Guerra a muerte por el oro negro

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* Con la llegada de Adolfo López Mateos el 1 de diciembre de 1958, se preparaba una nueva era para el sindicato petrolero bajo el mando de un veracruzano-tamaulipeco quien, desde Ciudad Madero construiría su propia leyenda negra: Joaquín Hernández Galicia, La Quina.

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Francisco Cruz Jiménez

Desde la nacionalización del 18 de marzo de 1938, el petróleo despertó un enconado odio entre funcionarios y trabajadores. Unos y otros se dejaron arrastrar por las pasiones del poder y el dinero, pero Jáquez Bermúdez sabía muy bien lo que hacía y quería. Durante sus 12 años como director general de Pemex se hallaron, entre otros, los campos petroleros Ezequiel Ordóñez, Allende, Gutierrez Zamora y Tecolutla. Con él se llevó a cabo el descubrimiento y ampliación de la llamada Faja de Oro Terrestre. En febrero de 1956 se inauguró la refinería de Minatitlán, Veracruz, además de que se ampliaron las primeras grandes refinerías: Azcapotzalco, en la Ciudad de México; Salamanca y Poza Rica.

En el pináculo de su poder, J. Bermúdez llevó a su amigo, el modesto ingeniero topógrafo Jaime J. Merino, como superintendente del complejo de Poza Rica y le dio dos encomiendas: controlar la formación local del sindicato petrolero y echar mano de los contratos para la expansión hacia el sur de Veracruz, además de los estados de Tabasco y Campeche.

La guerra por el poder del petróleo era especialmente cruenta en esa zona. En ocasiones los trabajadores intentaron rebelarse, aunque las pequeñas revueltas fueron siempre apagadas a través de la represión directa con matones contratados por Pemex o por grupos de choque que salían del sindicato. Todo en el sureste era más sombrío y más salvaje.

Con el apoyo indiscutible de J. Bermúdez, Merino pudo imponer a Pedro Vivanco como líder local de los petroleros. El impulso todavía alcanzó para que, en diciembre de 1958, Vivanco tomara por la fuerza el mando del Comité Ejecutivo General del STPRM. Los opositores de las secciones 34 y 35 fueron violentamente reprimidos por la fuerza pública. La Secretaría del Trabajo se hizo de la vista gorda y Vivanco extendió su reinado hasta 1961.

Considerado como el primer líder sindical encubierto de la zona de Poza Rica y, aunque poco trascendió en la Ciudad de México, a él y a su socio Vivanco, dirigente formal de la sección sindical en ciernes, se atribuye la matanza de Los Goyos, el asesinato de por lo menos una docena de personas que denunciaron el escandaloso fraude electoral del 5 de octubre de 1958, para imponer en la alcaldía al priista Manuel Salas Castelán.

Una nota que el viernes 3 de octubre de 2008 publicó el joven periodista veracruzano, Rodrigo Vidal Padilla, recordó: “El próximo lunes 6 de octubre se cumplirán 50 años de la matanza de Los Goyos, un capítulo oculto y oscuro en la historia de Poza Rica. […] Por vez primera, oficialmente se ha preparado una ceremonia para recordar esa fecha, justo al cumplirse medio siglo. El anuncio del homenaje no deja de sorprender tomando en cuenta que será una administración priista la que lo realiza. ¿Habrá entonces reconocimiento al fraude electoral del 5 de octubre de 1958?

”Tampoco queda claro sobre el papel que jugará la dirigencia de la Sección 30 del Sindicato Petrolero, que en ese entonces participó en el fraude y el asesinato de los manifestantes, seguidores de Fausto Dávila Solís —el candidato derrotado en 1958—. […] El secretario general de la Sección 30 del sindicato, Pedro Vivanco, y Merino encabezaban el grupo caciquil que decidía el destino de Poza Rica y los pozarricenses. Quienes no se dejaban lo pagaban con muerte. Y eso incluía poner y quitar presidentes municipales y diputados, favoreciendo al PRI, por supuesto.

”Fue desde el edificio del antiguo auditorio de la Sección 30 del STPRM donde comenzaron a disparar hacia la multitud. Justo ahí los emboscaron, antes de llegar al parque Benito Juárez, en una angosta calle donde ahora se encuentran las oficinas de Telégrafos de México y el Servicio Postal Mexicano. Según declaraciones de la época, en los hornos de Pemex varios cuerpos fueron quemados. Entonces hay una responsabilidad histórica del sindicalismo petrolero local sobre esa matanza ¿la reconocerán?”.

Vidal Padilla terminó con una serie de interrogantes: “¿Qué dirán los funcionarios del PRI? ¿Participarán? ¿Reconocerán que el fraude cometido a favor de su candidato, Manuel Salas Castelán, originó el asesinato? ¿Y el sindicato petrolero, que hoy al igual que en esa época obedece más a los intereses de la empresa y los grupos en el poder que a la defensa de sus agremiados? Aún más que plantear una lista larga de preguntas, sería mucho muy interesante conocer las respuestas de algunas de éstas”.

Académicos como Angelina Alonso y Roberto López —en El sindicato de trabajadores petroleros y sus relaciones con Pemex y el Estado 1970-1985, de El Colegio de México— han documentado: “Estos hechos marcaron para el sector obrero en general y para el propio sindicato petrolero, un reordenamiento de las fuerzas políticas en pugna y un reforzamiento de las estructuras sindicales vinculadas al Estado en la contención de las luchas de los trabajadores. En su primera década de existencia del fenómeno del ‘charrismo’ lograba consolidar instancias políticas de negociación con el Estado y de dominación frente a las bases trabajadoras. No obstante, el final de este periodo marcaba también el inicio de una nueva etapa en la vida del sindicato petrolero”.

