La gallardía de dimitir

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* Para las élites es normal que Peña mienta deliberadamente; también les parece razonable la incapacidad de Videgaray para conducir las finanzas y la economía de este país; y es natural que el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, permanezca en su puesto después de las matanzas de Tlatlaya, Ayotzinapa, Apatzingán y Tanhuato, y los más de 57 mil homicidios reportados en los primeros tres años del peñismo. Nadie medianamente sensato puede llegar a creer que Osorio Chong no tiene ninguna responsabilidad en la fuga del Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera.

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Francisco Cruz Jiménez

México, DF; 4 de septiembre del 2015. A mediados de la década de 1950, Luis Spota publicó Casi el paraíso, una novela que exhibía las perversidades y los placeres del sistema político mexicano que se puso en marcha durante las presidencias de Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán Valdés. Como un trofeo, la vida de esos políticos, y la de sus familiares, se exaltaba abiertamente en la prensa rosa, la del corazón y las revistas del jet set.

Sería bueno recordar que aquellos personajes —políticos aliados, familiares, compadres y amigos— eran favorecidos por las generosas acciones de gobierno: los mejores contratos de obra pública y las más cotizadas plazas en los gobiernos, así como puestos de elección popular: senadurías, presidencias municipales, diputacionesy gubernaturas. Otros eran enviados al Poder Judicial, los hacían jueces y magistrados.

Suyos hicieron los sindicatos, así como la explotación de los recursos naturales y las riquezas de la nación a través de generosas concesiones públicas con sus prestanombres respectivos. Los dineros en abundancia, los oropeles de esa alta sociedad, sus lujos, la “sofisticación”, su bonanza y “esplendor” fueron novelados tres décadas más tarde —a principios de los 80— por el mismo Spota en Paraíso 25.

A través del abuso de recursos ajenos, suculentos contratos, dinero en abundancia y una corrupción descarada, para 1952 Palacio Nacional y Los Pinos recibían el mote de la cueva de Alí Babá y sus inquilino sexenales el de los 40 ladrones; esa clase poderosa había descubierto nuevos y promisorios horizontes. Y había inventado una maquinaria que los aglutinaba bajo el nombre de Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Convertido México en una naciente plutocracia se puso en marcha un proceso muy lento del deterioro de las instituciones. Pero esos políticos acaudalados, promotores del buen vivir, habían encontrado su lugar gracias a la Revolución. Aparentemente se habían legitimado en el poder sin esconder las prácticas que los encumbrarían: corrupción, cinismo e impunidad. Se hicieron los representantes más claros de la megalomanía, la arrogancia y, por supuesto, de la incapacidad.

Parece que aún no se comprende la magnitud real, pero esos políticos engordaron inescrupulosamente sus cuentas bancarias e impusieron un concepto patrimonial del Estado: se apoderaron de él de tal manera que son el antecedente de un espectáculo que hoy termina por ocultar la dimensión real de los problemas: desde Palacio Nacional se hizo de México un país corrupto e impune.

No estaría por demás retomar algunas palabras de Miguel Alvarado: en ese mundo dicen que parte de la vida consiste en aprender a reír, sin importar la situación. Y hay que hacerlo porque todo en este país se transforma en un show mediático que oculta problemas graves; la risa es terapéutica y uno ríe porque los políticos han hecho de México un país en el que los problemas cambian de la noche a la mañana y, por eso, hay la creencia de que se solucionan también así, hasta que nos estallan en las manos o despertamos en medio de una pesadilla.

Y veamos si no: cuando en 1961 el presidente Adolfo López Mateos limpió el sindicato de Petróleos Mexicanos (Pemex), que controlaba desde 1947 el modesto ingeniero topógrafo Jaime J. Merino, superintendente del complejo de Poza Rica con una plaza de confianza, impuso al infame Joaquín Hernández Galicia, La Quina.

