La masacre de Zitácuaro: historia de dos secuestros

*

* Esta es la historia de los secuestros de dos hermanos, Juan Carlos y Janik Rodríguez, perpetrados por una célula de la Familia Michoacana que al mismo tiempo detenía y levantaba a un comando de la policía federal, los llevaba al campo y allí, luego de interrogar a los agentes, los condenaba a muerte. Los hermanos, al denunciar el secuestro y encarar a los culpables, desataron una venganza implacable, un reflejo de la violencia que en México sucede todos los días.

*

Miguel Alvarado

Zitácuaro, Michoacán; 5 de agosto del 2015. Daba de lleno el sol reventando la calle a la mitad del mediodía. Ella se apuraba en la soledad de su negocio, la clínica cosmetológica Sofiskin, en la calle de Cuauhtémoc 51, al poniente de Zitácuaro, Michoacán, bastión por años de los cárteles de las drogas de los Zetas, la Familia Michoacana y los Caballeros Templarios.

La vieron y calcularon que no tardarían ni cinco minutos. Esta es la historia de dos secuestros y una masacre de policías federales, pero también el relato de cómo los cárteles mexicanos de las drogas no han desaparecido, sólo mutado, engarzados ahora y de manera definitiva en las propias estructuras de gobierno de los tres niveles, desde donde se integra una supermafia donde políticos, policías, militares y sicariato trabajan de la mano, por los mismos objetivos.

Eran las doce, la mitad del día, más o menos, del 17 de agosto del 2013.

Janik Rodríguez Martínez, de 33 años, acomodaba algunas cosas en su clínica. Era la dueña y trabajaba allí desde hace cuatro años. Con dos licenciaturas, había vivido en Canadá y, ahora de regreso, intentaba que su centro funcionara mejor. Poco después de las doce llegaba una clienta, a quien Rodríguez tenía citada.

Pero esa consulta nunca sería. Las mujeres estaban adentro cuando dos autos se detuvieron junto al negocio. Uno de ellos tenía placas del Estado de México. A esa hora, sin ningún problema, cuatro hombres sacaron a Janik, amagando a la asustada paciente, quien minutos después avisaría al padre, el arquitecto Juan Carlos Rodríguez Marmolejo.

Eran las doce y media. El secuestro no había tardado ni cinco minutos.

Rodríguez Marmolejo avisó de inmediato a la policía municipal. Tenía testigos del secuestro, la propia clienta y una niña, quien se ofreció a describir a los hombres, que ni siquiera se molestaron en cubrirse los rostros ni quitar las placas a los vehículos. En la policía municipal lo atendió Silverio Sánchez Sandoval, subdirector de Seguridad Pública, y que ahora está detenido, desde el 2014, por la Procuraduría michoacana cuando fue relacionado, desde actividades de halconeo, con el hallazgo de 11 cuerpos hallados en fosas clandestinas localizadas en un predio de Ciudad Hidalgo, Michoacán.

– Silverio me dijo: “no, no pasa nada, luego la sueltan” –recuerda el padre de Janik, quien añade haber entregado todo los datos de los vehículos, los detalles que conocía hasta ese momento.

En su despacho, en el centro de Zitácuaro, el arquitecto narra por qué la chica fue secuestrada, pues no fue un hecho aislado, y tiene que ver con otro secuestro, el de su propio hermano, el 13 de noviembre del 2009.

– Mi hijo dio una parte del dinero que se le pedía, pero mi hija la llevó. Pero él, en lugar de seguirles dando, denunció a sus captores. Y esta es una de las pocas sentencias condenatorias que existen, pues agarraron a… cuando menos a uno sí lo condenaron.

Pero el plagiario no era cualquier delincuente. Se llama Nabor Pérez Chaires, identificado en la carpeta de Sentencia Definitiva, Proceso Penal 18/ 2011-II, y la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIS/186/2011 como “El Dieciséis”, “El Camaleón” o “El Nabor”, de 24 años de edad.

Era uno de los sicarios de la Familia Michoacana, detenido en Manzanillo, Colima, en enero del 2011, relacionado con los secuestros de los policías federales Juan Carlos Ruiz Valencia, Pedro Alberto Vázquez Hernández, Luis Ángel León Rodríguez, Bernardo Israel López Sánchez, Israel Ramos Usla, Jaime Humberto Ugalde Villeda, Víctor Hugo Gómez Lorenzo y el asesinato del civil Sergio Santoyo García. Los agentes fueron asesinados por otros sicarios de la Familia en un operativo en el que Pérez participó como vigilante.

