El último Diez en el mundo

* Queda una sensación, sólo eso. Por qué, no, no se sabe. Que Fragoso y Mario Medina, el aspirante a diputado del PRD, han hecho alianza con el priista Fernando Zamora. Que Ana Leyva ha pactado con Sánchez Gómez. Que Guillermo Molina ha desperdiciado la oportunidad de usar una candidatura congruentemente: está en la luna pero lleva en su pecho los colores de Zamora y que los minipartidos están bien donde están. Al otro día, Medina publicará la foto megachoteada del priista, quien ha callado incluso en las redes sociales. Pero ese 13 de mayo, desde las suposiciones, al menos algo real se desprende y Molina se ha perdido entre Hegel y Kant, en el dantesco escenario de un debate político. 

Miguel Alvarado

Toluca, México; 13 de mayo del 2015. A Juan Rodolfo Sánchez la sonrisa le salpica el rostro. Sentado en el escenario que el Colegio Mexiquense había preparado para un debate entre los aspirantes a la alcaldía de Toluca, ocupaba el centro de aquella salita repleta de intenciones, una mesa con flores y recipientes con dulces. Allí, junto al panista, estaba Ana Leyva, la candidata del PRD, vestida con el garbo que la exposición electoral le exige. Alta y trendy, a Leyva le habían sugerido el negro y amarillo para su outfit, que complementó con botas a la black velvet y tacón alto, que disparaban su elegancia. Sánchez Gómez, por su lado, eligió el traje informal, una indistinguible indumentaria entre negra y azul y largos zapatos pero sin corbata que destacaba, a fuerza, la camisa blanca o azul muy clara, de estilo euroesport y el pelo engominado. Eso era todo por su parte. Mientras Ana se llenaba de papeles y anotaba, como entrenadora de futbol, las ideas que llegaban al final, otro debatiente centraba su atención en los dulces y chocolates que por cortesía la escuela aquella había colocado al alcance de los electorales antojos. Ese otro, folclórico y nervioso al mismo tiempo, llegaba gritando al pequeño auditorio, donde unas 150 personas ya lo abarrotaban.

Qué gritaba, nadie se acuerda.

Lo único recordable de Guillermo Molina en ese debate muy toluco fue su mano estirada, escogiendo dulces para, luego, recargado en su lugar, cruzar la pierna como si estuviera en su casa. Molina perdió el decoro desde el principio. Aquel escenario nunca fue propicio pero él se confundió de dirección y creyó que estaba en un salón de clases, protegido desde su cátedra.

El espacio, el lugar vacío entre Sánchez Gómez y Molina era para Fernando Zamora, “El Profe”, como él mismo se llama. Priista toda su vida, declinó, por no decir otra cosa, la invitación del centro escolar “por motivos de agenda”, como aclaraba la apurada pero cumplidora maestra de ceremonias.

A las diez era la cita. ¿A las diez? ¿El 13 de mayo, cuando otros debatirían asuntos más lúcidos, incluso un partido en Madrid a las 2 de la tarde y otro en el estadio “Chivo” Córdova de Toluca, donde la UAEMéx, metida de lleno en el panbol, se jugaba la final del futbol profesional de Segunda División contra Loros de Colima? Allí, sin acarreos, o eso dicen, llegaron 28 mil aficionados y hasta un desfile de saltimbanquis se organizó por las calles de Toluca. Al debate llegaron 150. A veces, hasta el balón más blanco se mancha y la política, queda claro, no es un encuentro de ideas, aunque las haya, mientras no se resuelva el caos de la Nación Peña Nieto y su Grupo Atlacomulco, mientras el PAN y el PT no se crean tricolores y los perredistas no dejen de hablar de Ayotzinapa como de un error, sí, pero que ya aceptaron. A la misma hora, la comisión de la Cámara federal de Diputados que investiga los sucesos del 26 de septiembre del 2014 en Iguala, era desintegrada, por votación, a partir del 14 de mayo; la PGR reservaba por 12 años cualquier dato relacionado con la desaparición de los normalistas y Eruviel Ávila ratificaba al secretario de Comunicaciones, Apolinar Mena en su cargo, luego del escándalo por corrupción que involucra a la constructora OHL. Tomen su Ayotzinapa. Su Atenco. Su Tlatlaya. A los tolucos, sus propias tragedias invisibles o gritadas en la punta de un volcán.

