El sultán de Tamaulipas o el discreto encanto de la burguesía petrolera

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* Desde su ascenso al poder total en 1993, el tamaulipeco Carlos Romero Deschamps comienza una historia de oscuras maquinaciones, dudosos negocios, traiciones y tráfico de influencias que, de la noche a la mañana, le abrieron las puertas de la alta aristocracia política y empresarial, tal como se le abrirían a un viejo sultán o jeque árabe llegado del país de nunca jamás.

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Francisco Cruz Jiménez

Con cierta brusquedad, viejos discursos se han instaurado como la novedad de un Partido Revolucionario Institucional “nuevo” y “renovado” que, después de un receso de dos sexenios fuera de la presidencia de la República, regresa para dictar cátedra de cómo hacer las cosas y “mover a México al lugar que se merece” —eslogan tan socorrido del actual gobierno— por el camino del desarrollo, el crecimiento y la legalidad.

Nada nuevo bajo el PRI. Como bien apunta la escritora, narradora y ensayista Sabina Berman, “se trata del viejo ritual priista de decir para no decir. De hacer al idioma sobrevolar la realidad sin rozarla. Aludiéndola. Una coquetería del autoritarismo amable de México. Te advierto que puedo dar mazazos de poder a quien me estorbe, pero no lo apalabro, para que el miedo invada la nación como una niebla sagrada”.

Nada hay nuevo bajo el PRI. Por un lado, el autoritarismo; por el otro, la impunidad. La realidad y cronología del pasado se han vuelto el prólogo de un dramatismo en el que reina la confusión y donde, en ocasiones, parece imposible procesar tanta información sobre los excesos al amparo de acuerdos políticos o legales. Ése es el trance de Petróleos Mexicanos (Pemex). Los escándalos se encienden como fuego en gasolina dentro un país consumido por la corrupción. En 12 años, los dos gobiernos panistas que se proponían como el cambio no pudieron, o no intentaron, desmantelar el viejo régimen de abusos y despilfarros; más bien aceitaron el engranaje y sofisticaron la maquinaria sindical moderna puesta en marcha durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos.

Petróleos Mexicanos es la mayor empresa del país, da empleo a casi 150 mil personas —117 mil sindicalizadas y 30 mil de confianza—, pero parece el negocio de unos cuantos. Los ciudadanos conocen de oídas la bonanza petrolera. Nadie se atreve a predecir con exactitud el futuro real de este monopolio estatal. En él se escriben y prueban todo tipo de abusos y cada día brotan nuevos excesos. Sólo hay una realidad: los rumores, la inmoralidad y los desmanes de su líder sindical que se han apagado en el Congreso.

Desde su ascenso al poder total en 1993, el tamaulipeco Carlos Romero Deschamps comienza una historia de oscuras maquinaciones, dudosos negocios, traiciones y tráfico de influencias que, de la noche a la mañana, le abrieron las puertas de la alta aristocracia política y empresarial, tal como se le abrirían a un viejo sultán o jeque árabe llegado del país de nunca jamás.

Comparado con la lujosa vida que se da actualmente, sólo es un mal recuerdo aquella época cuando, a los 20 años de edad, su primo Víctor Deschamps Contreras lo presentó con Joaquín Hernández Galicia La Quina, quien se encargó de buscarle una plaza sindicalizada en Pemex, lo hizo su chofer y, más tarde, lo tomó como mandadero o carga-maletas hasta confiar en él e introducirlo en los grandes negocios, enviándolo como preparador de raya a la refinería de Salamanca.

En pleno poderío juvenil de La Quina, en el siglo XX, decidió acogerlo junto con Sebastián Guzmán Cabrera, guiarlo y educarlo para formar parte de la camada con la que pretendía, quizá porque no había otra salida y la guerra interna era a morir, hacer a un lado a sus rivales y consolidar una pequeña dinastía sindical.

A Hernández Galicia no le costó ningún trabajo dejarse adular. Tanto aprecio le tomó a Romero Deschamps que un día le confió la misión que le haría probar las mieles del poderío real, las entrañas verdaderas del monstruo sindical. Después de protegerlo en Salamanca, lo envió en 1971 como su representante, para hacer labores de espionaje, a la refinería de Azcapotzalco, en la Ciudad de México, donde, además, aprendería al lado del dirigente de la conflictiva Sección 35: Héctor Martínez González.

