“Soy víctima”

*

* Es de mañana y a las nueve no hay nadie en el panteón porque el protocolo en el Juzgado de Tenancingo no ha terminado. Al rato llegará la jueza en un convoy que involucrará a más de diez autos oficiales de la PGR y las policías convocadas. Esperamos a que la pila de la cámara cargue para recordar cómo iba vestida. Sólo para tener un punto de inicio porque su comparativa será Marisa Mendoza, vestida de negro, peinada hacia atrás, con un chongo y en el brazo una bolsa negra, más adelante una sombrilla.

*

Miguel Alvarado

Tenancingo, México; 4 de noviembre del 2015. En la noche está así, casi llueve y en la cama los niños juegan con globos mientras otros platican esperando que den las nueve, las nueve y media. Mañana dirán que es normal que los militares anden en Tenancingo circulando por donde quieran, pues es normal, insisten y uno se pregunta cuándo comenzó a parecer eso. Aquí cerca está Zumpahuacán, el municipio con más problemas de narcotráfico en el Edomex, aunque de pronto hasta esa sicariedad ha dejado de ser cierta donde hay algo que extraer y uno, tan acostumbrado a echarle la culpa a los narcos se la cree mirando que de todas maneras hay un montón de muertos. Mientras, en el barro todo resbala, se vuelve quebradizo hasta en lo oscuro, donde se escuchan las voces, algunos hablando fuerte, en la mesa, detrás de los refrescos.

Es el tiempo, ya siempre será el tiempo.

– Vamos a bailar- dice Marisa Mendoza a la pequeña Melisa mientras la carga y la eleva y mientras la carga la arrulla a las diez de la noche del 3 de noviembre, escuchando por otro lado a la abogada Sayuri Herrera explicar a los familiares lo que ocurrirá al otro día en el panteón de Tecomatlán, el pueblo de donde era originario Julio César Mondragón Fontes, estudiante de Ayotzinapa masacrado la noche del 26 de septiembre del 2014, la madrugada del 27 de septiembre del 2014.

Melisa vuela en ese aire del comedor de la familia Mondragón mientras el refrigerador en la estancia sirve de soporte para dibujar un mapa, algunos números que terminan por aclarar a los parientes. La exhumación de Mondragón, programada para el 30 de septiembre, fue pospuesta para el 4 del siguiente mes.

Un comunicado de la familia, a un año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y del asesinato de Julio y sus compañeros, Julio César Ramírez y David Solís y otras tres personas más, describe lo que significa sacar el cuerpo de quien hasta la fecha ha sido ignorado por los medios, el propio grupo de los 43 y la opinión pública, a pesar de ser clave para la resolución de esa noche de Iguala.

“Tan es así, que a mediados de septiembre se puso por fin fecha a la exhumación: se realizaría el 30 de septiembre. No fue así. El 23 de septiembre las autoridades del Estado de México, entidad donde yacen los restos de Julio César, solicitaron postergar la exhumación debido a que la fragmentación de los expedientes del caso obliga a realizar diversas notificaciones que no se pueden cubrir en el tiempo requerido. Este cambio provocó, además de la revictimización de la familia, un costo económico para las y los expertos internacionales que ya habían comprado su boleto para viajar a México. Ya en el mes de octubre, la actual Procuradora anunció públicamente la fecha de la exhumación. No nos consultó si queríamos que esta fecha se difundiera. No nos consultó a pesar de que esto significa un momento muy doloroso. La exhumación será realizada por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) quienes han sido legalmente nombrados como peritos auxiliares de la familia de Julio César Mondragón Fontes. Participarán como observadores los integrantes del GIEI. En ellos y ellas confiamos para la realización de esta diligencia”, escribía la familia.

Melisa bailaba aérea a las once de la noche en la sala de los Mondragón. Ella, el verdadero rostro de Julio, observa de reojo la ofrenda del Día de Muertos colocada en un extremo de la casa. Del otro lado, frente al refrigerador, la abogada explica con arquitectura de cuadrados y círculos delimitando el cementerio, y prepara a la familia. Una crónica de Diana del Ángel apenas alcanza a medio pintar: “la prensa oportunista, atraída por el morbo de la nota, llegó desde temprano; por desgracia no se han interesado en llevar registro de todas las arbitrariedades y las negligencias que nos han traído a esta instancia ni de los incumplimientos por parte de la procuradora (Arely Gómez) —sobre no revelar la fecha de la exhumación— y de Enrique Peña Nieto —a quien se entregó un CD con las fotografías tomadas por el perito Vicente Díaz Román, que hasta la fecha no están en poder de los peritos de la PGR, porque no se ha girado el oficio correspondiente”, dice desde el sitio web elrostrodejulio.org, un día después.