Quedaba un consuelo.

Javier Hernández era anunciado para salir a la banca del Real Madrid y Pirlo, el último Diez del mundo, iba de titular con la Juventus.

Es lo que hay. Lo que hubo.

Entonces nada queda, sólo las risas de un auditorio como jauría, entrenado para el acoso más vulgar.

En ese desleal océano todos improvisaban. Todos, excepto los asistentes. El espacio, en un principio, era para los alumnos pero ellos nunca llegaron. O llegaron pocos. O no los dejaron. O no cupieron. Porque esa sala no albergaba a ciudadanos interesados y los partidos convocados tuvieron el criterio del tamaño de un balón para disimular. Los asientos eran suyos, los de los candidatos, enfrente, y los del público, en el otro lado. Sólo algunos apátridas pudieron entrar, confundidos al principio pero después invitados impávidos al circo de pulgas que armó el representante del Partido del Trabajo, abogado y despechado militante del PRI, el señor Molina, ávido consumidor de dulces ajenos.

– Por cuestiones de agenda el candidato del PRI, Fernando Zamora, no pudo asistir- decía la conductora, mientras el abucheo se alzaba desde las sillas.

Así que tiene la palabra el candidato del PAN, Juan Rodolfo Sánchez Gómez, luego de leerse una cuartilla y media de cargos públicos, haberes y deberes anclados en un pasado tan actual que de pronto resultaba futurista.

– Lamento la ausencia del candidato del PRI –dijo, más o menos-. Y es que cómo justificaría el mayor problema que enfrenta la ciudad de Toluca, que es la inseguridad –dijo, más o menos, mientras azotaba a manazos, pero benévolo, el sitial abandonado de Zamora, ex líder magisterial que le apuesta a que una foto choteada, megachoteada, donde aparece montado con un AK-47 y un caballerango de lujo, el narcotraficante de los Zetas, Albert González Peña, no le signifique nada porque, dice, ya tiene diez años.

– …se centra en el combate a la inseguridad –dice Sánchez, mientras Molina apunta como poeta datos que dará después pero que en realidad nada son sino garabatos desde plumas rojas, verdes y negras, que sostiene con manos y boca. Vuelve a los dulces como obsesivo diabético al que le ponen chocolates a propósito. Es claro que Sánchez tiene su discurso bien dominado. Nada del otro mundo. Sin embargo, el alcalde de Toluca en el 2006 no dice cómo, aunque abundan los porqués tan trajinados.

– … ¡es así! –grita de pronto Sánchez, sobresaltando a Ana Leyva, quien se estira para recibir tarjetas con indicaciones de sus entrenadores de cancha. ¿Qué pueden decir aquellas cinco líneas que no se pueda adivinar?

– Jóvenes que me escuchan, apunta Sánchez y un siseo se levanta desde el auditorio. Porque jóvenes sí, pero estudiantes, al menos de esa escuela, no. La composición de aquella audiencia está clarísima. Ellos mismos no dejan lugar a dudas. En un extremo, la porra perredista se agazapa, ataviada en sus uniformes blancos y amarillos.

– …el aeropuerto abandonado –increpa el panista a entidades invisibles que sólo él identifica. Y su propio batallón, muy sentado en el otro extremo de aquel foro, pujante y numeroso como el del PRD, lo mira obediente.

Tiempo.

