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Guerra a muerte por el oro negro

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* Con la llegada de Adolfo López Mateos el 1 de diciembre de 1958, se preparaba una nueva era para el sindicato petrolero bajo el mando de un veracruzano-tamaulipeco quien, desde Ciudad Madero construiría su propia leyenda negra: Joaquín Hernández Galicia, La Quina.

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Francisco Cruz Jiménez

Desde la nacionalización del 18 de marzo de 1938, el petróleo despertó un enconado odio entre funcionarios y trabajadores. Unos y otros se dejaron arrastrar por las pasiones del poder y el dinero, pero Jáquez Bermúdez sabía muy bien lo que hacía y quería. Durante sus 12 años como director general de Pemex se hallaron, entre otros, los campos petroleros Ezequiel Ordóñez, Allende, Gutierrez Zamora y Tecolutla. Con él se llevó a cabo el descubrimiento y ampliación de la llamada Faja de Oro Terrestre. En febrero de 1956 se inauguró la refinería de Minatitlán, Veracruz, además de que se ampliaron las primeras grandes refinerías: Azcapotzalco, en la Ciudad de México; Salamanca y Poza Rica.

En el pináculo de su poder, J. Bermúdez llevó a su amigo, el modesto ingeniero topógrafo Jaime J. Merino, como superintendente del complejo de Poza Rica y le dio dos encomiendas: controlar la formación local del sindicato petrolero y echar mano de los contratos para la expansión hacia el sur de Veracruz, además de los estados de Tabasco y Campeche.

La guerra por el poder del petróleo era especialmente cruenta en esa zona. En ocasiones los trabajadores intentaron rebelarse, aunque las pequeñas revueltas fueron siempre apagadas a través de la represión directa con matones contratados por Pemex o por grupos de choque que salían del sindicato. Todo en el sureste era más sombrío y más salvaje.

Con el apoyo indiscutible de J. Bermúdez, Merino pudo imponer a Pedro Vivanco como líder local de los petroleros. El impulso todavía alcanzó para que, en diciembre de 1958, Vivanco tomara por la fuerza el mando del Comité Ejecutivo General del STPRM. Los opositores de las secciones 34 y 35 fueron violentamente reprimidos por la fuerza pública. La Secretaría del Trabajo se hizo de la vista gorda y Vivanco extendió su reinado hasta 1961.

Considerado como el primer líder sindical encubierto de la zona de Poza Rica y, aunque poco trascendió en la Ciudad de México, a él y a su socio Vivanco, dirigente formal de la sección sindical en ciernes, se atribuye la matanza de Los Goyos, el asesinato de por lo menos una docena de personas que denunciaron el escandaloso fraude electoral del 5 de octubre de 1958, para imponer en la alcaldía al priista Manuel Salas Castelán.

Una nota que el viernes 3 de octubre de 2008 publicó el joven periodista veracruzano, Rodrigo Vidal Padilla, recordó: “El próximo lunes 6 de octubre se cumplirán 50 años de la matanza de Los Goyos, un capítulo oculto y oscuro en la historia de Poza Rica. […] Por vez primera, oficialmente se ha preparado una ceremonia para recordar esa fecha, justo al cumplirse medio siglo. El anuncio del homenaje no deja de sorprender tomando en cuenta que será una administración priista la que lo realiza. ¿Habrá entonces reconocimiento al fraude electoral del 5 de octubre de 1958?

”Tampoco queda claro sobre el papel que jugará la dirigencia de la Sección 30 del Sindicato Petrolero, que en ese entonces participó en el fraude y el asesinato de los manifestantes, seguidores de Fausto Dávila Solís —el candidato derrotado en 1958—. […] El secretario general de la Sección 30 del sindicato, Pedro Vivanco, y Merino encabezaban el grupo caciquil que decidía el destino de Poza Rica y los pozarricenses. Quienes no se dejaban lo pagaban con muerte. Y eso incluía poner y quitar presidentes municipales y diputados, favoreciendo al PRI, por supuesto.

”Fue desde el edificio del antiguo auditorio de la Sección 30 del STPRM donde comenzaron a disparar hacia la multitud. Justo ahí los emboscaron, antes de llegar al parque Benito Juárez, en una angosta calle donde ahora se encuentran las oficinas de Telégrafos de México y el Servicio Postal Mexicano. Según declaraciones de la época, en los hornos de Pemex varios cuerpos fueron quemados. Entonces hay una responsabilidad histórica del sindicalismo petrolero local sobre esa matanza ¿la reconocerán?”.

Vidal Padilla terminó con una serie de interrogantes: “¿Qué dirán los funcionarios del PRI? ¿Participarán? ¿Reconocerán que el fraude cometido a favor de su candidato, Manuel Salas Castelán, originó el asesinato? ¿Y el sindicato petrolero, que hoy al igual que en esa época obedece más a los intereses de la empresa y los grupos en el poder que a la defensa de sus agremiados? Aún más que plantear una lista larga de preguntas, sería mucho muy interesante conocer las respuestas de algunas de éstas”.

Académicos como Angelina Alonso y Roberto López —en El sindicato de trabajadores petroleros y sus relaciones con Pemex y el Estado 1970-1985, de El Colegio de México— han documentado: “Estos hechos marcaron para el sector obrero en general y para el propio sindicato petrolero, un reordenamiento de las fuerzas políticas en pugna y un reforzamiento de las estructuras sindicales vinculadas al Estado en la contención de las luchas de los trabajadores. En su primera década de existencia del fenómeno del ‘charrismo’ lograba consolidar instancias políticas de negociación con el Estado y de dominación frente a las bases trabajadoras. No obstante, el final de este periodo marcaba también el inicio de una nueva etapa en la vida del sindicato petrolero”.

Sin saber que su imperio se desmoronaría y que a fines de aquella década de 1950 saldría huyendo de la justicia federal para refugiarse en Estados Unidos, Merino acumuló, en pocos años, una fortuna que, en la época, se calculaba en 50 millones de dólares, aunque algunos investigadores en la Ciudad de México la ubicaron en sólo 20. Una u otra, la cantidad era escandalosa en el caso de un hombre que llegó a Poza Rica con una mano atrás y otra adelante.

Gracias a las amistades de J. Bermúdez, Merino pudo colocar todo su dinero, libre de sospecha, en bancos de Estados Unidos. En menos de una década, el humilde topógrafo amigo del visionario director general de Pemex se levantó como uno de los más prósperos empresarios y caciques del sureste del país.

Acaso, en su huida, Merino perdió algunas propiedades debido a que recurrió a un grupo de prestanombres y colaboradores incondicionales, beneficiarios del poder. A su protegido, socio, confidente, cómplice y ex diputado Vivanco, por ejemplo, le documentaron la propiedad de 60 hoteles y cuantiosas inversiones en líneas de transporte público foráneo.

Llamarlo poderoso era sólo un decir. Merino era más. Su conocida cercanía con don Antonio le dio autoridad para controlar el negocio de la venta de energía eléctrica, asociarse con grandes empresas perforadoras extranjeras —a las que J. Bermúdez abrió la puerta—, adquirir extensas fincas bananeras y contratar —con salarios pagados de la nómina de Pemex— a los trabajadores de las plantaciones, construir un fraccionamiento, hacerse con el edificio del hotel Poza Rica, administrar parte del negocio de carga del ferrocarril y, con apoyo de los jefes militares, apropiarse de grandes extensiones de terrenos vírgenes.

