La sección fantasma

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* Bajo la protección de Velázquez —que bien puede considerarse como la estrella de buena suerte que nunca lo abandonó— probó las penurias del poder, pero también las mieles. A la muerte de Yurén Aguilar, en agosto de 1973, y un mes después, en septiembre y supuestamente por deseos expresos de Yurén, Fidel Velázquez lo impuso como dirigente de la FTDF —“¡Pascue!, para nosotros los trabajadores es Pascue”—, a pesar de la amenaza de una docena de líderes que prometieron irse si llegaba Gamboa. Nada lo hizo desistir.

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Francisco Cruz Jiménez

A Joaquín Gamboa se le puede criticar su falta de arraigo entre la clase obrera —él nunca lo fue—, de ser enemigo de los derechos laborales o de entreguista, pero nunca de improvisado. Muy por el contrario, su habilidad para convertir lo ilegal en legal tiene como respaldo —teórico— ser abogado de profesión. También ha sabido rodearse de la gente adecuada que le ha enseñado la práctica. Por ejemplo, cuando aún estaba estudiando su carrera se hizo amigo de Francisco Márquez, dirigente del sindicato textil, con quien aprendió el mecanismo que hacía funcionar a los sindicatos.

Su especialidad en negocios le valió para ser considerado por Jesús Yurén Aguilar —uno de los cinco lobitos— como asesor jurídico permanente de la Federación de Trabajadores del Distrito Federal cuya dirigencia alternaba con Fidel Velázquez, como lo hacían también en un escaño senatorial de la Ciudad de México. Con este encargo de asesor permanente, no tardó en ganarse la amistad y confianza plenas de Velázquez Sánchez, quien vio en él a un hombre con muchas posibilidades. Y en 1972 lo impulsó como representante de la CTM en el consejo de administración del Infonavit, donde labró una historia de corrupción que nunca se pudo quitar.

Crónicas y reportajes sobre su encumbramiento en la CTM advierten que, sin el menor prejuicio, no sólo se dedicó a negociar con los créditos y contratos de construcción, sino que también aprovechó para colocar a sus hijos en puestos clave. Por ejemplo, a Joaquín Gamboa Enríquez lo integró a la Comisión Consultiva Regional del Distrito Federal, que se encargaba de buscar los terrenos para la construcción; y a Héctor lo hizo gerente de Fiscalización y Cobranza.

Bajo la protección de Velázquez —que bien puede considerarse como la estrella de buena suerte que nunca lo abandonó— probó las penurias del poder, pero también las mieles. A la muerte de Yurén Aguilar, en agosto de 1973, y un mes después, en septiembre y supuestamente por deseos expresos de Yurén, Fidel Velázquez lo impuso como dirigente de la FTDF —“¡Pascue!, para nosotros los trabajadores es Pascue”—, a pesar de la amenaza de una docena de líderes que prometieron irse si llegaba Gamboa. Nada lo hizo desistir.

Fue así como hizo a un lado a los tres cetemistas que esperaban en la línea de sucesión: Leopoldo Cerón, Antonio Mayén y Leopoldo López. Ya era un hecho, Fidel también había puesto sus esperanzas en quien, por mucho tiempo, había cargado los portafolios de Yurén. Cerón, Mayen y López formaron un grupo fuerte al que se sumaron Carlos L. Díaz —adjunto de Yurén y el que seguía en la línea sucesoria—, Luis Díaz Vázquez, Catarino Rivas, Pedro Rosas y dos compañeros más identificados como los hermanos Galván.

Fidel tenía sus razones personales: “Debe ser Joaquín, yo con la Federación muevo a la CTM”. Y sí, desde 1941, él controlaba la organización. Aquel año instauró su maximato con el apoyo y autorización del presidente Manuel Ávila Camacho, que luego afianzaría por instrucciones del sucesor de éste, el veracruzano Miguel Alemán Valdés.

Derivado del conflicto por la imposición de Gamboa Pascoe como sustituto de Yurén Aguilar, los rebeldes tenían elementos en común e hicieron lo impensable o, en definitiva, se lanzaron al vacío porque consignaron a Fidel Velázquez ante la Comisión de Honor y Justicia de la CTM por “abuso de autoridad sindical, porque ha permitido que subsista la imposición de líderes, como un mentís a la democracia sindical […] los hechos convierten al señor Velázquez en delincuente del orden sindical y lo imposibilitan legal y moralmente a seguir medrando en las filas del movimiento obrero”.

