El caso de tortura de Enrique Hernández

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* La cárcel municipal de Tenancingo, en el Estado de México, es un microespacio donde se arraciman hasta 200 presos, todos ellos confesos mediante tortura. Esta es la historia de Enrique Hernández Mercado, un joven acusado de violación por el director  de la policía de Coatepec Harinas, Arturo Hernández Ayala y obligado a firmar hojas en blanco como parte de su declaración. Lo condenaron a 47 años, pero esto no es nada raro en los sistemas penitenciarios del Estado de México y del país. Aquí, en esta cárcel, hay más inocentes que culpables purgando por delitos que no cometieron.

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Miguel Alvarado

Tenancingo, México; 12 de agosto del 2015. Cómo dicen adiós a todo, a casi todos. Cómo se paran enfrente oteando las casas, los tejabanes, imaginándolos. El cielo azul se mira incluso en los ojos de los policías, ensartado en la profunda oscuridad.

Pero también el cielo está envuelto en el papel periódico donde meten la droga. Cada fumada cuesta una mutilación, un chorro de sangre, no se sabe si colombiana. Y uno piensa que lo mismo pasa con la Coca-Cola, los balones del futbol, los vuelos a Nueva York o Bogotá, las escalas en México o los apuros en Detroit, tan iracundo y abandonado. No se puede cancelar, evitar el robo, vivir como otros dicen, a veces pisando presidio. El cielo no es este trozo que se asoma entre los muros de la cárcel. Está más abajo, en las mesas donde ni sentado siquiera se platica simulando que no se ama.

Otro allí dice que dios habita en las pérdidas.

No importará que las puertas se abran porque no se irán. No hay a dónde cuando la familia no puede. Esa imagen, la familia huyendo, dura para siempre.

Entonces da lo mismo suicidarse que estar preso.

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II

“Orita ya pasan. No se enojen. ¿Pa’ qué se enojan? El que se enoja pierde”, dice a las mujeres formadas uno de los custodios. Se les queda viendo como si entrar a ver procesados, sentenciados sea un premio que, luego de más de dos horas haciendo fila, se ganen por pacientes.

El policía toca a la puerta verde de lámina, que ni siquiera tiene un metro y medio de ancho. Una mirilla se levanta y alguien quita los cerrojos desde el otro lado, abriendo. Antes de entrar, se toca la gorra arreglándose el uniforme negro, segando inapto arrugas que no existen. Es sábado y huele a comida. Es sábado y es lo que es: aquí es el día de las visitas.

El guardia echa una última mirada a las mujeres. Aprieta los puños, endureciendo la cara y entra. Algo ve que lo incomoda. Estirada la mano, lo captura el inasible sudor. La puerta de la prisión simboliza pero sólo alcanza para acerrojar la sola entrada, la salida imposible. Pegados a las paredes, carteles inmensos detallan las prohibiciones que incluyen alimentos, dinero y aparatos electrónicos. Una piña, por ejemplo, no puede pasar porque fermenta. Tampoco los pantalones negros ni las libretas o las plumas, aunque sí los televisores portátiles. En cambio, el tráfico de drogas representa la máxima economía en esos adentros, controlada por custodios y mandos policiacos.

El 18 de junio del 2015 un cateo de militares y la policía estatal recolectó una punta metálica, un celular, dos teles, seis radios, tres sartenes, dos licuadoras, nueve planchas y 112 discos.

Los reclusos se queda mirando el concreto que sirve de mesa comunitaria. Hoy habrá chicharrón fresco, pollo rostizado cortado en trozos. Tortillas y un refresco de naranja serán alimento de casi todos aquí, en este caldo infrahumano cocido a 35 grados, hacinamiento de las horas de visita, siempre un desencuentro aunque no más fuerte que el amor.

Y percibimos.

En abril del 2010, se fugaron ocho reos, a quienes se les relacionaba con la Familia Michoacana. Esa fuga incluyó un agujero en la pared, que les abrió paso por un hotel vecino, en construcción, y de ahí a la salida, donde los esperaban tres autos. Pero evadirse no es una opción para todos.

Se llama Enrique y le falta un dedo que, dice su hermana, se cortó trabajando.

Este es el Centro de Readaptación Social de Tenancingo, en el Estado de México, que dirige un funcionario llamado Miguel Ángel Correa Peralta.