Sin saber que su imperio se desmoronaría y que a fines de aquella década de 1950 saldría huyendo de la justicia federal para refugiarse en Estados Unidos, Merino acumuló, en pocos años, una fortuna que, en la época, se calculaba en 50 millones de dólares, aunque algunos investigadores en la Ciudad de México la ubicaron en sólo 20. Una u otra, la cantidad era escandalosa en el caso de un hombre que llegó a Poza Rica con una mano atrás y otra adelante.

Gracias a las amistades de J. Bermúdez, Merino pudo colocar todo su dinero, libre de sospecha, en bancos de Estados Unidos. En menos de una década, el humilde topógrafo amigo del visionario director general de Pemex se levantó como uno de los más prósperos empresarios y caciques del sureste del país.

Acaso, en su huida, Merino perdió algunas propiedades debido a que recurrió a un grupo de prestanombres y colaboradores incondicionales, beneficiarios del poder. A su protegido, socio, confidente, cómplice y ex diputado Vivanco, por ejemplo, le documentaron la propiedad de 60 hoteles y cuantiosas inversiones en líneas de transporte público foráneo.

Llamarlo poderoso era sólo un decir. Merino era más. Su conocida cercanía con don Antonio le dio autoridad para controlar el negocio de la venta de energía eléctrica, asociarse con grandes empresas perforadoras extranjeras —a las que J. Bermúdez abrió la puerta—, adquirir extensas fincas bananeras y contratar —con salarios pagados de la nómina de Pemex— a los trabajadores de las plantaciones, construir un fraccionamiento, hacerse con el edificio del hotel Poza Rica, administrar parte del negocio de carga del ferrocarril y, con apoyo de los jefes militares, apropiarse de grandes extensiones de terrenos vírgenes.

Algunos ponen en duda la veracidad de la información, pero investigadores y académicos aún citan y recuerdan “una minuciosa investigación periodística de la época, llevada a cabo por el reportero Antonio Caram —“Vida, milagros y tropelías de JJ. Merino”, en la Revista Protesta, México, D.F., núm. 1, del 7 de noviembre de 1958—, [en la que se] reveló que la riqueza de Merino era fantástica. El modesto ingeniero topógrafo se convirtió, en apenas catorce años, en todo un potentado.

”Nos enteramos, posteriormente, de las propiedades y negocios del ingeniero Merino. Cuando menos de algunos de ellos. Por principio de cuentas, tiene cerca de 20 millones de dólares —de los de aquella época— depositados en varios bancos de Estados Unidos y es, o propietario o accionista, de los siguientes negocios: hotel Poza Rica —con un valor aproximado de 3 millones de pesos y que se construyó con materiales y trabajadores de Pemex—; la pasteurizadora Huasteca, de la que es socio el alemán Gualterio Adams —por cierto: Merino no permite que nadie de afuera introduzca leche en Poza Rica, por lo que sus habitantes se ven obligados a consumir leche de la pasteurizadora—; dos agencias de automóviles; dos embotelladoras; los colegios Motolinía y Tepeyac; dos líneas de autobuses; el estacionamiento Continental; las radiodifusoras Tropicana y XEPR; el banco de Tuxpan; 20 autobuses de transporte escolar; un colegio particular en Huachinango y otro en Pachuca”.

Angelina Alonso y Roberto López recogen una cita ilustrativa que Antonio Vargas MacDonald publicó en Hacia una política petrolera, libro de 1959: “[…] el señor de Poza Rica —Merino— llegó a señorear la política regional, a constituir lucrativas empresas en beneficio suyo y de sus asociados —muchos de ellos líderes adictos—, y a dominar la vida económica de la zona, vigorizada por la derrama de salarios que en ella hace Pemex y por los contratos que otorga. […] Se llegó al extremo de que desde Poza Rica se impusiera al personal directivo del sindicato nacional”.

Una vez iniciado el sexenio de López Mateos, J. Bermúdez fue castigado —también porque intentó disputar la candidatura presidencial— y enviado por un tiempo como embajador plenipotenciario a los países árabes e Irán. Sin embargo, la sanción fue a medias, porque conoció allá los últimos secretos sobre el gas LP. Al terminar su labor como embajador plenipotenciario en los países árabes e Irán, J. Bermúdez recibió el perdón presidencial de López Mateos, quien, con un borrón y cuenta nueva, le entregó la encomienda de darle forma y estructura al Programa Nacional Fronterizo (Pronaf), que no era otro sino el proyecto para hacer de México un país maquilador.

El funcionario cumplió con una parte: ciudades como Juárez, Tijuana, Nuevo Laredo o Reynosa sintieron todo el impacto del desarrollo de esa cuestionada industria de producción dividida. Pero uno de los mayores beneficiarios de aquel programa lopezmateísta resultó ser Jaime Bermúdez Cuarón, sobrino predilecto de J. Bermúdez, y a quien, en la década de 1980, el PRI llevó a la alcaldía juarense.

Al seguir la pista de este entramado de nombres e historias que irremediablemente conducen a otras, los ominosos encantos de la élite que se ha ponderado como la dueña de Petróleos Mexicanos surgen como una imponente escuela de represión, traiciones, venganzas, corrupción, opulencia e impunidad. Con la llegada de Adolfo López Mateos el 1 de diciembre de 1958, se preparaba una nueva era para el sindicato petrolero bajo el mando de un veracruzano-tamaulipeco quien, desde Ciudad Madero construiría su propia leyenda negra: Joaquín Hernández Galicia, La Quina.

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