El tiempo se le acaba a Sánchez Gómez y una tarjeta blanca se lo señala. Está bien. Habló bien. Moduló. Gritó cuando fue necesario, cambió la posición de las piernas como indican los manuales de usos y costumbres de aspirantes exitosos y entornó los ojos con suficiencia. Al final se hizo para atrás, recargado como estadista, echando un vistazo a las botellitas del agua, sin tomarlas. Correcto. Todo políticamente correcto. Uno se pregunta si esto mismo no podría haberlo hecho Fernando Zamora, cuya ectoplásmica presencia toma cuerpo en alguna parte de ese auditorio.

– ¿Qué dijo el panista? -pregunta uno de los reporteros al pie del escenario.

– Sepa, güey. Y dame chance, que ahí te va la foto.

Caray, caray, caray.

Ese mismo movimiento, la cámara al frente, el enfoque, la mentada en F5 y la cenitalidad, casi un vertical horizonte, abismo negro de posibilidades infinitas, es suficiente para que Ana Leyva, con sonrisa casi de verdad –porque estás guapa, diría después Guillermo Molina, el inapto petista- asienta, mientras leen su currículum, donde no aparece la boleta de calificaciones de la secundaria por decencia o un olvido, y toma el micrófono.

– Gracias –dice, cuando Molina asalta por enésima vez el cuenco de los chocolates y le echa una mirada -a estas alturas llena de miel- a sus rivales. Sánchez, ya encarrerado y con la confianza de –¿de qué?- alguien que ya superó el escenario, atiende su celular y hasta se permite una sonrisa, casi con desdén.

Pero gracias, dice Ana Leyva, nacida en Michoacán y quien informa a rajatabla que hace 37 años, en Toluca, no se construye una escuela preparatoria porque ningún gobierno municipal ha tenido la idea y por eso “queremos crear una preparatoria municipal”.

Es una mujer segura, no como decían sus propios compañeros. Le falta, eso sí, la naturalidad que uno espera de los políticos. Los vivales tienen eso pero Ana no lo es. Trata de ser sincera y lo consigue a fuerza de avanzar. Se le cree cuando dice que nunca fue una niña de 9 y 10 en las boletas de la primaria.

Se le cree cuando dice que nunca estuvo en la escolta.

Se le cree cuando dice que nadie hace nada por los chicos que no sacan promedios excelentes.

Y también se le cree que los quiera apoyar con becas universales. Que incluso ya la habían promovido desde la Cámara de Diputados.

– ¿Y qué creen? -apunta con la voz, ahora, sí, comprometida en la distancia- ¡que panistas y priistas nos votaron en contra esa beca!

– ¡Tsssss! –viborea el amable auditorio, al estilo de los cácaros más prestigiados. Y es que decir debate en México equivale, aun en Toluca, a un ring que incluye la mejor versión de Pacquiao. El silencio invade de pronto como una ameba al foro. Algunos –son microfracciones del tiempo, ése que dicen que no vuelve jamás- se miran, enamorados aquella mañana de calor húmedo o seco, según convenga, y de pronto reaccionan. Los panistas, callando, cejijuntos y desinteresados, clavados en el facebook. Los perredistas, bien intencionados eso sí, porque son jóvenes y creen y son románticos y creen y hace activismo político y creen y de pronto quieren entender Ayotzinapa o Tlatlaya y entonces ya no creen o creen con todas las reservas. Y saben que las encuestas apenas les dan 9 puntos en las preferencias de la ciudad y descreen pero ahí están, aunque malpaguen las elecciones.

Y aplauden, con cierto talento pop, a la candidata que, en verdad, se interesa por los feminicidios y los derechos de las mujeres.

Gritan esos románticos mientras Guillermo Molina desenvuelve otro chocolate, al que mira con fruición de candidato cuando le muestran los presupuestos, echándoselo a la boca para saborearlo en toda la extensión, con alegría de niño, del que sabe que nada le va a pasar o del que ya ha cobrado su quincena, cerrado un buen negocio. El horror que se refleja desde Molina es el de la mitad de México y sus violentados. Ese hombre, abierta la boca y el bigote ya cano pero aliñado, dirá, más adelante, que “soy priista, señores. Me invitaron otros cinco partidos a representarlos, pero yo firmé con el PT un acuerdo para no afiliarme. Yo sigo siendo priista y los dirigentes lo saben. El PT no choca con el PRI”.

