Los escándalos, la caída y la resurrección

* Las acciones humillantes para Gamboa empezaron tan pronto como en 1980. Y la historia se relata de la siguiente manera: aquel año, el gobierno de Indira Gandhi otorgó al entonces presidente José López Portillo un reconocimiento. Ególatra como era, aceptó y viajó a India para recibir tamaña distinción. Entre la numerosa comitiva que viajaba con él se encontraba el líder del Senado, Joaquín Gamboa Pascoe. La primera parte fue todo bien, pero, al regreso, el Estado Mayor Presidencial fue obligado a pedir prestado, a la Secretaría de la Defensa Nacional, un avión tipo Hércules porque las compras de los acompañantes de López Portillo sobrepasaban cualquier límite.

Francisco Cruz Jiménez

Si bien muy pocos lo percibieron, Fidel Velázquez Sánchez se anotó una carambola de tres bandas—valga la expresión que se usa en el juego del billar— con la imposición de Joaquín Gamboa en la Secretaría General del Sindicato de Trabajadores del Distrito Federal. No se trataba de respetar la voluntad de su fallecido amigo Yurén Aguilar porque seguramente no le importaba, sino de sus planes propios en relación con el futuro de la CTM como un gran conglomerado de sindicatos o la mayor confederación gremial de México, y de su liderazgo.

Los empleados administrativos del Senado suministraron información para armar gran parte de la historia sórdida del presidente del Senado. Dieron suficiente, pero tela de donde cortar sobraba. De entrada y sin una base, además de la sección fantasma que le creó Yurén, Gamboa era un títere más en las manos de Fidel. Y se notó de inmediato porque de la Federación de Trabajadores del Distrito Federal salieron innumerables grupos de golpeadores para reprimir e intimidar sistemáticamente a trabajadores del movimiento democrático que encabezaba Rafael Galván en la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

La campaña de los golpeadores de la CTM defeña de Gamboa Pascoe culminó en julio de 1976, cuando el mismo Fidel Velázquez diseñó un plan violento para reprimir y expulsar del sindicato a Galván y los galavanistas. Los “matones” de Gamboa abrieron paso para que nadie le diputara la titularidad del contrato colectivo de trabajo de la CFE al pistolero Leonardo La Güera Rodríguez Alcaine, el otro dirigente de la época protegido de Fidel Velázquez Sánchez. Como perros de presa, los golpeadores de la FTDF sirvieron para borrar cualquier indicio de insurgencia sindical entre los electricistas.

Durante los siguientes diez años, golpeadores de la FTDF también sirvieron para liquidar otros movimientos de sindicalismo democrático o independiente, aplastar huelgas, mientras la CTM negociaba con los patrones. Tal fue el caso de la embotelladora Pascual,

los choferes del autotransporte público de pasajeros —explotados por los permisionarios y luego por el sindicato—, la empresa Effort, S. A., Ideal o Frenos Hidráulicos, así como Acermex y Carabela.

Como granadas, los escándalos de Gamboa Pascoe estallaban por día, valga la exageración. Algunos fueron ridículos, como los de contrabando —uno de India y otro de Estados Unidos que le atribuyeron como presidente del Senado—. Aunque se encargó de negarlos con la mayor vehemencia —“no es cierto, nada de lo que se expresa respecto a mí”— y atribuirlos a conspiraciones políticas de sus enemigos, una papa caliente le quemó las manos. Por el segundo, por muchos años se le conoció como el “legislador microondas” o el “diputado —si bien era senador— de la fayuca”.

Las acciones humillantes para Gamboa empezaron tan pronto como en 1980. Y la historia se relata de la siguiente manera: aquel año, el gobierno de Indira Gandhi otorgó al entonces presidente José López Portillo un reconocimiento. Ególatra como era, aceptó y viajó a India para recibir tamaña distinción. Entre la numerosa comitiva que viajaba con él se encontraba el líder del Senado, Joaquín Gamboa Pascoe. La primera parte fue todo bien, pero, al regreso, el Estado Mayor Presidencial fue obligado a pedir prestado, a la Secretaría de la Defensa Nacional, un avión tipo Hércules porque las compras de los acompañantes de López Portillo sobrepasaban cualquier límite.