Algunos ponen en duda la veracidad de la información, pero investigadores y académicos aún citan y recuerdan “una minuciosa investigación periodística de la época, llevada a cabo por el reportero Antonio Caram —“Vida, milagros y tropelías de JJ. Merino”, en la Revista Protesta, México, D.F., núm. 1, del 7 de noviembre de 1958—, [en la que se] reveló que la riqueza de Merino era fantástica. El modesto ingeniero topógrafo se convirtió, en apenas catorce años, en todo un potentado.

”Nos enteramos, posteriormente, de las propiedades y negocios del ingeniero Merino. Cuando menos de algunos de ellos. Por principio de cuentas, tiene cerca de 20 millones de dólares —de los de aquella época— depositados en varios bancos de Estados Unidos y es, o propietario o accionista, de los siguientes negocios: hotel Poza Rica —con un valor aproximado de 3 millones de pesos y que se construyó con materiales y trabajadores de Pemex—; la pasteurizadora Huasteca, de la que es socio el alemán Gualterio Adams —por cierto: Merino no permite que nadie de afuera introduzca leche en Poza Rica, por lo que sus habitantes se ven obligados a consumir leche de la pasteurizadora—; dos agencias de automóviles; dos embotelladoras; los colegios Motolinía y Tepeyac; dos líneas de autobuses; el estacionamiento Continental; las radiodifusoras Tropicana y XEPR; el banco de Tuxpan; 20 autobuses de transporte escolar; un colegio particular en Huachinango y otro en Pachuca”.

Angelina Alonso y Roberto López recogen una cita ilustrativa que Antonio Vargas MacDonald publicó en Hacia una política petrolera, libro de 1959: “[…] el señor de Poza Rica —Merino— llegó a señorear la política regional, a constituir lucrativas empresas en beneficio suyo y de sus asociados —muchos de ellos líderes adictos—, y a dominar la vida económica de la zona, vigorizada por la derrama de salarios que en ella hace Pemex y por los contratos que otorga. […] Se llegó al extremo de que desde Poza Rica se impusiera al personal directivo del sindicato nacional”.

Una vez iniciado el sexenio de López Mateos, J. Bermúdez fue castigado —también porque intentó disputar la candidatura presidencial— y enviado por un tiempo como embajador plenipotenciario a los países árabes e Irán. Sin embargo, la sanción fue a medias, porque conoció allá los últimos secretos sobre el gas LP. Al terminar su labor como embajador plenipotenciario en los países árabes e Irán, J. Bermúdez recibió el perdón presidencial de López Mateos, quien, con un borrón y cuenta nueva, le entregó la encomienda de darle forma y estructura al Programa Nacional Fronterizo (Pronaf), que no era otro sino el proyecto para hacer de México un país maquilador.

El funcionario cumplió con una parte: ciudades como Juárez, Tijuana, Nuevo Laredo o Reynosa sintieron todo el impacto del desarrollo de esa cuestionada industria de producción dividida. Pero uno de los mayores beneficiarios de aquel programa lopezmateísta resultó ser Jaime Bermúdez Cuarón, sobrino predilecto de J. Bermúdez, y a quien, en la década de 1980, el PRI llevó a la alcaldía juarense.

Al seguir la pista de este entramado de nombres e historias que irremediablemente conducen a otras, los ominosos encantos de la élite que se ha ponderado como la dueña de Petróleos Mexicanos surgen como una imponente escuela de represión, traiciones, venganzas, corrupción, opulencia e impunidad. Con la llegada de Adolfo López Mateos el 1 de diciembre de 1958, se preparaba una nueva era para el sindicato petrolero bajo el mando de un veracruzano-tamaulipeco quien, desde Ciudad Madero construiría su propia leyenda negra: Joaquín Hernández Galicia, La Quina.

“Soy víctima”

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* Es de mañana y a las nueve no hay nadie en el panteón porque el protocolo en el Juzgado de Tenancingo no ha terminado. Al rato llegará la jueza en un convoy que involucrará a más de diez autos oficiales de la PGR y las policías convocadas. Esperamos a que la pila de la cámara cargue para recordar cómo iba vestida. Sólo para tener un punto de inicio porque su comparativa será Marisa Mendoza, vestida de negro, peinada hacia atrás, con un chongo y en el brazo una bolsa negra, más adelante una sombrilla.

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Miguel Alvarado

Tenancingo, México; 4 de noviembre del 2015. En la noche está así, casi llueve y en la cama los niños juegan con globos mientras otros platican esperando que den las nueve, las nueve y media. Mañana dirán que es normal que los militares anden en Tenancingo circulando por donde quieran, pues es normal, insisten y uno se pregunta cuándo comenzó a parecer eso. Aquí cerca está Zumpahuacán, el municipio con más problemas de narcotráfico en el Edomex, aunque de pronto hasta esa sicariedad ha dejado de ser cierta donde hay algo que extraer y uno, tan acostumbrado a echarle la culpa a los narcos se la cree mirando que de todas maneras hay un montón de muertos. Mientras, en el barro todo resbala, se vuelve quebradizo hasta en lo oscuro, donde se escuchan las voces, algunos hablando fuerte, en la mesa, detrás de los refrescos.

Es el tiempo, ya siempre será el tiempo.

– Vamos a bailar- dice Marisa Mendoza a la pequeña Melisa mientras la carga y la eleva y mientras la carga la arrulla a las diez de la noche del 3 de noviembre, escuchando por otro lado a la abogada Sayuri Herrera explicar a los familiares lo que ocurrirá al otro día en el panteón de Tecomatlán, el pueblo de donde era originario Julio César Mondragón Fontes, estudiante de Ayotzinapa masacrado la noche del 26 de septiembre del 2014, la madrugada del 27 de septiembre del 2014.

Melisa vuela en ese aire del comedor de la familia Mondragón mientras el refrigerador en la estancia sirve de soporte para dibujar un mapa, algunos números que terminan por aclarar a los parientes. La exhumación de Mondragón, programada para el 30 de septiembre, fue pospuesta para el 4 del siguiente mes.

Un comunicado de la familia, a un año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y del asesinato de Julio y sus compañeros, Julio César Ramírez y David Solís y otras tres personas más, describe lo que significa sacar el cuerpo de quien hasta la fecha ha sido ignorado por los medios, el propio grupo de los 43 y la opinión pública, a pesar de ser clave para la resolución de esa noche de Iguala.

“Tan es así, que a mediados de septiembre se puso por fin fecha a la exhumación: se realizaría el 30 de septiembre. No fue así. El 23 de septiembre las autoridades del Estado de México, entidad donde yacen los restos de Julio César, solicitaron postergar la exhumación debido a que la fragmentación de los expedientes del caso obliga a realizar diversas notificaciones que no se pueden cubrir en el tiempo requerido. Este cambio provocó, además de la revictimización de la familia, un costo económico para las y los expertos internacionales que ya habían comprado su boleto para viajar a México. Ya en el mes de octubre, la actual Procuradora anunció públicamente la fecha de la exhumación. No nos consultó si queríamos que esta fecha se difundiera. No nos consultó a pesar de que esto significa un momento muy doloroso. La exhumación será realizada por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) quienes han sido legalmente nombrados como peritos auxiliares de la familia de Julio César Mondragón Fontes. Participarán como observadores los integrantes del GIEI. En ellos y ellas confiamos para la realización de esta diligencia”, escribía la familia.