Molina cree que se ríen con él, porque también abre la boca y expele un aire irrespirable, como si tratara de desaparecer a algún alumno. Molina es repulsivo porque se sabe vendido, avillanado y quiere hacer un chiste con eso. Lo que le sale, lo que consigue lo desviriliza.

En los pasillos, el coordinador de campaña del Partido del Trabajo vuelve los ojos y murmura, lo suficientemente alto para que se le escuche, que: “¡no puede ser, puta madre!” y da por concluida, en ese momento, una campaña a la que ni dios o las ilusiones asistieron jamás.

En realidad, Molina es un miserable.

Y es que Ana, quien sigue diciendo que “¿qué creen? Pues que el Edomex no da cuenta del estado de la educación. El secretario de Educación, Raymundo Martínez, nos debe informar dónde está el recurso. Lo exigirá la Cámara. Martínez es hoy candidato del PRI a una diputación por Toluca”, ha elevado su voz a decibeles inmedibles. Hasta Sánchez, un histrión aunque dislocado, la mira sorprendido. Ella misma, pasmada de una pieza, sostiene el micro con ligereza mientras sus papeles se desparraman en su regazo. ¿Otra señal que nadie ve? Ella, por fin, se sabe dueña del foro, incluso los chicos en los asientos de atrás, los pocos estudiantes que han logrado entrar, así lo entienden aunque se miran sonrientes entre ellos.

– Perdón, licenciada, se le acabó el tiempo –dice la moderadora, oportunamente.

– Ya, ya, Anita, así es la cosa, se acabó el tiempo –repite cacofónico Molina, mientras un dulce juguetea entre sus manos, adquirida vida propia y eso mismo, esa cosa azucarada, una dosis antinatura de pura bombonería.

Ya, ya.

– Anita, Anita, me encantas –dice Molina, en uso de la palabra, por fin.

Y entonces agradece.

Agradece.

Agradece.

Molina acaba de desperdiciar otros 15 minutos de la vida de todos. “Yo voy a hablar, como abogado, de la composición de un ayuntamiento, porque el ayuntamiento no está para resolver problemas de educación ni tampoco los de la policía. Es un administrador de servicios públicos municipales y debe crear un ambiente propicio para desarrollarlos”.

Poco a poco, ese priista renegado se rebate a sí mismo. Observa sus manos y de pronto dice que es abuelo. Pero no es un renegado, ni siquiera resentido. A él le duele, y eso es todo, que nadie lo tome en cuenta.

Al mismo tiempo, en el centro de Toluca, la panista Mónica Fragoso anuncia que pide la expulsión de Juan Rodolfo Sánchez del partido. La guerra se desarrolla en varios frentes. La batalla es de una simultaneidad inaudita y, de entrada, queda claro que Mónica no ama a Sánchez.

Anuncia que pide. O pedirá, no se sabe bien.

Porque Sánchez tiene doble filiación. Una con el PAN y otra con Movimiento Ciudadano. De paso, muy femenina, muestra recibos del ayuntamiento de Toluca, cuatro, donde se observan las gratificaciones del entonces alcalde de la ciudad.

Un recibo, del 2 de abril del 2009, en hoja membretada del ayuntamiento de Toluca y a nombre de Sánchez, ampara el cobro de 20 mil 216 pesos con sesenta y nueve centavos, por “gratificación extraordinaria correspondiente al mes de abril del 2009”.

Otro, del 26 de febrero del 2009, respalda un cheque por 184 mil 539 pesos con 16 centavos.

El tercero, del 16 de julio del 2009, es un recibo por 300 mil pesos.

El último, del 31 de marzo del 2009, es por 184 mil 539 pesos con 16 centavos.

Y así.