Todavía flota en el ambiente el asesinato cobarde de Rubén Jaramillo y la esposa de éste, Epifania Zúñiga (embarazada, por cierto), así como de los dos hijos de la pareja en mayo de 1962. Y el encarcelamiento del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo o el del luchador social, también líder sindicalista, Valentín Campa Salazar.

En 1989 Carlos Salinas de Gortari se deshizo de La Quina y le entregó el gremio al también infame Carlos Romero Deschamps; para evitar suspicacias, Sebastián Guzmán Cabrera asumió la dirigencia formal hasta 1993, pero el poder descansaba en Romero Deschamps.

Ese mismo año Salinas depuso al oscuro, y esta es una palabra muy suave porque en realidad era un gánster de carrera, Carlos Jonguitud Barrios como secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) e impuso a otro personaje con fama de mafiosa y que arrastraba, cuando menos, una acusación por el homicidio del maestro Misael Núñez Acosta, no otra sino Elba Esther Gordillo Morales.

El dispendio del gasto público para promocionar a los políticos nos ha hecho ver realidades que no existen; sabido que los problemas no cambian por arte de magia, los políticos han decidido por lo fácil; así, el pago de contratos a los medios adquiere prioridad sobre cualquier tema para construir imágenes irreales y ponerlas en el escenario.

Dicho lo anterior, es necesario hacer algunas reflexiones porque la tempestad se siente hace mucho: la compra multimillonaria de espacios informativos ha propiciado el ocultamiento de la información que muestra un país en el que se ha roto el tejido social, y ha propiciado que se desvíe la atención de la incapacidad para gobernar, empezando por la del señor Presidente, su secretario de Hacienda y la del responsable de la gobernabilidad interna o secretario de Gobernación.

También se ha ocultado y disfrazado bajo el rubro de conflicto de interés la corrupción que se ha enraizado desde Palacio Nacional y cubre de dudas a la “primerísima” actriz, en su papel de primera dama, Angélica Rivera, a su esposo el actor de reparto Enrique Peña Nieto, a Luis Videgaray Caso y a los amigos contratistas de éstos.

Pero así es, tenemos un país en el que permea la impunidad en los tres órdenes de gobierno; en el que a partir de 1940 se dio forma a un sistema que hoy presenta múltiples fracturas y síntomas de agotamiento y en el que no hay un proyecto de nación, si se acepta que en su parte medular éste significa buscar y tener un destino común.

Neciamente, los hechos demuestran que las élites de gobierno y empresariales —los amos del poder político y los dueños del dinero— van para un lado y el resto de la población camina en sentido contrario.Un país, pues, en el que las diferencias sociales son cada día más alarmantes, con millones de personas que tienen serias dificultades para afrontar el día a día.

Ateniéndose sólo a las estadísticas oficiales, vivimos en un país con 63 millones de pobres; un país que desde hace tres décadas crece a niveles anuales risibles de 2.2 por ciento, en el que la población parece peón en una partida de ajedrez. Los temas de la incapacidad y el crecimiento no son meramente retóricos: en 2013 se prometió de 3.5 por ciento. Fue de 1.1; para 2014, las proyecciones fueron de 3.9 por ciento. Fue de 2.1; y en 2015 se prometió en un rango de 3.7 por ciento… será de 2.3 por ciento.

A esa situación debe sumarse una deuda interna ampliada cercana a 8 billones de pesos, desde los 5 billones del panista Felipe Calderón Hinojosa, un rezago de 7.2 millones de nuevos empleos, un tipo de cambio de 17 pesos por dólar y la amenaza reciente de aumento de precios y un nuevo recorte presupuestal.

Y el mercado laboral es un desastre, considerando que el país demanda al menos 105 mil nuevas plazas cada mes; estos puestos de trabajo son necesarios para dar acomodo a los casi un millón 200 mil jóvenes que anualmente se incorporan a la fuerza laboral efectiva.