*

II

Es de mañana y a las seis no hay nadie haciendo guardia en el panteón de Tecomatlán, pequeño como el pueblo y como entrado en años, aunque fresco todavía en ese vientre florecido que resulta el camposanto porque así es la potencia de la muerte viva, sin alharacas, de un silencio que arrulla. La mañana, a esas alturas, se va rompiendo desde el frío que puede hacer en Tenancingo. Alguien dice, dice desde un megáfono, que más tarde habrá oportunidad de pagar el agua, que los que deben tendrán chance para que se sientan bien con el deber cumplido. Pero aquí, en esta parte de Tecomatlán ningún deber debiera ser éste de sacar a alguien y que para ello, ya que se hace, se necesiten más de 100 policías, un tercio de ellos de civil pero armados. De qué tamaño es lo que hay que antes de que todo empiece ya están los destacamentos, la policía estatal y su líder, el jefe Espejo rapado; y Verónica Contreras Marín, insólita jueza cuyo protocolo pero también su potente protagonismo la llevarán al pie del sepulcro del normalista para ordenar sin don de mando -a punta de grito y desespero- la ubicación de víctimas y familiares. Al rato, Espejo se interpondrá entre ella y Marisa Mendoza, la esposa de Julio César, para no dejarla pasar.

– Tú quién eres –le dirá Espejo a ella, cuando la tenga enfrente, después de las diez de la mañana.

– Soy víctima –responderá Marisa, sosteniendo en la izquierda y luego en la otra mano una bolsa negra que abrirá más tarde, cuando el sol casi calcine y deshaga la entereza de los policías cubiertos de capuchas y armas.

Marisa avanzará por la periferia del panteón hacia donde está Julio y tendrá que rodear para abrir la entrada y ver otra vez a Contreras, quien habrá ya caminado desde un auto hasta donde se instalan los de la prensa y algunos curiosos, muy pocos, que por lo pronto lo único que hacen es no mirar. Ya se ha clasificado a los reporteros, casi todos jóvenes y desentendidos, es verdad, y según esa clasificación pertenecen a los oportunistas. Qué oportunidad habrá aquí de algo cuando se trata de la muerte, viviéndola o no, qué clase de trama puede vender nadie, escribirla cuando Contreras Marín baja del auto que la lleva, abandonando también el agresivo convoy que transporta a víctimas y gobierno –por no decir victimarios- y camina primero hacia la puerta del cementerio buscando a la familia Mondragón.

Pero antes: no hay nadie haciendo guardia aunque en el campo de enfrente que es el campo del futbol ya están los policías haciendo algo que a lo lejos parece la inutilidad absoluta.

– Ser policía sería negar nuestro lado humano- dirá Félix Santana, secretario general de Morena en el Edomex y que observa por ahí preguntando al que menos sabe que qué tipo de armas son las que llevan los federales del Grupo Especial Operacional, que se entretendrán intercambiando estampitas de Spider-Man como niños justo cuando escarban las palas de los cuatro rascadores.

– Porque son para los niños, allá –se excusarán entre ellos, cuando sientan la mirada de los ministeriales, jetones desde sus lentes oscuros.

Uno se acerca a los policías y lo que hacen, lo que uno ve que hacen también de cerca, parece la inutilidad absoluta, es verdad. Presenten armas. Formen de a dos. Recuerden. A nadie tocar, a nadie empujar, se van ganando los espacios para que nadie se ponga donde no debe. No hacer nada, sólo en caso de que algo sea demasiado. Y que chinguen a su madre los que no nos ayudan. No estamos aquí porque queramos, ustedes lo saben. Así que órales, les dice el que los llevará más adelante, entrando formados, en posición como de abalanzarse contra la tumba de Mondragón Fontes.

Al principio, entre Espejo y los policías sólo está Marisa vestida de negro, en su mirada las huellas de un colibrí, de esos que también vuelan a la izquierda y arriba y abajo y a todos lados.

Y órales.

*

III

– Porque sí, como que es normal que haya soldados en Tenancingo –dice Israel Dávila, corresponsal de La Jornada en Toluca, y quien junto con otros reporteros ha acudido para atestiguar la exhumación de Julio César, aunque se les señale de oportunistas.