Queda una sensación, sólo eso. Que Fragoso y Mario Medina, el aspirante a diputado del PRD, han hecho alianza con el priista Fernando Zamora. Que Ana Leyva ha pactado con Sánchez Gómez. Que Molina ha desperdiciado la oportunidad de usar una candidatura congruentemente: está en la luna pero lleva en su pecho los colores de Zamora y que los minipartidos están bien donde están. Al otro día, Medina publicará la foto megachoteada de Fernando Zamora, quien ha callado incluso en las redes sociales. Pero ese 13 de mayo, desde las suposiciones, al menos algo real se desprende y Molina se ha perdido entre Hegel y Kant, en el dantesco escenario de la incontinencia.

– ¿Dónde quieren estar? –y parece que afirma- ¿en el ser o en el tener?

Molina es un demiurgo y de pronto el vacío le habla de tú. Cuarenta y tres personas, otra de las ironías de la tierra cruel, chatean desde sus celulares: Molina les vale madre. “Entiéndanlo bien, muchachos”, remata desde la verborrea, porque “hay planes completos que ya tengo, pero todo es un conjunto”, dice inhábil, acantinflado, estéril.

Sánchez sonríe al vacío. Le brillan los ojos y prefiere estirar un pie, después el otro en tanto se desarrolla el drama de una confesión.

“Yo soy priista, señores”, dice Molina muy sonriente. Esto ya se ha dicho, pero se dirá otra vez. “Yo soy priista, señores. Me invitaron otros cinco partidos a representarlos, pero yo firmé con el PT un acuerdo para no afiliarme. Yo sigo siendo priista y los dirigentes lo saben. El PT no choca con el PRI”.

– ¡No puede ser, puta madre! –dice por lo bajo su coordinador de campaña.

El reflujo de los tres estados del tiempo alcanza a Molina, quien se desvanece en un acto imposible de borrado, la cancelación cuántica que tanto buscó Hawkins. Molina, chamán del Control Z, todavía insiste. “Podemos hablar de las logias”, apuntala, mientras aplausos –la prensa que más aplauda- le sugieren amables que se calle de una vez.

“Y me conocen en todo Toluca”.

Ana ríe.

Sánchez se relaja, antes de que empiecen las preguntas.

A esta hora, aunque no tiene que ser ya, una mujer en Nueva York prepara sus maletas y revisa conexiones rumbo a Bogotá, pasando por México. Abre su correo y envía cinco palabras. Reserva de nuestro breve encuentro.

Y eso, señor Molina, señora Leyva, señor Sánchez, lo cura todo para siempre.

II

Pirlo se llama Andrea. Tiene 35 años y cara de ogro. Escogió el número 21 y juega para la Juventus. No tiene la habilidad de Messi ni la fortaleza de Gerard. No sonríe como Ronaldinho y apenas gana tres y medio millones de euros al año, una miserable nada al lado de los 17 que le pagan a Cristiano. Es, pues, un simple Diez que a esa hora, las 12 de la tarde en Toluca, se sienta en una banca del vestuario de la tal Casa Blanca y piensa. Como único Diez será su responsabilidad, suya, absoluta, lo que suceda en el Bernabeu. Pero él lo sabe, porque no es la primera vez. Lo que no sabe es que saldrá ovacionado por los madridistas, cuando lo cambien, al minuto 78, con el encuentro empatado y el Madrid, con todo y Chícharo, aplastado en su propio campo. Ya ganó algo una vez en Berlín, en el 2006.

La Copa del Mundo, algo así.

A Pirlo se le cuestiona mucho, quizás demasiado, dirían los intelectuales del futbol desde los micros de ESPN, propiedad de la Disney, y que ha enorejado todos los deportes. Con todo y eso, es más fácil ganar la Champions contra el Barcelona y sus freaks de otro mundo que estar sentado allí, en Toluca, ante un auditorio copado por militantes entrenados, o al menos que han aprendido de memoria una o dos preguntas.

Ahora sí. Vienen los cuestionamientos para los candidatos a la alcaldía.

