Aeropuertos

*

Miguel Alvarado

*

Esto es: es un frasco que alguien abre después de un año.

No tendremos nada qué decir, sólo que habrá luciérnagas

un roce o las manos apretadas.

*

O no habrá nada, nadie en el espejo.

Tal vez la ropa, los zapatos, los puños abiertos, evitando.

Hoy sólo importa pararse afuera

y no acordarse, no pensar que no has llegado.

*

El camión atraviesa las obras del nuevo tren.

Dicen los de Xochicuautla que la autopista es un asalto, una herida

y yo no lo entiendo por más que quiera y mire

los trascabos en sus jardines, cavando en sus cocinas.

Las heridas son esas, pero también las que vi en Tecomatepec:

Guadalupe se adentrará estirándose en las sombras

mirando abajo cuidadosa, violentamente contra las piedras.

Disimula que sangra tomando el agua que alguien le da.

Le queda bien la ropa blanca y no le importa la edad que tiene.

*

“Me violaron hace muchos años”, dice

cuando mira el platanar de manera que sólo hay espacio para amarla.

*

Alguien reza en el baño y ella se acuerda de los hijos

de su hermano en Canadá, que le habla una vez a la semana.

*

“El otro que tengo está en la cárcel”

dice

dice

cuando se da cuenta de la hora, que tiene que ir a trabajar o terminarán echándola.

*

II

Ella no llegó a la hora acordada.

Tampoco después.

No respondió los mensajes y a las 12 y media de la noche se descargaba el celular.

Su vuelo no existía.

No hubo Nueva York, ni siquiera Newark

Niuwark, corrigieron los maleteros del aeropuerto Benito Juárez, en la Terminal Uno.

Nadie supo nada en los mostradores

sólo el cierre del dólar y el precio del quetzal

consideración migrante de pena ajena

universo donde un Ché Guevara empuja un carrito de maletas y

Justin Bieber besa a una chica en la tienda de las artesanías.

*

Yo, la divisa en todas sus formas, el dime que muere

aún no entraba en pánico y los cigarros sabían

a un aliento de viajero, a los niños y sus vasos de leche.

Aquí Munich, recibido por una avanzada de Volkswagen.

Allá, no sé, altos rubios abrazados de mujeres tan grandes

como la entrada del 7-Eleven, giratorias y cristalinas

o japoneses reverenciando guardaespaldas.

*

En México, a las nueve y media los pasos a desnivel se inundaron y también los pasillos.

Se ahogó el cuadrante norte, donde el avión acortaba las distancias, según el mapa de las rutas.

Usted está aquí.

Todos los países caben por esa puerta.

Y Nueva York viene retrasado.

*

II

“¿Tienes hambre y poco tiempo?”, dice la publicidad del Wings

y militarmente uniforma la importancia de los que entran.

*

La pared ondula inacabada en busca de orillas.

De un lado la casa de cambio, del otro las cortinas cerradas, la sensación

de algo interrumpido, que no sucede aunque ya está en marcha.

Alguien hizo un corazón con las uñas y una flecha lo traspasa, blandamente.

Es la permanencia hasta el fin, la sexta letra del abecedario

la vida levantada con esos trazos.

*

Si no sirven pronto, la comida es gratis en el Wings.

No eres el pan, pero tengo tantas ganas de morderte.

*

III

Se detiene la sangre, el conteo de muertos, reales o figurados.

Las historias encuentran su punto al final y el dibujo que traigo

es un corazón tocado por una paloma.

En el medio metro que me toca no hay nada

sólo el reflejo del aire, los zapatos rotos desde Xochicuautla.

Porque hay un bosque donde no pasan los aviones.

*

Ella se trae a sí misma, al retrato de ella que son sus hijos.

Esto es América: la mujer amada sentada en un aeropuerto, con dos niños junto a ella.

*

IV

John Rzeznik canta en la tele que sólo quiere saber quién es

y yo tengo 400 dólares en la bolsa.

Los odio. Odio los aeropuertos, las iglesias, ay

el transporte público de capital privado

y las flores de papel

los aviones que en la distancia despegan libélulas, alambicados.

*

Antes no tenía miedo.

O no me daba cuenta.

*

Ella es así, a veces se enoja y va a Colombia con sus hijos, pero aquí están, en alguna parte.