La cárcel, pues.

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III

Ubicada en el centro de la cabecera municipal, forma parte del mismo edificio que ocupa el ayuntamiento. No hay ninguna separación y presos y empleados públicos comparten la misma construcción. Los reos, todos, son pobres y casi nadie tiene para un abogado. Más de 70 por ciento debe resignarse a la defensoría de oficio, que en condiciones de miseria significa la pérdida del caso.

Afuera. Bueno, hace calor afuera y en la plaza central se reúnen los familiares. Allí descansan un momento, en la sombra libre antes de plantarse en las puertas de la cárcel. Revisan la comida, preparan credenciales, los permisos. Es un día de fiesta porque los verán, pero también el más triste porque no debieran pasarlo allí, ni ellos adentro porque el 80 por ciento de los encerrados es inocente o su proceso tiene errores graves. El penal tiene una capacidad para 120 usuarios, y hace cinco años el gobierno del Edomex reportaba una sobrepoblación del 68 por ciento.

Dos palabras identifican a los cerca de 200 reos que habitan, si se puede el término, en este penal: la tortura.

Eso, porque a los que son inocentes no los acusa nadie, pues la misma policía los ha usado para justificar crímenes de otros o estadísticas oficiales: les han fabricado una escena poniendo todos los elementos, los arman, con todo y falsos agraviados. Los familiares que se ha arriesgado a contratar un defensor terminaron estafados. Ninguno ha salido gracias a un abogado, que exprime la angustia para esquilmar lo más que pueda.

A la cárcel se entra por la puerta verde, que conduce a un patio enclavado justo en el centro de aquellos muros. Antes habrá que pasar los controles, fronteras salvajes que pretenden ser civilizados pero no. Respeto es lo único que no se consigue cuando el policía que toma los datos, la mujer que revisa a los visitantes les huele todo, aun con la premura. ¿Qué se puede meter, que no se den cuenta? Prácticamente cualquier cosa, si uno paga el precio, comenzando por los propios visitantes. Si alguien ajeno a la familia quiere entrar, puede pasar por 200 pesos si los guardias están de buenas y hubiera un comandante que autorice.

Guadalupe Hernández Mercado, de 40 años, ha visitado a su hermano cada semana, desde hace dos años y tres meses, cuando llegó al penal, acusado de violación y sentenciado luego a 47 años de cárcel. Madre soltera, se sostiene vendiendo elotes y dice que su familiar estaba con ella cuando sucedió el delito.

– No pudo ser él porque no coinciden los horarios que dan los acusadores. Lo están incriminando por una venganza –dice ella, con la mirada fija en la calle Madero, frente al palacio municipal.

Tiene los ojos cada día más tristes y formada ahí ha recorrido los controles una y otra vez, sometida, sin opción. La puerta se ha abierto, dejándola pasar, junto con otros visitantes, que cargan lo mismo que ella. El pollo, el refresco, las tortillas, ese menaje convive en un espacio de menos de cinco metros cuadrados donde niños corren o se someten a las faldas de las madres, que cómo explican que esto es un presidio.

El grupo pasa la primera reja pero el resto del camino es una bajada, agujero desfondado transformado en puertas, tres más, y en policías que adentro tienen el poder absoluto.

– Qué milagro, qué milagro que se deja ver –dice uno de los guardias en una puerta, mientras se recarga en el enrejado, acercándose.

– Pues ya ve -dice ella, con los ojos más tristes, más abiertos todavía. Ella, que ha ido siempre, se traga el asecho por milésima vez.

Pues ya ve.

El camino termina por franquearse. Mujeres y niños avanzan de nuevo, superando ese encapsulado, saliendo al aire donde los reos, de playera blanca y uniforme café muy claro, deambulan por el patio, de unos 30 metros cuadrados. Otra puerta, la de talleres, se abre y por allí el contingente de familiares debe entrar. Los de café están sentenciados y a esos no les toca visita, pero ven de lejos y chiflan. Cómo es la cárcel que ese aire parece libertad, aunque para ellos, los encerrados, ésa no se encuentra allí, ni tampoco afuera.

Las puertas se abren. Las mujeres y sus niños avanzan.

Esto no es el infierno, todavía no.

*

IV

Hay un vacío.

Sin luz, hay un vacío y quien lo ocupa apunta a la pared, donde algunos se esperan.