Sólo para hacer memoria: en el auditorio no hay estudiantes. O muy pocos, pues.

Y la primera, o una de las primeras preguntas proviene de una chica, muy guapa, como Ana, pero no tan alta, y que trabajaba, hace unos meses, para la regiduría que ocupaba Mario Medina en el ayuntamiento. Siempre amable, solícita, lo sigue siendo aun en el nuevo encargo como preguntadora. Todos la reconocen y se le quedan viendo mientras se expresa.

– ¿… el mercado Juárez?

Sánchez capta. Ni que fuera un improvisado. Es cierto que de pronto cuesta trabajo, pero lo asume, primero, como una percepción que tal vez pudiera estar influida por su propensión a lo negativo. Por lo pronto, contesta.

– Sí. El tianguis era un problema de ilegalidad, donde había cualquier tipo de delincuencia. La explanada estaba diseñada para… pero había 28 mil comerciantes que ocupaban 32 calles. Bueno, había desde trata de personas y hasta contrabando. Yo me jugué mi capital político, sabiendo las consecuencias, pero estoy dispuesto a asumir el costo. Hoy los comerciantes son mis amigos. Y hoy, con esa fuerza que se actuó, me propongo hacer pedazos a la delincuencia.

Aplausos inmediatos desde la parcialidad del PAN, que grita más y mejor. Y más bonito que los del PRD, como una caterva melodiosa de duendes nocturnales, pero al fin y al cabo parejita, gutural, sí, escandalosa. Sánchez sabe lo que viene. Lo supo desde el principio. ¿Son enviados de Fernando Zamora? ¿Es una táctica de Ana Leyva, muy seria, sentada casi junto a él? ¿Estas son las guerras del fin del mundo o estamos aquí todos, reunidos, perdiendo el tiempo olímpicamente?

Es la hora de la Champions, hay que recordar.

En Madrid, Pirlo se prueba el calzado. Elige la playera, azul celeste, y escucha. Atentamente, guarda silencio y en ese vestidor de millonarios una alucinación le llega repentina. Está en Berlín pero su equipo no es la Juve sino el Liverpool.

Pregunta.

… ¿por qué no cumplió con sus promesas cuando fue alcalde la primera vez y…?

Sánchez ya está al borde del asiento. Eso lo interpreta a él mismo. Todo el tiempo aguardó, paciente, muy sentado y casi inmóvil, sonriendo a veces y los ojos brillantes, como de farmacia. Pero ahora no puede permanecer así. Es lo que es, dirá luego su terapeuta, si es que lo tiene. Por ahora hay que entrarle.

Bueno, hay que entrarle. Juan Rodolfo, hay que entrarle.

Juan Rodolfo, ey.

Ah, a Molina le vale madre que se acabe el mundo. Toma un dulce. Lo palpa, se vuelve uno con él. Los dos son un dulce y vuelan metafísicos a la fábrica de Charly Wonka. O al menos al Museo del Chocolate de la Nestlé, allá por Paseo Tollocan. Qué mala onda. Pero sí.

– No es verdad, y te voy a explicar por qué –dice Sánchez al preguntador. Para entonces los chats de los celulares funcionan frenéticos. Frente al escenario está la coordinadora de campaña de Mario Medina, sentada, juvenil y cansada, enviando, enviando. Leyendo, leyendo. Frente a ella, el panista termina sus respuestas.

– La única obra que hay en Toluca es la que dejamos nosotros. No la han terminado. Lo que nos tocó hacer lo entregamos puntuales… antes había mil 300 policías y ahora hay 700… había 600 patrullas y ahora ni 25 se entregan. Y mira, te recuerdo el caso del M1, un narco que trabajaba para la policía municipal en la administración de María Elena Barrera…

Alto. El narcotráfico es el tema más delicado. Porque la historia reciente de la droga en Toluca es panista y fue en la administración del panista Armando Enríquez cuando la Familia Michoacana…

Que Pirlo.