La tasa de desempleo lacera; si no hubiera trampa en las mediciones oficiales y si se incluyera la llamada población disfrazada —unos 25 millones de mexicanos, de los cuales al menos 4 millones ya perdieron toda esperanza de encontrar un empleo—, se ubicaría en niveles de 20 por ciento, en lugar del entre 4.2 y 4.8 por ciento que pavonea la Secretaría del Trabajo y una población sub-ocupada de 4 millones de personas, mientras 66 por ciento de los empleos se crean desde las micro y medianas empresas.

El tema de la ocupación informal es un galimatías. Algunas declaraciones oficiales lo ubican en 28.7 millones de personas o 57.6 por ciento de la población ocupada, pero las encuestas del Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI) a junio de 2015 cierran el número en 13 millones 716 mil personas.

Y de las 50 millones 336 mil personas ocupadas hay datos que estremecen: seis de cada 10 trabajadores no tienen ningún sistema de pensiones; seis millones 888 mil ganan un salario mínimo; 12 millones 802 mil hasta dos mínimos y sólo 10 millones 721 mil trabajadores ganan hasta tres salarios mínimos. En otras palabras, 60 por ciento de los trabajadores ganan entre uno y tres mínimos. De tres a cinco mínimos sólo lo reciben siete millones 142 mil trabajadores. Y de cinco en adelante sólo lo ganan tres millones de personas o 6 por ciento del total.

Dejemos de lado los números; sólo el último para tener una idea del desastre que representa el sector laboral: de los 50 millones de ocupados reportados por el IMSS sólo 18.5 millones tienen prestaciones; los restantes 31.5 millones trabajan sin ellas. Y en plena crisis, las élites mantienen sus ritmo de vida, cual “jeques” árabes que son. Y sus tradicionales lazos de amistad les auguran un venturoso porvenir.

En síntesis, la millonaria compra de publicidad oficial —que tanto seduce a los propietarios de los medios— dio paso a la simulación y ésta ha servido para ocultar comportamientos francamente mafiosos en las élites de poder, hasta llegar a las cúpulas sindicales, responsables de la defensa de los trabajadores.

La situación alarma porque tenemos un país con políticos y funcionarios que han vulgarizado el quehacer partidista y el servicio público. Y socavan las instituciones con un lenguaje de servicial obsequiosidad. Estos dirigentes se han convertido en marionetas perversas y representan la muestra más acabada de la cetrina fealdad del sistema.

Por eso hoy, como nunca, urge poner en perspectiva a cada uno de esos personajes. Deliberar sobre los partidos políticos, el gobierno y sus sindicatos. Y hacer un análisis con rigor sobre los gobernantes legales, que no legítimos, es fundamental si algo ha de empezar a cambiar en el país.Las élites políticas y empresariales —grupos de ambición y poder desmedido— se han convertido en clases depredadoras de recursos públicos y miran el país despreocupadamente a través de exorbitantes privilegios.

Desde la década de 1940, el poder exhibe la simulación del sistema para allegarse recursos públicos en cantidades groseramente ofensivas. Las élites tienen su mundo propio, sus costumbres, sus leyes y sus acuerdos; hay conversaciones y comportamientos de ellos que son incomprensibles, que asustan. Tienen eternamente un doble discurso que genera desconfianza y los muestra como lo que son, unos bribones.

Para aquellas élites es normal que Peña mienta deliberadamente; también les parece razonable la incapacidad de Videgaray para conducir las finanzas y la economía de este país; y es natural que el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, permanezca en su puesto después de las matanzas de Tlatlaya, Ayotzinapa, Apatzingán y Tanhuato, y los más de 57 mil homicidios reportados en los primeros tres años del peñismo.

Nadie medianamente sensato puede llegar a creer que Osorio Chong no tiene ninguna responsabilidad en la fuga del Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera; sobre todo, cuando hay evidencia de sobra de que su mismo jefe Peña Nieto lo responsabilizó personalmente del capo. Claro está que ni Peña, ni Videgaray ni Osorio conocen qué es la gallardía de dimitir.