Pérez Chairez fue condenado a 409 años de cárcel -aunque su pena fue reducida a 60- el tres de julio del 2014, y está preso en el Centro Federal de Readaptación Social número 5, en Villa Aldama, Veracruz. Una columna, “Plan B”, de la periodista Lydia Cacho lo recuerda: “en 2013 La Familia se ha fortalecido y opera en pequeñas células que se han repartido las regiones de los tres estados que controlan. Pero seguro eso ya lo sabe. Desde el Operativo Conjunto Michoacán, hasta ahora las fuerzas armadas y la Policía Federal han ultimado la vida de varios miembros y detenido a cabecillas. A todos se les interroga sobre la producción, trasiego y venta de drogas, sin embargo ha quedado oculto uno de los delitos que persiste con mayor crudeza en la región: el secuestro, violación y esclavitud de veintenas de niñas y adolescentes otomíes, purépechas, nahuas y mazahuas. La trata de personas de los cárteles mexicanos ¿le suena conocido? En 2010 gente de Nabor Pérez Chaires, miembro de La Familia, amenazó a Martina y a su esposo para que entregaran su tierra. Su hija de 12 años, oculta detrás de la milpa fue hallada por dos pistoleros. El jefe le dijo a Martina que esa niña era suya, porque Dios así lo quería”.

– A mi hijo le pedían 5 millones de pesos –recuerda el arquitecto- Entonces lo dejaron ir para que fuera a conseguir lo demás. Mi hijo dijo que sí, con tal de que lo soltaran, pero cuando lo hacen él estaba muy enojado y toma la decisión de presentar una denuncia. Tiene que comparecer mi hija, porque ella fue quien llevó el dinero y conoció a los secuestradores porque, también, no se tapaban la cara. Entonces los señaló. Y a raíz de eso empezó el juicio y llegó el rumor de que a todos los que estaban dentro del juicio los iban a matar.

Juan Carlos Rodríguez Martínez siempre quiso ser empresario y aunque no cursó estudios formales siempre estuvo involucrado en los negocios de aquel municipio. Abrió una discoteca, “La Terraza”, que pronto tuvo éxito, aunque poco después decidió cerrarla para abrir dos nuevas, “El Ate” y “Sunday”, junto con un bar, el “Green”.

El joven consiguió un contrato de exclusividad con la Cervecería Modelo, y también un préstamo por 500 mil pesos con esa misma empresa, que debía pagar en los siguientes tres años. El arranque fue prometedor y por un tiempo el joven pudo solventar sus proyectos. Pero una ola de violencia generalizada en Michoacán echó todo abajo.

Arnoldo Rueda Medina, el “Minsa”, era un narcotraficante de la Familia, pero también uno de sus principales operadores. Encargado de atacar bases policiacas de Lázaro Cárdenas, Zitácuaro, Huetamo, Uruapan, Maravatío, Pátzcuaro y casetas de peaje, “El Minsa” se vio perseguido por el ejército, que a mediados de julio del 2009 pudo apresarlo. El narcotraficante estaba al nivel de Servando Gómez, “La Tuta”, de Enrique Plancarte, “La Chiva”, o de José de Jesús Méndez Vargas, “El Chango Méndez”. Era tal su influencia que él decidía los jefes de plaza del Edomex, Colima, Guerrero, San Luis Potosí y Jalisco. Los ataques en Michoacán estuvieron sincronizados con acciones similares en el Estado de México y entidades donde la Familia tenía presencia y peleaba por territorio. El negocio del “Minsa” eran la cocaína, mariguana y las drogas sintéticas.

Sostener una empresa o un centro de diversión en las condiciones de inseguridad por las que atraviesa Michoacán es casi imposible si no se siguen las reglas. Pero esas reglas, el pago de piso y las extorsiones a las que los dueños son sometidos no pueden seguirse si la clientela es ahuyentada. El “Green” abrió, pero nadie iba, no como antes porque todos tenían miedo. Los ataques en Zitácuaro y la detención del criminal sólo desataron más violencia. Aquella ciudad era un retrato miniaturizado de una guerra invisible pero extendida por el resto del país. El hijo del arquitecto se sentó a ver cómo, en un mes, se pulverizaban sus ganancias, perdiendo las inversiones. Lo peor era que debía pagar los préstamos a la cervecería.

Una llamada desde la Subgerencia de la Modelo en Zitácuaro terminó por confirmar sus temores. El gerente de Ventas en ese entonces, Gustavo Sámano, le exigía el reembolso inmediato del medio millón de pesos, porque el negocio estaba cerrado. El joven, sin aliento, respondió que no podía pagar y pidió tiempo para reabrir el bar.

El arquitecto cree que quienes se llevaron a Janik fueron los mismos que secuestraron a su hijo.

