El hombre de los quince segundos

* Cómo decirles que Ana, la valiente Ana, terminó por quedarse en la orilla de los afectos, rebasada por amor a un panista, desperdiciando la primera de sus oportunidades para convertirse en la izquierda victoriosa en una ciudad mustia pero que en política decide en bloque. Para eso falta corazón. Aquí, en Toluca, vivió el “Ché” Guevara. Hank lo cobijó por un tiempo pero lo mismo daría si no hubiera estado. Lo más parecido a la izquierda en la ciudad es una señal de tránsito, amarilla para colmo.

Miguel Alvarado.

Toluca, México; 26 de mayo del 2015. Ana Leyva llega al pequeño auditorio del IEEM. Entra temprano, cuando todavía no hay gente, tanta, y se sienta como una observadora más, en primera fila. Allí, junto a alguien de amarillo, de su equipo de campaña, cambia algunas palabras pero en realidad ha ido en busca de silencio. Se mantiene al margen, como estatua, pero el bullicio la inunda.

Es el tercer debate, el 25 de mayo del 2015, entre aspirantes a la alcaldía de Toluca y Leyva, del PRD, va en tercer lugar, alejada de los punteros, de quienes dicen serlo, Juan Rodolfo Sánchez, del PAN y Fernando Zamora, del PRI. Los candidatos no creen en las encuestas aunque las mandan hacer porque el electorado sí.

Las encuestas son adornos o lo contrario. Porque cómo podrían.

Ana está sentada al frente, donde nadie la ve o sólo su cabellera, recogida en un chongo. Otros contendientes pasean los pasillos de aquel lugar, con olor a elección. Nadie los conoce, y tratan de estar lo mejor que pueden. Nadie les obligó a asistir y luego de días reclamando espacios como éste, al fin se les concede. Se sabe de antemano que las próximas dos horas ni siquiera cambiarán las perspectivas. Nadie espera nada, menos desde la milagrería de la democracia en México.

Ana medita, hundida en el sillón. Gautámica, las piernas muy juntas, repasa el escenario mientras sus manos se unen en un acto de yoga electoral, desacalambrándose, contracturadas. En el regazo, los apuntes que habrán de servirle de guía en ese trayecto infame donde Caronte será aprendiz, apenas, de las orillas más democráticas.

Cinco atriles y ninguna silla. “Está de güevos estar allí de pie nada más para pelearse”, dice un fotógrafo pensando más en él mismo, mirando el reloj, la nariz hurgada. Atrás, justo en la misma línea de Ana está el panista Sánchez, quien aplaca su cansancio ejercitando una cara feliz que lo tiraniza, deformándole el rostro cuando la pierde. Allí, a medio pasillo, platica con quien se le acerca, cruzado de brazos, en control de la situación. Algo dice que se ríen con él. Un abrazo termina el ensueño y camina para encontrarse con Leyva. Saluda de beso, agachándose, mientras ella le muestra la sonrisa que ha cultivado para las campañas. Algo se dicen que los dos se alegran y luego posan para la foto mientras en el otro extremo Guillermo Molina, el del Partido del Trabajo, busca a gritos a Julio Añorve, su coordinador.

A falta de dios, que el IEEM tenga piedad.

Molina recorre los pasillos y el tal Julio no aparece. Los gritos de Molina, sin embargo, duran poco porque ha entendido que en este debate, aunque no se venga a debatir, podría decidirse su bono extra.

Porque los datos del PAN para el abstencionismo indican 50 por ciento.

A Molina le gusta el grito, lo pantagruélico. Viene de traje, porque esto, señores, sí es un debate, dirá más adelante cuando otro aspirante se burle de él diciéndole que no tiene méritos para la alcaldía pero quizás para dirigir la facultad de Derecho. En la esquina de Ana, el ayudante termina por empacar las notas en una bolsa de mandado rotulada con el nombre de Mario Medina, quien busca una diputación local en la ciudad. Allí, como una bolsa-bomba, quedarán hasta el final, cuando Ana por fin estalle cultivada en ira razonable pero tardía, que debió mostrar desde el principio, apoyada desde luego en la congruencia. Pero no lo hizo sino hasta que le recordaron que era pareja sentimental de Roberto Valdez, ex funcionario de Sánchez Gómez. La indignación, esa novia de nadie, ha quedado sólo para la anécdota. Mientras, Ana allí se ve bien, parada y seria, en medio de Sánchez y Molina. A los lados, el resto.

Antes de seguir: ellos enfrente tienen rosas sin buqué compradas para adornar aquella glaciación. Qué confiados, creyéndose gigantes (es que no nos creemos, para qué nos creeríamos).

Hum.