A las ocho la mañana ya se parte entre el sol que brinca los cerros y pesa como acero inexorable. Hasta un dron, una camarita con alas, hélices, hay estacionado junto a la barda del panteón local, donde no habrá más de 500 fallecidos. Todavía la basura del Día de Muertos se amontona a un costado, conviviendo en esa falta de costumbre, esta calamidad que impide acomodar la muerte aunque sea lo que es y tenga el aroma de las flores y las hierbas arrancadas, las de cada año. Esa barda de un metro con cuarenta apenas contiene en una zona que no requiere de ninguna malla o muro. A quién puede contener esa barda que quiera entrar o a quién detiene que vaya saliendo.

Sí, pero esto es distinto. Ayoztinapa, la seguridad nacional en entredicho, las carnes abiertas del país de los pobres que no se ve en Ciudad Satélite ni se comprende ni siquiera en Toluca porque qué hacen esos jóvenes robando camiones, dicen los clasemedieros mientras comen mirando el noticiero de Lolita Ayala, viviendo en los fraccionamientos semiderrumbados de Almoloya de Juárez que les ha regalado el SUTEyM, diciendo que a Peña Nieto le cuesta mucho trabajo la reforma estructural pero que estamos de acuerdo y los maestros son cualquier cosa, menos maestros. Esos, los que dicen que si se privatizan los espejos de agua, todos ganaremos, se sientan y pontifican con las bocas llenas. Hay muchos problemas, pero no todos tienen muertos, y menos muertos que se sacrifiquen por otros.

(si marcamos un número, a dónde nos llevará la llamada. Si marcamos un número, quién contestará del otro lado, quizás guardará silencio mientras espera una palabra, la indicación o nada, y si marcamos un número a dónde nos llevará la llamada, el error de marcar, de saber de más).

Pero hay otros que sí, y esos están rodeando Tecomatlán, su panteoncito donde uno quisiera quedarse nada más a tomar agua, estar hincado o sentado en la sombra o en el sol cuando pegue y la cosa enfríe. Este día harán 30 grados y Marisa tiene frío. A ella la buscan todos y aunque la miran no la encuentran. Ha llegado junto con la jueza, pero en otro auto, para que el cuerpo de su esposo sea exhumado y llevado a la ciudad de México, se le practiquen nuevos estudios y se determinen las causas reales. ¿Es necesario volver, otra vez, a esa desdicha que se agiganta? El médico forense Roberto Loewe, ha dicho, sólo mirando las fotografías que hay de Mondragón de ese día, que su rostro no pudo ser devorado por la fauna del lugar y que el dictamen del forense es una porquería. Todavía es más terrible la conclusión de Iguala y sus médicos encañonados: Loewe tiene razón: “porque el estudiante normalista Julio César Mondragón Fontes fue torturado y ejecutado extrajudicialmente. La mutilación de su cara corresponde a la de otras víctimas de terrorismo, supuestamente perpetrado por el ‘crimen organizado’. Como ya lo expresé públicamente, el cadáver de la víctima, un líder estudiantil incómodo para el sistema, fue utilizado como mensaje para quien ose oponerse a la autoridad”.

*

IV

Es de mañana y a las nueve no hay nadie en el panteón porque el protocolo en el Juzgado de Tenancingo no ha terminado. Al rato llegará la jueza en un convoy que involucrará a más de diez autos oficiales de la PGR y las policías convocadas. Esperamos a que la pila de la cámara cargue para recordar cómo iba vestida. Sólo para tener un punto de inicio porque su comparativa será Marisa Mendoza, vestida de negro, peinada hacia atrás, con un chongo y en el brazo una bolsa negra, más adelante una sombrilla. El comandante Espejo se interpondrá entre ellas pero luego a Marisa las amigas de la abogada, a quienes integra en su equipo de apoyo la rescatarán, aunque de lejos ellas parecen las rescatadas porque Marisa es más fuerte que ellas y no se ha sentido mal, como algunos pensaban que pasaría.

Así, ella rescatando a su equipo, no hace sino voltear a ver la mano de la jueza, rígida hasta en la mano con la que señala el sepulcro de Julio y ordena como si supiera lo que dice. Hay un escript, está claro, y ella, porque es la autoridad y cree que todos la observan, se ceñirá.

Pero ojo, aquí viene la jueza. Son las 11:18:28 y en ese registro de electrodatos ya la madre de Julio ha repartido café con pan y también agua a todos los que están por ahí, incluso a algunos policías. No ella, ella no se ha acercado a los policías pero algunas les han llevado vasos, que aceptan porque están asándose.