Melisa bailaba aérea a las once de la noche en la sala de los Mondragón. Ella, el verdadero rostro de Julio, observa de reojo la ofrenda del Día de Muertos colocada en un extremo de la casa. Del otro lado, frente al refrigerador, la abogada explica con arquitectura de cuadrados y círculos delimitando el cementerio, y prepara a la familia. Una crónica de Diana del Ángel apenas alcanza a medio pintar: “la prensa oportunista, atraída por el morbo de la nota, llegó desde temprano; por desgracia no se han interesado en llevar registro de todas las arbitrariedades y las negligencias que nos han traído a esta instancia ni de los incumplimientos por parte de la procuradora (Arely Gómez) —sobre no revelar la fecha de la exhumación— y de Enrique Peña Nieto —a quien se entregó un CD con las fotografías tomadas por el perito Vicente Díaz Román, que hasta la fecha no están en poder de los peritos de la PGR, porque no se ha girado el oficio correspondiente”, dice desde el sitio web elrostrodejulio.org, un día después.

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II

Es de mañana y a las seis no hay nadie haciendo guardia en el panteón de Tecomatlán, pequeño como el pueblo y como entrado en años, aunque fresco todavía en ese vientre florecido que resulta el camposanto porque así es la potencia de la muerte viva, sin alharacas, de un silencio que arrulla. La mañana, a esas alturas, se va rompiendo desde el frío que puede hacer en Tenancingo. Alguien dice, dice desde un megáfono, que más tarde habrá oportunidad de pagar el agua, que los que deben tendrán chance para que se sientan bien con el deber cumplido. Pero aquí, en esta parte de Tecomatlán ningún deber debiera ser éste de sacar a alguien y que para ello, ya que se hace, se necesiten más de 100 policías, un tercio de ellos de civil pero armados. De qué tamaño es lo que hay que antes de que todo empiece ya están los destacamentos, la policía estatal y su líder, el jefe Espejo rapado; y Verónica Contreras Marín, insólita jueza cuyo protocolo pero también su potente protagonismo la llevarán al pie del sepulcro del normalista para ordenar sin don de mando -a punta de grito y desespero- la ubicación de víctimas y familiares. Al rato, Espejo se interpondrá entre ella y Marisa Mendoza, la esposa de Julio César, para no dejarla pasar.

– Tú quién eres –le dirá Espejo a ella, cuando la tenga enfrente, después de las diez de la mañana.

– Soy víctima –responderá Marisa, sosteniendo en la izquierda y luego en la otra mano una bolsa negra que abrirá más tarde, cuando el sol casi calcine y deshaga la entereza de los policías cubiertos de capuchas y armas.

Marisa avanzará por la periferia del panteón hacia donde está Julio y tendrá que rodear para abrir la entrada y ver otra vez a Contreras, quien habrá ya caminado desde un auto hasta donde se instalan los de la prensa y algunos curiosos, muy pocos, que por lo pronto lo único que hacen es no mirar. Ya se ha clasificado a los reporteros, casi todos jóvenes y desentendidos, es verdad, y según esa clasificación pertenecen a los oportunistas. Qué oportunidad habrá aquí de algo cuando se trata de la muerte, viviéndola o no, qué clase de trama puede vender nadie, escribirla cuando Contreras Marín baja del auto que la lleva, abandonando también el agresivo convoy que transporta a víctimas y gobierno –por no decir victimarios- y camina primero hacia la puerta del cementerio buscando a la familia Mondragón.

Pero antes: no hay nadie haciendo guardia aunque en el campo de enfrente que es el campo del futbol ya están los policías haciendo algo que a lo lejos parece la inutilidad absoluta.

– Ser policía sería negar nuestro lado humano- dirá Félix Santana, secretario general de Morena en el Edomex y que observa por ahí preguntando al que menos sabe que qué tipo de armas son las que llevan los federales del Grupo Especial Operacional, que se entretendrán intercambiando estampitas de Spider-Man como niños justo cuando escarban las palas de los cuatro rascadores.

– Porque son para los niños, allá –se excusarán entre ellos, cuando sientan la mirada de los ministeriales, jetones desde sus lentes oscuros.

Uno se acerca a los policías y lo que hacen, lo que uno ve que hacen también de cerca, parece la inutilidad absoluta, es verdad. Presenten armas. Formen de a dos. Recuerden. A nadie tocar, a nadie empujar, se van ganando los espacios para que nadie se ponga donde no debe. No hacer nada, sólo en caso de que algo sea demasiado. Y que chinguen a su madre los que no nos ayudan. No estamos aquí porque queramos, ustedes lo saben. Así que órales, les dice el que los llevará más adelante, entrando formados, en posición como de abalanzarse contra la tumba de Mondragón Fontes.

Al principio, entre Espejo y los policías sólo está Marisa vestida de negro, en su mirada las huellas de un colibrí, de esos que también vuelan a la izquierda y arriba y abajo y a todos lados.

Y órales.

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III

– Porque sí, como que es normal que haya soldados en Tenancingo –dice Israel Dávila, corresponsal de La Jornada en Toluca, y quien junto con otros reporteros ha acudido para atestiguar la exhumación de Julio César, aunque se les señale de oportunistas.

A las ocho la mañana ya se parte entre el sol que brinca los cerros y pesa como acero inexorable. Hasta un dron, una camarita con alas, hélices, hay estacionado junto a la barda del panteón local, donde no habrá más de 500 fallecidos. Todavía la basura del Día de Muertos se amontona a un costado, conviviendo en esa falta de costumbre, esta calamidad que impide acomodar la muerte aunque sea lo que es y tenga el aroma de las flores y las hierbas arrancadas, las de cada año. Esa barda de un metro con cuarenta apenas contiene en una zona que no requiere de ninguna malla o muro. A quién puede contener esa barda que quiera entrar o a quién detiene que vaya saliendo.

Sí, pero esto es distinto. Ayoztinapa, la seguridad nacional en entredicho, las carnes abiertas del país de los pobres que no se ve en Ciudad Satélite ni se comprende ni siquiera en Toluca porque qué hacen esos jóvenes robando camiones, dicen los clasemedieros mientras comen mirando el noticiero de Lolita Ayala, viviendo en los fraccionamientos semiderrumbados de Almoloya de Juárez que les ha regalado el SUTEyM, diciendo que a Peña Nieto le cuesta mucho trabajo la reforma estructural pero que estamos de acuerdo y los maestros son cualquier cosa, menos maestros. Esos, los que dicen que si se privatizan los espejos de agua, todos ganaremos, se sientan y pontifican con las bocas llenas. Hay muchos problemas, pero no todos tienen muertos, y menos muertos que se sacrifiquen por otros.