En los blogs petroleros de la oposición se cuenta: “Romero en realidad era y sigue siendo un personaje de características gris y oscuro. No tenía ni tiene cualidades, tampoco trayectoria política, se recuerda como un personaje retraído y poco sociable”, con su chamarrita negra. Otros, como Juan Díaz —secretario del Exterior del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) durante el quinismo—, han señalado: “Desde entonces [Romero Deschamps] era servicial. Era de las personas que nadie lo llamaba, pero siempre quería participar en las discusiones. Se le notaba lo extrovertido. Esas características lo ayudaron a ocupar puestos y a cultivar protagonismo”. En 1971 fue comisionado nacional en las negociaciones del contrato colectivo.

Seis años después, el espionaje y sus continuos viajes a Ciudad Madero rindieron frutos. En un golpe de timón orquestado por La Quina, Romero Deschamps fue ungido como nuevo dirigente de los petroleros de la Sección 35, en donde se mantuvo hasta enero de 1989, cuando le dio la espalda a su protector y se pasó al lado de los golpistas, encabezados por el presidente Carlos Salinas de Gortari.

Cuando se reconstruye la historia de su ascenso, la investigación periodística documenta cómo durante las primeras horas de la madrugada del 10 de enero de 1989, Romero Deschamps jugó el papel de delator. Convencido de que en la carrera por el poder todo se vale y la amistad frente a los negocios es sólo un barco frágil de papel, Carlos empezó a soñarse ocupando el lugar de su protector. Al igual que Judas, sospechaba que había sido elegido entre todos los discípulos para traicionar a Jesús, al ser considerado por el dedo presidencial para capturar a Joaquín Hernández Galicia.

Desde altas esferas se había planeado un operativo para detener a La Quina. Los coordinadores de la operación temían quedar en ridículo si, en la irrupción a la residencia de Hernández Galicia, descubrían que éste había dormido en otro domicilio no identificado. No habrían sabido qué hacer con las armas ni con el cadáver que llevaban preparados para acusar al viejo líder petrolero. Eso los obligó a buscar en Romero Deschamps a un ambicioso aliado dentro del pequeño grupo de confianza de Joaquín Hernández Galicia. A las dos de la madrugada de ese día, a Deschamps le correspondió hacer la llamada telefónica para corroborar y garantizar que su otrora líder dormía en su residencia de Ciudad Madero y que allí estaría, dormido todavía, cuando empezara el operativo del Ejército mexicano para detenerlo, literalmente, en calzones o en pijama, como fue sacado de su domicilio y subido al convoy militar que lo trasladaría a prisión.

Quienes están cerca de él afirman que quería ser líder absoluto después del operativo contra La Quina. Incluso hizo el intento de pelear la Secretaría General hasta que recibió una llamada de Los Pinos. Momentáneamente se le enfriaron los ánimos. El elegido de Salinas era otro charro, dócil e igual de traidor como él: Sebastián Guzmán Cabrera y no habría cambios en la decisión. Acostumbrado a obedecer, Carlos aceptó con resignación el nombramiento

Desde entonces, con sólo 45 años de vida, Romero Deschamps se llenó de brillo y abundancia, pues al igual que el mítico rey Midas, encontró en el petróleo la manera más cómoda para satisfacer su voracidad por los lujos y comodidades para consentirse a sí mismo, pero, sobre todo, a su familia. Nada hay más parecido a la vieja práctica del nepotismo. A través del sindicato le dio cobijo a hermanos, primos, cuñados, sobrinos, toda la parentela comenzando con su hermana, María Esther Romero Deschamps; sus cuñados Guadalupe Lidia Durán Lima y Álvaro Durán Lima; y sus primos Roberto González Romero, Nora Estela Deschamps Contreras y Silvia Deschamps Contreras.

Ernesto Prieto Ortega, ex candidato a alcalde de Salamanca, Guanajuato, denunció recientemente en una entrevista con el periódico Reforma que Romero Deschamps le aseguró un buen porvenir económico a sus familiares cercanos. “Toda la familia está trabajando en Pemex, tienen planta, y no son 12, son más, y están en Salamanca y en Hidalgo, donde Romero Deschamps tiene gran influencia. La mayoría cuenta con antigüedad de más de diez años”; muchos de ellos tendrán contrato vigente con Pemex por 986 años. Los familiares del líder petrolero están comisionados a labores del sindicato que nadie sabe en qué consisten.