Buscándose, aquel suicida lleva en los brazos los nombres que ama y dibuja en el aire una gota con sal.

Los niños entran con risas y espanto. Abrazan. Ya no preguntan y luego corren chocando entre ellos, en este desorden donde todo cabe.

Hay que hablar. Ahora es entonces.

Enrique ha esperado a Guadalupe toda la mañana. Ella lo ve desde lejos y se adelanta para saludarlo. Deja la comida en un espacio apartado para ellos.

Atrás, en la mesa de junto, alguien rasga la guitarra, entona como pidiendo permiso. “Estas son las Mañanitas que cantaba el rey David”, se oye, como un desgarro, y se ve cómo se abrazan, entrechocando el plástico de los vasos, empujando platos y tortillas.

– Que así sea -dice uno detrás de Enrique.

Y Enrique manosea la comida, probándola apenas.

Aquí se canta lo mismo que afuera, las mismas notas alacranadas. No es el fin del mundo aunque muchos caminen, deambulen como idos en espera de que alguien, hasta equivocándose, decida saludarlos. Esos son los recargados en las paredes. Sentirán que es mejor que no vayan a verlos, para qué mirarlos así. Eso lo dice Enrique en algún momento.

Los presos y las familias, pasada la primera emoción, se cuentan las cosas interrumpidos solamente por otros reos que intentan vender los trabajos que adentro hacen. No lo consiguen porque cómo comprar los pavorreales de papel o los barcos gigantes de madera y tela, que cuestan hasta 200 pesos, aunque circulan fantásticamente, incluso en el silencio de los detenidos en ese muro, vestidos de azul, esperando la sentencia.

Mejor se lustran el calzado o a’i pal’otra, dicen, mientras alguien se prepara un taco, sirve los refrescos y el que puede abarca a sus visitas en un abrazo que no permite equivocaciones. Todos caben, o casi todos, en esas, las horas contadas. No hay ventilación y pronto esa galera de 15 por 15 metros o menos se caldea enfriando, sin embargo, el único deseo que todos tienen allí: largarse cuanto antes.

Enrique mira al suelo, juegan sus manos, sus dedos tatuados, el cráneo sin pelo. Es bajito pero fuerte, delgado y nervioso. Tiene un vaso de plástico, que aplasta mientras habla, le da vueltas. Se agacha para hacerlo sin levantar la vista.

– Trabajaba en el rancho Las Américas, en Coatepec Harinas, pero allí me dijeron que tenía que entrarle a la droga. Me dieron unas bolsas para cuidar, pero ni siquiera las abrí. Yo sabía de qué eran y luego de una vez mejor les dije que no, que no me convenía, que allí le dejáramos.

Enrique dejó el rancho, donde construía invernaderos como albañil, en compañía de su ex cuñado y de un tío, aunque rápido se dio cuenta de que no sería fácil deshacerse de aquellos que lo querían involucrar. Días después ya lo seguían.

Le dijeron, cuando lo abordaron, que debía llevar una camioneta a cierto sitio, para que lo dejaran en paz. Enrique dijo que no podía, porque no sabía manejar.

“Me vale madres, tú sabrás cómo le haces, pero la entregas, así que la llevas a esta dirección”, fue la respuesta, la única que obtuvo. Como no pudo hacerlo le dijeron que debía pagar, entonces, 25 mil pesos y que si no, ellos se encargarían de que la policía lo desapareciera. Porque uno de ellos tenía un hermano que era comandante.

– Pero yo no tengo dinero, no tengo ni para comer -dijo Enrique.

– ¿Sí, cabrón? ¿Y entonces por qué compraste esa moto en la que andas? Esa sí la sabes manejar, ¿no?

– La compré a plazos en la tienda Elektra. Si quieren le enseño los recibos.

– Nos vale vergas. Nos pagas o te vas a la verga.

Trastabillan sus manos en el vaso. Alguien le sirve agua. No, refresco de limón No, es naranja.  Sirven dos vasos cuando él ni siquiera quiere. Los vasos están allí y pronto, quizás nunca, serán vaciados.