Como se esperaba, el Hércules llegó a tiempo para enviar al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México algunos “recuerdos” y otros “regalitos” para la familia que la influyente comitiva adquirió. Según algunos relatos, enloquecieron “con tanta belleza en marfil, oro, sedas y sándalo”. El cargamento salió del hangar de la terminal aérea sin el menor pago de impuestos aduanales. Y gran parte era propiedad del presidente del Senado de la República, Joaquín Gamboa Pascoe. Con el poder de López Portillo en pleno, nadie se atrevió a cuestionar al poderoso legislador y dirigente obrero.

La “ceguera” no duró tanto. La última semana de mayo de 1982, Gamboa Pascoe pasó una de sus mayores vergüenzas cuando fue obligado a salir al paso para desmentir, tajantemente, como dijeron en su momento, que era uno de los legisladores que, al regreso de una visita oficial a Estados Unidos para una reunión interparlamentaria —la delegación mexicana estaba integrada por diez senadores y 16 diputados, acompañados por la esposa respectiva—, traían consigo un cargamento de fayuca, detectado por agentes de Aduanas en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Ocultas en el equipaje había diez voluminosas cajas con joyas, televisores, videocaseteras y hornos microondas. Pero sarcásticamente se habló más de estos últimos porque esos aparatos no eran comunes en México. También había televisores, caseteras, pianolas y un refrigerador.

Algunos periodistas todavía recuerdan que el escándalo se publicó en las primeras planas de los diarios. “La ocasión lo ameritaba —comentan—, se trataba nada más y nada menos que del protegido del mítico Fidel Velázquez, un hombre con mucha influencia y poder político”. Fiel a su protector, la riqueza acumulada de Joaquín Gamboa siguió creciendo en la sombra; es decir, alejado de la vida pública —fotos, entrevistas—. Su mejor pretexto para esconderse fue la derrota sufrida en las urnas en la elección de 1988 y muchos desencuentros con los reporteros que le cuestionaban si era correcto que el líder de los trabajadores anduviera con tantos lujos.

Arrogantes en el tono, sus declaraciones difícilmente podían escapar: “¡Qué le pasa! —contestó a una reportera—. ¿Qué, porque ellos están jodidos yo también debo estarlo?” Algunos años después, el propio Armando Neyra Chávez, secretario general del sindicato refresquero de la CTM, se encargaría de exponer la filosofía con la que los líderes sindicales justifican sus ostentosidades, pues “los generales Emiliano Zapata y Francisco Villa andaban en los mejores caballos y sus colaboradores los andaban alabando. El líder necesita estar acorde con sus representados. Recuerden: un líder pobre es un pobre dirigente”, parafraseando a Carlos Hank González.

Mientras la declaración se tomó con amargo humor, la frase de Gamboa se entendió como una tremenda cachetada para muchos de sus representados, quienes empezaron a cuestionar su liderazgo. Otros más, aunque parezca risible, optaron por justificarlo argumentando que él aparenta ser rudo y cortante en público porque es muy inseguro, pero en privado “es un pan de Dios”.

Con tantos escándalos, acusaciones y dos derrotas electorales a cuestas, se llegó a creer que el liderazgo obrero de Gamboa Pascoe sería de corta duración. Esa creencia terminó por afianzarse tras la muerte de Fidel Velázquez, que aparentemente, lo dejaba en la orfandad. Pero la orfandad le sentó bien. Leonardo Rodríguez Alcaine, el sucesor de Fidel, lo protegió, lo cuidó y le dio acomodo en su Comité Ejecutivo Nacional. Si Rodríguez Alcaine estuvo lejos de llenar los zapatos de Fidel, ésa es otra cuestión, pero su reinado tuvo una duración de ocho años en los que enfrentó críticas por sus controvertidas declaraciones y su riqueza desmedida.

Por otro lado, no sólo tuvo que lidiar con los conflictos y demandas de los cetemistas, resintió los brotes de inconformidad dentro del sindicato de electricistas —del que también era secretario general—, producto de la intención de abrir el sector eléctrico a la iniciativa privada. Incluso, por estos embates, empezaron a surgir los nombres de algunos candidatos para sucederlo: Joaquín Gamboa Pascoe, secretario general de la Federación de Trabajadores del Distrito Federal, el senador Gilberto Muñoz Mosqueda, José Ramírez Gamero —también senador—, y Juan Carlos Velasco, líder del Sindicato de Transportistas.