– Sí, sin dudas. Y entre ellos incluyo al actual presidente municipal, Juan Carlos Campos Ponce, porque él tuvo diferencias con mi hijo después de no pagarle un grupo musical para sus campañas.  Después de eso, mi hijo fue secuestrado. El contralor, Gustavo Sámano Ruiz, es papá del novio de la hija del alcalde. Es el mismo que trabajaba anteriormente en la cervecería Modelo en la subgerencia de Ventas. Con él tuvo problemas mi hijo.

El 13 de noviembre una llamada al celular del joven revelaba el fondo del asunto. Un hombre, quien se identificó como “El Chundo” le hacía saber que “El Señor”, otro apodo de Hilario López Morales, el jefe de los capos en Zitácuaro, quería verlo en el estacionamiento del “Green”, por la tarde. Sin opción, acudió a la cita, a la que llegaron los narcotraficantes en seis autos. El joven reconoció al “Morsa”, otro de los jefes de plaza, y al “Lágrima”, sicario de la Familia. Allí, sin más, le pusieron una capucha negra, esposándolo.

– Llévenselo –dijo uno de ellos. Lo subieron a un Jeep rojo cereza y enfilaron para la localidad de San Andrés, en Zitácuaro. El joven pudo saber dónde estaba porque el celular registró la posición pero también porque reconoció el paisaje. Una casa abandonada sería el teatro grotesco del secuestro. El joven fue golpeado y hasta orinado. Después le preguntaron su nombre y direcciones. El interrogatorio apenas comenzaba. Posteriores investigaciones de la PGR revelaron que, al mismo tiempo, los mismos secuestradores detendrían a ocho policías federales, un eslabón más en la cadena delictiva de aquella célula narcotraficante.

Dos sicarios, “El Morsa” y “Don Pit”, grababan al joven desde un celular mientras le decían que el secuestro era porque le debía a la cervecera. El joven entendió que el empleado, Gustavo Sámano, habían contratado a la Familia Michoacana para finiquitar aquella deuda.

Encadenado y golpeado con un martillo, pellizcado con pinzas, permaneció cautivo cuatro días, y el pudo enterarse de que el 15 de noviembre los sicarios hablaban con Janik, la hermana, y con la madre. A ellas “El Morsa” les escupía la exigencia: estaba secuestrado, el rescate sería por 5 millones de pesos. A ellas las citaron un día después, en la gasolinera La Perica o La Cotorra, a la entrada de Zitácuaro.

– No tenemos esa cantidad –dijeron las mujeres, aunque después los secuestradores aceptarían 100 mil pesos para dejar libre a su pariente, a condición de que consiguiera el dinero restante. Hilario  López Morales le dio un mes al secuestrado para completar el rescate.

Juan Carlos Rodríguez Martínez escapó de la región, exiliado él mismo, cambiando de ciudad cada temporada para evitar ser descubierto. “No me interesa que se detenga a mis secuestradores, sino que la información que yo estoy aportando sirva para limpiar Zitácuaro de estas personas y apoyaré a la autoridad para detener a estos sujetos, pero exclusivamente con esta finalidad, por lo que no quiero se moleste a mi madre ni a mi hermana”, expresaba a la PGR Rodríguez Martínez, quien aseguraba que por sus negocios, pues también contrataba grupos musicales, conocía a algunos de ellos, que funcionario del ayuntamiento eran sus clientes y que los de la Familia habían asumido la parte del cobro, en contubernio con las autoridades.

Nabor Pérez Chaires fue reconocido como uno de los que participaron en el secuestro. La investigación de la PGR lo identificó, pero también al resto de aquel sicariato. El secuestro del joven tuvo, al menos, una utilidad. La autoridad pudo ratificar la radiografía de la Familia en Zitácuaro, ampliar el esquema de esa organización, que incluía un batallón de halcones para vigilar patrullajes y desplazamientos de federales y militares pero, además, se pudo detener a algunos.

– A mi hija le dije que se fuera un tiempo, por las amenazas de muerte. Se fue a Canadá pero se confió, yo siento que se confió porque ya cuando se vino ni me avisó. Le dije que veía muy peligroso todo, pero… bueno.

*

II

La PGR describía al “Dieciséis” como nacido en 1986, casado, católico, estudiante hasta el cuarto semestre de preparatoria, mecánico, con un ingreso de 3 mil pesos mensuales, ni alcohólico, fumador ni drogadicto. Sin tatuajes.

Nada de eso, sólo era secuestrador, homicida, sicario de la Familia Michoacana.