Los tres han perdido hasta el sentido de lo ridículo, aunque hay más certidumbres y hechos que dudas y especulaciones sobre su manifiesta incapacidad; los tres han hecho del discurso y del ejercicio de gobierno un acto de frivolidad; no hace falta leer a nadie, sino sentirse los bolsillos y caminar por las calles de cualquier ciudad para entender que Peña y su séquito están improvisando desde el poder y que el país se encuentra en un callejón sin salida, la torpeza total.

Resulta curioso observar las declaraciones posteriores de cada uno de ellos. Cada uno elude sus responsabilidades con un poco de cinismo y otro tanto de desfachatez. Por eso en los círculos de poder se ve como legítimo que el hijo de Carlos Romero Deschamps maneje un Ferrari Enzo en Miami y que se haya comprado dos departamentos valorados en unos 7.5 millones de dólares, que la hija presuma sus viajes alrededor del mundo en yates y jets privados de lujo, (o) que él mismo haya dispuesto de más de 5 mil 500 millones de pesos en los llamados Pemexgate, sin rendir cuentas a nadie.

Por mucho tiempo también se asumió como parte del paisaje político natural que los nietos de la profesora Elba Esther Gordillo Morales —Othón Francisco de León Arriola y René Fujiwara Montelongo— hubieran adquirido, sin haber trabajado nunca, una casa de descanso, cada uno, por la que pagaron, también cada uno, 300 mil dólares en efectivo, en Chula Vista, California.

Y a nadie se le ocurrió siquiera pedirle cuentas a la ex dirigente por los 80 mil millones de pesos que se le entregaron desde el gobierno federal entre 1989 y el día de su caída, ni por la “casita” de cinco millones de dólares que su hija Mónica se hizo construir en el exclusivo Club de Golf Bosques de Santa Fe. Tampoco se pidieron cuentas por los 2 mil 496 millones 474 mil 121 pesos, ya documentados, que entre 2009 y 2012 se entregaron de las cuentas sindicales a Maricruz y Mónica.

No hay político ni empresario que no haya caído en el tobogán del desprestigio; representan esas élites el producto más acabado de las visiones de un pasado reciente que puede seguirse a través de las políticas que delinearon Ávila Camacho y Alemán Valdés en 1940. El primero como inquilino de Palacio Nacional y el segundo de Gobernación. Y los contribuyentes cautivos aparecen como una vaca lechera que se puede ordeñar a cualquier hora durante los 365 días del año.

En ocasiones parece un ejercicio inútil hablar del pasado, pero esos “dirigentes” tienen sus orígenes en la manera tan irregular y oscura en la que se hacen las cosas y cómo se entregan los cargos en este país. Tal es la costumbre, y en nada les afecta su permanente crisis de credibilidad porque se saben dueños del sistema.

Y justo entonces es necesario aclarar que haciendo esa revisión de ese pasado encontramos que uno de los mayores problemas de México es que el gobierno sigue anclado en las prácticas del pasado: los aliados sexenales se enriquecen a manos llenas aprovechando y explotando una estrecha y perversa relación con el poder.

Desde 1940 la sobrevivencia de los “líderes” descansa en esa espiral de beneficios al amparo del corporativismo y del compadrazgo, de la corrupción; su permanencia la garantiza la sumisión y la impunidad.

De otra forma serían impensables personajes como Abelardo Luján Rodríguez, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari, Víctor Flores Morales, Francisco Hernández Juárez, Juan Díaz de la Torre, Napoleón Gómez Urrutia, Joel Ayala Almeida, Romero Deschamps, Joaquín Gamboa Pascoe y Víctor Fuentes del Villar.