La buena relación que cultivó con Rodríguez Alcaine, inscribió a Gamboa en el primer lugar en la lista de secretarios sustitutos, nombramiento que se hizo efectivo en 2005 —por disposición del líder nacional priista y precandidato presidencial Roberto Madrazo Pintado— cuando La Güera Rodríguez murió. Y Ricardo Aldana Prieto, tesorero del sindicato petrolero, confirmó algunas sospechas cuando descalificó la elección: “¿La verdad se me figura que fue un albazo. Ya había un acuerdo de cúpula?”. Fue ésta la segunda vez que Gamboa se alistaba para suceder a un líder cetemista cuyo periodo terminaba con la muerte, pues éstos —los de la confederación— sólo ceden la dirigencia cuando es necesario “salir de viaje con los pies por delante”.

Como lo advirtieron algunos académicos e investigadores de la UNAM: “La designación de Gamboa al frente tiene dos lecturas no excluyentes. Por una parte señala, de manera inequívoca, el poder que tiene aún la vieja cúpula sindical en la estructura corporativa del movimiento obrero mexicano, cúpula a la que algunos articulistas se refieren como ‘la gerontocracia’.

”Fueron diecisiete líderes que votaron en forma unánime y sin consulta a las bases, por un líder de 78 años que lleva al menos treinta de ellos al frente de una de las federaciones más importantes: la de los trabajadores del Distrito Federal que tantas dificultades planteó al gobierno de Andrés Manuel López Obrador en la Ciudad de México durante los últimos cinco años, y quien ya en varias ocasiones había sido considerado como el sucesor de Fidel Velázquez. La elección perpetúa la dirigencia de la élite ‘obrera’, que durante décadas ha acaparado los puestos de dirigencia y ha utilizado en provecho propio el poder derivado de su representación. A la vez, la incapacidad de las bases para reclamar un proceso democrático que cambiara los términos de la sucesión y abriera el tema a la discusión colectiva puede tal vez ser considerada como un síntoma elocuente de la falta de combatividad y compromiso de los sindicatos respecto de la gran central”.

Convertida en un aparato sindical donde los líderes no se renuevan, la CTM tiene una estructura muy grande en todo el país, pero el mecanismo democrático para elegir a sus dirigentes es el mismo, por aclamación, imposición y, una vez en el puesto, reelección tras reelección hasta que la muerte opine lo contrario. Con 78 años de edad y sin dejar su cargo en la Federación de Trabajadores del Distrito Federal, Joaquín se encumbró en la CTM para seguir con el legado de Rodríguez Alcaine: hacer de los trabajadores un fuerte brazo corporativo al servicio del PRI.

Lo primero que hizo fue acoger bien el triunfo de Felipe Calderón Hinojosa como presidente de la República, así como poner a su servicio la confederación y la federación, argumentando que tanto él como sus representados saben reconocer a las instituciones. “Acertado” en sus decisiones, se opuso, rotundamente, al proyecto de reforma para transparentar el manejo tanto de cuotas sindicales como de los bienes de los sindicatos, alegando que “si no se conoce la información es porque los trabajadores no la solicitan, pero abrirla a personas ajenas para cumplir reglas de transparencia no tiene sentido”.

En apariencia sus agremiados no estaban pidiendo cuentas, pero cuando exigieron que el presidente de la República tomara medidas para solucionar la falta de empleo y los bajos salarios, Gamboa salió en su defensa al declarar que superar la crisis económica que enfrentaba México de ninguna manera era responsabilidad exclusiva de la administración del presidente Calderón, sino de todos los sectores productivos del país.

En palabras quedó muy bien, lo que no pudieron entender los trabajadores cetemistas fue cómo hacerlo desde su precaria situación, la cual venía deteriorándose desde el periodo presidencial de Vicente Fox. Según datos oficiales, los contratos colectivos disminuyeron considerablemente en el periodo 2001-2006. En 2001 la Confederación de Trabajadores de México contaba con 4 mil 420 contratos colectivos de trabajo; 2 mil 130 en 2002; 3 mil 820 en 2003, puntualizando que de 2004 a 2006 la disminución se colocaba en un alarmante 36 por ciento, debido a que de los 2 mil 500 contratos que se llegaron a alcanzar en 2005 sólo quedaban mil 90 en 2006.

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