Que traspasado por el piano de Satié nos dice adiós o que ahora vuelve.

Que Madrid, un mar sin istmo que hace del sol un código encriptado.

Que las sombras se alargan como un juego de beisbol.

– … y hasta que lo apresaron -termina Sánchez.

Ana Leyva por fin mueve algo. Es el agua en la botella diminuta. Se le seca la boca y revisa la hora de continuo. ¿Es que tiene otra cita?

Otra pregunta.

.. y Ana Leyva representa a un partido culpable de lo de Ayotzinapa. Me da gusto que haya una mujer pero eso no la limpia de los errores. Y del PAN, en la colonia Morelos, en un parque que se llama La Bomba, hubo siempre tres patrullas durante el trienio de Sánchez. Y es que ahí vive su mamá… ¿y es verdad que se llevó a su rancho los pisos del Portal?

“Eso es falso”, dice Sánchez a Ana, en corto, muy en corto, moviendo la cabeza y ahora sí, molesto. Los dos lo comprueban y pueden decir con cierta solvencia que Fernando Zamora vino al debate y se sentó entre el público y que ahora rompe todo lo que puede romperles. Pero qué es estar molesto en la política, en lo público, en el fingimiento de lo correcto. Nadie lo sabe, ni ellos, que pueden explotar cuando se encuentren solos o poco comprometidos. Pero los políticos son así. Son proverbiales los enojos de Luis Miranda, actual subsecretario federal de Gobierno; o los del propio Peña y su amigo Luis Videgaray. Los grados de cretinismo no tienen zona postal ni partido político. Enojados, Ana y Juan son apenas panes de dulce con sonrisa de caramelo, pero deben contestar.

Primero Ana.

… Lo de las escuelas –porque le cuestionan que el municipio no hace escuelas preparatorias, las hace la UAEMéx- no puede ir solo el municipio. Lo de Ayotzinapa: bueno, está un gobernador en la cárcel; los Abarca en la cárcel. Hemos reaccionado. A Calderón se le escapó “El Chapo”. ¿Dónde está Montiel? ¿Moreira? ¿Marín?

Alguien le sopla. Fssshh. El aire tan necesario, la dádiva de oxígeno en forma de una tarjeta.

– …¿dónde está Montiel? Exonerado. ¿Granier?

Bien por Ana, pero olvida, sí, olvida que Ayotzinapa nos representa porque nosotros hemos pasado por lo mismo, todavía sin levantar la voz. Y olvida que Ayotzinapa no ha terminado, que hay cientos arrastrando las consecuencias. Que están Marissa y la familia de Julio César Mondragón, del Estado de México y que nadie los ha apoyado en absolutamente nada. Menos la clase política. Ana olvida o por lo menos omite, matiza, desprofundiza. No es el lugar, dirá. ¿Cuál será el lugar, entonces?

Luego Sánchez toma el micro. Más enojado que Ana, ahora sí se le nota, mejor dice lo que ya sabía.

– No me cabe duda de que Fernando Zamora mandó a sus amigos o colaboradores para hacer preguntas. El PRI mandó voceros, pero voy a contestar al chico, que se trajo todos los rumores desde el PRI. En la colonia donde yo vivo hubo una patrulla… pero yo renuncié a ese derecho, aunque me la asignaron por seguridad. Esa patrulla se quedó para la colonia. Tu comentario es inducido. La loza del Portal estaba rota en un 80 por ciento y por otro lado no tengo ningún rancho. ¿Sabes cuántas casas tiene los de tu partido?

El PRI de Zamora, eso es verdad, ha contratado una brigada de jóvenes, entre 60 y 80, para operar Zamobots y reventar o intentarlo, reuniones como la de ese día.

Para ese momento Molina se ha dado cuenta de que nadie lo pela, ni sus parientes y menos su asesor de campaña. Así que de cuando en cuando interrumpe, emite sibarita algún comentario de adolescente perverso, como el “ya cambien de tema” o el “ooootra vez con lo mismo”. Minutos adelante, una chica, ya palera o estudiante, lo pondrá en su lugar. El bote de la basura en ese auditorio queda demasiado lejos, pero ya lo llenan las envolturas de los chocolates.