Gustavo González, por el Humanista. Militar y asesor de militares, de agentes federales. No se da cuenta el aspirante, a quien los demás llamarán “mi coronel”, de lo que significa eso en México. No se da cuenta, tampoco, que ser alcalde no es un juego de guerra ni ejercicios conjuntos aire-tierra-mar. Tlatlaya-Ayotzinpa-Tanhuato. No se da cuenta y no lo hará nunca.

Molina por el PT. Ana por el PRD. Sánchez por el PAN.

Aarón Dávila, por Movimiento Ciudadano

Maximino Pérez, por Morena

Sánchez le sonríe a alguien, náufrago en algún punto de la sala ya repleta. Después se entenderá que le toman fotos y es por eso el gesto transversal, casi áurico. Mientras, diremos que alguien lo admira y él acompaña en ese arrobo. Pero hay algunos que no lo tragan. El auditorio, una cuarta parte, está con el PAN. Un tanto igual lleva Ana y el resto, microscópicos pero ruidosos, se reparten. Acarreados hay en todos lados y en el IEEM no tiene por qué haber diferencia.

Esta vez tampoco está Fernando Zamora, el priista, pero esta vez ni siquiera en el rencor de los asistentes.

– No, no es buena opción –murmura una mujer en la primera fila, mientras apunta su pluma, cuando nombran a Sánchez. No, no, no, sigue diciendo, hasta que terminan de leer la ficha.

El humanista González estuvo en Inteligencia. Fue asesor de la PGR, de la Policía Preventiva y de comisiones de Seguridad Pública y Tránsito del gobierno del Edomex. Inicia enojado defendiendo sus blasones, sus encargos desde la inocencia política que demuestra. Enojado, reclama triturando, suprimiendo, dirían los Gafes, su propio tiempo de participación. Le alcanza, a pesar de todo, para balbucear, enérgicamente eso sí, la creación de un frente contra la inseguridad.

El moderador, un locutor local, está atento. También es el hombre del tiempo y de vez en cuando se le escuchará decir una frase que, apenas murmurada, se entiende como el límite. El conductor es el hombre de los 15 segundos. Y por eso viene de traje. Pero es así. Moderar es debatir, dirán en la calle los trasgresores horas después, cuando ejerciten señeros el desprecio a la democracia en general, del estú…

– Quince segundos…

– Yyy tieeempo, candidato.

El coronel se contiene. Todavía no entiende, y no lo hará, porque él mismo es intervalo, paréntesis entre su trabajo de inteligencia y supresión y ésta, la aventura política que lo justifica ante un público en tránsito de camuflaje. Por suerte va Guillermo, el Molina ilustre que ha comprado la impunidad en la memoria de sus ancestros, eso es lo que él dice, y que se nombra en público priista convencido. En política no hay pecado pero sí trasgresores y Guillermo, colorado pero elegante, considera que nada está por encima de la ley.

– Y es qu…

Un golpe en la puerta del acceso principal. Un tumulto, al menos docenas de pies arrastrándose.

– …e nada pu…

Gritos ahora sí, pero apagados, como detrás de los muros. “Miente el IEEM”, se escucha claramente. Pero también miente Eruviel Ávila. Mienten todos allá enfrente. Uno mismo, sometido al debate porque sí, sin escape, menos ahora, que la puerta se halla bloqueada.

– …ede es…

Miente el IEEM, vuelve a escucharse y esa repetición termina por girar algunas cabezas con el poder del aburrimiento. Molina reacciona en superslow motion y también se dan cuenta los demás, que mienten como dice la voz, atrás, mientras los del público murmuran que “allá van los reporteros”.

– … tar po…

Quince segundos, candidato.

Isaac Díaz es indígena y representa al Partido Encuentro Social, PES, que lo ha postulado para la alcaldía de la ciudad. Oriundo de Huichochitlán, hace años escribía poesía en otomí y se dedicaba a actividades culturales. Luego, quién sabe. Esa noche, la del 26 de mayo, ha reaparecido por la puerta principal del auditorio con un montón de gente atrás de él, que reclaman y preguntan por qué no lo invitaron. Por eso el IEEM, para Díaz, es mentiroso. Y lo es, incluso más, sólo que al del PES lo único que le importa en este momento es entrar.

– …r encima de la ley.

Yyyy tieeempo, candidato.

Ana. Es su turno y haba. Y habla mientras se entona, cuando Isaac entremete medio cuerpo.