(si marcamos un número, a dónde nos llevará la llamada. Si marcamos un número, quién contestará del otro lado, quizás guardará silencio mientras espera una palabra, la indicación o nada, y si marcamos un número a dónde nos llevará la llamada, el error de marcar, de saber de más).

Pero hay otros que sí, y esos están rodeando Tecomatlán, su panteoncito donde uno quisiera quedarse nada más a tomar agua, estar hincado o sentado en la sombra o en el sol cuando pegue y la cosa enfríe. Este día harán 30 grados y Marisa tiene frío. A ella la buscan todos y aunque la miran no la encuentran. Ha llegado junto con la jueza, pero en otro auto, para que el cuerpo de su esposo sea exhumado y llevado a la ciudad de México, se le practiquen nuevos estudios y se determinen las causas reales. ¿Es necesario volver, otra vez, a esa desdicha que se agiganta? El médico forense Roberto Loewe, ha dicho, sólo mirando las fotografías que hay de Mondragón de ese día, que su rostro no pudo ser devorado por la fauna del lugar y que el dictamen del forense es una porquería. Todavía es más terrible la conclusión de Iguala y sus médicos encañonados: Loewe tiene razón: “porque el estudiante normalista Julio César Mondragón Fontes fue torturado y ejecutado extrajudicialmente. La mutilación de su cara corresponde a la de otras víctimas de terrorismo, supuestamente perpetrado por el ‘crimen organizado’. Como ya lo expresé públicamente, el cadáver de la víctima, un líder estudiantil incómodo para el sistema, fue utilizado como mensaje para quien ose oponerse a la autoridad”.

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IV

Es de mañana y a las nueve no hay nadie en el panteón porque el protocolo en el Juzgado de Tenancingo no ha terminado. Al rato llegará la jueza en un convoy que involucrará a más de diez autos oficiales de la PGR y las policías convocadas. Esperamos a que la pila de la cámara cargue para recordar cómo iba vestida. Sólo para tener un punto de inicio porque su comparativa será Marisa Mendoza, vestida de negro, peinada hacia atrás, con un chongo y en el brazo una bolsa negra, más adelante una sombrilla. El comandante Espejo se interpondrá entre ellas pero luego a Marisa las amigas de la abogada, a quienes integra en su equipo de apoyo la rescatarán, aunque de lejos ellas parecen las rescatadas porque Marisa es más fuerte que ellas y no se ha sentido mal, como algunos pensaban que pasaría.

Así, ella rescatando a su equipo, no hace sino voltear a ver la mano de la jueza, rígida hasta en la mano con la que señala el sepulcro de Julio y ordena como si supiera lo que dice. Hay un escript, está claro, y ella, porque es la autoridad y cree que todos la observan, se ceñirá.

Pero ojo, aquí viene la jueza. Son las 11:18:28 y en ese registro de electrodatos ya la madre de Julio ha repartido café con pan y también agua a todos los que están por ahí, incluso a algunos policías. No ella, ella no se ha acercado a los policías pero algunas les han llevado vasos, que aceptan porque están asándose.

Entonces, a esa hora llega y su convoy abre, como cuña, esa calle del panteón con una patrulla de la policía estatal a la cabeza, la 21534, que conduce un hombre de lentes como sucede en las películas de narcotraficantes mexicanos. Impávidos, los que están asisten sin querer –aunque sí quieren- a la realidad de lo increado, a un desfile de estereotipos que siguen dando risa en la tele o en Tecomatlán, aunque sean trágicos y en todo caso aterroricen porque han masacrado.

De copiloto viaja el comandante Espejo metido hasta las orejas en su uniforme negro y verde fosforescente que lo distingue y todos saben quién es porque tiene en su gorra, por la parte de la nuca, el nombre bordado. Espejo, dice, cuando encara a Mendoza y le dice que quién es ella, que se quite, que se quite ya, ahora. Espejo, dice, cuando la jueza lo manda traer a grito pelado y él no está disponible, está tomando sombra en el estacionamiento improvisado. Espejo, dice, cuando le ordenan quitar a los fotógrafos y reporteros que deben conformarse con no mirar pero llevándose un boletín de prensa que, bueno, ya han mandado a sus redacciones y está chido, dice quien lo redactó. Espejo, dónde está Espejo, pregunta siempre la jueza cuando llega y recorre aleteando, como dicen los vecinos.

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V

Te están viendo.

Te observan cuando llegas a toda máquina, metiendo el desorden en la mañana apacible sólo porque llegas así, agitando el miedo desde tus manos habladoras, que no se detienen porque tengas a alguien delante.

Te describen, pues ya qué.

Te bajas y volteas. Pareciera que de ti depende todo porque tus pantalones rojos y tu camisa –cómo quisiera describir que llevas una camisita que no te quedaba, pero que hacía juego con el vozarrón que a todos espanta cuando hablas, aunque para los que te oyen ese escándalo significa que vas a hacer algo que a nadie le va a gustar. Cómo quisiera poner que tu camisa blanca a rayas, ceñida en tus cincuenta y tantos años, no se te veía bien ni siquiera porque eras la jueza y cuando caminaste por ese camino (alguien debiera llevarte donde murió Julio César, para que vieras el poste y recordaras, si es que ya lo viste, el reguero de sangre y al chico allí, tirado cuando lo encontraron los militares. Cómo quisiera, pero no lo haré todavía) con tus pantalones rojos y tu camisa corrompiste la atención y es inevitable no verte y hasta Espejo, que hasta ahora se ha acongojado poco, suda y suda.

– ¿Dónde está la familia de Julio César Mondragón? -es una de las primeras cosas que dices, parada en la puerta del panteón, rodeada de tus ayudas, hasta que alguien te dice que ya vienen, aunque ellos te están viendo y tienes a tu derecha a uno de ellos, a dos metros, al profesor Cuauhtémoc, al que no conoces porque no te interesa o porque ahora tu memoria de largo plazo deja sitio para recordar lo que se ha ensayado y que debes resolver.

Señora jueza, usted está aquí para algo que no sabe de qué se trata.

Te están viendo pero esta historia tiene sus fechas, doña Verónica Contreras Marín, jueza por el Juzgado Penal de Primera Instancia del Distrito Judicial de Tenancingo.