*

V

– Mi nombre es Enrique Hernández Mercado y tengo 31 años…

– Y recuerdas có…

– El domingo 14 de abril me levanté entre 8:30 y 9:00 am. Fui por mi motocicleta a casa de mi sobrino, Omar Nava, que estaba cerca de la casa que yo estaba rentando. Regresé, desperté a mi niña y le dije que se levantara para que fuéramos a desayunar algo. Se levantó y salimos de la casa, nos subimos a la moto y nos fuimos para el mercado. Entré al mercado y dejé la moto estacionada por los puestos de ropa. Fuimos a la fonda de doña Cata y pedí dos platos de pancita, uno para mi niña y otro para mí. Estábamos almorzando cuando llegó un mensaje a mi celular, de mi hermana Guadalupe, que me decía que fuéramos a desayunar con ella. Mi niña me preguntó que quién era y le respondí que su tía Lupe quería que fuéramos a desayunar con ella. Le regresé el mensaje a mi hermana: que en un rato bajábamos.

Enrique se palpa la ropa, toda azul marino. Su pants, con el escudo de la Adidas cosido por un lado, le queda grande pero apenas le estorba. Dice, porque lo dice varias veces, que ese 14 de abril del 2013 visitó a su hermana, después del mercado, para comer allí, que él y su hija llegaron a las 10 de la mañana y platicaron un rato. Guadalupe le encargaba una Coca cuando recibió una llamada al celular. Era otro de sus sobrinos, Jorge Nava, quien le pedía un raite al centro de Coatepec Harinas.

– Mi niña me dijo que no fuera, que si no la iba a llevar a donde le había dicho… le dije que me esperara con su tía, que no me tardaba. Me dijo mi hermana que comprara la Coca y que no me tardara. Me subí en la moto y fui por mi sobrino Jorge. Llegué a su casa, se subió a la moto y nos fuimos para el centro. Llegamos al jardín, en la esquina frente al banco. Me detuve y se bajó mi sobrino. Le dije que no se tardara, que mientras compraría la Coca.

Estacionó la moto, le bajó la pata, le puso el seguro.

Todavía no sacaba la llave cuando alguien le puso la gorra de la playera en la cabeza y lo jaló de los brazos, diciéndole que “ya chingaste a tu madre”.

– Me metieron a la patrulla. Eran cuatro policías de la municipal. El Arturo Hernández Ayala, el director de la policía local de Coatepec Harinas; un gendarme que tiene un puesto de discos; uno que iba a mi lado, a quien no conozco y el que iba de chofer, a quien tampoco conozco, y quien me sacó fotos con su celular.

El comandante Arturo no se andaba con rodeos. Pegándole en la cara a Enrique, le dijo que “te metiste con la persona equivocada, le jugaste al vergas”.

– ¿No que no tenías dinero? ¿Pensaste que no te íbamos a encontrar? ¡Te va cargar tu puta madre! –le decían los otros.

La golpiza siguió un rato más, al igual que los reclamos.

– Sólo se te pidió hacer una cosa y no la hiciste –le dijeron. Enrique se dio cuenta de que se dirigían al palacio municipal. Antes de llegar le quitaron la cartera, el celular y le robaron 2 mil 300 pesos.

Y siguieron golpeándolo.

– No tengo el dinero, Arturo –suplicaba Enrique- ¡pero puedo juntarlo, dame chance!

– ¡Te voy a descuartizar! Yo soy el jefe de esta plaza –le respondió el policía – Se te dio tu tiempo para pagar, y ya hasta andas en moto, ya no hay otro chance. ¡Órale!

Los policías habían dicho a Enrique que lo matarían, igual que habían hecho con un dulcero a quien habían hallado muerto en el pueblo de Porfirio Díaz. El auto en el que iban tomó rumbo a ese lugar.

Los cuatro policías lo agacharon entre los asientos, mientras cruzaban las calles, pero Enrique pudo zafarse por unos momentos. Asomado repentinamente a la ventanilla, vio al primo de su esposa, quien caminaba con la novia. Enrique pudo gritarle que le avisara a Rosa. Una vez más pudo levantarse y ver, ahora, a Dora, dueña de la Papelería Ábaco. Le gritó lo mismo: “¡avísale a Rosa!”.

La osadía le valió una andanada de golpes, pero también entendió que sería más difícil que los policías lo mataran, como pensaba que harían con él. Los 25 mil pesos impuestos por los narcotraficantes se cobraban en el peor momento.

– ¡Ya valió verga, ya lo vieron! –dijo el comandante Arturo.

