemplo, les ha negado, sistemáticamente la asignación de una secretaria. A pesar de que existen plazas en el escalafón de la Cámara Alta y que nadie sabe quién cobra. Según los informes, los senadores José Luis Escobar, Salomón González Blanco, Gustavo Baz Prada y Eliseo Jiménez Ruiz figuran entre quienes se han enfrentado a la negativa de Gamboa Pascoe de asignarles secretaria”.

Lo de los senadores no fue queja menor. Y al margen de que ellos tuvieran ingresos suficientes para afrontar el pago de una secretaria particular, mostraba todo el poderío de Gamboa Pascoe. Ya después, a partir del sexenio de Miguel de la Madrid serían testigos mudos de que su poder real es muy limitado. Fueron obligados a ver desde muy lejos, bien apoltronados en sus oficinas burocráticas, el desmantelamiento de las conquistas sociales de los trabajadores. Indefensos o cómplices leales al gobierno, atestiguarían también la dramática pérdida del poder adquisitivo de los salarios.

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