Martes 28 de octubre del 2008: “Un año seis meses de prisión fue la sentencia condenatoria que emitió la juez de lo tercero penal Verónica Contreras Marín al ex alcalde de Zinacantepec, Leonardo Bravo Hernández, por el delito de peculado por 100.6 millones de pesos. Este viernes por la tarde, quien se entregó el pasado 12 de octubre del 2007, recibió su sentencia bajo la causa 247/07 en el penal de Santiaguito, en Almoloya de Juárez, la cual será conmutable por 112 días de salario mínimo equivalente a 4 mil 513.60 pesos, así como la inhabilitación en un cargo público durante 20 años. Sin embargo, Leonardo Bravo Hernández, apeló la sentencia de manera inmediata (a pesar de que tenía cinco días para hacerlo, por lo que permanece privado de su libertad hasta que pague la fianza”. http://osfem.blogspot.mx/2008_10_01_archive.html

Lunes 21 de junio del 2010. “No obstante que el Estado mexicano implementó medidas cautelares para proteger su vida debido a las amenazas de muerte que ha recibido por declararse públicamente homosexual, el Juzgado Tercero de lo Penal con sede en Almoloya sentenció a tres años y tres meses de prisión al director de los Centros de Atención Múltiple (CAM) 33 y 34 de Chiconautla, Agustín Estrada Negrete, quien realizó una protesta en el 2009 frente al palacio de gobierno mexiquense. Ataques a las vías generales de comunicación y medios de transporte fueron los delitos que le imputó la jueza Verónica Contreras Marín, quien le concedió el beneficio de la sustitución de la pena de prisión por el pago de 9 mil 91 pesos. Además se le aplicó al director de la escuela, a la que acuden niños con capacidades diferentes, una “sanción pecuniaria” de 90 días de multa, por lo que tendrá que erogar 4 mil 670 pesos por reparación del daño causado”. http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/689306.html

Jueves 6 de septiembre del 2012. “El gobierno de Estados Unidos concedió asilo político al profesor Agustín Estrada Negrete, quien denunció múltiples agresiones de funcionarios del Estado de México –durante la administración de Enrique Peña Nieto–, luego de que manifestó públicamente su homosexualidad, hace cinco años”. http://www.jornada.unam.mx/2012/09/06/politica/016n3pol

Y otra más, la recomendación 74/96 de la Comisión estatal de los Derechos Humanos cuando ella era la Lic. Verónica Contreras Marín, Juez Segundo Penal de Primera Instancia del Distrito Judicial de Texcoco, el 6 de febrero de 1996, diciéndole que “omitió dictar, con la debida oportunidad, la sentencia interlocutoria que resolviera sobre la procedencia e improcedencia de la solicitud de la ofendida, circunstancia que conculcó los derechos humanos de seguridad jurídica, en su modalidad de legalidad y petición, de la ofendida”.

O sea, se le olvidó dictar la resolución de uno de los casos que le tocó. http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/21/pr/pr13.pdf

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VI

Entonces bajas y preguntas que dónde están. Luego te diriges a la esquina del cementerio donde está Julio César Mondragón, donde también están los reporteros y sus cámaras, los equipos de filmación y señalas la cruz, levantando la mano como si prestaras juramento. Junto a ti están Lenin, hermano del normalista, y Marisa Mendoza. Has llegado a ese punto caminando, seguida o rodeada de ayudantes, fotógrafos y camarógrafos del gobierno mexiquense. Has llegado caminado, con la mano izquierda metida en la bolsa del pantalón y la derecha siempre levantada, como si pontificaras. En tus lentes, para que veas mejor, se refleja el panteón por un lado y por el otro el despliegue policiaco, unos cien elementos casi postrados que hacen o dicen que hacen regados en ese hormiguerío en que se ha convertido la muerte de Julio.

Despejen, quítenme a esos, despejen, vas diciendo y tu pelo largo pintado de rojo, para hacer juego con el outfit que has elegido se descuelga por tu cuello, por el lado derecho mientras tus zapatos negros, de piso, te mantienen firme. Siempre has ido por el lado derecho.

Pero hay que reconocerlo. No ha de ser fácil dominar a la tropa, que lo único que sabe de ti es que eres jueza, información tan abstracta como tu nombre. Lo reconocemos, todos lo dicen, hasta los reporteros, tan poco avezados en eso de observar: a la jueza le gusta el protagonismo. Hasta los policías lo comentan como riéndose, cuando cuidan el área que les toca.

Y será por eso, entonces, que levantas de pronto los dos brazos sobre la cabeza de Marisa Mendoza, que soporta esa andanada y haces la seña del “aguántenme tantito” y la sostienes hasta que ella debe voltearse, mirar a donde señalas no por ver lo que tú miras sino por no verte por un momento. Y es tanto lo que sostienes tus brazos que ella, en una de esas, ha cerrado los ojos, recargada junto a Lenin en la barda, y busca con la mirada pero sólo encuentra cámaras, tu voz que tal vez enloquece. Eres Bátiz pero sin batuta aunque tus errores, si esto fuera un acto sinfónico, no se notarían tanto como los del otro maestro porque, hay que reconocerlo, te obedecen y al menos se mueven haciendo espacio.

Por eso hay en la cara de esa improvisada directora una congestión, un gesto que el sol no alcanza a borrar sino al contrario, lo reafirma y ella, dice un libro de Jennie Ostrosky, “se nostalgia surcada por canoas, se busca en una sucesión de fragmentos”.

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VII

Después pasan los protagonistas y el panteón es cerrado para quienes no están en las listas previamente entregadas. Tres zonas se han delimitado, la primera al pie del sepulcro, donde están Marisa y su equipo de defensa; la otra es para familiares del normalista y la última para los que sobran. La prensa, por ejemplo, hasta el fondo, donde nada puede ver. De todas formas, entre el panteón y ellos hay policías. Cuántos son militares, por ahora no importa. Los bomberos y los de Protección Civil, que en Iguala estaban armados la noche del 26 de septiembre del 2014, ensamblan una carpa con dificultades porque están vestidos como si vivieran en el Ártico. Esa carpa cubrirá a la una de la tarde la tumba de Mondragón e invisibilizará la exhumación. Ella se ha dado cuenta de que los policías alrededor están tomando fotografías. Frunce el ceño, todavía más porque ahora está vestida con el traje blanco, astronáutico, del equipo de sanidad para no contaminar. Más bien, para que ella no contamine, dice jocoso uno de los soldados-policías del GEO, que observa cerca del árbol, bajo las sombras, cuidando la mira verde de su arma, una chingadera-no-sé-qué con barril larguísimo que apunta al suelo y le alcanza hasta la cintura.

– ¡Tráiganme a esos que están tomando fotos, no es posible! –grita la jueza, que ha sido olvidada por todos porque viene la parte más dura. Pero este impasse tampoco la fotosensibiliza y sigue levantando las manos, atrayendo la innecesaria atención. La familia de Julio se ha sentado alrededor, pero lejos del área de trabajo. La espera será larga todavía. En cierto momento se habrán de retirar las cruces y Marisa se encargará de llevar una que ella y su hija pusieron, de metal, para recargarla a salvo de la excavación, con todo el cuidado. Uno la mira, flanqueada por dos mujeres, una de ellas la abogada Herrera, mientras se agacha para no lastimar, para que al menos el traslado de la cruz no sea doloroso.

“Con mucha maña y algunos lazos logran sacar el féretro. Será necesario abrirlo para que las autoridades pertinentes y los familiares constaten que ahí dentro hay un cadáver. Se toman las medidas necesarias: que todos tengan tapabocas, que sólo estén presentes los familiares, que se cumplan los protocolos. El féretro es azul con adornos plateados, por el paso del tiempo se ha oxidado un poco y en los bordes se ha quedado algo de tierra. Lo primero es limpiarlo, pero no con agua pues se podría filtrar algo de líquido y eso dañaría la evidencia. Más vale usar unos cuantos cepillos y toallas higiénicas. Después de asegurarse de que todo está en orden, se procede a abrir la caja. Solo se oye el chirrido de la tapa, separándose un borde del otro como si de un párpado se tratara, y el cuerpo de Julio queda al descubierto mirándonos desde la lejana e inolvidable noche del 26 de septiembre. Las vestiduras blancas del féretro se hallan un poco manchadas de óxido y polvo; la cabeza vendada de Julio descansa sobre su lado derecho, a un costado la figura del niño Dios. El escapulario sobre su pecho es el camino que nos guía hacia donde todavía se distinguen sus manos enlazadas, sujetando unas velas y un rosario; más abajo se distinguen los zapatos color café, que eran sus favoritos pues eran regalo de su joven esposa. ‘Los cuidaba mucho’, recuerda ella. Por pequeños grupos pasan los familiares: tíos, primos, sobrinos, suegros, cuñada, esposa y se enfrentan al cuerpo de Julio”, escribe Diana del Ángel, quien ha estado con la familia y puede observar desde un punto cercano.