Y a través de ellos puede explicarse la existencia de otros personajes oscuros: Manlio Fabio Beltrones Rivera, Emilio Gamboa Patrón, Aurelio Nuño Máyer, Claudia Ruiz Salinas, Elba Esther Gordillo Morales, La Quina, Jonguitud Barrios, Salustio Salgado Guzmán, Eruviel Ávila Villegas, Luis Gómez Zepeda, Napoleón Gómez Sada, Venustiano Reyes, Leonardo Rodríguez Alcaine o Luis Napoleón Morones Negrete, Carlos Hank González, Gonzalo N. Santos, Arturo Durazo Moreno o Miguel Alemán Valdés.

Desde luego, mención aparte merecen Jesús Díaz de León y Fidel Velázquez Sánchez; el primero progenitor de la palabra que une a los “líderes” sindicales, les da identidad y los califica: charro.

En 1948, Díaz de León, a quien le gustaba encabezar vestido de charro las sesiones de su Comité Ejecutivo, “vendió” el combativo sindicato ferrocarrilero al presidente Alemán. El charrazo y el charrismo se hicieron parte del paisaje sindical o sinónimos de corrupción superior.Como quiera, el prototipo de charro es el segundo, Velázquez Sánchez quien por 70 años prohijó la formación de charros por todo el país. Y todavía hoy tenemos en la élite a dos de sus alumnos más destacados: Hernández Juárez y Gamboa Pascoe.

Ciertamente podemos documentar que el sindicalismo en México tienen sus inicios en el último cuarto del siglo XIX a través del Círculo de Obreros y la Confederación de Asociaciones de Trabajadores de los Estados Unidos Mexicanos, hasta llegar a las huelgas de Cananea y Río Blanco, con su brutal represión, sus asesinatos en masa y el estallido de la Revolución.

También podemos delinear el llamado anarcosindicalismo hasta 1920 o el caudillismo sindical hasta 1936, cuyo mayor representante es Luis N. Morones Negrete, y la época moderna a partir de 1940.

Podemos hacer todo eso, pero la dimensión que alcanzaron los políticos mexicanos —sin doctrina, ideología, ética ni moral— ha superado la ficción, por más que sean funcionales al circo en el que se ha convertido la política mexicana. El entorno actual tiene escenografía, elementos y personajes para confeccionar con los políticos mexicanos un melodrama de horario estelar; abundan los misterios y los camaleones que lo mismo despachan en la izquierda gelatinosa que en el PRI o la derecha del PAN.

En cualquiera de los partidos y cualquier oficina de gobierno —en sus tres poderes y organismos desconcentrados— encontramos represión, tráfico de plazas, triangulación de recursos, autoritarismo, cláusulas de exclusión, falsas apariencias, violencia, abusos, venganzas, venta de conciencias y riquezas inexplicables, por no decir mal habidas.

Documentada está desde el nacimiento de la “República” una historia amplia de represión violenta y de ejecuciones extrajudiciales, asesinatos que muestran la cara real de la política mexicana.En otras palabras, la historia muestra cómo a través del terror, la intimidación, la transa, el despotismo o la complicidad gubernamental se “edificaron” imperios familiares, como los de los Del Mazo, los Salinas, los Labastida y los Hank.

Y a través de esas complicidades se dio forma a grandes corporativos empresariales tan disímbolos como los del tamaulipeco Armando Hinojosa Cantú, David Peñaloza Sandoval, Carlos Cabal Peniche, Gerardo de Prevoisin y Julio Mariscal Domínguez, o el de los Garza Sada en Monterrey, que se mantiene vigente y tan vivo como en 1890, aunque ahora a través de marcas como las tiendas Oxxo y la embotelladora Coca Cola.

Por eso, hoy más que nunca se hace necesario presentar la radiografía de una élite que vive entre la opulencia depredadora y la impunidad, que se mueve en todo el espectro político, pero siempre respondiendo a los intereses de la familia del poder.

Es urgente exhibir cómo esos “líderes”, como a ellos les gusta llamarse, se convirtieron en un fenómeno que el resto de los mortales no entendemos; se hace necesario presentar la radiografía de esas élites mexicanas de voracidad gastadora que viven entre la opulencia depredadora, la impunidad y que desconocen la gallardía de dimitir.

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