Janik, la hija del arquitecto, declaró ante la PGR sobre el secuestro de su hermano el 26 de enero del 2011. Ella precisaba que el 13 de noviembre del 2009 notó la ausencia de su hermano, quien no le contestó el teléfono. Fue hasta el 15 de ese mes que recibió una llamada al celular, desde el número del hermano. La voz de un hombre, con el tono de los que viven en Tierra Caliente, le informaba que tenían al joven “por un asuntito pendiente” y que debía juntar dinero.

El 16 de noviembre Janik y su madre fueron citadas en la discoteca El Ate, a las tres de la tarde. Allí las esperaba una camioneta Jeep Cherokee blanca, con placas del DF. Un hombre se les acercó, identificándose como el negociador para el rescate del hermano, quien debía pagar porque tenía un adeudo con la cervecera. La madre propuso entonces que lo soltaran y a cambio se la llevaran a ella, pero el hombre le dijo que ellos no se metían con mujeres, sugiriéndoles que vendieran sus propiedades para poder pagar. La madre también propuso entregarles La Terraza, otra de las discotecas, a cambio, pero aquello fue rechazado. Un día después fue el propio hermano quien contactó con Janik, para decirle que reuniera 100 mil pesos, pues con eso lo podrían liberar y así él reuniría el resto.

– No se preocupen por él –les dijeron a las mujeres- Tiene las tres comidas.

*

III

Janik siempre dio la cara ante los secuestradores. Fue ella quien recibió las pertenencias de la víctima y quien consiguió el dinero, ayudada por un pagaré que el propio Juan Carlos le hizo llegar  a través de los sicarios. Pudo juntar 110 mil pesos, que entregó a la Familia en la discoteca El Ate, en la calle de Joaquín Amaro, en la colonia El Moral. El intercambio del dinero resultó tenso, pues los secuestradores dijeron al principio que eso no era para liberarlo. La madre les dijo entonces que no les darían nada. Después de llamadas a celulares, los secuestradores aceptaron. Sin embargo, después de partir, Janik se dio cuenta de que no les había entregado todo lo que había juntado, pues uno de los fajos se había quedado en su bolsa. Volvió a llamar al sicario para decirle, y conseguir una nueva reunión por la noche. Al final ese descuido sirvió de mucho, porque apareció la misma camioneta blanca, pero esta vez el hermano iba en ella. El canje se realizó sin problemas. Ya libre, Juan Carlos reveló que el hombre que hacia las negociaciones era Pablo Serrato García, “La Morsa”, y que iba acompañado del “Cupra”, José Iván López González.

*

IV

José Iván López González, “El Cupra” fue detenido posteriormente y revelaba ante la PGR la estructura de la Familia en Michoacán. Él mismo afiliado al crimen desde Apatzingán, “porque no pudo conseguir trabajo”, tenía a su cargo la contabilidad de los crímenes cobrados. Así, esa célula en Zitácuaro quedó al descubierto: Hilario López y después Pablo Serrato como jefes máximos de plaza; “Don Piter” como el segundo y “El Lágrima” como encargado de operativos. El responsable de informar actividades era “El Márgaro”. Había también un responsable de extorsionar a madereros y cobrar pagarés, “El Niño”, a quien Nabor Pérez sustituyó. También controlaban la piratería y hasta cobraban cuotas sobre máquinas tragamonedas, e intervenían en eventos públicos y servicentros. El inmenso negocio involucraba cuotas a tianguistas, taxistas y transportistas, patrullajes, levantones, ejecuciones, secuestros, tráfico de inmigrantes a EU y extorsiones contra agricultores de poblados cercanos como Guanoro, La Palma, Encarnación y Laureles, donde además obligaban a los campesinos a trabajar para la organización como halcones.

La Familia había encontrado en los esquemas empresariales una fórmula para hacer dinero desde el terror, en el submundo de una economía sicaria. Ese organigrama abría las puertas a militares y desde la declaración de detenidos, en Zitácuaro había al menos cinco de ellos: el “Moroleón”, “Tláloc”, “Pájaro”, “Oso” y “Cabildo”.

Otro sicario, Carlos Atghizri Hernández Dávila, el “Márgaro”, refieren las alianzas y protección de la policía municipal, como las pactadas con Dante Híjar Romero, director de Seguridad Pública en Zitácuaro, aunque lo mismo pasaba con directores policiacos de los municipios aledaños.

El propio Pérez Chaires confirmaba pagos a mandos policiacos por 55 mil pesos mensuales y 85 mil pesos para directores de la Procuraduría michoacana, mientras que para la AFI las entregas eran por 100 mil pesos al mes. Todo a cambio de protección.

