El castigo de dios

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* El silencio se hizo más profundo y sólo después de unas horas el señor Gelasio (no estoy muy seguro del nombre), se asomó con mucha cautela, ya que vivía por el lugar donde se oyeron los disparos. Escuchaba sonidos de animales que comían como si fueran muchos puercos.

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Arturo López Vázquez

Toluca, México; 12 de agosto del 2015. Contaba mi abuela paterna, doña Nicolasa González, que en aquellos tiempos de la Revolución el pueblecito de San Juan Xochiaca, ubicado en una región montañosa del municipio de Tenancingo, Estado de México, pasó por tiempos muy difíciles. Cuando llegaban al lugar las tropas revolucionarias, zapatistas o carrancistas, se llevaban todo lo que podían; maíz, animales, mujeres jóvenes que en ocasiones eran todavía unas niñas de 14 y 15 años.

Mi bisabuelo, Eleuterio González, para evitar que ella y su hermana mayor, de nombre Elena, fueran raptadas por los revolucionarios, cada vez que se anunciaba que alguna de las dos tropas se aproximaba al pueblo, las escondía en el terrado de uno de los cuartos que tenía y que no llamaba la atención. Mi abuela Nicolasa, a quien yo siempre le dije “Nico” y rara vez le dije abuela, contaba con trece años y mi tía Elena con quince, aproximadamente.

Me decía Nico que en el pueblo había hambre, ya que la mayoría de la gente no trabajaba las tierras por miedo y algunos hombres se habían unido a los revolucionarios. Las cosechas de maíz que se lograban, muchas veces se las llevaban y la gente cortaba espigas del maíz para hacer una especie de masa y hacer tortillas, que eran consumidas únicamente con sal, salsa y frijoles cuando había. Cuando moría la tarde y comenzaba a oscurecer se daba un toque de queda y ya nadie salía por temor a ser acribillado y sólo se escuchaba el gemir del viento y el canto de los grillos, las ranas y otros animales nocturnos que en esa época eran muy variados y abundantes. Las personas del pueblo no podían andar libres por todos lados, ya que corrían el riesgo de ser confundidos con miembros de tropas enemigas y ser asesinados o fusilados sin previa averiguación; había un dicho muy popular entre las tropas que decía: “primero mata, después viriguas”.

Juan Pablo, del cual decía mi abuela nunca supo sus apelativos, era el único que podía andar por donde él quería, ya que era fiscal de la iglesia y lo respetaban tanto carrancistas como zapatistas. Por aquellos tiempos, el templo de San Juan Bautista estaba terminándose con el apoyo de mi bisabuelo Eleuterio y su hermano Casimiro, quienes eran los que tenían recursos y a quienes el pueblo entero llamaba “patrones”. Juan Pablo se trasladaba a la comunidad de Malinalco y con ayuda de unos burros transportaba frutas, verduras y algunos otros alimentos, los cuales comerciaba con los revolucionarios y con la gente del pueblo. Era muy conocido, también, por su vestimenta de calzón y camisa de manta complementada con un sombrero y un gabán de lana.

Contaba mi abuela Nico que una tarde de junio, cuando se contaba con una tregua ya de un  tiempo atrás y se acercaba la fiesta de San Juan, mi bisabuelo Eleuterio se trasladó al curato para hablar con Juan Pablo y acordar las actividades a realizar, pero se encontró con la puerta del curato cerrada por dentro, donde se apreciaba la tenue luz de una vela. Tocó varias veces pero nadie abrió. Como la tarde estaba en calma se sentó a la sombra de un árbol a esperar y después de un rato salió Juan Pablo, lo que sorprendió a mi bisabuelo, quien lo cuestionó.

– ¿Qué hacías encerrado y por qué no me abriste?

– Nada, patrón, me quedé dormido.

Mi bisabuelo, que ya había entrado al curato, observó una de las cajas de limosna entreabierta.

– ¿No te estarás robando las limosnas?

– ¡No, patroncito ¿cómo cree? ¡Ni lo permita Dios! -Después mi bisabuelo platicó con él un largo rato acerca de la fiesta de San Juan.

Mi abuela Nico contó que una noche que el viento silbaba con más fuerza, se oyó el toque de queda y después de unas horas apareció la calma cuando, de pronto, se escucharon descargas de máuser. Toda la gente se santiguó: ¡Dios bendito! ya mataron a alguien.

El silencio se hizo más profundo y sólo después de unas horas el señor Gelasio (no estoy muy seguro del nombre), se asomó con mucha cautela, ya que vivía por el lugar donde se oyeron los disparos. Escuchaba sonidos de animales que comían como si fueran muchos puercos. Platicó el señor, después, que tomó unas rajas de leña y quiso espantarlos, pero sólo lo voltearon a ver y el espantado fue él, al ver que los ojos les brillaban enrojecidos, como si fueran de fuego, por lo que se metió a dormir aunque ya no podía conciliar el sueño.

Al amanecer se escucharon las campanas doblar con un sonido lastimero y mi bisabuelo ya se había trasladado al lugar donde apareció el cuerpo de la persona que habían acribillado por la noche. Mi abuela Nico, que siempre andaba con él, cuenta que se quedó sorprendida y espantada al ver un esqueleto fresco y sin vestigios de carne. Era Juan Pablo, que sólo fue reconocido por su gabán y su sombrero.

Nunca se supo qué animales se lo comieron, ya que para ser perros habrían sido muy pequeños, según el testimonio sobre los animales que vio el señor Gelasio. Lobos no había por esta región, los coyotes eran también muy pequeños y él aseguró que eran grandes como osos. Cuenta mi abuela que por mucho tiempo esto generó temor y no se olvidaba fácilmente, porque la gente decía que había sido un castigo de Dios para Juan Pablo, porque se robaba las limosnas para comerciar y vivir bien, cuando la mayoría de la gente sufría por los efectos de la Revolución.

Esta historia me la contó mi abuela muchas veces, desde que yo tenía trece o catorce años, y cuando ya contaba con 35 años aproximadamente, la escuché una vez más. Siempre estuvo apegada a lo que contó por primera vez. Mi abuela falleció en marzo de 2014, a la edad de ciento cinco años, aproximadamente, pues en su acta no se aprecia bien la fecha de nacimiento.

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