Entonces, a esa hora llega y su convoy abre, como cuña, esa calle del panteón con una patrulla de la policía estatal a la cabeza, la 21534, que conduce un hombre de lentes como sucede en las películas de narcotraficantes mexicanos. Impávidos, los que están asisten sin querer –aunque sí quieren- a la realidad de lo increado, a un desfile de estereotipos que siguen dando risa en la tele o en Tecomatlán, aunque sean trágicos y en todo caso aterroricen porque han masacrado.

De copiloto viaja el comandante Espejo metido hasta las orejas en su uniforme negro y verde fosforescente que lo distingue y todos saben quién es porque tiene en su gorra, por la parte de la nuca, el nombre bordado. Espejo, dice, cuando encara a Mendoza y le dice que quién es ella, que se quite, que se quite ya, ahora. Espejo, dice, cuando la jueza lo manda traer a grito pelado y él no está disponible, está tomando sombra en el estacionamiento improvisado. Espejo, dice, cuando le ordenan quitar a los fotógrafos y reporteros que deben conformarse con no mirar pero llevándose un boletín de prensa que, bueno, ya han mandado a sus redacciones y está chido, dice quien lo redactó. Espejo, dónde está Espejo, pregunta siempre la jueza cuando llega y recorre aleteando, como dicen los vecinos.

*

V

Te están viendo.

Te observan cuando llegas a toda máquina, metiendo el desorden en la mañana apacible sólo porque llegas así, agitando el miedo desde tus manos habladoras, que no se detienen porque tengas a alguien delante.

Te describen, pues ya qué.

Te bajas y volteas. Pareciera que de ti depende todo porque tus pantalones rojos y tu camisa –cómo quisiera describir que llevas una camisita que no te quedaba, pero que hacía juego con el vozarrón que a todos espanta cuando hablas, aunque para los que te oyen ese escándalo significa que vas a hacer algo que a nadie le va a gustar. Cómo quisiera poner que tu camisa blanca a rayas, ceñida en tus cincuenta y tantos años, no se te veía bien ni siquiera porque eras la jueza y cuando caminaste por ese camino (alguien debiera llevarte donde murió Julio César, para que vieras el poste y recordaras, si es que ya lo viste, el reguero de sangre y al chico allí, tirado cuando lo encontraron los militares. Cómo quisiera, pero no lo haré todavía) con tus pantalones rojos y tu camisa corrompiste la atención y es inevitable no verte y hasta Espejo, que hasta ahora se ha acongojado poco, suda y suda.

– ¿Dónde está la familia de Julio César Mondragón? -es una de las primeras cosas que dices, parada en la puerta del panteón, rodeada de tus ayudas, hasta que alguien te dice que ya vienen, aunque ellos te están viendo y tienes a tu derecha a uno de ellos, a dos metros, al profesor Cuauhtémoc, al que no conoces porque no te interesa o porque ahora tu memoria de largo plazo deja sitio para recordar lo que se ha ensayado y que debes resolver.

Señora jueza, usted está aquí para algo que no sabe de qué se trata.

Te están viendo pero esta historia tiene sus fechas, doña Verónica Contreras Marín, jueza por el Juzgado Penal de Primera Instancia del Distrito Judicial de Tenancingo.

Martes 28 de octubre del 2008: “Un año seis meses de prisión fue la sentencia condenatoria que emitió la juez de lo tercero penal Verónica Contreras Marín al ex alcalde de Zinacantepec, Leonardo Bravo Hernández, por el delito de peculado por 100.6 millones de pesos. Este viernes por la tarde, quien se entregó el pasado 12 de octubre del 2007, recibió su sentencia bajo la causa 247/07 en el penal de Santiaguito, en Almoloya de Juárez, la cual será conmutable por 112 días de salario mínimo equivalente a 4 mil 513.60 pesos, así como la inhabilitación en un cargo público durante 20 años. Sin embargo, Leonardo Bravo Hernández, apeló la sentencia de manera inmediata (a pesar de que tenía cinco días para hacerlo, por lo que permanece privado de su libertad hasta que pague la fianza”. http://osfem.blogspot.mx/2008_10_01_archive.html