Había nóminas quincenales registradas puntualmente y que echaban por tierra la creencia de que el narcotráfico paga bien. “El Cupra” reveló que los montos mensuales ingresados alcanzaban unos 2 millones de pesos y que los dividían en sueldos, reparación y compra de autos y mercancía robada. Desde Zitácuaro se planeaba la entrada de la Familia hacia el Estado de México y un comisionado, el “Rivas”, se encargaba de abrir plazas en Atlacomulco y Jilotepec, donde comenzó a secuestrar. También se puso al descubierto una escuela de entrenamiento en el manejo de armas y supervivencia, que se impartía en el pueblo de Guanajuatillo, Apatzingán, y que duraba tres meses.

Los sueldos para los integrantes no correspondían al riesgo, aunque había aguinaldos y hasta un bufete de abogados para libera a los detenidos.

En el 2009 la Familia pagaba 15 mil pesos mensuales a encargados.

Para los de operativos, 6 mil 500 a 4 mil 500 pesos.

Los halcones ganaban mil 500 pesos semanales.

Había que hacer méritos, como en todas las empresas.

*

V

Christian Rodríguez Hernández, El Pato” era un empleado de la Tesorería en el ayuntamiento de Zitácuaro. Estaba en el archivo muerto y ganaba 2 mil 800 pesos mensuales, que apenas le alcanzaban para sobrevivir. Pero bastaban, eso sí, para acudir de vez en cuando a la discoteca El Ate, donde conoció a “El Primillo”, Osiel López, quien no se andaba por las ramas exhibiendo dinero y camionetas. Una noche el “Pato”, ya seducido, le pidió trabajo. Osiel le dijo que abriría un autolavado, Martinazo, y que podía ser encargado por mil pesos semanales. No era mucho, aunque sí más de lo que ganaban en el archivo muerto. Sin saberlo pero sospechándolo, ese negocio pronto fue, para Rodríguez Hernández, una cuestión de vida o muerte.

Rápidamente se dio cuenta de quiénes acudían al lugar. La crema y nata del narco era clientela del Martinazo. Allí se lavaban el BMW convertible gris, el Audi A4 y la Hummer H3 blanca del “Gato”; la Nissan X-Trail negra del “Lágrima”; la RAV4 Toyota del “Sonrics”; el Toyota guinda del “Ponce”; las Mitsubishi del “Rivas”. Allí se platicaba abiertamente de levantamientos y extorsiones y ellos, siempre vestidos de negro, armados, con chalecos tácticos, blindados y a veces con logos de la AFI, no tenían problema en exhibir quiénes eran. Al “Pato” le dio miedo pero cuando presentó su renuncia, ésta fue rechazada.

– Ya no se puede. Ya sabes mucho. Si te vas, algo puede pasarle a tu familia.

El “Pato” fue asignado con el “Chip”, experto en halconeo, quien le enseñó todos los puntos de vigilancia y lo entrenó para que los soldados y la policía no comprada no lo detectaran. Le dieron un auto, un Jetta, equipo de radiocomunicación y le subieron la paga. Ahora ganaba 6 mil pesos mensuales. También ubicaba a delincuentes ajenos a la Familia, reportándolos para que los levantaran y ejecutaran o, al menos, integrarlos a la empresa.

En noviembre del 2009, en la misma fecha en la que el hijo del arquitecto estaba cautivo, una camioneta con personas armadas pasaba por Zitácuaro. La red de halconeo la detectó milimétrica desde la caseta de peaje de Lengua de Vaca, donde trabajaba alguien de la Familia y, en pocos minutos, un grupo de choque, que tenía su base de operaciones en el poblado de Benito Juárez, fue enviado para investigar. Nadie sabía que hacía en la región aquel comando, y ni siquiera una llamada a la AFI local, por parte de los sicarios, pudo aclarar aquel misterio.

“No, no son de los nuestros, pero tal vez sean Zetas”, fue la respuesta de los agentes que protegían a la Familia.

A las dos de la tarde el “Pato” vio pasar la camioneta y detrás de ella dos vehículos de la Familia. Él mismo se unió a la caravana, en realidad una armada integrada por “Lágrima”, “Tláloc” (identificado como ex militar), el propio “Don Piter”, “Pato”, “Sonrics”, “Márgaro”, la misma “Morsa” y “El Cupra”, quienes interceptaron al vehículo en una gasolinera, “Las Cuatas”, cuando se abastecían. Parece imposible poder detener a un grupo así, pero los sicarios habían desarrollado sus propias tácticas, las más simples, las más efectivas y los federales nunca pudieron usar sus AR15.

– ¡Bájense, hijos de la chingada! –gritaron los sicarios.