Pero el auto continuó su marcha. Enrique sintió, porque ya no podía ver, que entraban a una calle de terracería. Allí se detuvieron y minutos después, entre gritos, lo bajaron. Otra vez lo golpearon, pateándolo, mientras los compañeros del comandante le pedían que lo mataran

– ¡Ya métele un pinche balazo, que se lo cargue la verga!

Eran las 12 y media del día.

*

VI

Por lo pronto no había remedio para ventura y sus compañeros. Los habían visto y el comandante no iba a arriesgarse por nada. Cambió la actitud y le dijo al levantado que todo había sido una broma, para ver cuánto aguantaba, y que le iban a dar chance de juntar lo que les debía.

Entonces se dirigieron al centro en el auto pero una llamada alertó a los policías. La familia de Enrique ya lo buscaba en la comandancia. Los policías condujeron entonces hacia el palacio municipal, donde metieron discretamente la patrulla y bajaron al joven.

– Si dices algo –le dijo Arturo Hernández- mato a tus hijos y a tu vieja, ya sabes que la tengo cerquita. Y a tu hija la levanto cuando quiera.

Arturo Hernández también tenía razones personales para inculpar a Enrique. Porque Guadalupe, la hermana del joven, lo había rechazado cuando éste le propuso sostener una relación.

– Me dijo que me iba a dar donde más me doliera –dice Guadalupe- Yo nunca pensé que esta cadena de hechos fuera a desembocar en una historia así. Antonio, el hermano del comandante, trabaja en el rancho Las Américas. Y todo se enlaza.

A Enrique no podían acusarlo de nada. Eso pensaba él, mientras bajaba del auto y le ordenaban que esperara.

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VII

– ¡No mames, es el que violó a la chava de anoche! –le dijo Adrián “N” al jefe de la policía Arturo Hernández, conocido de Enrique cuando lo encontró en la comandancia.

Era una trampa, también una señal. Ventura y el resto de los policías se le fueron encima a Enrique. Una nueva golpiza, esta vez para arrancarle confesión.

– ¡Tú violaste a la chava! ¡Ibas con otro en un taxi y la levantaron!

Al taxista nunca lo atraparon. Según la versión de la propia policía, habían ido por él, pero les pidió chance de vestirse, porque estaba en calzones. Se metió a su casa y nunca más lo volvieron a ver.

Enrique negó la acusación, sacada de la nada y, una vez más, no pudo evitar que le siguieran pegando. Uno de los policías le colocó una bolsa de plástico en la cabeza, que apretaban contra él hasta casi hacerlo perder el sentido. Así lo hicieron varias veces mientras repetían que había violado a una chica. Eran, quizás, la 1:30 o las 2 de la tarde cuando por fin lo dejaron. Hernández y sus policías se habían cansado y se retiraban un rato.

Un policía se había quedado con Enrique, para custodiarlo.

– ¿Por qué dicen que una violación? –preguntó el joven.

– Eso no es cierto –le dijo el policía- Hoy en la mañana encontramos a un chavo con su novia, pero pagó y se fue. Te voy a hacer un paro con mi celular para que le marques a tus hermanos, o márcale a alguien, porque te van a chingar.

Enrique llamó a su esposa, contándole que estaba detenido acusado de algo que no había hecho.

¿Y cómo armaron los policías la escena de la violación?

– Después regresaron y volvieron a subirme a la patrulla. Me agacharon otra vez y pronto me di cuenta de que íbamos al Cerrito de Coatepec, donde ya estaba mucha gente reunida. Los policías bajaron las ventanillas y uno de ellos grababa con su celular. La gente se acercó, gritando que iban a lincharme. Los policías arrancaron la patrulla y se estacionaron cerca de una tienda, donde volvieron a golpearme, amenazándome con levantar a mi hija y a mi esposa si decía algo.

Finalmente, enfilaron a Tonatico, a donde lo llevaron al Ministerio Público. Ya eran las tres de la tarde, pero allí vio llegar a sus hijos, sus hermanos.

Guadalupe recuerda que la supuesta violada reconoció a su hermano cuando paseaba por el jardín de Coatepec, en compañía de su madre. Incluso fue la madre quien reconoció a Enrique. Al menos eso fue lo que declararon.

– Mira –dijo la madre- ¿no es ese el que te violó?

