Sospechoso comienzo

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* Pemex ha mantenido a flote a un país entero. Sus recursos han servido para sostener a un partido político, así como a funcionarios y líderes sindicales. Todos ellos se han hecho de un negro historial, incluida la sospecha de desapariciones, venta de plazas, manipulación de movimientos en el escalafón e inyección de recursos millonarios —ilegales— en cualquier estrategia política-electoral. El sindicato y Pemex son hoy, tanto como ayer, las posesiones más preciadas del PRI, el partido en el poder.

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Francisco Cruz Jiménez

El tortuoso camino de corrupción que ha seguido Pemex tiene huellas por todas partes. No todo es crudo ni plataformas marinas, inversiones escondidas en paraísos fiscales y contratos multimodales. Pemex tampoco es la serie de gigantescos yacimientos de Cantarell, Ku-Maloob-Zaap, Chicontepec o Antonio Jáquez Bermúdez, este último en honor al extinto contrabandista del mismo nombre, quien desde la alcaldía de Ciudad Juárez hizo un pisa y corre al Senado para encaramarse, por 12 años, en la Dirección General del monopolio estatal.

En declaraciones que hizo a la revista Proceso en agosto de 2010, Arturo González Aragón, titular de la Auditoría Superior de la Federación de 2005 a 2009, advirtió que Pemex era, más que nada, la caja chica de todos los gobiernos. La pregunta fue directa: ¿Pemex se convirtió en la gran caja de las administraciones pasadas?

—No sólo en la pasada, ¿eh? Pemex era la gran caja de todos los gobiernos. E hizo público que recibió “sugerencias” del PRI para que, en el caso del Pemexgate, emitiera recomendaciones laxas, no se trataran “jamás, de Francisco Labastida” —principal beneficiario de esos recursos—. Al final, como quiera, no le sirvieron: Vicente Fox y el PAN ganaron, por primera vez, la Presidencia de la República.

Pemex ha mantenido a flote a un país entero. Sus recursos han servido para sostener a un partido político, así como a funcionarios y líderes sindicales. Todos ellos se han hecho de un negro historial, incluida la sospecha de desapariciones, venta de plazas, manipulación de movimientos en el escalafón e inyección de recursos millonarios —ilegales— en cualquier estrategia política-electoral. El sindicato y Pemex son hoy, tanto como ayer, las posesiones más preciadas del PRI, el partido en el poder.

La empresa de todos los mexicanos se ha convertido en una trampa mortífera para la economía nacional, una fortaleza inexpugnable de poder que empezó a levantarse apenas terminó la Segunda Guerra Mundial y el gobierno de Miguel Alemán Valdés firmó los últimos acuerdos para liquidar a petroleros de Gran Bretaña afectados por la nacionalización de 1938. El panorama terminó por ensombrecerse en los gobiernos panistas de Vicente Fox Quesada y Felipe de Jesús Calderón Hinojosa.

Desde el palacio presidencial, Alemán Valdés y su sucesor, Adolfo Ruiz Cortines —el viejo y taimado Adolfo—, le confirieron al senador chihuahuense, Antonio Jáquez Bermúdez —uno de los socios mexicanos del mafioso Al Capone— poderes discrecionales y absolutos para entregarle a sus dos mejores amigos juarenses las concesiones de comercialización y distribución del gas licuado de petróleo, conocido a secas como gas LP.

Ocupado en negocios que entendía mejor —televisión; manejo de drogas ilegales al lado de su amigo, el líder senatorial y coronel Carlos I. Serrano; turismo y contratos de la obra pública para beneficio personal o grupal—, el simpático y viajero veracruzano Alemán Valdés dejó en 1946 muchos de los asuntos públicos del gobierno federal en manos del secretario de la Presidencia, Rogerio de la Selva.

Sin intermediarios, De la Selva tuvo vía libre para apoyar algunos negocios del director general de Pemex y hacerse de la vista gorda en otros, entre ellos el de las concesiones del gas LP, un negocio que Jáquez Bermúdez entendía dada su larga vida en la frontera. Con algunos amigos texanos, lo había vislumbrado durante los meses que estuvo en el Senado.

La gran influencia de Rogerio de la Selva —aconsejado y guiado siempre por su hermano, el poeta y sindicalista nicaragüense Salomón de Jesús— sólo fue comparable con la del francés Joseph-Marie Córdoba, complemento de Carlos Salinas de Gortari y quien tomaba importantes decisiones tales como imponer, en 1994, la sucesión presidencial; o la del español Juan Camilo Mouriño Terrazo, extinto secretario de Gobernación de Felipe Calderón.

En 1948, Salvador Zubirán Anchondo atribuyó su destitución como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México a las intrigas de Rogerio de la Selva. A este personaje se le adjudica también la campaña y manipulación mediática para que los poderes Legislativo y Judicial, el Ejército, empresarios, gobernadores y el Estado Mayor Presidencial impulsaran la reelección de Miguel Alemán, calificado en esa época como el “gran Tenorio” o “Alí-Babá el grande”.