“Llegan las camionetas de mis compañeros y se colocan en ambos lados de la camioneta azul, de la que descienden varias personas que se empujaban y con las armas en sus manos. En ese momento mis compañeros les apuntan con sus armas y las personas de la Suburban azul comienzan a gritar que “¡somos federales!”… entonces rodeamos a los federales y los desarmamos completamente y les quitamos las cintas de sus botas, amarrándoles los pies y manos y con su propia camiseta le cubrimos la cara para subirlos a su camioneta Suburban. Como la gente se espantó, “Don Piter” comenzó a gritar: ‘¡agarramos a una banda de secuestradores!’”.

Así de fácil. Sin disparar un tiro.

Con los federales en su poder, los sicarios tomaron rumbo a Piedras de Lumbre en Zitácuaro, donde los jefes llegarían y darían instrucciones. Media hora después aparecía el “Gato”, junto con otros, para comenzar un interrogatorio que, de pronto, parecía, terminaría en un acuerdo. Antes, los policías serían cambiados de camioneta. A las cinco de la tarde llegaban al cerro de La Coyota, donde los bajaron para tomarles fotos, entrevistarlos formalmente, videograbarlos. Los levantados dijeron que se harían cargo de la seguridad pública en Ciudad Hidalgo, pero que además realizarían labores de inteligencia e infiltración en Zitácuaro. El “Gato”, de 1.60 metros, ojos verdes y barba cerrada, era un hábil negociador y pronto consiguió que los federales cooperaran. Pactó con ellos protección pero, realizada la parte más fácil, debía ahora avisar a sus propios jefes. Tomó el celular, alejándose unos metros de los policías. La plática duró poco. El “Gato” volvía, con el semblante de piedra, dando la orden.

– Dénles piso –fue lo que dijo.

“Los llevamos a más arriba del cerro y en ese lugar se les ordenó a los policías sentarse en fila”, dijo el “Cupra” en declaración a la PGR, inscrita en los autos del proceso penal 18/2011-II, con fecha del 30 de abril del 2014.

Se escogió lo más alto porque había luna llena. Los policías fueron sentados mientras “Don Piter”, “Morsa”, “Sonrics”, “Lágrima”, “Italiano”, “Huesos”, “Pato” y “Chundo” les avisaban lo que iba a pasar.

– Ya se los llevó la verga –les dijeron, mientras cada uno apuntaba a la frente de un policía, que suplicaban que no los mataran.

Uno de los federales, hincado ya, le dijo uno de sus compañeros:

– Gracias por estar conmigo en las buenas y en las malas.

La reacción de “Don Piter” fue una y sólo una. Lleno de ira, tomó el arma, una Pietro Beretta que le había quitado a un federal, colocándole al policía una bala en la cabeza.

– ¡Esto es para que sientan lo que sintió mi compadre el “Minas! –gritó el sicario.

Eso desató la masacre.

*

VI

El “Gato” había dado la orden para que mataran a todos. “Lágrima”, “Chundo, “Italiano”, “Sonrics” y “Márgaro” dispararon al mismo tiempo. El “Pato”, por su parte, buscaba las carteras en los bolsillos de los muertos pero los demás, enojados o algo, le reclamaron exigiéndole que ejecute. Él, según su declaración, dispara contra el cuerpo de un muerto luego de fingir, quién sabe cómo, que su pistola se ha trabado. El “Gato” lo reprendió, enviándolo por llantas para hacer una pira. El “Pato” regresó a Zitácuaro y de una vulcanizadora extrajo 25 llantas, que cargó en una Ranger. Mientras, en La Coyota, todo era actividad. Los sicarios buscaron maderas, ramas para armar fogatas y quemar allí los cuerpos, a los que además se les rociaría con sosa cáustica. Pero no sería tan fácil, así que comenzaron a destazarlos. Brazos y piernas, a machetazos, fueron separados de los torsos, que metieron a bolsas que al final tiraron en la Presa del Bosque a las seis de la mañana, en el lugar de recreo de los habitantes de Zitácuaro. Igualmente, las cenizas y restos carbonizados fueron recogidos en una cubeta y arrojados al agua. El febrero del 2010 el “Pato” fue detenido por federales, cuando reclamaba su quincena al “Cupra”, quien contaba el dinero de la nómina.

– Para llevar a cabo tales actividades se contaba con el apoyo de diferentes directores de Seguridad Pública de las regiones de Tuxpan, Ocampo, Angangueo, de los cuales desconozco los nombres, el cual consiste en que no se nos detenga cuando llevamos a cabo las actividades que he mencionado –dijo luego el “Cupra” a la PGR.