– Ah, sí, sí es –respondió la chica, quien contó a la policía que Enrique, junto con otro hombre, la había levantado en un taxi a las 9 de la noche, y la habían violado continuamente, hasta la una de la mañana. El domingo 14 de abril, a las cinco de la tarde estaba en el MP. Llevaba un collarín y un raspón en la ceja.

La versión de Enrique apunta otra cosa. Estaba en un puesto de papas, junto a la iglesia de Coatepec, el sábado 13, cuando la chica dice que comienza todo. Estuvo con su hermana y después fue a guardar la moto, a las 11:30 de la noche, para ir a dormir.

La hermana asegura que el sábado 13 de abril, al cuarto para las diez de la noche, aproximadamente, Enrique llegó a verla, preguntando por la cena. Él mismo se ofreció a comprar algo en las tiendas Aurrerá, a la que fue con su niña en la moto. Pero Guadalupe tuvo que salir y ya no lo volvió a ver, sino hasta la mañana siguiente, entre once y once y media, antes del mediodía.

– El papá de mis hijos -dice Guadalupe- sin saber que el detenido era mi hermano, me contó después lo que había pasado con el supuesto cómplice, porque era su vecino. Dice que la policía llegó por él, y que el taxista escapó, aunque le tiraron disparos al aire. “Déjenlo que se vaya”, decidieron los policías.

Guadalupe tiene también llamadas telefónicas entre la presunta agraviada y una de sus amigas, la noche de la supuesta violación:

23:13 horas: “Qué pasó. Está todo bien estoy con un amigo”.

23:37 horas: “ya hice el amor con un muchacho que conocí, eso es muy rico, dile a mamá que estoy contigo ok”.

23:47 horas: “no pero en este instante me lo está haciendo de nuevo y lo amo”.

23:49 horas: “cuídate no te valla a embarazar… que… no manches… pues yo no puedo hacer eso y pues me dejaste en que? Oye mínimo usaron protección. Tu hermana sabe. Oye creo que tu familia esta preocupada por ti ya es algo tarde y no saben dónde estás. Yo diría que mejor mañana lo viras para evitar problemas con tu mamá”.

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VIII

Lo metieron a que lo viera el médico legista. “Estoy bien madreado”, dijo Enrique, quien se quitó la ropa para que se le hiciera una revisión superficial. “No tienes nada”, dijo el médico, aunque estaban lesionadas las costillas y la espalda. Enrique estaba ya en los separos. Su ropa estaba empapada en sangre.

El 15 de abril lo trasladaron a Coatepec Harinas. Allí, en las oficinas del MP lo esperaban un licenciado y un agente judicial, quien lo recibió con un rodillazo en el estómago. También el licenciado lo agredió y le susurró: “te dije que te iba a meter a la cárcel”. En la comandancia lo esperaba la síndico Teresita Díaz Delgado, a quien Enrique le contó la tortura a la que lo habían sometido, pero no pudo, no quiso ayudarlo.

Poco después, un abogado de nombre René Popoca se presentó con el detenido.

– ¿Dónde está la navaja? –le preguntó de pronto.

– ¿Cuál navaja?

– El director de la policía, Arturo, me dijo que te detuvieron por violación y que traías una navaja.

– No es verdad. Arturo me levantó porque su hermano, Antonio, tenía una cuestión conmigo.

– Bueno, mira, la cosa está así. Te vas a declarar culpable de violación y de que traías una navaja. Luego pagan una multa y te sacan.

A Enrique le dijeron que podría salir pronto. Lo llevaron a que le tomaran datos, fotos y le informaron que habían pagado una multa, que saldría. Hernández Mercado desconocía los procesos judiciales a los que estaba sometido y quiso confiar. De cualquier manera no tenía opción, pues su familia tampoco sabía bien lo que estaba sucediendo.

Así que Enrique declaró lo que Popoca le había propuesto. Estaban presentes los familiares de la chica violada, a quienes Guadalupe conocía porque su hermano había trabajado con el abuelo de la muchacha, aunque a ella no la había visto antes.

El 16 de abril el joven fue trasladado al penal de Tenancingo. Ya era martes y Enrique volvió a ser golpeado, ahora dentro de un auto gris. Otra vez recibió amenazas de muerte contra su esposa e hija. Al llegar, el recibimiento fue igual.

