Llueve

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* Cada año hay inundaciones y a los moradores el agua les llega a las rodilla, entre 40 y 60 centímetros y no hay de otra: hay que esperar a que baje el nivel, que eso busque cauce y se vaya por las milpas. Eso sucede luego de seis horas, como mínimo. Esta es la Séptima Sección de Loma de la Providencia en San Andrés Cuexcontitlán, la zona norte otomí que hizo ganar la alcaldía a Fernando Zamora Morales, un indígena priista cuestionado siempre, desde que fue líder del Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México, su relación o cercanía con personajes ligados al narcotráfico, por decir lo menos. Acá, este norte toluqueño tiene todo. Riqueza extrema en manos de unos cuantos, entre ellos el elegido presidente municipal y el otro lado de esa bonanza: las escuelas más depauperadas están aquí, la miseria laboral se encuentra aquí, el trazo urbano menos atendido está aquí, las fábricas clandestinas de metanfetaminas también, las colonias o asentamientos más empobrecidos están aquí, junto a las casas más desprotegidas.

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Miguel Alvarado

Toluca, México; 11 de septiembre del 2015. Por ejemplo, las casas tienen techos de asbesto y las ventanas están cubiertas de plástico. Algunas de ellas no tienen piso. Protegen, resguardan, son el patrimonio de quienes allí viven pero eso que tienen, conseguido con años de esfuerzo, cada año está a punto de perderse. Estas casas de lámina y madera ya exhausta, en los límites de inmensos terrenos de más de 7 mil metros por unos 30 mil, todavía pastizales pero comprados por la constructora Ara –dicen los vecinos que la mitad a Enrique Peña y la otra a la ex alcaldesa de Toluca, Martha Hilda González Calderón- son las más pobres del rumbo. Encima, todavía deben soportar las inundaciones que a diario, en época de lluvias, echan a perder los bienes que generalmente se encuentran en un solo cuarto, que al mismo tiempo sirve de recámara, comedor y sala de estar. Allí, en una pobreza pero limpia, las barricadas se levantan nada más comenzar el chubasco, porque ya saben los que viven allí que el agua se meterá a pesar de todo. Tienen costales que llenan de arena y los colocan en las puertas. Se supone que absorben el agua y es así cuando no es demasiada. Uno sabe que los muros improvisados no sirven cuando se miran sumergiendo los pies. Toluca, la capital política del Grupo Atlacomulco, el grupo de Peña Nieto, no es lo que parece, nunca lo ha sido.

Esta es la Séptima Sección de Loma de la Providencia en San Andrés Cuexcontitlán, la zona norte otomí que hizo ganar la alcaldía a Fernando Zamora Morales, un indígena priista cuestionado siempre, desde que fue líder del Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México, su relación o cercanía con personajes ligados al narcotráfico, por decir lo menos. Acá, este norte toluqueño tiene todo. Riqueza extrema en manos de unos cuantos, entre ellos el elegido presidente municipal y el otro lado de esa bonanza: las escuelas más depauperadas están aquí, la miseria laboral se encuentra aquí, el trazo urbano menos atendido está aquí, las fábricas clandestinas de metanfetaminas también, las colonias o asentamientos más empobrecidos están aquí, junto a las casas más desprotegidas.

Junto a ellas, otra vez, llegarán los desarrollos de interés social del Grupo Ara. Y es que esta zona, desde hace 20 años, se ha planificado para que albergue una población de hasta 10 millones de habitantes que tendrán acceso, como si fuera un chiste, a fraccionamientos de interés social. Y es que sólo en esta región hay tanto espacio. Esa palabra, fraccionamiento, desliza disfrazada la pobreza que esas casas y sus entornos diseñan. Todo cambiará, ya está sucediendo, comenzando porque los pobres son cada vez más miserables.

Pero mientras asume el nuevo alcalde Zamora, este territorio, obligado a votar por él o encandilado desde el miedo o las promesas, hunde las casas. A las más pobres ya no, porque no puede hundirlas más.

Vive en esa sección, la Séptima de Loma de la Providencia y guarda su nombre porque “me van a linchar si saben los delegados, sus ayudantes, si saben nada más que estoy diciendo cómo son nuestras condiciones de vida. Incluso unos vecinos, afectados también por el agua, prefieren eso a ponerse en contra del PRI”.

Camina por lo pronto a lo largo de una zanja, un desagüe conectado al río de la localidad, afluente del Verdiguel que riega aquellas tierras, antes de cultivo pero hoy el abono de las viviendas más inhumanas desde el diseño de Ara. Lo bordea mientras explica que esa zanja es un desagüe por donde corre el agua de esa Séptima Sección. Mide poco más de un metro de ancho pero atraviesa por casi 7 mil metros el área de las casas más empobrecidas, donde el agua que se derrama sobre las tierras pero también las casas. A medio camino hay una calle, Papalotl y sobre ella el ayuntamiento construye. Hace banquetas y pavimenta. Se aclara que el municipio sólo otorga los materiales y la comunidad la mano de obra, pero también hay cooperaciones económicas para gestionar. Los delegados y sus ayudantes cobran hasta las llamadas telefónicas, las copias, los bolígrafos. Los vecinos no pueden dar mucho y las aportaciones van desde 50 hasta 200 pesos. En esta obra, dice el afectado, no se preocuparon por aplanar ni emparejar, así que -lo sabe porque ha pasado- la calle durará unos cuantos meses y después la pulverizarán el mismo tránsito y las lluvias.