Mondragón ha sido llevado a la ciudad de México en una caravana que no tiene protección policiaca, como se había estipulado y que llega como en trozos, “a la Coordinación de Servicios Periciales y acompañamos a la familia en la última parte del proceso de este primer día, es decir, colocar el féretro en el refrigerador, dentro de la Cámara 6, con los sellos debidos”, completa Del Ángel.

Desde una ventana, en Iguala, alguien que lo ha visto hace un año sabe que Julio César nunca corrió y desde esa ventana, a las nueve de la noche de aquel día habrá una nueva historia, que también se contará desde las investigaciones forenses, aunque estas últimas sólo corroborarán lo que ya se sabe.

Que fue el Estado.

 

Sospechoso comienzo

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* Pemex ha mantenido a flote a un país entero. Sus recursos han servido para sostener a un partido político, así como a funcionarios y líderes sindicales. Todos ellos se han hecho de un negro historial, incluida la sospecha de desapariciones, venta de plazas, manipulación de movimientos en el escalafón e inyección de recursos millonarios —ilegales— en cualquier estrategia política-electoral. El sindicato y Pemex son hoy, tanto como ayer, las posesiones más preciadas del PRI, el partido en el poder.

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Francisco Cruz Jiménez

El tortuoso camino de corrupción que ha seguido Pemex tiene huellas por todas partes. No todo es crudo ni plataformas marinas, inversiones escondidas en paraísos fiscales y contratos multimodales. Pemex tampoco es la serie de gigantescos yacimientos de Cantarell, Ku-Maloob-Zaap, Chicontepec o Antonio Jáquez Bermúdez, este último en honor al extinto contrabandista del mismo nombre, quien desde la alcaldía de Ciudad Juárez hizo un pisa y corre al Senado para encaramarse, por 12 años, en la Dirección General del monopolio estatal.

En declaraciones que hizo a la revista Proceso en agosto de 2010, Arturo González Aragón, titular de la Auditoría Superior de la Federación de 2005 a 2009, advirtió que Pemex era, más que nada, la caja chica de todos los gobiernos. La pregunta fue directa: ¿Pemex se convirtió en la gran caja de las administraciones pasadas?

—No sólo en la pasada, ¿eh? Pemex era la gran caja de todos los gobiernos. E hizo público que recibió “sugerencias” del PRI para que, en el caso del Pemexgate, emitiera recomendaciones laxas, no se trataran “jamás, de Francisco Labastida” —principal beneficiario de esos recursos—. Al final, como quiera, no le sirvieron: Vicente Fox y el PAN ganaron, por primera vez, la Presidencia de la República.

Pemex ha mantenido a flote a un país entero. Sus recursos han servido para sostener a un partido político, así como a funcionarios y líderes sindicales. Todos ellos se han hecho de un negro historial, incluida la sospecha de desapariciones, venta de plazas, manipulación de movimientos en el escalafón e inyección de recursos millonarios —ilegales— en cualquier estrategia política-electoral. El sindicato y Pemex son hoy, tanto como ayer, las posesiones más preciadas del PRI, el partido en el poder.

La empresa de todos los mexicanos se ha convertido en una trampa mortífera para la economía nacional, una fortaleza inexpugnable de poder que empezó a levantarse apenas terminó la Segunda Guerra Mundial y el gobierno de Miguel Alemán Valdés firmó los últimos acuerdos para liquidar a petroleros de Gran Bretaña afectados por la nacionalización de 1938. El panorama terminó por ensombrecerse en los gobiernos panistas de Vicente Fox Quesada y Felipe de Jesús Calderón Hinojosa.

Desde el palacio presidencial, Alemán Valdés y su sucesor, Adolfo Ruiz Cortines —el viejo y taimado Adolfo—, le confirieron al senador chihuahuense, Antonio Jáquez Bermúdez —uno de los socios mexicanos del mafioso Al Capone— poderes discrecionales y absolutos para entregarle a sus dos mejores amigos juarenses las concesiones de comercialización y distribución del gas licuado de petróleo, conocido a secas como gas LP.

Ocupado en negocios que entendía mejor —televisión; manejo de drogas ilegales al lado de su amigo, el líder senatorial y coronel Carlos I. Serrano; turismo y contratos de la obra pública para beneficio personal o grupal—, el simpático y viajero veracruzano Alemán Valdés dejó en 1946 muchos de los asuntos públicos del gobierno federal en manos del secretario de la Presidencia, Rogerio de la Selva.

Sin intermediarios, De la Selva tuvo vía libre para apoyar algunos negocios del director general de Pemex y hacerse de la vista gorda en otros, entre ellos el de las concesiones del gas LP, un negocio que Jáquez Bermúdez entendía dada su larga vida en la frontera. Con algunos amigos texanos, lo había vislumbrado durante los meses que estuvo en el Senado.

La gran influencia de Rogerio de la Selva —aconsejado y guiado siempre por su hermano, el poeta y sindicalista nicaragüense Salomón de Jesús— sólo fue comparable con la del francés Joseph-Marie Córdoba, complemento de Carlos Salinas de Gortari y quien tomaba importantes decisiones tales como imponer, en 1994, la sucesión presidencial; o la del español Juan Camilo Mouriño Terrazo, extinto secretario de Gobernación de Felipe Calderón.

En 1948, Salvador Zubirán Anchondo atribuyó su destitución como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México a las intrigas de Rogerio de la Selva. A este personaje se le adjudica también la campaña y manipulación mediática para que los poderes Legislativo y Judicial, el Ejército, empresarios, gobernadores y el Estado Mayor Presidencial impulsaran la reelección de Miguel Alemán, calificado en esa época como el “gran Tenorio” o “Alí-Babá el grande”.

Si bien se le puso la firma del oficial mayor de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, Guillermo Ostos, quien incluso encabezó un efímero partido político, hay evidencias para afirmar que el poderoso secretario presidencial De la Selva estaba detrás de la campaña reeleccionista. De perdida, intentaba que el mandato de su jefe se prolongara por tres años más. Las ambiciones reeleccionistas terminaron en octubre de 1951, con el registro de la candidatura presidencial del viejito enfermizo, también veracruzano y servidor asalariado de los estadounidenses durante la invasión extranjera en 1914, Adolfo Ruiz C. Sobre esta “colaboración”, Ruiz Cortines se dedicó a negarla e intentó demostrar que, en aquella época, él no vivía en Veracruz. Incluso presentó una constancia que, en 1937, expidió el general Heriberto Jara Corona, en la que se afirmaba que, en 1914, Ruiz Cortines fungía como oficial mayor del departamento central cuando Jara era gobernador del Distrito Federal. Todo fue inútil. Sólo sus biógrafos oficiales o sus panegíricos lo defienden.