– Llegó el ministerial y me dijo: “ponte a rezar” y me metieron a una celda. Entró un custodio y me dijo: ¿por qué vienes?, le dije: “por arma blanca” y me dio un rodillazo en el estómago. Me dijo: “soy el jefe de turno, y vienes bien puesto”.

Finalmente entró con los otros reclusos cuando repartían charolas con comida. A Enrique le dieron una, pero de inmediato fue rodeado por los reos, quienes le aventaron la comida. Reventado a golpes, comprendió la última frase del jefe de turno.

Uno de los presos, chimuelo, moreno y delgado, gritó con todas sus fuerzas:

– ¡Éste es el que violó y mató a la niña de mi compadre! ¡Tenía cinco años!

Todos se le fueron encima. Esta vez los golpes serían lo de menos. Entre varios lo levantaron y lo metieron de cabeza a un tambo con agua mientras otros le pegaban en la cara, acusándolo, ahora, de asesino. Por fin lo dejaron y, junto con otros diez, lo metieron a una de las galeras para dormir. Fue allí donde escuchó por primera de vez del Negro y del Téllez.

– Ya pagaron por atravesarte –le advirtieron, antes de apagar la luz.

“Si hablas se van a morir tus familiares”, le dijeron.

Como quiera que sea, te va a llevar tu puta madre, le dijeron después.

*

IX

“Yo había perdido la noción del tiempo y en mi mente le pedía a Dios que alguien me matara rápido. Sentía una presión tan fuerte durante la noche. Entonces llegó el Téllez y sin preguntarme ni decirme nada me comenzó a pegar en el estómago. Me decía que me iba a reventar. El Téllez y otros me arrimaron a una esquina y él les pidió unas bolsas. Me amarraron las manos a la esquina de una cama y me pateaba el estómago, diciéndome que por borrego”.

A esa golpiza pronto se unió el Negro Eleuterio, otro ablandador de la cárcel a quien le habían encargado castigar a Enrique. Rodeado por presos que se reían a cada golpe que le encajaban, oyó que violarían a su hija, a la esposa. También los custodios se encargaron de recordarle las amenazas de muerte contra su familia.

“Yo pensaba cómo quitarme la vida para que todo se acabara. Me llevaron al día siguiente a la audiencia y pensé aventarme de las escaleras. Al salir de la sala ya lo había decidido pero el custodio que me acompañaba me esposó contra un tubo y ya no lo hice. Sólo pensaba: cómo me mato antes de llegar de regreso. Cuando estaba de regreso me mandaron llamar y era el licenciado Popoca, que llevaba unos papeles. Sacó tres hojas en blanco y me dijo: si quieres volver a ver a tus hijos y a tu esposa, firma estas hojas. No le puedes ganar al gobierno”.

Popoca sacó una foto de uno de los niños.

Así, en blanco, él y los papeles, Enrique firmó.

*

X

También a Guadalupe la levantaron, después del encarcelamiento de su hermano. Una mujer y dos hombres en un taxi se la llevaron a la comunidad de El Salitre. A ella le pusieron un estropajo en la boca, la tomaron del cabello. Uno de los hombres comenzó a quitarse el pantalón.

– ¡No, güey, dijeron que nomás era un susto! –dijo la mujer.

Guadalupe pudo bajarse, en un descuido de los captores, ilesa.

– Desde ahí, a la familia la han amenazado. En estos días le enviaron mensajes a la hija de mi hermano, que tiene 13 años, diciéndole que se cuide porque le va a pasar lo mismo que a la presunta víctima. La familia no puede apoyar a Enrique porque a todos los han amenazado. La única que anda aquí soy yo. A mi hermano lo han querido matar adentro, en el reclusorio de Tenancingo, picándolo. Es una persona que se llama Téllez, a quien trasladaron a otro penal y en la sábana de llamadas aparecen mensajes de la muchacha agraviada, comunicándose con él. “Ya va a llegar la persona que supuestamente violó”, le dice ella en los textos a Téllez –dice Guadalupe.

Ninguno de los abogados de oficio que defiende a Enrique le da esperanzas. Al contrario, dicen, como Rosalba, una de las litigantes, que si cree que le ganará al gobierno, que se acuerde de sus hijos. Ella le dijo a Enrique que se declarara culpable sobre lo de la navaja, y él así lo hizo.

– Es que dice que así más rápido salgo –le dijo luego a su hermana.

