Selene

*

Miguel Alvarado

*

Se sentaba a fumar.

Pero escribía. Y fumaba.

Tenía en la mesa todas las cosas provenientes de todos los lados, unas inasibles, otras no.

Había plumas de todos los precios y un cajón a la mano con lápices de colores.

También una bolsa. No, dos bolsas, una pequeña y otra enorme.

También había una ventana abierta, no porque fumara sino porque entraban los gatos.

Había gatos. Sobre todo dos, que asistían a los sillones pidiendo antes.

En el patio, atrás, había un perro. Todavía está. Martina.

Ponía música. La quitaba, la volvía a poner. Al final la dejaba.

Preguntando ponía una palabra. La borraba. Volvía a ponerla.

Pero tenía enciclopedias a la mano. Prefería consultar libros antes que internet.

Y estudiaba. Pero no estudiaba las enciclopedias. Esas sólo las acariciaba, hojeándolas.

Porque quién estudia en las enciclopedias.

Olían, dijo una vez.

Y estaban impresas. Y eran reales, estaban encuadernadas y eso es arte.

No los libros de ahora, empastados apenas por una máquina.

Y tenían las palabras que otros habían usado, porque las enciclopedias eran antiguas, bien conservadas, unas de hasta 150 años.

Quién lo dijo, esto cómo lo dijo, decía preguntando. Y uno no sabía, casi siempre no lo sabía.

Pues está dicho. Lo puedo decir de nuevo. Entonces lo decía y así resultaba otra cosa.

Pero no estudiaba en las enciclopedias.

Para estudiar usaba tres libreros de pared a pared, donde había de todo.

Y hacía rayas pero no dibujaba, aunque lo hacía mejor que nadie.

No dibujaba en sus hojas por un asunto de orden, o quizás de distracción.

Entonces no dibujaba pero hacía rayas. Trazaba una, sobre todo, una curva y luego la misma curva pero espejeada.

No todo lo que escribía era bueno, pero todo se revisaba.

No todo lo que se revisaba era bueno, pero lo que era bueno lo era, incluso discutiéndolo, poniéndose en contra.

Porque las palabras eran un asunto personal. Todavía lo son y lo serán siempre.

Nada. Jung no tenía cabida. Pero de tarde en tarde el I Ching se consultaba.

Y Jung, un estudioso del I Ching, como un adicto al facebook, empequeñecía cuando estudiaba el I Ching.

Porque cómo.

Ella interpretaba el I Ching, y respondía. Porque hasta Jung lo tuvo que reconocer.

(Pero el punto es que escribía).

Llenó cuadernos, uno tras otro, pasándolos a archivos doc. o rtf.

Terminaba de fumar y comenzaba de nuevo.

Desde un punto o desde un espacio donde no había un punto.

Transcribió paciente, con dulzura y también con odio el A y la B de la enciclopedia. La que tenía 150 años.

Pero entonces escribía.

Traducía porque era una forma de escribir. Y luego de traducir publicaba. Porque para eso era su periódico.

Pero no se trataba de publicar. Aunque lo hizo.

Se trataba de escribir porque eso es una fuerza. Ni siquiera una herramienta.

Ella decía que era la fuerza única. Que no había otra.

Luego todo cambió, pero están sus palabras, la combinación de sus palabras. No todas son buenas, pero todas tienen poder, un poder que se desprende.

Hay un libro que se llama Últimos coros para la tierra prometida.

Allí están cuatro poemas.

Para unos no es importante.

Para ella lo sería, igual que para mí.

Pero el punto es que escribía. Y fumaba.

Escribía fumando, con la ventana abierta, pero no por el humo, sino porque había gatos.

Y porque su palabra, como los gatos, usaba las ventanas para ir y venir, sobre todo ir.

A diferencia de los gatos, las palabras, las de ella, siempre regresan.

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