Después se supo que la Suburban azul 1996 donde viajaban los federales era rentada, tenía placas del Estado de México y que la habían pagado los mismos policías para trasladarse del DF a Michoacán. Habían salido a las 12 del día del 16 de noviembre del 2009 del Centro de Mando de Iztapalapa, esperando hospedarse en un hotel de Ciudad Hidalgo. La Suburban regresaría a México. En vez de eso, los restos de los policías se perdieron en las aguas y la Suburban fue desmantelada en Zitácuaro, en el deshuesadero El Chilango, dedicado a vender autopartes robadas.

Estos eran los personajes que la familia Rodríguez Martínez enfrentaba.

*

VII

Nabor Pérez Chaires, principal acusado del secuestro de Juan Carlos Rodríguez Martínez, afirmaba a la PGR que el joven debía dinero, además del que reclamaba la cervecera, a la propia organización de la Familia, pues le habían ayudado a pagar una deuda adquirida cuando se realizaba la Feria de Zitácuaro. El joven había conseguido un grupo musical para la campaña del actual alcalde de esa ciudad, el priista Juan Carlos Ponce, quien al final se negó a pagar ese servicio prometiendo que lo haría cuando asumiera. El joven no tuvo más remedio que pagar a los artistas de su propia bolsa, pero tuvo que pedir, al mismo tiempo, un préstamo.

Pérez Chaires se reclutó con la Familia Michoacana en el 2008. Comenzó desde abajo, como halcón, con un salario de 4 mil pesos quincenales. Pronto, gracias más a la necesidad de la organización que a las habilidades propias, Pérez fue ascendido a cobrador de renta de los aserraderos, ganando 7 mil 500 pesos quincenales.

Su currículum, como integrante de los cuerpos de choque, es otra cosa. Pérez participó en los ataques a los cuarteles de la policía federal de Zitácuaro, en noviembre del 2009, donde acribillaron las oficinas con cuernos de chivo; estuvo en la emboscada contra un convoy de federales, en junio del 2010, sobre un puente en la carretera Zitácuaro-Toluca, donde además bloquearon accesos terrestres y quemaron camiones de pasajeros. En esa acción, 35 sicarios al mando del “Morsa”, Pablo Serrato Magaña, mataron a 12 policías.

Nabor siempre negó haber participado en el narcotráfico.

La PGR identificó, como secuestradores de Juan Carlos Martínez Rodríguez, al “Morsa”, a Nabor Pérez, al “Cupra”, al “Lágrima”, al “Pato”, a “Don Piter”, al “Chundo”, al “Hielos” y, por supuesto, al “Gato”. De manera increíble, por fin un proceso judicial terminaba en sentencia condenatoria para los culpables, a quienes además se les probaba el delito de delincuencia organizada desde el cártel del narcotráfico de la Familia Michoacana.

Porque Juan Carlos Rodríguez Martínez los había identificado plenamente y sostuvo los careos correspondientes hasta que un juez dictó a Pérez Chaires 409 años de cárcel, reducidos desde la lógica jurídica a 60 y pagar 791 mil 625 pesos como reparación a  los afectados.

Para Juan Carlos Martínez y su familia, volver a sus vidas resultó una tarea ardua, imposible. El empresario intentó retomar el negocio de los bares y discotecas, en el 2010, pero a finales de agosto del 2012 uno de sus establecimientos, el Green, recibía la visita de sicarios que lo buscaban abriendo fuego. Los guardaespaldas asignados por la PGR a Martínez cayeron muertos de manera instantánea pero el joven salvó la vida porque no estaba en el lugar.

Un testigo narra aquella noche: “pues te digo que un sábado, cuando ya estaban en el Green y el hijo en El Ate, llegaron, me imagino que por él, pero al no encontrarlo dispararon y mataron a dos de los guaruras enfrente de la señora y la chica. La señora estaba histérica, les dieron balazos en la cabeza a los chicos, estaban de espaldas a la puerta”.

Los custodios eran federales ministeriales. Además hubo un tercer policía herido, junto con dos asistentes. Ese fue el saldo después de 17 disparos de armas calibre .38 Súper y 9 milímetros.

“Los AFI fallecidos fueron identificados como Marco Antonio García Álvarez, de 40 años de edad, quien tenía seis lesiones de proyectil de arma de fuego: tres en el brazo izquierdo, una en el cuello y dos en la rodilla izquierda; y Juan Carlos Olvera García, de 35 años, quien presentaba dos heridas de bala en el abdomen”, decía una crónica de la Agencia Esquema de Michoacán.

*

VII

El secuestro de la joven Janik Rodríguez Martínez volvió a cambiar la vida de la familia, especialmente la del padre, el arquitecto Juan Carlos Rodríguez. Divorciado y distanciado del hijo empresario, se ha dedicado a buscar a la chica sin éxito, pero también sin contar con la ayuda de autoridades.