Tres meses después de entrar a la cárcel, los presos supieron la verdad sobre Enrique y las golpizas cesaron. Enrique le ha contado su caso a todos: al criminólogo, a los sicólogos, a los mismos custodios, pero todos le dicen lo mismo: no hay nada que hacer.

Los golpes acabaron pero no las extorsiones. El Negro y el Téllez se encargaban de esquilmar al joven, quien debía darles dinero, que le pasaban sus hermanos, para mantener a raya a los perseguidores. Incluso le pedían que su esposa fuera con ellos, a visitas conyugales, lo que nunca  sucedió. Cuando Enrique iba a las audiencias, veía cómo los abogados que supuestamente lo defendían, saludaban muy efusivos a los acusadores. Al mismo tiempo, los propios licenciados le pedían más dinero.

“Me di cuenta de que no iban a hacer nada, así que no pedí a mi familia. Por 8 ó 9 meses siguieron las amenazas de muerte del Téllez. Pero aquí en la cárcel me enteré de otras cosas. Vi entrar a una de las que fueron supuestas testigos, y resulta que es hermana del Téllez, al igual que entraba la madre de la persona que me acusó, y los supuestos testigos, y me enteré que entre ellos son pareja. Yo se lo dije a los licenciados pero no hicieron nada. Más aún, el licenciado Raúl me aconsejó que no dijera nada y que pidiera mi cambio a las Islas Marías. Tampoco quiso preguntar nada a mi testigo, cuando tenía su declaración por escrito, cambiándola de último momento. El mismo juez, Luis Humberto Pérez Rodríguez, dijo que no había tiempo de meter más pruebas, cuando tenía todo el tiempo”.

La familia de Enrique contrató luego a dos abogados, uno de ellos Jaime Vázquez Libién, quien tampoco pudo hacer nada por el preso, aunque cobró.

Guadalupe Hernández apunta que no hay pruebas contundentes, sólo el dicho de la muchacha, que para el juez fue suficiente. Esa chica, dice Guadalupe, tiene ya un bebé, que en Coatepec Harinas se le achaca al novio de la mujer.

“La joven afectada dice que mordió a mi hermano, para defenderse, pero a él, después de ser revisado, no se le encontró ninguna lesión donde dijo la muchacha. Ella dice que la jalaron del pelo, dentro del taxi, pero no se halló ninguno. Incluso la ropa interior de la chica la hicieron perdidiza”.

Las irregularidades en torno al caso las puede ver Enrique, aun sin saber de procesos penales y señala que se ha omitido la historia del levantón, cuando el comandante Ventura y los policías lo subieron a la patrulla. El juez Luis Humberto no ha aceptado que se extraigan las llamadas de celulares de las sábanas existentes.

“Soy inocente pero ya me mandaron decir que cuando me pasen con los sentenciados debo vender droga para ellos. Ahora no tengo miedo y soy inocente de este delito que me han cuadrado. Nunca en mi vida he sido delincuente y menos violador y si haber callado no sirve para proteger a mis hijos, no callaré más. Sin ellos no tengo nada y no necesito vivir. Las pruebas que se han presentado son ilógicas. La supuesta víctima no presentó rastros de saliva ni había semen en su cuerpo y ropa, pues ella dijo que se había limpiado con su ropa. No había desgarros. Por otro lado, acepta como testigos a la familia de la supuesta agraviada pero a mí no me acepta a la mía, como a mi hermana, como testigo. ¿Por qué no es parejo? También mi defensora, la licenciada Rosalba no llamó nunca a mis testigos, Esmeralda Rubí, quien me rentaba la casa donde vivía yo con mi niña, y a Rosa María Albores Escobar, quien me pasaba luz a mi casa. Tampoco llamó a Alejandra, quien me daba permiso de guardar mi moto en su casa. El día 13 de abril, a la hora de la violación, estuve frente a la iglesia, en un puesto de papas. Ni eso pudieron investigar. El juez me quita la vida sentenciándome a 47 años y seis meses de cárcel, y ni siquiera me sirvió apelar”.

Enrique Hernández toma un sorbo de refresco y por fin se hace un taco. Le pone chicharrón y algo de pollo. Come mientras los presos y sus familias aprovechan los últimos minutos de una visita que no se sabe cuánto puede prolongarse, en qué momento los custodios le pondrán fin.

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