De esa zanja, a lo largo de 7 mil metros, sale el agua que inunda.

-La delegada, que es una representante de la comunidad ante la presidencia municipal, se llama Felipa González Rojas –dice el denunciante, mientras abre la puerta de su casa, una puerta de madera asegurada con un candado, una cadena. Al fondo, donde están los terrenos de Ara, se ven las nubes del aguacero – y cada que hay reunión nos pide cooperaciones.

También hay mascotas. Perros pequeños y gatos cachorros merodean las entradas. Saben que la lluvia viene. Uno de los gatos, bañado en lodo, logra colarse antes de que las puertas se cierren, justo cuando llegan las primeras gotas. En la calle de Papalotl se aprecian montones de tierra y un hombre trabaja, lentamente. Hace una mezcla y espera. Después hace otra, esperando otra vez. Es uno de los vecinos, que hace lo que puede en la soledad de sus obligaciones mientras algunos pasan junto a él.

La zanja, aquella del desagüe, corre a un lado.

– ¿Y qué va a pasar cuando se termine de pavimentar la calle?

– Cuando eso termine, se tapará la zanja pero el agua buscará sus salidas y se inundará peor, las más afectadas son tres o cuatro casas, ésas que se pueden ver a lo lejos, y que están hechas de madera y techos de asbesto, esas son las que más padecen.

La zanja ya está tapada en algunos tramos e incluso basura, chatarra de automóviles la obstruyen. Llueve, ahora llueve y el sonido del asbesto ritmando su dosis de cáncer, amianto le llaman otros, acompaña la plática. No sólo las casas más afectadas construyeron sus techos con ese material. Prácticamente, todas las que bordean esa zanja lo tienen. Y es que eso es lo que regala el ayuntamiento cuando es temporada electoral. Asbesto y cáncer.

“He vestido mis ojos de amianto”.

Los bomberos apoyan cuando el agua penetra, pero sólo pueden ayudar a sacar el agua, no a prevenir. La delegada ha sido informada que eso sucede desde hace tres o cuatro años.

– La última junta que hizo Felipa, el domingo 30 de agosto del 2015, reunió a quienes tienen ese problema. Le dijeron que estaban viviendo prácticamente sobre el agua, pero contestó que las obras que se hacen no deberían generar conflictos entre vecinos, para que llegara el material desde el ayuntamiento, porque podrían retirarlo si se enteraban de inconformidades. Pero no es la obra la que pelean los habitantes, sino las inundaciones, y si las provoca el taponamiento de la zanja, pues por eso el reclamo.

Pero ella, al final, respondió que no le importaba que afectara a dos o tres familias.

– ¿Y a ellos no les dio ninguna alternativa?

– Pues les dijo que se esperaran a que llegaran los de las casas Ara, porque como ellos harían un camino sobre la propia zanja, les podrían pedir, juntando a los vecinos, que la arreglaran.

La constructora planea usar ese espacio, el metro y medio de esa brecha y otro tanto más, para abrir una calle y tener acceso por todos los costados para sus fraccionamientos. La delegada dice que los vecinos presionen a Ara para que entube, en un trabajo que al ayuntamiento le correspondería hacer. Hace dos años que la delegada tiene pruebas de que la calle, las casas y las parcelas se inundan, pero hasta la fecha no ha hecho nada. Este año se volvieron a inundar.

Luego el vecino hace una pausa.

Llueve.

Enciende el cigarro y lo fuma, sentado en la cama que ocupa un tercio de aquella habitación  única.

Llueve, pero no es un aguacero torrencial. Busca, con la mirada, por si arrecia, los costales que debe poner en las puertas para evitar en algo las filtraciones. Se contiene porque todavía no es una tormenta. Llueve y en los techos de asbesto el agua se va quedando.

La carretera de Ara se comerá una parte de los terrenos de los vecinos, pero la mitad de ellos está dispuesta a cederlo con tal de que el problema desaparezca, porque saben que si se inconforman, menos tendrán solución.

Cada año hay inundaciones y a los moradores el agua les llega a las rodilla, entre 40 y 60 centímetros y no hay de otra: hay que esperar a que baje el nivel, que eso busque cauce y se vaya por las milpas. Eso sucede luego de seis horas, como mínimo.

– ¿Se ha recibido apoyo del municipio cuando se inundan?