Lunes 21 de junio del 2010. “No obstante que el Estado mexicano implementó medidas cautelares para proteger su vida debido a las amenazas de muerte que ha recibido por declararse públicamente homosexual, el Juzgado Tercero de lo Penal con sede en Almoloya sentenció a tres años y tres meses de prisión al director de los Centros de Atención Múltiple (CAM) 33 y 34 de Chiconautla, Agustín Estrada Negrete, quien realizó una protesta en el 2009 frente al palacio de gobierno mexiquense. Ataques a las vías generales de comunicación y medios de transporte fueron los delitos que le imputó la jueza Verónica Contreras Marín, quien le concedió el beneficio de la sustitución de la pena de prisión por el pago de 9 mil 91 pesos. Además se le aplicó al director de la escuela, a la que acuden niños con capacidades diferentes, una “sanción pecuniaria” de 90 días de multa, por lo que tendrá que erogar 4 mil 670 pesos por reparación del daño causado”. http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/689306.html

Jueves 6 de septiembre del 2012. “El gobierno de Estados Unidos concedió asilo político al profesor Agustín Estrada Negrete, quien denunció múltiples agresiones de funcionarios del Estado de México –durante la administración de Enrique Peña Nieto–, luego de que manifestó públicamente su homosexualidad, hace cinco años”. http://www.jornada.unam.mx/2012/09/06/politica/016n3pol

Y otra más, la recomendación 74/96 de la Comisión estatal de los Derechos Humanos cuando ella era la Lic. Verónica Contreras Marín, Juez Segundo Penal de Primera Instancia del Distrito Judicial de Texcoco, el 6 de febrero de 1996, diciéndole que “omitió dictar, con la debida oportunidad, la sentencia interlocutoria que resolviera sobre la procedencia e improcedencia de la solicitud de la ofendida, circunstancia que conculcó los derechos humanos de seguridad jurídica, en su modalidad de legalidad y petición, de la ofendida”.

O sea, se le olvidó dictar la resolución de uno de los casos que le tocó. http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/21/pr/pr13.pdf

*

VI

Entonces bajas y preguntas que dónde están. Luego te diriges a la esquina del cementerio donde está Julio César Mondragón, donde también están los reporteros y sus cámaras, los equipos de filmación y señalas la cruz, levantando la mano como si prestaras juramento. Junto a ti están Lenin, hermano del normalista, y Marisa Mendoza. Has llegado a ese punto caminando, seguida o rodeada de ayudantes, fotógrafos y camarógrafos del gobierno mexiquense. Has llegado caminado, con la mano izquierda metida en la bolsa del pantalón y la derecha siempre levantada, como si pontificaras. En tus lentes, para que veas mejor, se refleja el panteón por un lado y por el otro el despliegue policiaco, unos cien elementos casi postrados que hacen o dicen que hacen regados en ese hormiguerío en que se ha convertido la muerte de Julio.

Despejen, quítenme a esos, despejen, vas diciendo y tu pelo largo pintado de rojo, para hacer juego con el outfit que has elegido se descuelga por tu cuello, por el lado derecho mientras tus zapatos negros, de piso, te mantienen firme. Siempre has ido por el lado derecho.

Pero hay que reconocerlo. No ha de ser fácil dominar a la tropa, que lo único que sabe de ti es que eres jueza, información tan abstracta como tu nombre. Lo reconocemos, todos lo dicen, hasta los reporteros, tan poco avezados en eso de observar: a la jueza le gusta el protagonismo. Hasta los policías lo comentan como riéndose, cuando cuidan el área que les toca.

Y será por eso, entonces, que levantas de pronto los dos brazos sobre la cabeza de Marisa Mendoza, que soporta esa andanada y haces la seña del “aguántenme tantito” y la sostienes hasta que ella debe voltearse, mirar a donde señalas no por ver lo que tú miras sino por no verte por un momento. Y es tanto lo que sostienes tus brazos que ella, en una de esas, ha cerrado los ojos, recargada junto a Lenin en la barda, y busca con la mirada pero sólo encuentra cámaras, tu voz que tal vez enloquece. Eres Bátiz pero sin batuta aunque tus errores, si esto fuera un acto sinfónico, no se notarían tanto como los del otro maestro porque, hay que reconocerlo, te obedecen y al menos se mueven haciendo espacio.

Por eso hay en la cara de esa improvisada directora una congestión, un gesto que el sol no alcanza a borrar sino al contrario, lo reafirma y ella, dice un libro de Jennie Ostrosky, “se nostalgia surcada por canoas, se busca en una sucesión de fragmentos”.

