En sus manos no hay nada

* Esta es la historia de una niña asesinada en Tenancingo, en el 2014, cuyo crimen ha quedado impune, contada desde la versión de algunos de sus parientes a quienes se les protege su identidad. La crueldad de esa muerte apenas supera el entorno en el que la chica, de 12 años, se desarrollaba. Ese caso, todavía investigado por las autoridades, es sólo una muestra de cómo una gran parte de la población mexicana cree todavía, porque así vive, que la violencia y las muertes violentas son cosas cotidianas, que les suceden a todos porque es lo normal.

Miguel Alvarado

Tenancingo, Edomex; 19 de septiembre del 2015.

Estábamos.

Gritaban, armaban, vendían en los puestos cercanos la ropa y las banderas o los sombreros, los autos de juguete y las pinturas para las mujeres o las niñas y esas muñecas de plástico, mancilladas desde sus empaques por ese plástico liso, sin arrugas llamaba la atención de los que pasaban.

– ¿Y cuánto por esa muñeca?

Entonces alguien decía algo y quizás una mano se estiraba para dejar la caja o entregar billetes o monedas. Las caras entonces cambiaban y esa mirada que al principio era descubridora ahora no se encontraba ni en los espejos que también vendían para mirarse en caso de urgencia. Los espejos –uno de ellos estaba roto-, aunque no se quiera, se tragaban súbitos aquel significado, que quiere decir que uno es lo que es pero nada más, o nada menos.

Y estaba bien la mañana, un paso cerrado por las patrullas–qué tienen esas flores, las del camposanto- y las casas recortadas en la subida de siempre, la calle empinada en ese cuadro admirable sin personajes todavía, que esperaba, escenario incierto, a que algo se moviera.

Estábamos, aunque faltaba algo.

Porque las burbujas atravesaban la plaza ensombrecida, tocaban la ropa de las chicas más cercanas, eligiéndolas o no, peligrosamente, como si supiera el que soplaba que los obstáculos de la carne son los más infranqueables.

Y las chicas, peligrosas y relajadas ahora, casi como estatuas, buscaban quién las escuchara, incluso un abrazo en ese espacio que abría la necesidad de comer, buscar el sol como si el domingo eximiera y dejara sólo estar. No quisiera reconocerlo, pero no había niños reventando esas burbujas, la redondez enjabonada de aquella inquietud de árboles y rejas emponzoñadas.

– Dígale que le cuente, ella se sabe la historia de Berenice –dijo entonces una de las chicas que ahora, sentada en la banca era del tamaño de una mano, de un puño que abierto espera volver a ser el de un niño que debió atajar el golpe, decir, decirles, ponerse a llorar.

– Dígale que le cuente. O dígale que nos diga, porque ella estuvo… bueno, yo también, cuando la mataron, hace un año. Era nuestra prima y la queríamos mucho.

– Fíjese, apenas tenía 12 años y en su casa no la querían.

La vergüenza por la religión acampanaba las horas y los llamados a misa daban lo mismo, y enfrente pero en la sombras alguien cantaba mirando allá, donde debía estar la luna. Dios allá. Acá, no el diablo, pero sí algo parecido.

Se llama Laura y es oligofrénica.

En sus manos no hay nada

ni piedad

ni la culpa

y la sangre

porque la hubo, en este momento es un celular con audífonos atravesando las orejas en un siseo confesional, cumbia arrebatada que deshace las entrañas. Y tocándose las manos con el envés de un envase de unicel, porque así se empieza, sorbiendo el agua afrutada sin convidar porque por qué, se levanta. Y tal vez lo hiciera, diciendo que iba a comprar algo. Y luego, sin que nadie la oiga, decirle al otro, al que estaba por allí, cerca de nosotros, que no había necesidad de escapar.

Qué ladino el mundo, que innecesario por anómalo.

A quién culpamos entonces, mientras pagamos los cigarros, los refrescos y volvemos los pasos entre la fruta y la ropa de aquella plaza sin fin, un tianguis menesteroso con las peores intenciones.

Entonces a quién, mientras repasamos las revistas y los diarios deportivos colgados en los anaqueles y miramos a los policías tocarse la entrepierna.

– Bueno, le voy a decir, pero no es que lo sepa todo.