Cuando su candidatura presidencial se oficializó en octubre de 1951 —el viejo Adolfo tenía ya 62 años de edad—, se habían distribuido copias mimeografiadas con sus salarios pagados por las tropas estadounidenses, hecho que se atribuyó al general Francisco J. Mujica. En otras palabras, su traición tuvo un precio. Y en esas listas de raya se hicieron públicos los nombres de otros de sus amigos, quienes más tarde lo acompañarían en el gobierno federal.

Humillado y con una esposa cuya fama de madame —regenteadora de burdeles sería la definición precisa— traspasaba fronteras y le enredó algunas verdades que se encargaron de propalar sus rivales encabezados por el candidato y general Miguel Henríquez Guzmán, Ruiz Cortines llegó el 1 de diciembre de 1952 a la Presidencia de la República.

La historia sobre la madame doña María Dolores Izaguirre Castañares de Ruiz Cortines —y sus hijos abusivos, que serían los antecedentes de los Bribiesca Sahagún— se mantuvo más allá del sexenio de su marido. Sobrevivió incluso a la separación de la pareja. La impresionante simulación de aquel gobierno dio origen a lo que se conoció posteriormente como el tapadismo de la política priista.

Atrapado por sus escándalos, la indiscreción sobre los servicios prestados a las tropas de Estados Unidos y la inmoralidad de su antecesor Alemán, este viejo presidente fue obligado a condenar los abusos, el saqueo y la deshonestidad del gobierno saliente, aunque nunca se atrevió a tocar al principal señalado: su paisano y benefactor Miguel Alemán Valdés.

Ruiz Cortines “trató siempre de dar la imagen pública de ser un hombre honrado, serio, patriota, un mexicano cabal, pero no lo fue”, escribió en 1996 el ex senador, ex diputado y ex diplomático Ignacio Castillo Mena en su libro Nueve presidentes civiles en el poder, y agrega: “Como individuo sin gran cultura, (Ruiz Cortines) aceptaba el consejo de sus asesores, en frases que nada decían: ‘México al trabajo fecundo y creador’ y otras oraciones acuñadas con inteligencia populista carentes de sentido y de valor, pero en fin, no se podía esperar mucho”.

Miguel Alemán y Ruiz Cortines, ambiciosos y listos, decidieron dejar en manos del efímero senador juarense Jáquez Bermúdez el manejo total de la política petrolera. Le permitieron hacer de Pemex un coto particular durante la época dorada del petróleo mexicano.

Con esa libertad y la dedicación de Alemán a otros negocios, la Dirección General de Pemex llegó a un extraño entendimiento con representantes del gobierno británico y, en 1947, les firmó un convenio leonino por 82 millones 200 mil dólares para liquidar, finalmente, a la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila S.A. de C.V., controlada por el magnate inglés J. A. Assheton, y nacionalizada en 1938.

Los dos grandes amigos del magnate juarense, Miguel Zaragoza Vizcarra y Valentín Fuentes García, levantaron sendos imperios para controlar la comercialización del gas LP. Nadie habló sobre el tráfico de influencias. Antonio Jáquez Bermúdez, por razones que sólo él conoció, acortó su nombre al conocido de Antonio J. Bermúdez. Desde la Dirección General del monopolio petrolero estatal, de 1946 a 1958, J. Bermúdez rentabilizó el poder y albergó esperanzas de ser considerado por Ruiz Cortines como candidato presidencial en 1958. Pese a que hubo críticas porque sirvió a los intereses británicos y les ofreció condiciones ventajosas, nadie se molestó en investigar, porque nadie investigaba nada, la entrega de las concesiones gaseras.

Represión gubernamental

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* Siguieron tantas cosas malas y negativas ─amenazas de muerte, secuestro, el desistimiento de los más débiles para disminuir a menos de veinte en el expediente de registro sindical y lograr su archivo legal, entre otras─, que sólo el valor supremo de la libertad y la justicia dio las fuerzas necesaria para aguantar los agravios, no lograron espantar, tampoco se disolvió la iniciativa de un nuevo sindicato; finalmente se obtuvo el registro en noviembre del 2009, la primera toma de nota en junio del 2014.

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Luis Zamora Calzada

La detención de cuatro maestros, el jueves 29 de octubre en Oaxaca, los métodos de aprehensión utilizados y la estrategia mediática de traslado al Centro Federal de Readaptación Social del Altiplano, llamado de alta seguridad, etiqueta superada por el Chapo Guzmán en días recientes, a todas luces tiene como meta apanicar a los maestros.

Este lamentable hecho y de clara vulneración al Estado de Derecho nos hace evocar las afrentas implementadas en contra de los veintinueve fundadores del Sindicato Unificado de Maestros y Académicos del Estado de México (SUMAEM), en el 2007.

El ocho de octubre de ese año, a cada una de las escuelas en donde laboraban los constituyentes del SUMAEM llegó personal de los departamentos de Administración central, con abogados de las misma unidades administrativas y maestros del hasta entonces sindicato único ─algunos incluso integrantes de comisiones especiales de esa institución, supuestamente constituida para defender a los docentes─, con la encomienda de correr a cada uno y dejar como sustituto a uno de los últimos citados, llevando, por supuesto, el oficio de rescisión laboral emitida por instancias de la Secretaría de Educación estatal.

La forma en que actuaron en contra de los maestros que ejercían el derecho constitucional de libertad sindical para sacarlos de las escuelas fue realmente agresiva, intimidadora, grosera, prepotente, humillante; sin ser delincuentes, les dieron un trato peor, acompañados de supervisores escolares, con directores en actitud a modo, en muchos casos, sentenciaron que “no vas a volver a ser maestra, nunca más trabajarás en educación, el poder es el poder, entiéndelo, de mi cuenta corre que nunca vuelves a poner un pie en esta escuela” ─intención que no se le cumplió porque dos años ocho meses después la maestra fue reinstalada en el mismo lugar─, decía una directora, que por unas migajas de canonjías administrativas se convertía en la más cruel verdugo de quien un día antes, decía, era su amiga; fueron veintisiete hechos en diferentes instituciones y la etiqueta común el autoritarismo con violencia no sólo simbólica y la clara pretensión de espantar, para disolver la pretensión de crear un nuevo sindicato.

Por la tarde-noche de ese mismo día, aprehendieron a uno de los constituyentes acusándolo de un delito inexistente y sin miramiento alguno lo encerraron en la cárcel, en Barrientos, del que fue excarcelado días después; lo habían detenido por un error, un homónimo de nombre y apellidos habría sido la causa; sin embargo la amarga experiencia del encierro, nada la quitaría ya; la intención de aterrorizar al equipo fundador del SUMAEM quedaba a la vista.

