Los Hijos del Imperio

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* La obra es una narrativa de la esclavitud moderna, utiliza el término Imperio para identificar a los dueños del poder económico del país y sin entrar a fondo en el análisis de las conocidas desigualdades provocadas por la opulencia y la pobreza extrema de cincuenta y tres millones de habitantes, más veintitrés millones que no pueden adquirir la canasta básica para subsistir diariamente en México, inaugura un eje de análisis no socializado totalmente hasta ahora.

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Luis Zamora Calzada

El nuevo libro del escritor Francisco Cruz Jiménez, que lleva por nombre Los hijos del Imperio, apareció públicamente el diez de octubre en Colombia, en México será presentado en la Feria del libro de Monterrey a mediados del mes que transcurre.

En exclusiva, la obra fue comentada el sábado tres de octubre  en la Asociación Cultural “San Pedro Tlacocha A. C.” en la cabecera municipal de Ixtapan de la Sal, a donde acudió la “elite cultural del municipio”, por cierto muy pocos profesores del lugar y de municipios aledaños hicieron acto de presencia, a pesar del gran número de invitaciones personales realizadas, que a decir de los responsables de la asociación, existe cierta resistencia por las novedades editoriales, porque nunca se había realizado algo igual en esta parte de la entidad mexiquense.

La obra es una narrativa de la esclavitud moderna, utiliza el término Imperio para identificar a los dueños del poder económico del país y sin entrar a fondo en el análisis de las conocidas desigualdades provocadas por la opulencia y la pobreza extrema de cincuenta y tres millones de habitantes, más veintitrés millones que no pueden adquirir la canasta básica para subsistir diariamente en México, inaugura un eje de análisis no socializado totalmente hasta ahora.

El gran tema, la transición hacia los hijos de los grandes millonarios de México, de sus fortunas familiares expresadas en empresas y capital económico para continuar amasando riquezas, partiendo de las “desconocidas” relaciones y entramados con el poder político, para compartir sus pérdidas financieras en tiempos de crisis o en riesgos de quiebra, manteniendo intactas sus utilidades, con el gran perdedor de siempre a un lado, el pobre y martirizado pueblo de México, que cargará a cuestas una gran deuda nacional, para que los barones del dinero no pasen penuria alguna.

Entre las “desconocidas” relaciones, el autor cita en la parte final de la obra la siguiente: “Todavía es memorable aquella reunión de marzo de 1993, cuando el entonces presidente Carlos Salinas juntó en una cena convocada por el banquero Roberto Hernández, dueño de Banamex, a una treintena de magnates en la residencia de Antonio Ortiz Mena ─titular de la Secretaría de Hacienda durante dos sexenios, y por seis años director general del IMSS─, para ““solicitarles”” una donación ““voluntaria”” para la campaña presidencial del sonorense Luis Donaldo Colosio, aunque quien llegó a Los Pinos fue Ernesto Zedillo Ponce de León.

“Entre otros, asistieron Eugenio Garza Lagüera, Carlos Hank Rhon, Lorenzo H. Zambrano Treviño, Eloy Vallina Lagüera, Carlos Slim Helú, Alberto Bailléres, Emilio Azcárraga Milmo, Bernardo Garza Sada, Carlos Abedrop Dávila, Lorenzo Servitje Sendra y Claudio X. González Laporte. Ya luego se sabría que nuevos ““banqueros”” y empresarios de dudosa reputación como Carlos Cabal Peniche y Gerardo de Prevoisin Legorreta se habían sumado a las generosas o millonarias entregas de dinero para la candidatura presidencial priista.

“Años antes, el 14 de febrero de 1988 ─a poco menos de cuatro meses de la elección presidencial, el ya magnate mexiquense Carlos Hank González reunió en su residencia de Lomas Virreyes al candidato presidencial priista Carlos Salinas con  Emilio Azcárraga Milmo, Carlos Abedrop Dávila, Miguel Alemán Valdés, Carlos Slim Helú, Juan Sánchez Navarro, José Madariaga Lomelín, Roberto Hernández Ramírez, Enrique Hernández Pons, Jerónimo Julio Arango Arias, Agustín Legorreta Chauvet y Claudio X. González Laporte”.