– Señor Molina, usted se confundió. Esto no es un salón, usted está en un debate.

– ¿Sí?, pues te voy a decir que yo no vengo a debatir –contesta todavía. El asno. El asno o burro es un animal doméstico de la familia de los équidos. Los ancestros silvestres africanos de los burros fueron domesticados por primera vez a principios del V milenio, dice la endeble Wikipedia.

-… yo pagué todas mis comidas, mis reuniones como alcalde, de mi dinero –insiste ahora Sánchez- mis viajes. Y estuve tres años en el cargo. Hay uno que no está pero envió voceros para ponernos en jaque. No hay preguntas, sólo ataques. La ley es la ley y me permite competir. Yo me reunía con amigos que les gusta el futbol. Y decían que no hay que cambiar a Saturnino Cardozo, entrenador del Toluca, porque entonces serán dos años sin un solo campeonato. Hay que dejarlo.

Ana: “mi partido sí se equivocó, pero también tomamos medidas. Yo me conduzco con transparencia”.

Y por fin alguien repara en Molina. Una chica le pregunta que cuál es su estrategia de gobierno. El abogado, con la pierna cruzada y el milésimo dulce quebrado, apunta que “no venimos a debatir aquí, venimos a nuestras propuestas. Confunden personas con partidos”.

Se descose, literalmente. La incontinencia del cuerpo. Y dice. Se permite arriesgados ejercicios de sintaxis, se deshocica sinceramente y todavía recuerda a Chespirito cuando remata: “venimos a proponer nuestras propuestas”.

Para ese momento el auditorio está fuera de control. Es claro que no hay alumnos pero también es claro que no hay debate. Una duda. ¿De quién es esa escuela? Y mientras una alumna, ésta sí, reclama el derecho legítimo de los estudiantes para preguntar, Ana Leyva mira con ojos de súplica a la maestra de ceremonias.

– Oiga, se puede hacer… es que ya tengo un evento dentro de…

– Sí, claro, orita, orita, contesta muy apurada la otra, off the récord.

Otra pregunta y Molina se pierde de nuevo explicando la diferencia entre tolucos –Anita, estás guapísima-, toluqueños y tolucenses.

Sánchez concluye que en la calle donde vive se han cometido 47 asaltos, un secuestro y un asesinato. Así, en seco.

El debate termina y los aspirantes se reúnen para la foto del recuerdo. Ana y sus prisas la llevan a desaparecer pronto del escenario, no sin antes observar, compungida, que nadie la entrevista. La prensa local se va en masa con Sánchez Gómez, quien ni siquiera de reojo mira el desastre emocional del PRD. Porque nadie los entrevista, pues, y cuando uno se acerca a esa reunión sin alma, de pronto se disuelve. Al mismo tiempo, Sánchez sólo afirma que va adelante.

– ¿Por cuántos puntos, señor?

– Tenemos el pronunciamiento de victoria al interior del partido.

– ¿Por cuántos puntos, señor?

– Gracias.

Lo cierto es que Sánchez captó, por fin, la atención de los medios. No sabe, o lo sabe a medias, que Mónica Fragoso comienza a subir a redes sociales los recibos de pago del ex alcalde. Lo sabrá después, no hay duda, tanto, que al otro día promoverá la expulsión de Mónica, su compañera en la militancia.

“Pero es que hay de militancias a militancias”, Miguel. Tú, por ejemplo…

Pirlo ya tiene el balón en sus manos, para empezar.

Y en Nueva York una mujer escribe sobre las Galápagos y la urgencia de alguien condenado a muerte. Dice, mirando los parques verdes, que nunca ha sentido la primavera como ahora, luego de vivir el largo invierno, como un tránsito. Y que su avión llega a las 9 y media de la noche.

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