Incluso, recuerda, una vez los secuestradores o quienes dijeron serlo lo citaron en un paraje para que entregara una cantidad de dinero por ella. Un cambio de planes le avisaba que debía seguir hasta Apatzingán.

– Se rompió aquel contacto –dice el arquitecto, quien desistió de seguir en aquella ocasión porque no había condiciones mínimas de seguridad para él- Mi hijo hizo indagaciones, pero no me decía claramente cómo estaban las cosas. En el DF, a donde me fui, acudí a Atención a Víctimas pero todo fue muy disperso y no se concretaba nada. Finalmente quise hacer público el secuestro de mi hija en Zitácuaro, porque había muchas versiones acerca de su ausencia, pero tampoco puedo tener la certeza de que la mataron.

Un dirigente municipal panista se ofreció a ayudarlo, pues era amigo de la chica y arregló una entrevista con uno de los involucrados en los secuestros de la región, a quienes el arquitecto identifica como parte de La Maña, organización criminal ligada con la autoridad y que también implica a narcotraficantes, a los que patrocina con dinero, celulares y hasta motocicletas.

– Están mezclados –dice el arquitecto-. Son policías, funcionarios municipales e incluso el alcalde priista de aquí, Juan Carlos Campos Ponce, es parte de La Maña. El Ministerio Público federal está totalmente cooptado. Aquí los Orihuela (la familia del político Chon Orihuela, ex candidato del PRI a la gubernatura de Michoacán) son los que controlan todo. Incluso oficinas públicas están en propiedades de ellos.

El contacto de La Maña recomendó que antes de hacer cualquier negociación debía exigir escuchar a su hija. El consejo era útil, pues en ocasiones anteriores le habían puesto grabaciones con voces falsas. Los contactos del arquitecto dijeron que quien podía tener información real sobre Janik era Enrique Plancarte, uno de los narcotraficantes más poderosos de Michoacán, pero su muerte cerró aquel camino.

– El día que secuestraron a mi hija, también desapareció su mamá, pero en ese caso ya no me metí –cuenta el arquitecto- pero mi hijo es quien denunció lo de su mamá.

Las declaraciones y ratificaciones de Janik en contra de los sicarios de la Familia Michoacana fueron determinantes para que fueran apresados. Janik no era cualquier testigo, sino, más bien, fue clave en el desmantelamiento de aquella célula. Según el arquitecto, la organización de la Feria de Zitácuaro está a cargo de La Maña, a través del grupo de Enrique Plancarte. Para él, que la Familia Michoacana se haya desintegrado sólo significa que el crimen en Zitácuaro cambió de manos.

– Por ejemplo, hay un tipo a quien llaman el “Mamer”, Roberto Abouchard, de una de las familias más conocidas en la ciudad. Ese Roberto traía de secretario al “Morsa”, el asesino de los federales, pero se cree que estaba apadrinado por Plancarte. Hablé hace más de un año con un subprocurador que venía del Edomex, José Ramón Ávila Farca, dedo chiquito de Ricardo Castillo, pero al salir casi me secuestran. Le conté el caso y primero me dijo que no había problema, pero saliendo…

– Entonces usted está solo…

– Yo decía que hiciéramos un movimiento. Hay muchos secuestrados pero los parientes no le entran por temor. Incluso mis hermanos, que querían que me fuera.

– ¿Usted culpa directamente al alcalde de la desaparición de Janik?

– Como parte de La Maña, sí. Tengo una denuncia en la que querían meter a la cárcel a mi hija. Era una chicanada. Entregan tres citatorios y si al tercero uno no se presenta, van por ti. A ella nunca se los entregaron, pero alguien avisó y fuimos al MP. El jefe dijo que nos atenderían para aclarar pero se desapareció, nadie pudo o quiso atendernos. Después de eso, la secuestraron. El MP está con ellos. También se metieron a robar a mi casa, todos mis documentos, pasaporte, cédula, hace un año. Una cámara grabó a los culpables pero los MP obstruyeron todo. Luego me carearon  con unos, que al final me agredieron, es muy difícil. Hice un juicio público ciudadano al alcalde Campos, haciéndolo responsable de la seguridad de los civiles, y hay una denuncia formal de una arquitecta, Verónica Loaiza, sobre los moches en obras públicas. Y sobre Sámano, se le demanda por usurpación de profesiones, porque firma como contador cuando no lo es.

El arquitecto está solo, pero también el resto de los afectados en aquella ciudad por el narcotráfico y la corrupción. Una foto detrás de su escritorio lo acompaña en el día a día, trabajando en el despacho de avalúos que encabeza. En esa imagen, una joven bonita, morena, de pelo largo, observa a quienes entran.

Lo observa todo, como si estuviera esperando.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Calendario

  • Buscar