Bere era una niña muy grande, más que ellas, que lo cuentan desde la bajeza de su altura. Era una niña, ya lo habían dicho, y era tan grande que apenas tenía 12 años. Y de pronto ese silencio de vaso de frutas se ha roto y escapa la historia como sea, disparada con tal de decirla, de ponerla y testimoniar diciendo que uno no ha sido, aunque lo sea, que uno no ha sido el de la culpa.

Por eso. A quién.

-Mire, esta niña iba a la escuela pero no le gustaba y cuando podía no iba, se iba de pinta y andaba en malos pasos.

– Pero yo digo –interrumpe la hermana de quien narra- pero yo digo que la culpa la tenían los padres de ella, que sabiéndolo no le ponían atención. Eso tiene ya un año, dice Laura mientras se acomoda el pelo y se ajusta el pants, la chamarra rosa de peluche, acomodando el paso, la marcha que sin querer ejecuta desde su lugar.

– Ella venía a nuestra casa y estaba conmigo mucho tiempo. Su mamá decía que no le gustaba que estuviera conmigo, con el que es ahora mi pareja y le empezaba a prohibir que se juntara con nosotros. Yo decía que… ¿yo?, ¿yo? pues de todo, orita, por ejemplo, en un puesto haciendo quesadillas en el mercado, pero trabajo nomás media tarde. Recojo la basura de la cárcel. O sea que entro y me la llevo y antes recogía latas pero luego ya no fue negocio porque empezó a recogerlas el gobierno, también, y ya no las compraban igual.

Sí, eso. La actual pareja de Laura se ha sentado lejos, en una de las jardineras más concurridas y pronto se lo traga la multitud. Allí, junto a él, dos hombres y una mujer endomingada deshacen una bolsa de mandado y arman un paquete de alimentos, cuidadosamente escogidos porque alguien entrará a la cárcel a ver si está bien a quien tienen allí. Entrará, estará hasta las cuatro de la tarde y cantará algunas canciones. Se dará el tiempo para entender que no saldrá si no paga y como no tendrá, porque ya lo hubiera hecho, esperará a que su familiar sea sentenciado y pague ya por él o por otros. Eso, en un momento determinado, no tiene la menor importancia.

Y ese abandono, el de Laura, el de su hermana, ellas mismas lo han ubicado en la más misteriosa de las normalidades. Para ellas no es posible que alguien viva de otra forma, porque a ellas nunca les ha pasado. Pero no son tontas.

– Porque le digo.

II

Bere era una niña de 12 años a quien no le gustaba la escuela. Iba cuando quería y los maestros alertaron a la familia de las inasistencias, pero nadie hizo nada por ella.

La niña, además de no ir, comenzó a juntarse con los grandes, con los que se sentía identificada por alguna razón, pero con ellos aprendió que el mundo y el hombre tienen otras formas. Asistió a las reuniones donde la ebriedad parece, porque lo es, una obligación y miraba cómo se terminaba casi siempre en la calle, tirado uno en la banqueta, sin llegar a ninguna parte.

Luego, dicen las hermanas casi a coro, alguien comenzó a llevarla con otras personas, unos eran policías, para que los conociera y les diera besos.

Les diera besos.

III

La niña de 12 años se había transformado radicalmente. Una noche llegó a la casa de Laura con chupetones en el cuello.

-¿Qué son esas marcas que tienes? –le preguntaron

Nada, son marcas de la bufanda, dicen que les dijo mientras se cubría con alguna prenda.

Con el sol de frente, miran cómo se levanta un manteado en el centro de la plaza porque habrá una función de lucha libre ese domingo, y tratan de recordar. La tarde ahora es infame y no hay otra y aunque no es la misma para todos parece, pero sólo eso, que todos vieron a Bere caminar por esas calles, un año antes, sabiendo.

En realidad sabían porque la ciudad es pequeña y esas cosas se riegan más pronto que el agua escapada de las zanjas, los tubos rotos. Miran entonces a los hombres amarrar los lazos en los árboles más grandes y a otros bajar tarimas y colchonetas. Otros esperan por las sillas y una voz anuncia que vendrán enmascarados.

– Una vez Bere se cayó como un bulto a mitad de la calle, cuando llevaba de la mano a mi hija –dice una de las hermanas-. Ni siquiera metió las manos, como si se hubiera desmayado. Cuando pudo pararse, nos dijo eso, que se había desmayado porque no se había sentido bien los días anteriores.