Si bien se le puso la firma del oficial mayor de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, Guillermo Ostos, quien incluso encabezó un efímero partido político, hay evidencias para afirmar que el poderoso secretario presidencial De la Selva estaba detrás de la campaña reeleccionista. De perdida, intentaba que el mandato de su jefe se prolongara por tres años más. Las ambiciones reeleccionistas terminaron en octubre de 1951, con el registro de la candidatura presidencial del viejito enfermizo, también veracruzano y servidor asalariado de los estadounidenses durante la invasión extranjera en 1914, Adolfo Ruiz C. Sobre esta “colaboración”, Ruiz Cortines se dedicó a negarla e intentó demostrar que, en aquella época, él no vivía en Veracruz. Incluso presentó una constancia que, en 1937, expidió el general Heriberto Jara Corona, en la que se afirmaba que, en 1914, Ruiz Cortines fungía como oficial mayor del departamento central cuando Jara era gobernador del Distrito Federal. Todo fue inútil. Sólo sus biógrafos oficiales o sus panegíricos lo defienden.

Cuando su candidatura presidencial se oficializó en octubre de 1951 —el viejo Adolfo tenía ya 62 años de edad—, se habían distribuido copias mimeografiadas con sus salarios pagados por las tropas estadounidenses, hecho que se atribuyó al general Francisco J. Mujica. En otras palabras, su traición tuvo un precio. Y en esas listas de raya se hicieron públicos los nombres de otros de sus amigos, quienes más tarde lo acompañarían en el gobierno federal.

Humillado y con una esposa cuya fama de madame —regenteadora de burdeles sería la definición precisa— traspasaba fronteras y le enredó algunas verdades que se encargaron de propalar sus rivales encabezados por el candidato y general Miguel Henríquez Guzmán, Ruiz Cortines llegó el 1 de diciembre de 1952 a la Presidencia de la República.

La historia sobre la madame doña María Dolores Izaguirre Castañares de Ruiz Cortines —y sus hijos abusivos, que serían los antecedentes de los Bribiesca Sahagún— se mantuvo más allá del sexenio de su marido. Sobrevivió incluso a la separación de la pareja. La impresionante simulación de aquel gobierno dio origen a lo que se conoció posteriormente como el tapadismo de la política priista.

Atrapado por sus escándalos, la indiscreción sobre los servicios prestados a las tropas de Estados Unidos y la inmoralidad de su antecesor Alemán, este viejo presidente fue obligado a condenar los abusos, el saqueo y la deshonestidad del gobierno saliente, aunque nunca se atrevió a tocar al principal señalado: su paisano y benefactor Miguel Alemán Valdés.

Ruiz Cortines “trató siempre de dar la imagen pública de ser un hombre honrado, serio, patriota, un mexicano cabal, pero no lo fue”, escribió en 1996 el ex senador, ex diputado y ex diplomático Ignacio Castillo Mena en su libro Nueve presidentes civiles en el poder, y agrega: “Como individuo sin gran cultura, (Ruiz Cortines) aceptaba el consejo de sus asesores, en frases que nada decían: ‘México al trabajo fecundo y creador’ y otras oraciones acuñadas con inteligencia populista carentes de sentido y de valor, pero en fin, no se podía esperar mucho”.

Miguel Alemán y Ruiz Cortines, ambiciosos y listos, decidieron dejar en manos del efímero senador juarense Jáquez Bermúdez el manejo total de la política petrolera. Le permitieron hacer de Pemex un coto particular durante la época dorada del petróleo mexicano.

Con esa libertad y la dedicación de Alemán a otros negocios, la Dirección General de Pemex llegó a un extraño entendimiento con representantes del gobierno británico y, en 1947, les firmó un convenio leonino por 82 millones 200 mil dólares para liquidar, finalmente, a la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila S.A. de C.V., controlada por el magnate inglés J. A. Assheton, y nacionalizada en 1938.

Los dos grandes amigos del magnate juarense, Miguel Zaragoza Vizcarra y Valentín Fuentes García, levantaron sendos imperios para controlar la comercialización del gas LP. Nadie habló sobre el tráfico de influencias. Antonio Jáquez Bermúdez, por razones que sólo él conoció, acortó su nombre al conocido de Antonio J. Bermúdez. Desde la Dirección General del monopolio petrolero estatal, de 1946 a 1958, J. Bermúdez rentabilizó el poder y albergó esperanzas de ser considerado por Ruiz Cortines como candidato presidencial en 1958. Pese a que hubo críticas porque sirvió a los intereses británicos y les ofreció condiciones ventajosas, nadie se molestó en investigar, porque nadie investigaba nada, la entrega de las concesiones gaseras.

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