Una mañana soleada

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* Ese tres de octubre de 1968, en la historia de Zabludovsky había un zafarrancho en Tlatelolco y parecía que había lesionados. En Tlatlaya, el 30 de junio del 2014, parecía que había una bodega llena de narcos, que fueron atacados, en la madrugada, por una partida de militares. Luego hubo otras cosas. Nadie salió vivo de ahí. O casi nadie, porque dos hombres, los jefes de aquel grupo pudieron escapar en las narices del ejército y hasta abordar una camioneta que ya los estaba esperando.

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Miguel Alvarado

Toluca, México, 2 de julio de 2015. Hoy es jueves 2 de julio del 2015. Es una hermosa mañana soleada. Eso diría Jacobo Zabludovsky si le tocara reportear su propia muerte, tal como lo hizo el 3 de octubre de 1968, martes soleado desde un programa llamado Diario Nescafé.

Mientras Enrique Peña muere de cáncer, dicen los que lo quieren matar, el soleado dos de julio transcurre. En Toluca, la estudiante atropellada por un camión perderá todavía un poco más de su pierna, amputada después del accidente. Diana, se llama, y es sólo un número más para las empresas camioneras, controladas por políticos como Fernando Maldonado, el panista Núñez Armas o el propio Isidro Pastor, vaso comunicante de los prominentes negociantes de apellido Alcántara. Hace años, en la calle de Lerdo esquina con Sor Juana, en el centro de Toluca, mientras uno comía, un camión atropelló a una anciana, que barría el frente de su fonda. Después de atender las mesas se dedicaba a barrer la acera de su negocio. El camión la arrolló sin más, y siguió su marcha, Pero la mujer no estaba muerta, había quedado tan malherida que apenas podría sobrevivir. El chofer de aquella unidad se dio y cuenta y detuvo su fuga con brusquedad. Luego se echó en reversa, porque la vio moverse y le volvió a pasar por encima. La segunda vez fue mortal y la mujer murió. El chofer ni siquiera se tomó la molestia de escapar y cuando los policías llegaron, le preguntaron por qué la había matado.

– Sale más barata muerta que herida –dijo, mientras lo subían a una patrulla.

Mientras Enrique Peña muere de cáncer, dicen los resentidos, la empresa de pinturas Comex le entra a la memecracia con un montaje, subiendo en una cubeta al mandatario, para darle altura aunque sea así. Luego despediría a seis personas y se disculparía, “porque en Comex no somos así”. Nada se le perdona a Peña, ni siquiera su estatura. Esto, la burla, es un reflejo de no poder hacer nada contra las políticas internas y reformistas, que serán el último legado del sobrino de Arturo Montiel. Círculos militares lo indican, Peña puede no llegar al término del año y hay que tener dinero en efectivo y documentos en la mano. Para esa muerte no habrá Jacobo que la embellezca ni con su prosa engolada de intelectual adulterado. Así como Paz, a veces don Octavio, la perversa copia de Borges desde su envidia sartresiana. Porque Jacobo estuvo en La Habana, cuando el Ché entró a la ciudad. Porque entrevistó a Chabuca Granda, a Salvador Dalí. Estuvo en los mundiales futboleros y pasó por Televisa, el 19 de septiembre de 1985, con una cámara de video, pidiendo en voz alta por sus compañeros atrapados. Al estilo de Raúl Velasco, quien llamaba a Morrison y sus Doors sórdidos y angustiosos, narró el Tlatelolco más sangriento. Jacobo se hizo famoso por no decir. Y dejó escuela.  Al Ché le preguntó y el Ché le respondía: “estamos aquí luchando contra un ejército sanguinario y bien pertrechado, y lo que a usted le preocupa es que nos rasuremos”.

Un año después, la muerte de 22 personas en Tlatlaya por el ejército mexicano está todavía lejos de aclararse. Lo único que se sabe es que los militares dispararon pero no a quiénes. Narcos jovencitos. O guerrilleros jovencitos. O ambas. O civiles inocentes. Entregados por el jefe de La Familia Michoacana, Johnny Hurtado, “El Pez” o “El Mojarro” en una versión no aceptada por ninguna entidad oficial.