Tienen cabellos revueltos como el mar picado, no sé si salobre.

*

cuz I know that you feel me somehow

you’re the closest to heaven that I’ll ever be

and I don’t want to go home right now

*

Dime que estás, que no es un desierto lo que me traga.

*

V

Un hombre habla de Lázaro Cárdenas y dice

que en Kenia el rugido del león espantoso.

Muestra su mapa amarillo con las carreteras marcadas.

Ha estado en medio mundo y le gustan los aeropuertos.

Dice: estoy atestiguando.

*

Al rato iré a Ecatepec.

Veré cadáveres y de regreso mediré la pobreza desde los

los ojos revueltos, sin respeto por nada ni por nadie.

Tomaré fotos con la mano izquierda, cuidando juguetes y grabados,

el ex voto que debía amanecer en Bogotá.

*

Por el pasillo vienen ellos.

Se acercan mirando, diciéndome adiós.

“No, no es cierto”, dice el viejo que ha vuelto del África y ahora sorbe una sopa.

No, no es cierto.

¿Y si lo fuera?

¿Y si ella

mirara en el

pasillo?

*

México es la ciudad más hermosa del mundo

y ella la más amada.

Ahora la ciudad es tan salvaje como Kenia porque en los arribos falta su nombre.

*

Llegamos a la Terminal Uno

al bar de 24 horas y pagamos 201 pesos

por una Coca y un café.

También pagamos el hotel

y deletreamos su nombre todo un año.

*

Ella no está, como si se hubiera ido para siempre.

Le digo que es el amor de mi vida –nunca me responde, aunque me da la mano-

mientras recorro el aeropuerto.

*

Dibujo un ratón. Primero un lobo y luego un ratón.

Al ratón llámalo como quieras, al lobo no le digas que ahí está.

*

Así durara un siglo

esta noche nosotros no nos encontraremos.

*

VI

A las cinco y media preguntaba al policía por la Sala 53, si no había otra, si era la única.

“Es la única, no puedes pasar. No hay nadie, no puedes pasar”.

Respiraba junto a la puerta de salidas, acostado en el suelo.

Los dormidos allí, al pie de las columnas, junto a los baños

soñamos esperando que alguien baje, deje de volar y sí

ponga los pies en la tierra, aunque sea ésta y se quede con nosotros.

Buscamos en las manos, en este caso en las palabras del otro una puerta, una sala

el cabo sin náufrago que nos lleve a buen puerto.

*

La vida (no) es pura. La vida (no) brilla. La vida (no) es vida.

*

Fátima fue puntual, se retrasó una hora

y esperó larga, impacientemente en la Terminal Dos.

Ella y los niños del cabello oceánico llegaron a México

sin contratiempo, a donde el arribo indicaba.

*

Estiro las manos lo más que puedo.

*

Un japonés reposa junto a los televisores curvos

la sensación tecnológica de Samsung y sonríe a las pantallas

aceptando con ojos cerrados las virtudes de la super-alta definición.

*

Despegaste a las 8:13 de la mañana, rumbo a Bogotá.

Ahora estás lejos, muy lejos y yo he estado pensando en el lado de este reencuentro que hoy me toca.

A las siete y media una mujer compró café, tomándolo a sorbos.

¿Quién te dijo? ¿Quién me dijo?

¿Dónde hemos estado toda la noche, en esta aflicción de obstáculos y aerotrenes?

A las siete cuarenta Bogotá en el tablero decía “on time” y diez minutos después cambió a “abordando”.

Algunos preguntaron al policía si allí estaba la Sala 53, si no había otra, si era la única.

“Sí, pueden pasar, es la única, allí están todos”.

A las ocho escribieron “última llamada” y era lo que era.

A las ocho y cinco algunos colombianos hablaban con alguien que estaba muy lejos.

Muy lejos, muy lejos.

Ve, ve. Iremos un día.

Yo creía que ya lo había perdido todo

(lo que más me gusta de ti es que, asomada a la ventana, no ves nubes ni castillos, sino jugadores de ajedrez que apuestan a sus dioses perdiendo gustosos).

*

Ésta es una carta de amor escrita en el piso del aeropuerto internacional de la ciudad de México.

*

Tic.

Las nueve.

Y todo al diablo.

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