Qué hará si lo consigue, porque tiene miedo. Tiene más miedo que rabia y con gusto, se le nota, daría la vuelta y regresaría pero no puede quedar mal. Habrá que seguir, cargar con los fajos de papel, La Jornada, quizás, y sus propias anotaciones en las que incrusta uñas y dedos como si fueran el último asidero. Díaz ya está adentro. Ha conseguido que los tres porteros lo dejen pasar porque a fin de cuentas tiene razón y el IEEM es embustero, aunque un joven con identificación de la instancia electoral le interpele. El “tú qué” es suficiente para engancharse contra ése, que, al fin y al cabo, dice que ser apartidista cuando lo enfocan los reporteros. Uno de ellos, frente a Díaz, le increpa porque grita, quizás para hacerse escuchar, en una pregunta que es reclamo y así suena. “Usted fue invitado, aquí hay una firma de recibido, me acaban de informar”. Y, bueno, hay un papel firmado por alguien cuya letra es la de un párvulo, pero Díaz no retrocede. Mal haría, menos ahora, que ya está adentro. Así que aparta a los periodistas mientras los porteros, con un “chigadamadre”, se recargan en las puertas de cristal que, dicen, están por reventar. Díaz avanza por el mismo pasillo que vio las suelas de Juan Rodolfo, los zapatos de aguja de Ana, el fru-frú ametrallado del coronel y como nadie lo detiene se para en seco, solo, porque ahora es la de a deveras.

Ana habla. Y habla. Y sí, habla.

El hombre del cronómetro le dice, porque tiene en sus manos algo que en otro lugar se llama protocolo o reglamento, que no puede pasar porque será muy candidato pero no confirmó la asistencia. Molina interviene, por qué no. Esto es un juego para él y, debemos reconocerlo, tiene razón. Las elecciones son un juego, ni siquiera un fraude, distracción monumental para adultos con vocación de servicio y valores inquebrantables. Y Díaz, el otro candidato otomí, es rechazado por los incluyentes aspirantes porque, sí, hay un reglamento y la inclusión no está por encima de nada. Díaz grita que el PES va arriba mientras baja las escaleras, en una iluminada contradicción que a veces la vida ofrece. El silencio invita y Díaz tiene que irse porque así son las reglas. Porque va arriba mientras baja.

Quince segundos, candidata.

¿A qué hora se fue todo al diablo?

II

Díaz ha llegado tarde pero no solo. Lo escoltan, o algo así, unos cuantos más, enojados aparentemente, que se pegan a las puertas de cristal que aguantan porque son gruesas. Todavía estuvieron así media hora, luego de retirado el aspirante, para ver si se podía hacer algo. Porque había que hacer algo, irse de manera más decorosa. “El que sale ya no entra”, anuncian los de la puerta, que finalmente reciben refuerzos mientras afuera, a pie de calle, se organizan las porras.

-Mi coronel, con todo respeto… –dice Molina una vez más.

Hasta ahora el debate transcurre y sólo eso. El formato permite, sí, la expresión, pero le importa un bledo el contenido y ya el público adivina guiones. Predecibles y desencantados luego de la zarandeada de Díaz, al final de cuentas los aspirantes siguen. Pronto, el desgaste es evidente. Cada uno, por su cuenta, se soba las piernas. Cambio. Ris-rás de zapatos y dobladillos. Cambio. La barbarie de no tener silla, mella. El debate sirve. Expone, ridículos, en el detalle del parado, del sentado, del dicho o de lo no hablado. Por eso Ana se ha guardado para el final y, a pesar de que calza las agujas más punzantes, tiene su as o lo que ella considera su manga de la suerte, agitada por fin, rompiendo el cansancio.

– Les digo a todos los policías corruptos que mejor se vayan. Me voy a ir duro contra ustedes… y el gobernador es cómplice.

Los aretes elegidos por Leyva le dan a su rostro la discreción de la plata, destellando mientras Sánchez, el panista, calza su corbata como un guante y plantea, siempre sonriendo.

Quince segundos, candidato.

No, no son quince segundos sino una monolítica acumulación de frases, disonancias desde facebook posteando las imágenes del candidato favorito. Otra vez, la mitad del auditorio atiende diligente la red social. Porque “en estos momentos el candidato de Morena explica la necesidad de sanear el Verdiguel”. En realidad, en esos momentos el candidato de Morena no aguanta las piernas y se da cuenta de que, a la salida, nadie lo espera.

Las propuestas, reportero.

– …el aeropuerto se nos ha venido abajo.

– …se cae la ciudad…

– …el primero que se hizo la prueba fue su servidor…

– …es el cáncer de la…

– …de… de… de…

– …mi coronel, con todo respeto…

Afuera los tambores, la rebelión que espera y que no es más que gritería, no halla otra expresión que lo gutural.

Quince segundos, reportero. Hasta aquí 2 mil 189 palabras.