Cuando finalmente se asentaron los ánimos, aquellos disidentes ya estaban fuera de la Federación de Trabajadores del Distrito Federal y Gamboa Pascoe, a quien los cetemistas de la Ciudad de México consideraban el bufón de Yurén, despachaba con la tranquilidad de ser el protegido de Fidel, en su feudo de la FTDF. Y lo de bufón no era simple retórica ni un chisme de vecindad. Los dirigentes de la organización lo recuerdan como el cuentista que entretenía a Yurén y a su hijo, Jesús Yurén Guerrero. Y por eso, le formó una sección especial, la 23, con trabajadores fallecidos. En otras palabras, una sección fantasma porque no tenía ninguna relación con los obreros, fuera de lo profesional, como abogado.

Nueve años más tarde, en marzo de 1982, cuando la FTDF caía en un barranco sin fondo y perdía por docenas la titularidad de contratos colectivos de trabajo, Leopoldo López —uno de aquellos rebeldes que se enfrentaron al monstruo de Fidel y abandonaron las filas cetemistas capitalinas— abrió la vieja herida. En una entrevista con los periodistas Guillermo Correa y Salvador Corro habló sobre la personalidad de Joaquín Gamboa Pascoe: “Déspota, negativo, soberbio, la divina envuelta en huevo y siempre con la mejor suerte del mundo. […] Cuando era estudiante de Leyes se le metió a Yurén desde el sindicato textil. Pronto y por muerte de un compañero, se hizo de contratos sindicales con empresas importantes, como Televisa, la Rambler —ya desaparecida— y Chrysler”. Y esta última empresa es fundamental porque se convirtió en el refugio de la familia de Fidel Velázquez Sánchez, a través de Hugo Díaz Velázquez —secretario general de ese sindicato automotriz por más de dos décadas— y luego el hijo de éste, Hugo Díaz Covarrubias.

Por si hiciera falta, aquella imposición que le costó a la CTM defeña la deserción inmediata de al menos 180 mil trabajadores y la consolidación de su rival Confederación de Trabajadores y Campesinos (CTC), que tenía las mismas mañas —grupos de choque y un mejor sistema de infiltración— mostró que el músculo de Fidel Velázquez estaba intacto, al menos en lo interno. Nada hacía pensar que algún día éste despacharía más en áreas de terapia intensiva de costosos hospitales privados o el Militar —porque para ellos no funcionan el IMSS, el ISSSTE y, mucho menos, algunos públicos gratuitos como el Hospital General y el Rubén Leñero— que en sus oficinas de Vallarta y Plaza de la República, allí, frente al Monumento a la Revolución. Mucho menos podían imaginarse que, un día, sobre su lengua recaería la maldición de Casandra —nadie creería jamás en sus pronósticos ni lo escucharía; cómo si a él mismo lo hubiera escupido el dios Apolo.

Haciendo acopio de su piel de camaleón, Fidel vivió, sobrevivió y sirvió a diez presidentes de la República emanados del PRI. Fue, como lo llamaban, el poder tras las gafas. Casi siempre encontró las formas, a través de grupos de golpeadores organizados en torno a la CTM, de conseguir votos para el PRI, hasta el día de su muerte el 21 de junio de 1997, a los 97 años de edad, en la Ciudad de México.

Hasta la fecha, no hay quien pueda explicar tan profunda lealtad de Fidel Velázquez por quienes adoptaba como sus protegidos, sin duda una forma de ser que lo caracterizó o una manera de mostrar que había escogido a los alumnos perfectos. No sólo fue el caso de Gamboa: el líder de los telefonistas Francisco Hernández Juárez, el refresquero Armando Neyra Chávez y el electricista Leonardo Rodríguez Alcaine, así como el sobrino Hugo Díaz Velázquez y el hijo de éste, Hugo Díaz, dueños del sindicato de la Chrysler, forman parte de ese grupo selecto. Todos ellos probaron parte de esa forma de ser. Como elegido, Gamboa terminó de pulir su imagen exhibicionista de político millonario, prepotente e intolerante, pero no pudo quitarse su particular forma dicharachera de hablar, razón por la que fue catalogado como el Jilguerillo de Fidel.