Entre los 36 comisionados del Comité Ejecutivo local de la Sección 24 del sindicato petrolero aparecen los familiares del dirigente nacional. De octubre de 2012 y hasta 2015, con Fernando Pacheco Martínez al frente de dicha sección, figuran en nómina: Armida Deschamps Durán, Víctor Hugo Deschamps Lugo, Álvaro Durán López, Víctor Deschamps Durán y Ricardo Deschamps Morán; sus primos Roberto González Romero, Nora Estela Deschamps Contreras y Silvia Deschamps Contreras.

Por eso, desde hace mucho dejaron de ser un mero chisme su reloj Audemars Piguet con incrustaciones de oro de 18 kilates —cuyo costo mínimo se ubica en 40 mil dólares—, su colección de autos exóticos, la leyenda de su castillo en Francia, su departamento en Cancún, su lujoso yate Sunseeker 47 Portofino y sus viajes de placer a Las Vegas. Romero Deschamps heredó sus gustos por el lujo y el derroche a dos de sus hijos: Paulina, de quien se ha escrito en todos los medios de comunicación, y José Carlos Romero, el mayor, quien para evitar las habladurías, desde mediados de la década de 2000 decidió radicar, como si fuera hijo de un sultán petrolero, en Florida.

En 1992 se conformó con ser secretario del Interior del STPRM, puesto que le otorgó Guzmán Cabrera. Su férrea disciplina y el sometimiento a las decisiones presidenciales lo recompensaron. Enfermo Guzmán Cabrera en junio de 1993, desde la misma Presidencia de la República salió la orden para elegirlo, con todos los honores correspondientes, como nuevo dirigente de los trabajadores petroleros mexicanos. Y el 25 de ese mes tomó posesión.

Todavía hay quien recuerda que por su limitadas cualidades de líder y porque desde el principio quedó relegado a ser la sombra de La Quina, muchos le auguraban a Deschamps una estancia corta frente al sindicato petrolero. Nunca se imaginaron que venía con la actitud y las cualidades para reelegirse por más de una vez. El 27 de octubre de 2005 acababa de cumplir 12 años como secretario general del sindicato, cuando decidió que era tiempo de organizar una nueva elección y reelegirse por tercera vez. Aunque para lograrlo violó los artículos de los estatutos internos y la Ley Federal del Trabajo —se permite la elección en dos ocasiones—, su reelección fue avalada por el secretario de Gobernación, Carlos María Abascal Carranza.

El nombramiento de 2005 es el más sucio, irregular y tramposo que se haya registrado en el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, respaldado por todas las instancias gubernamentales. Con ello, consolidaba la fuerza que había adquirido al amparo del gobierno de Vicente Fox cuando ese año, tras un proceso legal amañado, salió ileso de todo cuanto se le acusó. En septiembre de ese año, Horacio Duarte Olivares, presidente de la Sección Instructora que en la Cámara de Diputados seguía el desafuero de Romero Deschamps por desvío ilegal de recursos, atribuyó un estancamiento del caso al presidente, por un acuerdo con la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo Morales.

Sobre el tesorero del sindicato, precisó: “El caso ya no está porque la Sección Instructora emitió su dictamen, remitido a la presidencia de la Cámara y, al inicio de esta legislatura, en una negociación política con acuerdo mayoritario del pleno, fue enviado a la Comisión Jurisdiccional […] y ésta no tiene ninguna atribución ni facultad para dictaminar […] es como haber enviado a un enfermo del estómago con el mecánico […] creo que el gobierno federal está protegiendo a alguien que cometió un delito”.

En octubre de 2007 también recibió el aval amplio y total de Felipe Calderón Hinojosa, a través del secretario de Trabajo Javier Lozano Alarcón. Aquel año, un grupo de trabajadores ganó una demanda de impugnación por la llamada cuarta, en realidad tercera, reelección. El Tribunal Superior de la Federación le ordenó a la Secretaría del Trabajo y Previsión Social retirar la toma de nota, pero en 15 minutos, Lozano Alarcón solucionó el problema y le otorgó una nueva. Con el viento a favor, quedaba claro que Carlos Romero Deschamps era el favorito de la Presidencia.

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