Ese tres de octubre de 1968, en la historia de Zabludovsky había un zafarrancho en Tlatelolco y parecía que había lesionados. En Tlatlaya, el 30 de junio del 2014, parecía que había una bodega llena de narcos, que fueron atacados, en la madrugada, por una partida de militares. Luego hubo otras cosas. Nadie salió vivo de ahí. O casi nadie, porque dos hombres, los jefes de aquel grupo pudieron escapar en las narices del ejército y hasta abordar una camioneta que ya los estaba esperando. A un año, y con la mayoría de la información reservada desde la discreción del gobierno del mexiquense Eruviel Ávila, se ha detenido a cuatro funcionarios de la Procuraduría estatal acusados de torturar a testigos y sobrevivientes de aquella masacre. Otros 20 son investigados. Como si actuaran por su cuenta.

El Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro entrega, cumplido el año, una investigación sobre Tlatlaya y declara que hubo contubernio entre el gobierno del Estado de México y los militares para ocultar. La PGR acepta que sólo 8 personas fueron ejecutadas extrajudicialmente, pero los documentos y las investigaciones indican que son entre 12 y 15.

Que hubo un conjunto de ejecuciones extrajudiciales. Una masacre a partir de los testimonios de testigos como “Julia”, una de las mujeres que quisieron denunciar. “Julia” no solamente da testimonio. También da la cara y en una conferencia cuenta lo que le tocó vivir. Clara Gómez González, es su verdadero nombre, la testigo “Julia”, de unos 40 años, con el rostro preocupado.

“Tlatlaya, a un año: la orden fue abatir” es el título del informe de aquel centro de derechos humanos. Por medio de un amparo, el Agustín pro tuvo acceso a documentos oficiales militares cobre Tlatlaya, la Orden General de Operación y la orden de Relevo y Mando.

– ¿Quiénes más fueron víctimas de un homicidio cuando ya se encontraban rendidos o estaban inermes? -pregunta Santiago Aguirre, del Centro Prodh. Entre estas víctimas destaca Érica, la hija de 15 años de edad de Clara Gómez, quien estaba allí contra su voluntad, en la bodega del poblado de San Pedro Limón en Tlatlaya. Ella no es una víctima reconocida por el Estado mexicano en los juicios penales que se han iniciado… Érica no forma parte de ese grupo de personas”, apunta Aguirre.

A la niña se le ubica muerta por el fuego cruzado, pero los cuerpos de ella y otros fueron movidos, manipulando las escenas en aquella bodega. En el cuerpo de Érica se aloja una bala que proviene del arma con la que también se ejecutó al denominado “Cadáver 17”, Jorge González Bolado.

El 11 de junio del 2014 se expidió una orden, incluida en los expedientes militares y civiles de la investigación, de Mando y Relevo, emitida por el Batallón 102 de Infantería de la 22 Zona Militar del Ejército. Esa orden instruye al teniente a cargo de la base de operaciones de San Antonio del Rosario –que participó en los hechos de Tlatlaya- la serie de actividades que realizará.

La orden número 7 indica actuar por las noches de forma masiva “y en el día de manera reducida a fin de abatir delincuentes en horas de oscuridad”. Abatir significa la privación de la vida humana, dice el Agustín Pro, que recuerda que el primer radiograma del teniente de San Antonio del Rosario contestó sobe la bodega, menciona, como resultado “que fueron abatidos 21 civiles”.

Sobre la testigo sobreviviente, el Agustín Pro sostiene que “el Estado mexicano ha regateado los derechos de Clara como víctima, como principal testigo”. A ella no se le permitió el acceso a sus propios expedientes desde los fueros militares y civiles. El Juzgado Sexto Militar no le reconoce su calidad de víctima y debe promover un juicio de amparo, pendiente de resolverse, y una queja contra el Juzgado decimocuarto federal, en el DF, que le ha negado reclamar la extensión del reclamo del propio fuero militar y que también le dice que no es una víctima. Clara tiene medidas cautelares ordenadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y que no se han cumplido o cumplido parcialmente. Tampoco sus familiares reciben alguna protección.