Velázquez dio nueva cuenta de la protección a Gamboa cuando el presidente José López Portillo removió en 1976 a El Negro Carlos Sansores Pérez de la Presidencia de la Gran Comisión del Senado —una defenestración por su pasado echeverrista—, para enviarlo a cualquier lado. Lo habría querido regresar a Campeche, aunque terminaron ocupándolo en la Dirección General del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para Trabajadores del Estado (ISSSTE). Por recomendación de Fidel, aquel año Gamboa Pascoe fue enviado a ocupar el lugar de Sansores en la XLVII Legislatura.

Una vez que llegó a su nuevo puesto, Gamboa empezó a fomentarse un exquisito estilo de vida, que incluía el trato distanciado con la prensa, la ostentosidad en la forma de vestir y hasta hábitos muy particulares de alimentación —le gustaba tener comidas en sus oficinas del Senado, pero no de cualquier restaurante sino de L’Heritage—. No obstante, Velázquez ni siquiera imaginaba que había puesto a su pupilo en un lugar desde el que protagonizaría el segundo de sus escándalos, comúnmente llamado “La fayuca de los hornos de microondas”.

Eso fue lo mínimo o, como dicen en el pueblo, lo demás fue lo de menos porque en junio de 1982, empleados del Senado —en la vieja casona de Xicoténcatl, ubicada en pleno centro de la Ciudad de México— hicieron pública una serie de irregularidades administrativas y laborales bajo la presidencia de Gamboa Pascoe. A salvo la reserva de sus nombres, desmenuzaron a la revista Proceso cómo éste —el dirigente obrero, que debía proteger sus derechos— se convirtió “en un patrón abusivo que llega a los extremos de violar las leyes laborales. Hinojosa, Pinchetti y Robles escribieron: “reiteradamente impugnado como político, desprestigiado como líder sindical, acusado de ‘sacadólares’ e involucrado en el escándalo del frustrado intento de introducir contrabando en el aeropuerto, Gamboa Pascoe es señalado, además de todo eso, como déspota explotador de los trabajadores del Senado.

”[…] Ha sometido a la mayoría de los trabajadores y empleados de la Cámara de Senadores a condiciones laborales leoninas, no sin pasar por encima de conquistas laborales históricas y coyunturales del movimiento obrero, algunas de las cuales ya nadie considera indebidas o desproporcionadas. […] El hombre que ha manejado al Senado con despotismo de señor feudal, que lo mismo ha lastimado a sus propios colegas que a modestos empleados y secretarias, no se ha dignado en autorizar el ajuste salarial del 10, 20 y 30 por ciento recomendado por la Secretaría del Trabajo y defendido con ardor por la propia Confederación de Trabajadores de México”.

Los trabajadores fueron como una enciclopedia abierta que mostró a los reporteros del semanario detalles sobre cómo operaba Gamboa desde su llegada a la Presidencia de la Gran Comisión senatorial. Las secretarias carecían de beneficios mínimos como seguridad social y compensaciones. Nada. Y había trabajadores que ganaban un salario inferior al mínimo legal de 10 mil 920 pesos mensuales. Ése también era el caso de las secretarias, quienes percibían ingresos por 6 mil pesos. Gamboa, a quien le gustaba ser más identificado como presidente de una rama del Poder Legislativo —que tenía bajo control a 63 senadores del PRI y uno de oposición, Jorge Cruickshank García, del Partido Popular Socialista (PPS)—, se convirtió en un patrón abusivo y explotador.

“Pero no sólo con el personal administrativo ha sido arbitrario y despótico, el líder obrero. También con sus iguales, los senadores de la República. A algunos de ellos, por ejemplo, les ha negado, sistemáticamente la asignación de una secretaria. A pesar de que existen plazas en el escalafón de la Cámara Alta y que nadie sabe quién cobra. Según los informes, los senadores José Luis Escobar, Salomón González Blanco, Gustavo Baz Prada y Eliseo Jiménez Ruiz figuran entre quienes se han enfrentado a la negativa de Gamboa Pascoe de asignarles secretaria”.

Lo de los senadores no fue queja menor. Y al margen de que ellos tuvieran ingresos suficientes para afrontar el pago de una secretaria particular, mostraba todo el poderío de Gamboa Pascoe. Ya después, a partir del sexenio de Miguel de la Madrid serían testigos mudos de que su poder real es muy limitado. Fueron obligados a ver desde muy lejos, bien apoltronados en sus oficinas burocráticas, el desmantelamiento de las conquistas sociales de los trabajadores. Indefensos o cómplices leales al gobierno, atestiguarían también la dramática pérdida del poder adquisitivo de los salarios.

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