Octubre

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* Es el sábado y se desmarca el Chicharito porque él y su jersey rojinegro pasan entre los centrales del Hamburgo, que le sacan dos cabezas de altura. Va el Chicharito ejecutando sin balón el prodigio del desmarque que a su edad, unos 27, quizás, nada tiene de fantástico y sin embargo ese movimiento practicado en el recreo, en los campos escolares, contra las bardas más callejeras parece imposible y metafísico.

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Miguel Alvarado

Toluca, México; 15 de octubre del 2015.

Diablura Ediciones es una colección de plaquetas de poesía, artesanales, con las cubiertas en serigrafía y satánicos motivos. Tiene copyleft, que las hacen todavía más curiosas -o sea que se pueden usar los contenidos de manera libre, sin cargo de conciencia-.

Pero hablar de uno. Tampoco que otro hable de uno, aunque lo hiciera para bien.

Mejor que gane el Atlas.

Porque octubre, no, no, excepto porque en su fin llega el Día de Muertos y se les puede mirar de cerca, como cobijado porque todos miran y hasta de lejos es bien visto que uno vea. Pero después de eso, viene la cancelación, los ciclos, pues sí, a los que uno también está condicionado.

Entonces uno hojea, pero hojea los libros de otros. A veces también se hojean libretas donde se encuentran cosas así:

“Primero interceptado y luego custodiado por federales. No fue atacado por polis”.

O esto más: (me pregunto entonces si puedo responder. Luego me digo que no, que no, que no puedo): “no se trata de ayudar a los padres de Ayotzinapa, se trata de generalizar la lucha. Somos el pensamiento de Lucio Cabañas”.

Es el sábado y se desmarca el Chicharito porque él y su jersey rojinegro pasan entre los centrales del Hamburgo, que le sacan dos cabezas de altura. Va el Chicharito ejecutando sin balón el prodigio del desmarque que a su edad, unos 27, quizás, nada tiene de fantástico y sin embargo ese movimiento practicado en el recreo, en los campos escolares, contra las bardas más callejeras parece imposible y metafísico. Entonces se queda enfrente, flotando a 15 kilómetros por hora con la vista fija en cuatro mil posibilidades. Detrás de él, Leverkusen y hasta los narradores más errados de ESPN saben que ha ganado ese pique en no más de 30 centímetros. Se levanta alzando el vuelo y si el balón fuera un Tango todo podría quedar allí, congelado para siempre en la foto más perfecta. Porque es el gesto de Hernández haciendo el cuerpo abajo para tomar impulso y los defensas extendiendo los brazos –uno de los rivales será barbado y sus ojos azules en dos semitonos- han comprendido que nada pueden hacer. El portero, tal vez de suéter amarillo y los guantes blancos con vivos rojos, cuidará el primer poste. Hará en segundos un recorrido de palo a palo y si hay suerte, se encontrará de frente con el remate.

También hay que hablar de dios en estas líneas, porque en otras no quiere caber, en estas, las que siguen:

– ¿Tienes miedo?

– No, no tengo miedo, me vale madres.

Entonces se oye que cortan armas, el cartucho o como se llame. No son los M1 o M2 de antes, pero cortan y está oscuro. Los que van a caballo no tiene de otra que gritar hacia l’oscuro, diciéndoles que le jalen. Y los que están en la emboscada le jalan y unos caen.

Luego, en otra donde tampoco cabe dios:

Hasta los bomberos iban armados esa noche y los de la Cruz Roja se quedaron detenidos por una orden que alguien les dio y que acalló la sirena, requisó las camillas, engarrotó los brazos. Los rescatistas de Protección Civil se encargaron de todo. Subieron los cuerpos -porque había un chingo- y se los llevaron. Luego los embolsaron y de pronto dieron las cuatro de la mañana. Que nadie se mueva, somos los bomberos y venimos a matar.

¿Sí, así?

O en esta última, donde tampoco dios cabe: dice: traigo el dolor de la equimosis. Fui atado con cordones y arrastrado y he perdido la capacidad de mirar. Ahora tengo en las uñas la sangre de otros, pero esto no podrá comprobarse porque ya ha pasado mucho tiempo y si no sucede el milagro de la conservación, no habrá nada que responder.

Aquí he llegado y no se vislumbra otro día.

Ahora salta el Chicharito gana, midiendo en el último segundo con los ojos cerrados, como con el instinto, dicen los que gritan en la tele, el viaje de la plástica pelota que se vuelve comba o gambeta contra sí misma. Y se levanta y remata frente al arco del Hamburgo.

Es la hora.

Nadie recuerda a Kevin Keegan fichando por el Hamburgo para ganar la Bundesliga en 1977. In that year la FIFA era más corrupta que ahora pero en la cancha había un orden, roto de vez en cuando, en l978, por ejemplo, cuando Perú necesitaba perder por 6 a 0 contra Argentina en ese Mundial septentrional porque en ello le iba la vida a alguien que no sabía de futbol. O en el Azteca, cuando el América ganaba hasta en las películas de Chespirito y los de esa época tenían su Tlatelolco, sus matanzas escondidas detrás de la puerta, y sin embargo las rendijas.

Keegan nació en 1951, cuando Duncan Edwards no sabía nada de Munich pero ya jugaba esperando que el Manchester del 58 no sucediera. Si así hubiera pasado, Pelé no se pronunciaría igual y Wolverhampton habría perdido porque así estaba dictaminado. Edwards nació el 1 de octubre, que parece llevarse lo mejor, nunca devolverlo.

Y de eso se trata Octubre, el libro que me ha tocado en las ediciones artesanales, rojas y de agradecido copyleft, pero que no puedo leer en voz alta ni en voz baja. Tampoco lo puedo abrir o dibujar sobre sus hojas.

Y es que un fatídico megaterremoto dividirá América y matará a millones de personas.

Gracias.

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