Ana dice, citando, que “cuando una mujer entra en política, cambia la mujer, pero cuando…”, le da la razón a ese mundo porque la vida es una cita y esta vez Leyva ha reservado ese encuentro para el final, cuando Juan Rodolfo beba galán el agua que discreta se les entrega a los aspirantes, cuando Molina diga que se ha perdido el piso, cuando el coronel dispare sus orígenes, cuando en la porra del Humanista, en la fila central, haya dos mujeres realmente guapas.

– Aquí ganamos todos por asistir -dice Sánchez como respirando, porque sabe que es el final de la reunión. Alude a Zamora el priista, está bien, no pasa nada y recuerda que lo ha demandado por operar programas federales.

“Estamos ganando”, reflexiona al final, como en ultimátum. “Al candidato del PRI sólo le importan los votos”. Sánchez calla. Ha terminado. La parte que domina de ese estadio rompe en aplausos, en perfecto timing con la sonrisa del que, ahora sí, descansa.

Ana.

– Ya sabemos que hay de dos. Unos, que no vinieron a debatir –dice- elevando la voz mientras Sánchez le sonríe, porque qué más puede hacer.

– Y otros -grita Ana, en pleno desbarranque- ¡que no cumplieron cuando fueron gobierno!

Y saca los papeles donde, una vez más, se exhiben las gratificaciones de Sánchez cuando alcalde. Ahí están, esta vez en el IEEM, desde aquella bolsa amarilla del mandado, rotulada con el nombre de Mario Medina.

A Sánchez se le van los pies y se acerca al micro que le toca para gritar pero contenerse al mismo tiempo que “eso ya está…”. Se controla pero ese gancho a la sonrisa lo sacude, lo pone de malas, lo irrita, le echa a perder la noche. Y todavía tiene que ir y hablar a la gente afuera. Tiene que ir a la fuente del Águila, hablar con la gente.

Ana, eso ya está.

“¡Es grillera, le gritan a la perredista!” cuando a ella todavía le alcanza para sacar fotos de la bóveda del Verdiguel, colapsado y malherido. El auditorio se enerva pero es ya la recta final y no importan unos minutos más. El mundo da una vuelta y Ana, la defensora de los derechos de las mujeres y denunciante de feminicidios, está en el centro.

III

Epilépticos, los simpatizantes cantan afuera, a la entrada del IEEM. Se han formado dos coros, los perredistas y los panistas. La gente, clasemediera o menos, está harta del frío y con la mirada encendida, algunos. Agitan sus banderas, es cierto, pero cualquiera lo haría. Aquel trabajo de agitar el emblema político podría, en una de esas ayudar a ganar porque el triunfo se esconde hasta en la bandera más desgarrada. Ellos, los de los bandos, esperan que ganando alguien sean incluidos, que no los eliminen de los programas, como a Díaz, al pobre Isaac. Que alguien, aunque sea primo lejano, obtenga trabajo y proyecte. Pero allí afuera, a las 11 y media de la noche, esa revoltura azul y amarilla es la misma cara jodida que se repite año con año.

Aquí no es Tlatlaya, aquí está peor.

En esa celebración están los Medina, Mario y su hermano Gabriel, en la orilla del hacinamiento. Los cantos, las porras, el volar de las telas y, por otro lado, la azul provocación de hacer que Sánchez Gómez hable, inhumano como ya resulta, ante un altavoz y convoque al aquelarre, los enerva. Cuál búnker estratégico. Cuál, cuál. Reducidos al amarillo, los Medina se desaforan y mientras Gabriel, quien será regidor -pase lo que pase- en la próxima administración municipal, fuma, el otro comparte su necesidad más inmediata.

– ¡Qué exhibida le pusimos! Braavo, Anaaaa! ¿Vieron su cara? ¡No pudo, no pudo! –festeja el aspirante al lado de Citlalli, asesora de su campaña, quien comparte pero no exterioriza.

Cómo decirles que Ana, la valiente Ana, terminó por quedarse en la orilla de los afectos, rebasada por amor a un panista, desperdiciando la primera de sus oportunidades para convertirse en la izquierda victoriosa en una ciudad mustia pero que en política decide en bloque. Para eso falta corazón. Aquí, en Toluca, vivió el “Ché” Guevara. Hank lo cobijó por un tiempo pero lo mismo daría si no hubiera estado. Lo más parecido a la izquierda en la ciudad es una señal de tránsito, amarilla para colmo. Ana tendrá otra oportunidad, ella y su grupo lo saben (lo saben) pero esta vez deberá ceder. Sánchez, por su lado, hará lo que pueda para bajar las infames predicciones que hacen de Zamora un alcalde imposible, llegado de tierras cercanas, cargado de casas y gorras, de tarjetas de La Efectiva.

– ¿Y cómo viste? –dice Medina luego, más calmado.

– No, no manches.

Mario, por supuesto, no es un epiléptico de verdad.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s