Creo que ya no quiero contar esto.

IV

Es esta agua que se estrella en la parte más dura de la roca. Cada aplauso que tocaba ya ha sido concedido. Ahora el día supone un punto extra, la valentía o cobardía con la que se afrontan las discusiones, el hacer por hacer lo más impropio, inútil y desvergonzado.

Probablemente sea la mañana, el frío de la noche, la comisión ancestral de la servidumbre. Creo, desde la perspectiva del doliente, de la desfachatez que la muerte es este vendaje acendrado, la manía del manirroto, la supervisión sobre el esclavo.

V

Una noche Laura llegaba de trabajar, cerca de la medianoche, a su casa. Allí la esperaba Bere, a quien vio con una maleta en la mano. No le dijo nada sobre eso, pero ayudó a la prima mayor a acostar al niño, con quien se quedó un largo rato, hasta que, al fin, dijo que ya se iba.

– Ya vete, porque luego te regañan y de paso me regañan a mí –dijo Laura.

Bere se despidió, abrió la puerta y se perdió en la calle.

Al otro día, la hermana, la que no se llama Laura, fue a visitar a su tía para ver también si se encontraba con Bere, pero no estaba.

– A mí me gusta hacer las cosas porque cuando quiero hacerlas no me gusta que nadie me diga lo que tengo que hacer –dice la hermana cuando la carpa de la lucha está casi lista y las sillas comienzan a ocuparse. Será en la tarde, a las cinco, que se presenten los gladiadores, así les dicen. Algunos de ellos ya están allí, sin máscara, sin secretos todavía.

La tía, hablándole por primera vez, le dice que barra el patio.

– ¿Por qué?

– Si quisiste a Bere como dices, barre el patio para que esté presentable para cuando vengan las personas. Van a traer el cuerpo de Bere, porque amaneció muerta en la calle. Alguien la mató.

VI

A Bere no sólo la habían matado. Torturada, había muerto de la peor de las formas, pero muy parecido a una ejecución reciente, donde habían asesinado a un tratante de droga, que tenía problemas con los jefes del negocio en la región.

Después les dijeron que ella nunca llegó a su casa, como había anunciado la noche anterior y que estuvo con algunos hombres, en un paraje. Algo pasó allí que fue golpeada hasta el desmayo y después su cráneo atravesado con un taladro. Para terminar, dejaron caer una roca sobre su cabeza.

Después huyeron.

VI

En ese silencio de máscaras y capas, de tipos musculosos pero pequeños, de gritería de niños y campanas católicas, Laura sorbe el resto del agua de frutas. En su rostro no hay nada, ni siquiera las arrugas, las mismas que la plática ha remarcado. Ahora sí refleja su edad, 22 años, pero un minuto antes parecía de 30.

– Y luego llegó la policía para interrogarnos a todos –dice por fin.

A Laura se la llevaron, después de una primera sesión, porque algo no cuadraba. ¿Por qué Laura y su pareja se habían ido de casa, después del crimen? ¿Por qué se comportaban de manera extraña?

– Yo no debo nada -dice ella de repente, pero ahora mirando hacia el palacio municipal, donde está la cárcel.

No debe nada pero la torturaron, dice, golpeándola para que contara qué había ocurrido. Ella no dijo nada porque no sabe nada, eso afirma.

– Y también le tocó a mi pareja. Luego de que nos pegaron y nos preguntaron, nos dejaron ir y hasta nos dijeron en la Procuraduría que nos iban a convertir en testigos protegidos.

– Por qué testigos protegidos…

– No sé, nosotros no vimos nada.

No, no sabría cómo explicarlo, aunque nos damos cuenta.

VIII

Laura se va como ha llegado, a jalones, si cabe, porque dice que tiene que ir a trabajar. La hermana se queda un rato más, todavía. Ella come dos garnachas y se aparta un refresco, en el puesto de la esquina. Todo el tiempo, desde las 12 del día, ha esperado para comer. La historia de su prima es para ella un abismo que la jala, que la ubica en los bordes de aquel conocimiento a medias y que la sigue, la persigue porque ella no sabe, pero no es tonta.

– Ella no le contó todo- dice, mientras pide la siguiente garnacha.

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