Luego recuerdan las declaraciones del gobernador Eruviel Ávila, un día después de las ejecuciones.

Felicitamos al ejército. O “el Ejército mexicano, allá en Tlatlaya, tuvo una valiente presencia y acción al poder rescatar a tres personas que estaban secuestradas, lamentablemente un militar salió herido, pero el ejército en su legítima defensa actuó y abatió a los delincuentes”.

El gobierno del Estado de México está de luto por la muerte de Zabludovsky. Lo hace oficial en redes sociales y Eruviel Ávila envía el pésame a la familia de aquel conductor.

Pero hoy es un día soleado en la colonia Las Vegas, de Ecatepec. El avión de Fátima ha despegado a las 8:13 rumbo a Bogotá, después de la peor de las noches. Ella arriba, otros abajo en el trayecto del Metro que atraviesa el río de Los Remedios y sus desagües, las bombas que drenan la ciénaga del tiradero más grande de cadáveres que existe en el Estado de México.

Allí, en Las Vegas, que además colinda con el Distrito Federal, hay una zona libre, territorio con dueños pero excluido de cualquier sistema legal en ese municipio. Es sólo una cuadra o menos, es algo que parece una cuadra, unos 200 metros por lado formando un bloque amorfo, sin lados iguales: una fortaleza, un pedazo de la miseria más profunda donde, asegura el guía, se vende de todo. Armas y drogas también.

– Pero es importante saber quiénes controlan el negocio –dice, mientras maneja encontrando calles libres. Minutos después lo rebasa una tanqueta Pit – Bull acorazada de la policía federal, patrullando las avenidas de Ecatepec, la tierra natal de Eruviel Ávila. Imposible que aquel animal pase desapercibido. La tanqueta, por otro lado, es un mensaje que no tiene necesidad de grafías. Basta que alguien la vea para entender de qué tamaño es el miedo. Junto a las vías del tren está Cartolandia, una colonia al margen, aproximación a los límites y al mismo tiempo del otro lado, en el inicio de nuevas fronteras depauperadas.

– Orita está tranquilo aquí  -dice el guía, cuando observa, él mismo asombrado- lo que rodea a la fortaleza que es entrada o salida para Cartolandia. Porque incluso eso amedrenta cuando basura, láminas y cartón prefiguran las habitaciones de los que allá viven. Son los más abandonados de los abandonados. Primero llegaron de paso y luego se quedaron, cada quién instalado en sus razones, sin abordad a La Bestia, el tren que se lleva a los migrantes.

– Por acá cotorreó un rato el Eruviel Ávila. También el Peña conoció la zona, cuando andaban en la campaña. Les vale madre.

Les vale madre los 10 kilómetros de vías, un poco más en los que se asientan los refugiados, Porque los primeros llegaron de Centroamérica pero luego se les unieron oaxaqueños y de otros lados hasta que la comunidad creció, desarrolló su propia estabilidad combatiéndose a sí misma pero al mismo tiempo invitando a irse. Porque quién quiere estar allí, dormir allí, esperar a La Bestia haciéndose a un lado, como todo es allá, a un lado.

Por ahora se ve poco. Afuera, en el acceso de Las vegas, grupos de adolescentes en shorts observan las maniobras del auto. Esa minicuadra está rodeada por una alambrada que en parte ha sido absorbida por matorrales y basura. Las láminas que le dan forma al cuadro aquel también ahuyentan.

– Ora está tranquilo –dice el guía, pero aquí hace poco tiraban a los ejecutados, un chingo de ellos.

Cartolandia se sumerge en aguas negras cada año. Calderón, el ex presidente de México, reflexionaba sobre eso y concluía que ponerse en los zapatos de los afectados ayudaría mejor que el Túnel Emisor Oriente de residuos. Una crónica del reportero Fernando Camacho apunta que allí viven 50 mil personas, o están o van pasando.

Ecatepec, todo, está cuidado por militares y la policía federal. ¿Cuántos años cumple Cartolandia o Las Casitas, su nombre oficial, pero no el verdadero? Nadie sabe, más de 40, eso sí.

Por ahora así, por encima.

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