En días posteriores, terceras personas ─todos docentes, hombres y mujeres─, obligados por diferentes actores de instancias diversas, iniciaron denuncias penales en contra de más integrantes del SUMAEM ─denuncias que finalmente fueron archivadas─, imputaron hechos falsos, utilizaron direcciones inexistentes, credenciales de elector clonadas, entre otras; las comparecencias por estos asuntos ante agentes del ministerio público fue con temores, nunca se había vivido algo igual, sin embargo el impacto emocional fue superado.

Incluso personal de Gobierno se dio a la tarea de seguir a varios de los fundadores, no se sabe si por iniciativa propia o por instrucciones, lo que por cierto generó incertidumbre e inseguridad.

A todo ello se sumaba la suspensión del salario a partir de ese represor mes de octubre, y radio pasillo reportó en ese tiempo que voces directivas de instancias educativas, ubicadas en palacio de gobierno aseguraban que: “son pinches maestritos, en quince días los tienes aquí hincados para que los perdonen y les devuelvan su sueldito, si no se mueren de hambre, no saben hacer otra cosa…”, entre otras linduras mencionadas, que no dibujan la personalidad de un maestro en lucha.

Una vez emitida la lista de los fundadores rescindidos, fue reproducida para distribuirla entre muchas escuelas y profesores, los repartidores repetían en cada entrega: “pobre del que se quiera salir del huacal, les va a pasar lo mismo que a estos revoltosos, ustedes saben a lo que le tiran, profes, no les hagan caso a estos microbios, nunca van a ganar”.

Llegaron al extremo de editar las “astillas”, una hoja impresa dedicada a desprestigiar a quien encabezaba el movimiento fundacional, se repartía cada quince días en muchos centros de pago en diferentes municipios del Estado, particularmente donde laboraba algún integrante de la entonces directiva del SUMAEM.

Siguieron tantas cosas malas y negativas ─amenazas de muerte, secuestro, el desistimiento de los más débiles para disminuir a menos de veinte en el expediente de registro sindical y lograr su archivo legal, entre otras─, que sólo el valor supremo de la libertad y la justicia dio las fuerzas necesaria para aguantar los agravios, no lograron espantar, tampoco se disolvió la iniciativa de un nuevo sindicato; finalmente se obtuvo el registro en noviembre del 2009, la primera toma de nota en junio del 2014, los que no tienen marcha atrás, a pesar de los intentos del otro sindicato por cancelar el registro del SUMAEM, lo que nunca lograron, incluso el expediente llegó a la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, concediendo la razón jurídica al sindicato independiente, pero esa es otra historia.

Los maestros fueron reinstalados en junio y julio del 2010, en sus centros de trabajo, en los mismos términos y condiciones, hoy verdaderos activos y ejemplos sociales a seguir por otros docentes, que creen en la libertad sindical conquistada por el SUMAEM para todo el magisterio, afiliándose al mismo con la seguridad y certeza jurídica, de que sus derechos están protegidos en primer lugar por la ley.

La estrategia para espantar no le funcionó a las instancias gubernativas, la libertad sindical se conquistó para defenderlo permanentemente, a pesar de las acciones más represivas que se puedan implementar, diseñadas más de iniciativas personales de trabajadores del gobierno y no como planteamientos institucionales, al de menos no de un gobierno que se dice democrático.

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¿Quién castiga a la autoridad?

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Por enésima vez se amplía el plazo para que los maestros notificados a presentar el examen de permanencia suban sus evidencias ─se extiende el plazo al día siete de noviembre del año en curso─, lo que habla de fallas que van a trascender al resultado y son producto de improvisación y negligencia de quienes están implementando el procedimiento y que las leyes en la materia les reconocen como autoridades, aun cuando se justifiquen que es por “la nutrida participación” mostrada en octubre.

Lo anterior no es congruente con que a última hora, con fecha veintisiete de octubre del 2015, la Coordinación Nacional del Servicio Profesional Docente, esté emitiendo listados para que otros maestros sean evaluados, persista la omisión de enviar las claves para subir las temidas evidencias, solicite requerimientos que colocan en crisis a las escuelas, entre otras.

En avisos vía internet de la misma fecha, solicitan de los directores escolares “su valiosa colaboración para exhortar a los docentes de ese centro de trabajo y que participan en el primer grupo de Evaluación del Desempeño, ciclo escolar 2015-2016, a efecto de que cumplan la Etapa II, ““Expediente de Evidencias de Enseñanza””, asignando tareas estrictamente de su responsabilidad a los docentes.

A manera de ejemplo, predeterminaron algunas situaciones en que puede encontrase el maestro, que implicará la realización de requerimientos a los docentes, como los siguientes:

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A. Situación

Correo electrónico incorrecto

Acción a promover

Pedir al docente que envíe desde su correo electrónico VIGENTE, en un plazo de 24 horas, a la dirección spd@sep.gob.mx, el número que tienen asignado en la lista, anotándolo en el espacio de “asunto”.  Requerirle que lleve a cabo el proceso de la Etapa II, “Expediente de Evidencias de Enseñanza”, y subir el expediente al sistema.

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B. Situación                                

Correo electrónico que requiere ser ratificado

Acción a promover

La misma establecida en el apartado anterior.

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C. Situación

Correo electrónico no abierto.

Acción a promover

Exhortar al docente a abrir el correo electrónico para que lleve a cabo el proceso de la Etapa II, “Expediente de Evidencias de Enseñanza”, y subir el expediente al sistema. En el caso de que el correo electrónico no sea el vigente, pedirle al docente que realice  la acción del apartado A.

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D. Situación

Correo electrónico abierto sin actividad

Acción a promover

La misma establecida en el apartado C.

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E. Situación

Correo electrónico abierto con el proceso incompleto

Acción a promover

Concluir el proceso de la Etapa II, “Expediente de Evidencias de Enseñanza”, y subir el expediente al sistema.

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F. Situación

Proceso concluido

Acción a promover

Ninguna.

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G.  Situación

Proceso concluido, pero se requiere confirmar su correo electrónico.

Acción a promover

Pedir al docente que envíe desde su correo electrónico VIGENTE, en un plazo de 24 horas, a la dirección spd@sep.gob.mx, el número que tienen asignado en la lista, anotándolo en el espacio de “asunto”.

Lo anterior no habla de “la nutrida participación” que pretenden difundir y sí de una clara muestra de deficiencias, que contrasta con la acción ejercida contra 291 docentes despedidos, la detención de maestros en Oaxaca, las órdenes de aprehensión ya emitidas contra más profesores inclinando la balanza de un solo lado, sin que exista sanción alguna a los responsables de estas fallas, las mismas autoridades evaluadoras y educativas del país. La gran incógnita: ¿a ellos quién los va a castigar?

Este contexto obliga a desconfiar de los resultados que se emitirán, el reciente examen para la promoción dejó un mal sabor de boca, perfiles bajos ─académicamente y de eficiencia educativa─, resultaron con excelentes puntajes sobre todo en las plazas de supervisión escolar, que les fueron asignados y actualmente están cometiendo errores incomprensibles, afectando a los maestros de las zonas escolares a las que fueron ubicados.

Estas deficiencias son producto de un proceso de evaluación no transparente, los docentes estamos obligados a requerir la transparencia total del proceso, hasta ahora algo huele muy mal en la aplicación deficiente de la Ley General del Servicio Profesional Docente.