– No, no se ha recibido ningún apoyo. Los bomberos sólo ayudan a subir los muebles para que no salgan perjudicados. Hay veces que no acuden a los llamados. Cada año hay que poner costales de arena, y también la humedad es la que más perjudica… está en los pisos, en las paredes. Los costales los consiguen los afectados, he visto que mutuamente se apoyan. Ellos ocupan más de cuatro costales, pero no tienen tantos.

– ¿Y qué han perdido los vecinos?

– Sobre todo ropa, que mueven para todos lados pero que de pronto ya no tienen dónde ponerla. Pierden eso, por ahora, pero tienen que aguantarse con el agua adentro de sus casas. La última inundación ocurrió en julio del 2015.

Esa zanja, dice, lleva los restos del desagüe, depósitos de la carretera que va a Temoaya y de los terrenos de Ara. Y sí. Hay cadáveres de animales y basura biológica que los niños sufren después. Gripa, diarrea, infecciones pulmonares registran los chicos que viven allí.

Las casas tiene todos los servicios pero, dice el denunciante, que la electricidad no llega como debe ser. Incluso se formó un comité para que resolviera ese problema, pero no se ha dado solución y hasta la fecha no ha acudido la compañía ni siquiera para legalizar las bajadas. Las entradas de las casas no cuentan con pavimentación. Zona rural, al cabo, han gestionado todas las carencias pero ninguna tiene respuesta, excepto la pavimentación de la calle, porque, también, Ara se verá beneficiada. En la Séptima Sección los habitantes deben cooperar con el ayuntamiento para hacer cualquier cosa, trabajar en ellas y poner dinero. Ellos ponen el material, que controla o administra la delegada Felipa.

La pavimentación de la calle Papalotl ya presenta sus primeros quebrantos, al menos en las banquetas, donde las nuevas guarniciones ya se cuartearon. La calle, con los montones de arena, aún no está pavimentada, pero está trazada sobre terreno lodoso que no será compactado. La delegada ha dicho que ese camino así quedará porque no tendrá cargas pesadas. De nada servirá, dice el vecino.

– Pasaron las campañas en las que se elegiría a la nueva alcaldía y diputaciones locales, en junio y julio del 2015. ¿Les hizo Fernando Zamora alguna propuesta para mejorar las condiciones de vida?

– En las campañas vinieron a ofrecer láminas, cemento para piso firme. Aquí anduvieron los que les llaman Copaci (Consejo de Participación Ciudadana), formados por cinco o seis personas del mismo pueblo y que trabajan con los delgados, con Felipa del PRI, por ejemplo.

La entrega de las láminas o los pisos firmes corre a cargo de Felipa. Los Copaci son operadores que buscan beneficiarios, pero los condicionan.

– Es a cambio del voto –dice el vecino-. Si votamos por el PRI, cada año nos van a venir a ayudar, a bajar recursos, traen tejas de asbesto, ofrecen aplanados de cuartos. Pero eso lo ofrecen cada campaña.

– ¿Y cumplen?

– En el instante lo ofrecen como ahorita: dos bultos de cemento. Pasan las campañas y ya no existimos. Entonces nada más en esos tiempos se acuerdan de que está el pueblo.

– ¿Pero no vino ningún candidato?

– No, ninguno, sólo los del Consejo y los delegados, que dicen que el PRI es nuestra mejor opción. Tampoco vienen de otro partido, porque la mayoría son del PRI. Los pobladores mismos no aceptan a los de otro partido…

– A pesar de que nunca les cumplen…

– Exactamente. Antes de las campañas, mandan a los del Copaci para recolectar firmas, comprometiendo a la gente para que endose un documento donde acepta que uno debe llevar a diez personas el día de la elección para votar por el PRI, hasta mandan carros para llevárselos.

– Así manejan los recursos los del ayuntamiento de Toluca…  ¿y si se negaran a firmar?

– Pues nos dicen que si no firmamos o no los apoyamos, ellos no ayudarían cuando nosotros solicitáramos algo. Dicen que debemos estar unidos para que nos vaya mejor. Sobre las inundaciones, en el ayuntamiento dicen que es la delegada quien debe hacer los trámites y los regresan, pues, y cierran las opciones. Aquí Fernando Zamora no ha venido.

Las casas afectadas tienen cerca de 11 años establecidas.

Esa tarde en la lluvia los que viven en las casas comenzaron a llegar. No había nada que hacer. Apenas 20 minutos, ni siquiera aguacero, le han dado la razón al denunciante. Al menos 60 metros adentro, las aguas cubren los terrenos de los vecinos, las pequeñas parcelas y los únicos que aprovechan son los patos, enlodándose en aquella contaminación que, ni siquiera miran, también sabe a asbesto.

– ¿Por qué tienen miedo?

– Porque los comités del PRI se van en contra de ellos. Si no apoyas, tampoco se tiene derecho de opinar, porque vas a ser “linchado” por ellos. De otro partido político, ni hablar, no llega otro partido aquí. Seamos realistas, en San Andrés no hay otro partido más que el PRI.

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