Muchos apellidos raros, pero hay uno muy conocido entre los maestros, Claudio X. Gonzáles, todos unidos en el gran imperio y la administración de sus fortunas que seguirá  en manos de sus hijos, con modelos implantados de país que garantizan sus ganancias.

En tanto, al pueblo de México nos han unido en torno a Bimbo, Soriana, Televisa, TV Azteca y ahora al salario mínimo de $70.10 pesotes, y continuarán con sus campañas bien estructuradas, de manera permanente, para influir en la percepción social de una realidad inventada ─qué tan real es la realidad de las televisoras, de “la fábrica de sueños”, dicen─, y por supuesto con fervor electoral orientador en los meses de elecciones a favor de los partidos relacionados al gran imperio. Vale la pena leer esta nueva obra para entender mejor la realidad de México.

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Chiles curados

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De repente le rodaron sus lágrimas, el silencio se hizo intenso, nadie de los presentes intentó palabra de aliento alguna, el cuarto donde se realizaba la reunión se inundó de pensamientos y sentimientos encontrados, incluso el sudor presente en las frentes de los ahí reunidos aumentó de manera notoria.

Ubicada su casa en un paraje de belleza natural incomparable, de difícil y pesado camino de acceso, rodeado de árboles propios de la montaña, con un calor intenso que dificultaba incluso el respirar de quien pisa el lugar por vez primera, el domingo cuatro de octubre, conocimos en voz viva una historia de lucha y de sacrificios para escolarizarse y con la meta de salir de la pobreza extrema, que las condiciones sociales y económicas inequitativa no de ahora, sino de siempre han estratificado a la sociedad mexicana.

Desde un municipio del estado de Guerrero asegura que “si se ve pobreza ahora, cómo estaba esto hace muchos años, las condiciones han cambiado, pero no por el gobierno, es por nosotros, por la gente que amamos esta tierra, que entendimos que si no nos organizábamos, nos hubieran desaparecido los guachos, aquí la ayuda de gobierno no llega, todo lo contrario, de repente se ven pelones merodeando, buscando quién sabe qué o quién sabe a quién…”.

Y dice: “para salir a la secundaria trabajé un año de cobrador en los camiones de la Flecha Roja, que luego se hizo Estrella Blanca, me alcanzó para los libros de primero y segundo, viajaba siempre. El problema fue el tercer año, ya no tenía nada, tampoco ayuda, entonces volví a la línea, como siempre me porté bien, me hicieron algo así como inspector de boletos y así, entre trabajo y estudio terminé la secundaria y tuve que viajar al Estado de México para la preparatoria, en una de paga, no había escuelas, en Chilpancingo los cupos no son para los pobres”.

“Luego me buscaron ─sin decir quién─, me preguntaron qué quería estudiar, que me ayudarían, incluso me ilusioné mucho cuando dijeron que me recibirían en la Casa del Estudiante en Chilpancingo. Llegué como huésped a la “16 de Septiembre”, es muy simbólica, ahí están los más pobres de los pobres, pero con talento para servir a México, si no, para qué los ayudan…”.

“En la Normal de Ayotzinapa estudié pedagogía comparada, tienes que ver cómo aprenden los maestros de otros pueblos, de otras naciones, cómo son capaces de salir de las malas condiciones, el tiempo no alcanza porque de repente acabas y ya tendrás a tus hijos ─refiriéndose a sus alumnos─, los tienes que ver así, porque si no lo haces, entonces eres un simple maestrito, de esos que sólo cobran su quincena, pero que no leen, no le tienen amor a sus hijos, porque nunca han sido pobres y no huelen la necesidad del hambre y de la falta de dinero para salir adelante…”.

Pide más quesillos para la mesa, su esposa se esmera, son de cabra dice, “aquí cerca no se puede comprar nada, son hechos en casa; quien guste más, con confianza”, en lo que sirve los plato de frijoles, humeantes aún, con unos chiles curados para el almuerzo de esa mañana de domingo, en una montaña de Guerrero.

Gracias por todas sus atenciones estimado maestro.

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