La Feria del Libro

*

* Audrey Sylvain debe creer, en la noche más negra, más black, más metal, que Faiblesse des Sens es cualquier cosa. Tiene razón, pero la torpeza letrística está compensada. Qué importa que en esos momentos la muerte se acentúe, o que sean les corps sont des réfuges aux caresses. Porque qué importa si para eso están la música más salvaje, el francés más ligero.

*

Miguel Alvarado

Que entrábamos. Y que teníamos el boleto 33 mil 127 para la Feria Internacional del Libro, la primera, una de las pocas que se hacen en Toluca y que exhiben un montón de ellos, por todos lados, siempre más de superación personal y de evasión, como Crepúsculo, las 50 Sombras y así.

Por otro lado, el aparato oficial, entidad que se permite todavía un buen gasto en imprimir algunos muy buenos productos, pero otros tan malos que hay que ojearlos porque qué tal que dicen algo, inunda los espacios, los acota. Está bien, nadie dice nada, hasta bonitos están. Hasta hay poesía.

Pero no. ¿O sí?

Puros –¿cómo es?- espacios públicos. Así ha sido, así será, pero hay un montón por hacer. Ese dinero, esos gastos que necesariamente se emparejan con el 41 por ciento de los mexicanos en estado de miseria o del millón de desempleados universitarios que no encontrarán, nunca jamás, un trabajo en el área que estudiaron, ese dinero es… pero lo importante es leer. Se vale intentarlo, hasta la envoltura del Gansito. Lo demás, lo demás no significa nada.

Ya si alguien quiere (puede-sabe), tratará después de entender el texto.

Por ejemplo, dice la revista electrónica ecoosfera.com que el 42 por ciento del Gansito es azúcar.

Pero no quería, no quería datos, sólo una tabla de contenidos (también hay Chocorroles y recuerdo los Submarinos. ¿Todavía existen los Submarinos?).

Pero Google no está disponible y dice en la pantalla que se intente más tarde.

Marinela, Marinela, Marinela de mi amor. Marinela se llamaba la hija del creador de los productos. O es una leyenda de esas que todas las empresas tienen, donde los dueños le ponen los nombres de sus seres queridos a los dulces y luego los derriten azucarados, los entintan y los imprimen, los inmortalizan en neón y los colocan visibles, súper eléctricos, en Reforma de perdida. Anda pues, los seres queridos.

Ya. No. Se desata la tormenta y entre el rudo aliento del océano, dice Verne -dice Víctor Hugo, corrijo ahora- puede pensarse alguna vez que todo depende del ritmo, de la astucia interpretativa. Porque cómo, uno, je m’écoeure, je m’écoeure, se dirige sin equívocos al lugar más alejado de distintas maneras.

Una, la gracia.

Otra, la estulticia.

Audrey Sylvain debe creer, en la noche más negra, más black, más metal, que Faiblesse des Sens es cualquier cosa. Tiene razón, pero la torpeza letrística está compensada. Qué importa que en esos momentos la muerte se acentúe, o que sean les corps sont des réfuges aux caresses. Porque qué importa si para eso están la música más salvaje, el francés más ligero.

Que esperen los gansitos, al fin que no va a haber.

Los libros chatarra conviven por mientras, así como por mientras, en el espacio tan desaprovechado de la Plaza de los Mártires, el pobre centro de Toluca, en una oscura cueva construida con la tecnología que los mítines nos dejaron. Enfrente, otra cueva, pero ésta de ladrones, tan oscura y opresiva como las carpas literarias: la Catedral que el Grupo Atlacomulco le construyó a sus sacerdotes están en pie, con todo y su indigente a las puertas. Lo faraónico, lo miserable se puede traducir en los comentarios de quienes, sin tener nada, nadie, ningún lugar a donde ir, llegan a esa glaciación disfrazada de iglesia.

Ay, qué bonita.

Ay, qué lujosa.

Ay, qué alta, pues quién entra.

Ay, güey.

Aquí se casó el Peña con la Gaviota.

Entonces llegamos a los gansitos.

A ver.

110 calorías.

3 gramos de grasa.

300 miligramos de sodio.

13 gramos de carbohidratos, en total 42 por ciento de azúcares.

Y es que cómo llegamos a los gansitos cuando adentro, allá con los libros la increíble respuesta del público se deja sentir en las altas ventas registradas, en esta feria realizada entre la universidad estatal y el ayuntamiento de Tol. De Tol. De Tol. Y el gob. del Edo. Méx.

Pero no es cierto eso de las altas ventas.

Rocío dice que los de la editorial Planeta van a todos lados, aunque nada más ganen dos pesos.

“Es que siempre van, como perros”, dice Rocío, que no puede verlos. O sí, pero lejana, así, sin meterse en broncas.

Y hay una lectura que está bien, aunque la gloria local de la poesía, Sergio Ordóñez -extraño conjunto de ideas- la eche a perder. Presentador amateur pero ganador del Premio Nacional de Poesía Elías Nandino en el 2011 (poesía joven, muy joven), dice que agradece la invitación del antologador del libro “Últimos Coros para la Tierra Prometida”, Sergio Ernesto Ríos, pero que no terminó su texto y que pues va a leer lo que alcanzó, al fin y al cabo ni que estuviera en Bellas Artes. Lee y luego improvisa. Se nota que lee, pero más que improvisa. Ese vacío, esa cueva negra parecida a todo lo que toca el Grupo Atlacomulco se traga a Ordóñez, joven sonriente que incumplió lo que le correspondía. Era bien fácil. Y dice: que la antología, porque es una antología de poetas jóvenes del Estado de México, que la antología supere la prueba del tiempo.

Al otro Sergio, Ríos, habrá que reconocerle su trabajo, fantasmal y acertado.

Luego los que escribieron y estaban presentes fueron invitados a leer y todos se divirtieron de lo lindo cuando se equivocaba alguien o cuando uno mismo apenas podía pronunciar.

N’ombre, de lo lindo.

Hay poemas buenos pero la memoria es mala. De todas maneras está el libro.

Éste es de Selene Hernández:

*

¿Cómo llamarte?

Liminar de luz.

Hogar de umbrales.

Eclipse y calco de sombras a favor de los incendios.

*

Y éste, de Luther Chávez:

*

En la mesa un cuchillo, un vaso y un plato vacío tienen la angustia

calmada de ciego en escalinata angosta, infinita y sin barandal.

La liebre bebe de golpe las palabras hasta el fondo,

y en su cabeza empieza un baile invisible de jóvenes desnudos,

comienza su sueño de estatua sumergida en angustia idólatra,

arropada en su ritmo acuático de ciudad hundida,

y la estatua quisiera ser boceto al carbón

porque el papel dura menos que la piedra

porque sólo la piedra soñaría un baile de esculturas flotantes,

de bailares ligeros de tap furioso,

que no se atreverían a danzar así sobre un boceto en papel algodón.

*

Es que hay, ay, líneas tan raras en ese libro. Raras, decimos por ahora.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Calendario

  • Buscar