*

VII

Después pasan los protagonistas y el panteón es cerrado para quienes no están en las listas previamente entregadas. Tres zonas se han delimitado, la primera al pie del sepulcro, donde están Marisa y su equipo de defensa; la otra es para familiares del normalista y la última para los que sobran. La prensa, por ejemplo, hasta el fondo, donde nada puede ver. De todas formas, entre el panteón y ellos hay policías. Cuántos son militares, por ahora no importa. Los bomberos y los de Protección Civil, que en Iguala estaban armados la noche del 26 de septiembre del 2014, ensamblan una carpa con dificultades porque están vestidos como si vivieran en el Ártico. Esa carpa cubrirá a la una de la tarde la tumba de Mondragón e invisibilizará la exhumación. Ella se ha dado cuenta de que los policías alrededor están tomando fotografías. Frunce el ceño, todavía más porque ahora está vestida con el traje blanco, astronáutico, del equipo de sanidad para no contaminar. Más bien, para que ella no contamine, dice jocoso uno de los soldados-policías del GEO, que observa cerca del árbol, bajo las sombras, cuidando la mira verde de su arma, una chingadera-no-sé-qué con barril larguísimo que apunta al suelo y le alcanza hasta la cintura.

– ¡Tráiganme a esos que están tomando fotos, no es posible! –grita la jueza, que ha sido olvidada por todos porque viene la parte más dura. Pero este impasse tampoco la fotosensibiliza y sigue levantando las manos, atrayendo la innecesaria atención. La familia de Julio se ha sentado alrededor, pero lejos del área de trabajo. La espera será larga todavía. En cierto momento se habrán de retirar las cruces y Marisa se encargará de llevar una que ella y su hija pusieron, de metal, para recargarla a salvo de la excavación, con todo el cuidado. Uno la mira, flanqueada por dos mujeres, una de ellas la abogada Herrera, mientras se agacha para no lastimar, para que al menos el traslado de la cruz no sea doloroso.

“Con mucha maña y algunos lazos logran sacar el féretro. Será necesario abrirlo para que las autoridades pertinentes y los familiares constaten que ahí dentro hay un cadáver. Se toman las medidas necesarias: que todos tengan tapabocas, que sólo estén presentes los familiares, que se cumplan los protocolos. El féretro es azul con adornos plateados, por el paso del tiempo se ha oxidado un poco y en los bordes se ha quedado algo de tierra. Lo primero es limpiarlo, pero no con agua pues se podría filtrar algo de líquido y eso dañaría la evidencia. Más vale usar unos cuantos cepillos y toallas higiénicas. Después de asegurarse de que todo está en orden, se procede a abrir la caja. Solo se oye el chirrido de la tapa, separándose un borde del otro como si de un párpado se tratara, y el cuerpo de Julio queda al descubierto mirándonos desde la lejana e inolvidable noche del 26 de septiembre. Las vestiduras blancas del féretro se hallan un poco manchadas de óxido y polvo; la cabeza vendada de Julio descansa sobre su lado derecho, a un costado la figura del niño Dios. El escapulario sobre su pecho es el camino que nos guía hacia donde todavía se distinguen sus manos enlazadas, sujetando unas velas y un rosario; más abajo se distinguen los zapatos color café, que eran sus favoritos pues eran regalo de su joven esposa. ‘Los cuidaba mucho’, recuerda ella. Por pequeños grupos pasan los familiares: tíos, primos, sobrinos, suegros, cuñada, esposa y se enfrentan al cuerpo de Julio”, escribe Diana del Ángel, quien ha estado con la familia y puede observar desde un punto cercano.

Mondragón ha sido llevado a la ciudad de México en una caravana que no tiene protección policiaca, como se había estipulado y que llega como en trozos, “a la Coordinación de Servicios Periciales y acompañamos a la familia en la última parte del proceso de este primer día, es decir, colocar el féretro en el refrigerador, dentro de la Cámara 6, con los sellos debidos”, completa Del Ángel.

Desde una ventana, en Iguala, alguien que lo ha visto hace un año sabe que Julio César nunca corrió y desde esa ventana, a las nueve de la noche de aquel día habrá una nueva historia, que también se contará desde las investigaciones forenses, aunque estas últimas sólo corroborarán lo que ya se sabe.

Que fue el Estado.

 

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Calendario

    • noviembre 2015
      L M X J V S D
      « Oct   Ago »
       1
      2345678
      9101112131415
      16171819202122
      23242526272829
      30  
  • Buscar